Me verás volver
Belén López Peiró y la portada de su libro. MercadoLibre / Clarín.

Libros y literatura

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Belén López Peiró tiene menos de treinta años y escribió una novela de no ficción que narra sucesos traumáticos de su primera adolescencia. Eugenia Zicavo encontró esa novela por casualidad, la leyó en dos patadas y nos cuenta sus impresiones en texto y audio.

Hace tiempo que no me compraba un libro. O más bien —porque libros compro seguido, que para eso existe internet— hace rato que no compraba una novela recién publicada, que además fuera un debut literario. En parte porque las novedades me suelen llegar por trabajo, pero sobre todo porque son libros “salto al vacío”, sin prueba del paso del tiempo, con menos chances que otros cientos de pendientes. 

Pero estaba en la Feria del Libro de Puerto Madryn, hacía frío, el precio de tapa era barato y el título me sonaba por recomendaciones cruzadas de gente que sigo en las redes. «Por qué volvías cada verano», de Belén López Peiró. Sabía que su autora era joven y que la novela tenía que ver con un abuso. Nada más.   

Pierre Bourdieu plantea que describir es prescribir, que cuando uno enuncia, anuncia; que ningún decir es inocente. En el caso de López Peiró, su palabra también es denuncia: escribe para contar que su tío, comisario del pueblo, respetado hombre de familia, abusó sexualmente de ella reiteradas veces desde sus trece a sus diecisiete años. Lo dice bien claro al comienzo de la novela en la jerga pretendidamente aséptica de los juzgados, esa lengua tipificada para iniciar una acción penal que termina invariablemente con la fórmula «será justicia» (aunque, al final, lo justo no siempre sea).

Y cuando por fin puede decir, con la cuota de alivio y malestar que eso supone, las voces cercanas le sugieren que mejor se calle. «Dejalo ahí, loca». Algunos dicen que miente, pero incluso quienes le creen insisten en que no vale la pena; como tampoco valió el silencio de otra prima mayor que sufrió algo similar por parte del mismo tío y que, de no haberlo callado, quizás hubiera evitado que se repitiera con ella.

«Al menos no te violó», se consuela mientras recuerda las veces que el marido de su tía, en cuya casa pasaba las vacaciones, dejaba el arma reglamentaria arriba de un mueble, se le tiraba encima con la pija parada y la manoseaba mientras se masturbaba. «¿Pero si no te cogió entonces por qué mierda hacés esto?», le pregunta su tía, la misma a la que ese hombre le pegaba estando embarazada de una hija que ahora lo protege.

Con una construcción coral que intercala reflexiones en primera persona, conversaciones coloquiales y la transcripción de los testimonios judiciales de sus familiares (madre, padre, hermano, padrastro, primas, tías, peritos, el propio acusado e incluso su primer novio) López Peiró da cuenta de la desigualdad de poder que enfrenta al denunciar a ese hombre que tiene a la policía comiéndole de la mano, y encima es dueño del club, entrenador del único equipo de fútbol del pueblo y —faltaba más— fiel aportante a la iglesia. 

Está sola entre un montón de conocidos que se compadecen de lo que vivió, pero que no van a hacer nada al respecto. Nadie se anima: ni siquiera otras víctimas, ni siquiera de manera anónima. 

Lo que su palabra despierta, por todas partes, es silencio. Una complicidad muda que lo perdona tácitamente, que cree que no fue tan grave. Nadie quiere tomar partido, porque ella está lejos y él vive cerca y —digamos todo— es él quien decide quién entra a la pileta del pueblo. Así de pragmático, así de mezquino. 

Y ahí es donde la literatura hace lo suyo, porque la palabra que grita por decir se vuelve poesía, con preguntas sueltas en mitad de una página, que hablan más que todas las declaraciones juntas: «¿Cómo explicás la ausencia de tus padres?”; “¿Por qué creés que te molesta que te miren de espalda?”».


La poetisa Rosario Ferré dijo que la ira había sido el incentivo para que muchas mujeres escribieran bien. A sus veintisiete años, Belén López Peiró hizo de una experiencia traumática una novela magnífica, un testimonio que excede lo autobiográfico a la vez que lo contiene. 

Es sumamente original que, para narrar hechos privados que le sucedieron entre cuatro paredes, haya elegido una polifonía de voces. Precisamente las de quienes no estuvieron ahí para cuidarla (sus padres, su tía) y años más tarde son llamados como testigos.   «¿Qué consecuencias te trajo todo esto? Si son más de una, te agradecería si podés enumerarlas». La frase flota hacia el final del libro, solitaria a mitad de página. No se sabe quién pregunta, porque no es necesario. Habla la burocracia de la denuncia, con su morbo y su justicia machista, que también tiene un lugar reservado para la «buena víctima». Un relato que subvierte la narrativa del abuso, con mucha rabia ya no contenida.



«Por qué volvías cada verano», de Belén López Peiró
Novela de no ficción — Editorial Madreselva, 2019.
Reseñas en Página 12 / Clarín / Infobae 
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