Yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes
Un hombre que explica a una mujer. GETTY.

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¿De dónde sale la palabra mansplaining? ¿Tiene algo que ver con «la cátedra del macho»? A partir del libro «Los hombres me explican cosas» de Rebecca Solnit, Eugenia Zicavo reflexiona acerca de lo que hay detrás de esa manía masculina de querer explicarle cosas a las mujeres, sin tener en cuenta lo que ellas saben o les interesa saber sobre el tema.

Estaciono el auto en la calle y, de repente, aparece un señor haciendo señas para indicarme, amablemente, cómo y cuándo tengo que ir girando el volante. La escena es repetida: nunca es una mujer anónima la que decide «ayudarte» a estacionar. Tampoco vi que ningún hombre haya hecho lo mismo si el que está manejando es otro varón. Suponen que ellos saben hacerlo solos. Y que nosotras no. 


Hace varios años, cuando gané un premio por un programa de televisión, bajé del escenario y un periodista de gran trayectoria se acercó a saludarme. No nos conocíamos personalmente, pero él había visto mi trabajo y yo conocía su carrera. Después de felicitarme, me aconsejó que nunca dejara de escribir, porque según él la prensa escrita era el único medio de comunicación que verdaderamente valía la pena (aunque nunca me había leído y en principio me estaba hablando por mi labor televisiva), además de otras sugerencias bienintencionadas que, a decir verdad, nadie le había pedido. Se había acercado a felicitarme, sí. Pero también tenía cosas que explicarme. 


Un domingo, con mis amigas decidimos hacer un asado. Al comentarlo en la semana, amigos y parejas varones nos explicaron con lujo de detalles los pros y contras del carbón y la leña, la altura conveniente y los puntos de cocción, los distintos cortes de carne y la mejor disposición de las achuras. Lo cierto es que no los habíamos consultado porque, en general, éramos nosotras quienes cocinábamos en nuestras casas. Conversamos al respecto ese día con algo de sorna y otro tanto de incredulidad, mientras —en vez de que una sola quedara esclavizada al lado de la parrilla— íbamos chequeando la cosa de manera colectiva. Salió riquísimo. Después, la pregunta fue calcada: «¿Y? ¿Cómo hicieron el asado?». Entre todas. 

Un chiste machista podría decir que se necesitan ocho mujeres para hacer un asado, como se necesitan cuatro gallegos para cambiar una lamparita. Pero, ¿cuánta testosterona hace falta para poder lidiar con una parrilla? 

«Los hombres me explican cosas», de Rebecca Solnit.

Los tres ejemplos parecen triviales y, de algún modo, lo son. Fueron situaciones cotidianas en las que varones quisieron explicarme cómo resolver ciertas cosas, nada más. Pero yo ya sabía manejar, escribir en medios, y también hacer asados cuando se tomaron la molestia de decirme cómo hacerlo. Y sobre todo: nadie les había pedido opinión. 

En su libro «Los hombres me explican cosas» (Fiordo, 2019), la ensayista y activista norteamericana Rebecca Solnit puso en primer plano la violencia contra las mujeres, desde la pandemia de femicidios a formas más sutiles de silenciamiento como el mansplaining. El término surge de la contracción en inglés de la palabra man  (hombre) y el verbo explain  (explicar): el modo condescendiente, paternalista y con aire de superioridad con el que muchos varones les explican cosas a las mujeres sin tener en cuenta cuánto ellas puedan (o quieran) saber sobre el tema.

Desde que apareció, la palabra se volvió muy popular porque vino a definir algo que no se nombraba pero era una experiencia frecuente (fue una de las «palabras del año» en 2010 según The New York Times). En su novela 1984 George Orwell plantea que lo que no se puede decir, no se puede pensar. La lucha de clases existía antes de que Marx y Engels le pusieran nombre, pero desde entonces la explotación capitalista de muchos por unos pocos se convirtió en algo existente en el lenguaje, algo que se puede significar colectivamente. 

El término mansplaining  fue exitoso porque dejó al descubierto todo un sistema de comunicación entre los géneros, un modo en el que el poder se manifiesta en los discursos pero también en los actos de acoso, abuso o violencia física, porque responden a la misma dinámica con la que se organiza el mundo: callando a las mujeres. Según Solnit: «La arrogancia nos educa en la baja autoestima y en la autolimitación de la misma manera que ejerce el infundado exceso de confianza de los hombres (…) Existen versiones más extremas de nuestra situación, por ejemplo en aquellos países de Oriente Medio en los que el testimonio de una mujer no tiene validez alguna: una mujer no puede declarar que ha sido violada si no hay un testigo hombre que contradiga al hombre violador. Y raramente lo hay».

En estos ensayos, Solnit describe distintos casos de violaciones que tomaron carácter mediático en diferentes partes del mundo. Son muchísimas. Algunas perpetradas en medios de transporte, otras grupales, algunas incluso filmadas y difundidas por las redes. No necesitó investigar demasiado para encontrarlas: están habitualmente en las noticias, solo que siempre son tratadas como una anomalía, no se las relaciona ni se señala la existencia de un patrón. Pero lo hay. Los ejemplos sobran. Solnit ata cabos y plantea que siempre se intenta explicar la violencia con todo tipo de razones salvo el género, cuando es justo lo que más serviría para entenderla: cuando alguien advirtió que parecen ser los hombres blancos los que cometen asesinatos en masa, la mayoría solo notó lo de «blanco«, cuando ser varón es definitivamente un factor de riesgo para el comportamiento criminal violento (de 62 tiroteos masivos en 3 décadas en Estados Unidos, solo uno lo llevó a cabo una mujer). 

Los datos siguen: «Los maridos son, también, la principal causa de muerte entre las mujeres embarazadas en Estados Unidos. Las mujeres entre los 15 y los 44 años tienen más probabilidades de ser lesionadas o desfiguradas debido a la violencia masculina que debido al cáncer, la malaria, las guerras y los accidentes de tráfico juntos». 

En Argentina, país al que Solnit alude más de una vez (por ejemplo en referencia a la crisis de 2001, donde define al FMI como «una fuerza predadora, un proxeneta»), desde 2015 una multitud de mujeres irrumpió en las calles al grito de #NiUnaMenos para visibilizar y pedir solución a la escalada de femicidios: una mujer muerta cada 30 horas por el hecho de ser mujer.

Mientras la intimidación no cede y los crímenes se acumulan, vale preguntarse: ¿cuál es el problema con la hombría? ¿Por qué la violencia es celebrada como el non plus ultra  de la masculinidad? ¿Qué justifica que siga habiendo un patrón de desacreditación hacia las mujeres? 

Algo es seguro: después de leer estas páginas, el sexismo accidental ya no parece un accidente.

Textos

Eugenia Zicavo

(Buenos Aires, 1978) Doctora en Ciencias Sociales. Socióloga. Periodista. Docente e investigadora en la Facultad de Ciencias Sociales UBA-Instituto Gino Germani y UNTREF.

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