Esta noche toca Pasión Matambre y hay fiestón
Noche de fiesta. GETTY.

Relato de ficción

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Lo único que le importa al narrador de esta historia es que en pocas horas toca su banda favorita en el salón multiuso de la Sociedad de Fomento. Pero además hay un dato extra que le acelera el corazón: seguro que Cristiano, el brasilero sensual que conoció en la fiesta del Club Sodería, va a estar en la pista esa noche. Y si es así, que se pudra todo.

Estamos a mitad de febrero y la falta de lluvia llena las calles de polvo suspendido en el aire. Un polvo que se mastica, que irrita los ojos. Sin embargo, no hay polvo y no hay contingencia climática que frene nuestra euforia. Conseguimos que nos presten el salón de la Sociedad de Fomento y esta noche, en un rato nomás, hay fiestón.

Juan Carlos nos prestó las luces, unos protones que giran tirando flashes de colores y son la gloria. Irma está haciendo desde el jueves las empanadas para vender. Las cervezas y los rolitos los llevan los Ramírez, del mercadito de la calle Baroni, y Arturo, que no trabaja pero nació para patovica, se ofreció a cortar las entradas. Lo mejor de lo mejor es que toca Pasión Matambre gratis para todos nosotros.

Pasión Matambre es el conjunto que más escuchamos, me compré el compact en un baile y no paro de hacerlo girar. Tiene las mejores letras, es como que canta sobre nosotros, todavía no sé cómo los convencimos para que vengan a tocar acá. Esa fue Silvina, que conoce al que toca teclados. Eso sí, ya avisaron que van a caer tarde porque antes tienen dos actuaciones, la última en Glew. Hicimos cálculos y capaz que llegan a las cuatro de la mañana. No doy más, ahora siento euforia. Pasión Matambre hasta el amanecer.

Ya nos puedo ver moviéndonos con pasos cortos para un lado, para el otro, la cabeza baja, los brazos arriba, tomando un poco, tranqui, porque vos ya sabés, Cristiano, que si le metés mucha birra te vas al pasto y ni llegás a la primera canción. Vos te tenés que rescatar, lo importante es aguantar hasta que llegue el conjunto y una vez que suene el primer acorde, listo, que explote todo. Ahí sí nos vamos los dos de viaje a Saturno y andá a saber dónde y cómo terminamos. 

Como en la fiesta de hace unos meses en el Club Sodería, ojalá te acuerdes. Yo no me la olvido más, te lo juro. Esa fue la primera vez que te vi, llegaste con otros vagos que yo tampoco conocía y me pareciste un gil. Por esos días yo estaba medio tranquilo, tristón, no me pintaba ver a ninguna piba, no me motivaba ninguna. Y de pronto llegás vos que me pedís birra de mi vaso y te la tomás mirándome a los ojos. ¿Qué le pasa a este gato?, pensé yo. ¿No se pensará que a mí me gustan los tipos, no? Y no, la verdad es que hasta esa noche no me había gustado ninguno. Pero me acuerdo, y no me olvido más, chabón, porque todo pasó como en cámara lenta. Vos bailabas en la pista solo como distraído y de pronto agarrás tu remera y mirándome a los ojos te la sacás. A mí la sangre me subió y me bajó de golpe, se me volvió loco el cuerpo. Me había pegado la cerveza, no sé cómo explicarlo, te vi la clavícula, eso, la clavícula transpirada, brillosa, flaca. Me bombeaba el corazón muy fuerte, se me quería ir del cuerpo. Cuando te acercaste sentí un desmadre en el pantalón, me dijiste con tu tonada brasuca de ir a tomar aire afuera y resulta que el aire lo querías tomar en el baldío de la esquina. 

Estábamos mamados los dos, o los nervios del momento me borraron los detalles. Todo me pareció muy veloz, hablabas con los ojos, tu mano en la pija, me besaste el cuello, sentí pedazos de tu piel húmeda. Tengo imágenes, flashes, yo bajándome el jean, pegándome a vos con una necesidad extraña. Se me apagó la cabeza, me volviste loco, Cristiano, yo nunca más volví a ser el mismo. El próximo flash lo tengo cuando nos estábamos subiendo rápido los pantalones y la próxima escena que recuerdo es en la pista. Vos bailando con una piba y yo en la barra siguiéndote aturdido con la mirada. Me sonreíste cuando te fuiste, creo que no llegué a responderte el gesto.

Después de eso te vi por el barrio algunas veces, pero de día es distinto. Todavía no nos animamos ni a mirarnos, me parece. En cambio hoy tengo una corazonada. Vas a venir a la fiesta porque la organizamos en mi cuadra. No sé qué voy a hacer cuando te vea entrar en el salón. Las luces de los protones van a pintar tu remera, tus rulos despeinados… Ya se me empezó a saltar el corazón de solo pensarlo. Quiero verte bailar, que seas el rey de la pista de los Pasión Matambre. Quiero esperar desentendido hasta que te acerques, hasta que me busques, esta vez voy a guardar los detalles, ya voy entendiendo en qué lugar de mí los podría ubicar.

Un cuento de

Carolina Martínez

(1977, Zapala)Zapalina en Buenos Aires. Licenciada en Comunicación Social UNLP. A veces periodista y a veces escritora de ficción.
Leído por

Martín Paglione

(Buenos Aires, 1990)A los 12 años empezó su formación como actor. En 2018 egresó de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD). Dirige la obra teatral «Las voces del río» desde el 2016 y tuvo como docentes a Santiago Doria, Marcelo Savignione y Guillermo Cacace. Participó en obras teatrales, infantiles, publicidades y cortometrajes como actor. Actualmente se encuentra realizando la carrera de Montaje en la ENERC.

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