No es solo rocanrol
Postal de la tragedia. LA NACIÓN.

Libros y literatura

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Eugenia Zicavo vuelve a Orsai con una idea que nos encanta. A partir de hoy, y cada quince días, va a seleccionar textos que le volaron la cabeza. Algunos serán cuentos, otros partes de novelas, otros extractos de crónicas. En este caso, eligió un fragmento de «El día que apagaron la luz», una novela de no ficción escrita por Camila Fabbri sobre la tragedia de Cromañón. La lectura corre por cuenta de la actriz María Ucedo.

Nunca tuve mucho rock. Incluso en mi adolescencia, las tribus rolingas, punks, ricoteras —las que fueran—, siempre me resultaron ajenas. Jamás tuve la remera de una banda, mucho menos una bandera. Cuando el 30 de diciembre de 2004 cientos de jóvenes fallecieron en Buenos Aires en el boliche República Cromañón, no sabía nada de la horda que cada fin de semana lo llenaba de zapatillas de lona, pañuelos anudados al cuello y flequillos cortados al ras. Tampoco había escuchado a «Callejeros», la banda que dio el show fatídico en el que una bengala incendió una media sombra y todo terminó en tragedia. 

Camila Fabbri estuvo en el recital de la noche anterior y quince años después vuelve sobre Cromañón con El día que apagaron la luz, una «novela de no ficción» que recuerda los días previos y posteriores al desastre. Con un relato fragmentado, Fabbri recupera los testimonios de sus conocidos de entonces: jóvenes que sobrevivieron, personas cercanas a las víctimas, y también quienes, sin haber estado ahí, sintieron ese impacto que marcó un antes y un después para su generación. 

Me interesó esta historia porque se detiene en detalles en los que nadie había hecho foco, datos sueltos en apariencia triviales que transportan a principios de los 2000, cuando Argentina atravesaba una de sus crisis y los jóvenes encontraron en la cultura del rock un modo de protesta, catarsis y escape. También es un cross a la mandíbula; un recordatorio de la fragilidad de todo. Y un gran ejemplo de cómo las herramientas de la literatura logran hacer de un hecho que inundó la crónica policial, algo distinto.



Santi falleció esa noche en Cromañón. Se asfixió. Nicolás también falleció. El novio y el mejor amigo de Julia murieron la misma noche. 

El padre de Julia llegó a la casa a las ocho de la mañana y la abrazó. Le preguntó si había llamado a la madre y Julia respondió que no. Su madre tampoco se había comunicado con ella. Su padre fue funcional y la abrazó cuando tenía que hacerlo, la palmeó, preguntó lo que tenía que preguntar, compró botellas de agua para todos los amigos —el calor y el llanto los deshidrataba—, alcanzó a su hija al primer velorio. Una vez ahí prefirió no entrar, la esperó en el auto. Bajó las ventanillas y encendió la radio FM de los tangos. 

Ya eran las diez de la mañana y el velorio de Nicolás acababa de empezar. «Qué velocidad», pensó Julia. En ese momento no entendía nada de nada. Evocaba el tsunami del sueño de la semana pasada y el miedo de Santi, sobre todo eso, la tragedia que al fin le había tocado al temeroso. Julia miraba la pantalla del celular con la sensación de que Nicolás y Santi llamarían en cualquier momento para decir que estaban bien, que había sido un error, que estaban ilesos debajo de un árbol en la Plaza Miserere. Pero al instante volvía a la realidad la certeza de que M había sido el encargado de reconocer los cuerpos y Santi era Santi y Nico era Nico. 

El velorio de Nicolás fue a cajón cerrado. Sus padres decidieron decorar la sala con la bandera de egresados del colegio, fotos de Nico y cartas que alguna vez envió o le enviaron amigos y maestros, trapos que él mismo había diseñado con frases de canciones de Callejeros, Los Jóvenes Pordioseros, La 25, Los Piojos, entradas de recitales pegadas por todas partes y música. Desde un equipo de música muy pequeño, colocado sobre una silla de madera al costado del cajón, sonaba uno de los tres discos de Callejeros. La madre y el padre de Nicolás decidieron eso porque su hijo lo hubiera querido así. Era imposible despegar el luto de la fiesta. Todo junto, muy pegado, la vida y la muerte en una noche de verano. 

Julia abrazó a la madre de su mejor amigo y decidió irse. No quería escuchar ni un segundo más el track 3 del disco Presión, de Callejeros: «Subir, bajar, o reaccionar. Buscar salidas. Poder encerrar a la libertad y sacarle un poco de verdad». 

El velatorio de su novio quedaba a pocas cuadras del de Nicolás. El padre de Julia le alcanzó nuevas botellas de agua fría, carilinas para el llanto, caramelos «Palitos de la selva» para subir el azúcar. Julia aceptó todo. El padre volvió a acercarla a la casa velatoria y volvió a quedarse adentro del auto.

Sepelios Luchetti estaba lleno de gente que Julia no conocía. Familiares de su novio de los que alguna vez habrá oído hablar. Niños, niñas, señoras y señores mayores. Todos dormidos y confundidos, estacados en una pesadilla un poco larga. El hombre de seguridad de la casa de sepelios tenía la mirada desencajada, no podía ser funcional ni cuidar a nada ni a nadie. Los empleados estaban apurados. En una hora tenían otro velorio, después otro, y otro más. Hacía tiempo que no trabajaban tanto. 

Julia caminó hasta el cajón de Santi. Estaba abierto. Una vez que lo vio tan quieto, el llanto se detuvo, como si se hubiera enquistado en algún hueco de su cuerpo. Llegó el mutismo. Para ella, eso era solo un cuerpo. La esencia —o el movimiento— se habían retirado. Esta idea la contuvo. Para quien mirara de lejos, era una imagen ilegal: una quinceañera sola mirando de cerca a su novio recostado dentro de una caja de madera. Julia abrazó a la madre y después al padre de Santi. Lloraron. Acurrucado en un sillón y medio dormido, estaba también el hermano menor de Santi, de pantalones cortos y mojado en transpiración. A Julia le sorprendió el parecido que tenía con Santiago: eran idénticos. Solo que un cuerpo era más acotado y el otro más grande, experto en guitarra criolla y muerto. 

Julia volvió al auto con su padre. Recorrieron la ciudad durante una hora sin cruzar palabra. Lo único que sonaba eran tangos de una época en blanco y negro y un conductor que, cada tanto, recordaba el calor que hacía y los recaudos que había que tomar para evitar la ola naranja. 

«No pensé en nada más. Tengo esa facilidad y es mi patrimonio. Soy lenta con las emociones», me dice. 

Esa misma semana en la escuela número 18 Santa María de Buenos Aires, en Ramos Mejía, la dirección organizó una conmemoración para Santiago y Nicolás. En un pasillo cubierto de planta baja, los alumnos de quinto año diseñaron una especie de laberinto con cartulinas y papel afiche que les llevó bastante tiempo y esfuerzo. Uno entraba en la estructura y la recorría como un museo. Lo que había para ver eran imágenes de los compañeros de todas las divisiones de ese año, fotos en el recreo, en una excursión, en una reunión del centro de estudiantes. En esas fotos estaba Julia, y quien la abrazaba con amor era Santi, y quien la empujaba con risa cómplice era Nicolás. Las fotos eran muchas, tantas que quien ingresaba al laberinto y no conocía a nadie, podía llegar a marearse. 

Julia se animó a entrar. En ese entonces no podía decirle que no a nada: sentía que en todo tenía que acatar, tenía que estar. Era la culpa operando. Recorrió el laberinto, sonrió apenas, no lloró nada. Hacia el final del laberinto habían puesto unidas dos fotografías gigantes de Santiago y Nicolás. A su alrededor, como un santuario, todos podían firmar lo que quisieran. Julia se quedó casi una hora reloj mirando esas caras ingenuas y descreídas, tan vitales que daba bronca. 

Recién el 13 de enero Julia llama por teléfono a su madre en la Costa Atlántica para contarte lo que pasó. «¿Cómo no me llamaste antes?», gritó la mujer. Julia le devolvió la pregunta. Las dos armaron un silencio interminable en el teléfono. De lejos se oía el mar, pero también el tren que pasaba por ahí cerca de las vías de Ramos Mejía. 

Ahora Julia tiene treinta años y se va a vivir a otro país. No quiere volver. No quiere hablar más castellano. Lleva una campera de jean y pantalones de gabardina negros, anteojos y el pelo peinado para atrás, largo y pesado. Enciende la pantalla del televisor que le ofrece esta aerolínea de larga distancia y respira hondo. Busca películas de acción. Autos que chocan entre sí, vuelcan, y después se incendian. Actores que salen ilesos, caminan por un pavimento liso y miran a cámara guiñando un ojo. 

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