Una mujer descalza y con un cuchillo en la mano
Noche de fiesta. 123RF.

Relato de ficción

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Cuando Avon la premia como mejor vendedora del año, Herminia Patricia Paredes no puede estar más feliz. Sin embargo, hay algo que empaña su alegría: desde que internet llegó al pueblo su eposo se la pasa mirando porno y la dejó de lado. Pero ella es una mujer emprendedora y está dispuesta a todo —absolutamente a todo— con tal de solucionarlo.

El plan era tirar la casa por la ventana. Cerrábamos un ciclo de ventas exitosas con las emprendedoras de Avon y la empresa ofreció una fiesta de fin de año. Yo había resuelto dejar atrás las amarguras de las últimas semanas y concentrarme a pleno en el festejo. Me puse mi vestido de lamé dorado, uno muy fino que también usé cuando egresó la nena. Vuelvo a nuestra fiesta: estábamos todas preciosas, parecíamos salidas de una de esas películas norteamericanas que pasan en el cable los sábados. Usé el labial carmín 127 que me hacía juego con la bijouterie  de perlas rojas y doradas. No me puse mucho rubor porque soy de pómulos pronunciados, pero de las sombras no me olvidé. Usé las mark  de gama dorada. Me peinó Claudina con un rodete memorable. Quedé con la cara tirante como si me hubiera hecho un lifting, pero no, era el peinado y la crema ultra hidratante para noche y día, la que justo ese mes aparecía en promo en el catálogo de revendedoras independientes. A mí también me ayuda la genética, tengo cincuenta y tres, aunque las chicas dicen que parezco de cuarenta. Me apliqué la máscara para pestañas de longitud extrema y de perfume me puse el clásico alelí supreme, frutal, pero a la vez persistente. La verdad es que me quedaba bárbaro todo el conjunto.

Yo me sentía espléndida esa noche a pesar de mis asuntos en casa. Sabía que me iban a dar una mención por ser la mejor vendedora del mes de toda la localidad de Agrelo y había muchas posibilidades de recibir el premio por ser la vendedora más emprendedora del año. Venía muy bien de puntos. Ese año mi desempeño fue un hit y hasta había logrado organizar un encuentro demostración en una casa del barrio residencial. Por lo general eso te suma bastante porque te hacés unas clientas bárbaras. El tema que yo tenía era Elvira. Ella siempre vendía más que todas porque tenía tres hijas mujeres que se llevaban el catálogo a las oficinas de la municipalidad y del juzgado y ahí le enchufaban el librito a todo el mundo. No es de mala, pero yo creo que lo de Elvira no era por mérito propio, era más bien una empresa familiar. Y así cualquiera, ¿no?

Nunca le deseé el mal a nadie, lo juro por la virgencita, quedioslaguardenlagloria, pero esa noche yo sentía que una ayudita me iba a venir bien. El premio era como las rifas de la carnicería, presencial, si no ibas no te daban nada y no es con mala intención, pero la noche anterior recé bastante para pedir que Elvira no fuera a la fiesta. Cuestión que se me dio. Una de las chicas contó en el grupo que a Elvira se le había hinchado el vientre, quizás por alguna indigestión, y que esa noche no iba a llegar al evento.

La fiesta era fabulosa, me hacía acordar a mi baile de egresados del colegio, cuando me enganché con Carlos que en aquella época era buen mozo y alegre, no como se puso después. Las chicas y yo estábamos muy entusiasmadas, cuando entramos al salón nos pusieron unas coronitas doradas de plástico y unas bandas de reina que decían: «Tú haces todo más bello». Era un agasajo bien merecido por un año de tanto trabajo. El salón estaba decorado con globos de colores y los manteles estaban impecables. Nos dieron unos canapés con atún y una crema extraña que se dejaba comer bien, pero no pude distinguir de qué era. Yo estaba muy charlatana y siempre llegaba tarde al bandejeo, además no me quería hinchar porque el lamé dorado es súper alcahuete. Lo que era delicioso era el vino porque parecía un juguito y se me subió a la cabeza antes de que se largara el baile.

Si bien estaba en la etapa de tener calores, yo era una de las más jóvenes de la fiesta y esa noche estaba en mi salsa. Cuando el primo de mi amiga Mirtha, que hacía de locutor, anunció por altoparlante que yo tenía que presentarme en el escenario, salté de la emoción abrazada a las chicas y rompí un taco. Como estaba pum para arriba y no pensaba ir rengueando hasta el escenario, rompí con la mano el otro taco así me emparejaba. Ahí descubrí lo importante que son los dos tacos para la estabilidad de una, más si tenés busto, cadera y glúteo bien puesto como yo. Cuestión que llegué lo más compuesta que pude hasta la tarima que hacía de escenario y con felicidad recibí la noticia de que era yo la vendedora más emprendedora del mes. A falta de Elvira, también la del año. Por eso me gané el premio soñado: un pasaje a la Capital para hacer la caminata de revendedoras independientes en los bosques de Palermo. Un sueño cumplido. Me dieron un sobre simbólico, o sea, vacío, y una remera fucsia talle L que decía Mujeres Avon en movimiento. Mi espíritu estaba inflado, casi no entraba en el cuerpo por tanto orgullo. Me hubiera gustado compartir la noticia con mi hija, pero ella ya se había ido del pueblo hacía como cinco años y venía poco a vernos a Carlos y a mí. Todas las chicas me abrazaron, pidieron brindar conmigo y el juguito cada vez era más suave. Era la reina de la noche y mi carmín 127 estaba intacto.

En un momento apagaron las luces y llegó la hora del baile. Yo enseguida revoleé los zapatos sin taco debajo de una mesa y bailé como una profesional de la bailanta. Estaba extasiada. Robé unos tragos de la petaca plateada de Aurelia —ella se llevó su propia bebida porque sufre de acidez— y bajé con la cola hasta el piso para hacer el meneaito y ahí, ahí, ahí. ¡Quién hubiera dicho que me iba a acordar de la coreografía después de tantos años! Todavía me acuerdo cuando la nena me lo enseñó en su baile de egresada. Dicen que el baile del meneaito es como andar en bicicleta, tu cuerpo no se olvida más. Estaba feliz, pizpireta, como en una propaganda de Wellapon. Mónica se puso envidiosa, me retaba y me decía que estaba borracha. La chupandina es ella que se bajó toda la sidra atrás del cortinado del salón. Pero viste cómo es esto, siempre se están fijando en el comportamiento del otro porque tienen cola de paja. Como Carlos, que últimamente no me trataba bien y creo que era porque había descubierto su horrible secreto: usaba internet para mirar chicas jóvenes desnudas. Un asqueroso. No puedo explicar lo que me indigna esa actitud. Creo que lo empezó a hacer desde el primer día que pusieron la antena los de Televisora Color. Cuestión que a la amarga de Mónica no le di ni bolilla porque yo me sentía estupenda.

En algún momento perdí mi copa y empecé a tomar de los vasos de las chicas. El calor era terrible, por más ventiladores que prendieran la temperatura subía por adentro y no había forma de bajarla. Claudina vino de atrás y me miró con cara de hacer macanas. La conozco de chiquita y siempre le digo: ¡Ay Claudina cómo se te nota a vos cuando se te desencaja el coágulo! Y tal cual, venía con dos vasos llenos de una bebida color ámbar y me dijo sonriendo: Fondo blanco como cuando estábamos en el colegio. Yo no le iba a decir que no a nada en semejante jarana así que chocamos los vasos y ¡zas! Todo ese fuego líquido directo a la tráquea y un mareo feliz como si alguien nos estuviese hamacando.

Con tanta bebida me dieron ganas de hacer pichí. Recuerdo que caminaba como una emperatriz, sentía que el mundo era mío, todo era perfecto esa noche excepto por el recuerdo de Carlos mirando a las chicas esas en internet. ¡Qué puerco! Hacía semanas que estaba angustiada por ese tema. Él antes me miraba a mí, pero ahora miraba chicas con la edad de nuestra hija. Un degenerado. La idea era insoportable, yo no me lo quería contar ni a mí misma, pero de algo estaba convencida: todo era culpa de la antena de internet. Antes eso no pasaba y ahora esas páginas web le estaban arruinando la mente a mucha gente. Encima Carlos, con lo débil de voluntad que es, cayó rapidísimo en el vicio. Cada vez me convencía más de que internet era la única responsable de mi tragedia matrimonial y a mí, Herminia Patricia Paredes, una antena de morondanga no me iba a ganar.

Fue en el baño, frente al espejo, apoyada en la bacha de plástico, que se me ocurrió la gran idea. Me miré desafiante a los ojos y me dije en voz alta: ¡No, princesa! ¡Esto se corta acá! Y decidí ahí mismo que era hora de ponerle fin a todo ese asunto de una manera determinante. Mi plan era afilado y lo mejor es que se me ocurrió de golpe, como que me bajó de algún lado, una solución celestial. Para lograrlo tenía que salir de la fiesta sin que nadie notara mi ausencia. La idea era ir y volver rapidito para que no sospecharan nada. Esa bebida que me dio Claudina era maravillosa. Veía todo el procedimiento muy claro: pedir prestado, o más bien sustraer, un cuchillo, escurrirme de la fiesta e ir hasta la oficina de Televisora Color que estaba muy cerca. Ellos son los que trajeron esa inmundicia de internet al pueblo. Yo ya tenía fichada la antena, la miraba fijo cada vez que pasaba con el auto por esa cuadra.

Claudina vino a buscarme al baño. Entró bailando Bruta, ciega, sordomuda, y me dijo que en el salón ya estaban por cortar la torta. Salí de mis pensamientos y me puse un poco más de alelí supreme. Tener olor rico te cumple los deseos, eso les digo siempre a mis clientas. Le pregunté a Claudina si tenía un poco más de esa bebida fuerte que me había dado. Me dijo que obvio y me llevó de la mano dando pasos cortitos pero veloces. En la cocina había un mozo que nos llenó dos vasos y ¡zas! ¡Otro fondo blanco! Este no fue como el primero, me pegó un sacudón, como de zamarreada, pero no me hizo frenar el plan. Ahí nomás me metí el Tramontina con mango de madera en un dobladillo del vestido y salí disimulada de la fiesta. Antes de que terminara el asunto de la torta ya pensaba estar de vuelta y devolver el cubierto.

Me dio vergüenza salir así vestida a la calle y encima en patas, pero sabía que era ahora o nunca. Caminé una cuadra y media tapándome la cara con el pelo para disimular, y ahí la vi: una parabólica blancucha y petisa plantada en medio del patio de Televisora Color. Era un artefacto flaco e insignificante arriba de un trípode oxidado y me acuerdo que pensé: ¿Cómo una porquería tan chiquita puede traer tantos vicios en la comunidad? Ahí nomás salté la reja y me paré al lado para observarla. Quería estropear esa porquería con mi Tramontina y no sabía cómo hasta que vi el cable gordo y negro que le colgaba. Todos tienen su talón de Aquiles, pensé y se me iluminó la cara con una sonrisa decidida a hacer justicia. Me acerqué descalza a cortar de un cuchillazo el cable de internet.

Vi blanco y una fuerza impresionante me tiró de espaldas a la reja. Debo haber volado más de un metro y caí descaderada al pasto. El vestido me quedó inservible, parece que el lamé se derrite con los electrocutamientos porque se me quedaron pegados unos pedazos de esa tela en el cuello y en el mentón. Fue dolorosísimo despegármelos y todavía me quedan manchas tornasoladas en el cutis.

Después del patadón, me desmayé unos segundos y cuando desperté quedé pasmada, la cabeza me latía como si tuviese un recital de malambo adentro. Volví a casa caminando como pude. Por suerte aún era de noche. Las rodillas también se me estropearon con semejante zarandeada y ahora están resentidas porque además subí mucho de peso. Quedé en esta condición un poco por el electrocutamiento y otro poco por las pastillas que me da el doctor que me hacen retener líquido. Me dijo que son provisorias, hasta que se calmen las cosas. Ojalá que sea pronto porque siento que mi cara ahora parece un globo, pero yo en verdad no soy así. Ahora estoy como una mamushka que debajo de este cuerpo voluptuoso que ves tiene otro que es más chiquito, digamos. Por suerte nadie nota mucho el cambio, todas las mañanas me aplico la base maquillante true colors —me pongo unas tres capas— y refuerzo con el iluminador en barra para contorno y realce. Igual el beauty tip que más tengo en cuenta es el de los labios: me aplico mucho brillo labial ruby shock para desviar las miradas hacia otro lado de la cara y que nadie se percate de mis mofletes.

Fue una desgracia con suerte porque, como bien decía nuestra entrenadora de ventas, a veces una crisis es una oportunidad y con todo este revoleo casi todas las cosas encontraron su destino. Carlos se dio a la fuga después de treinta y cuatro años de matrimonio. Ni chau dijo y se llevó hasta el alicate. Dicen que anda en el pueblo de al lado muy de novio con una maestra, pero yo no sé, pobre infeliz. Pienso en él, calvo, tristón, con sus camisas marrones de manga corta y me da angustia. Dicen que es incurable esa enfermedad de ser tan chancho de viejo. Yo en cualquier momento voy a retomar mis negocios en Avon. Ni bien recupere mi peso arranco con las charlas demostración.

Ahora estoy a full haciendo aerobics en el living. Transpirar es muy sano para la salud, por eso me pongo unas bolsas de nylon en la panza para hacer ejercicios. Me compré el conjunto de gimnasia completo y uso la remera que me gané en la fiesta. Estoy dejando pasar unas semanas también porque se enteró hasta el último bicho canasto del pueblo sobre el asunto del atentado a Televisora Color. Así lo llamaron los exagerados de la radio. Quiero volver divina cuando estén todos hablando de sus cosas.

Finalmente, la antena se rompió con ese electrocutamiento y como las cámaras de seguridad registraron toda la escena con detalles, los de Televisora Color me cobraron una multa desconsiderada. Calculo que fue con mi plata que mandaron a traer una mucho más grande desde la Capital. A esa sí que no me le animaría, es alta y señorona. Además, ahora que Carlos me dejó sola en casa sí me gusta internet porque me abrió un nuevo mundo de posibilidades. Me di cuenta de que puedo enganchar los programas de fitness por YouTube a cualquier hora y eso me ayuda a recuperar peso y ánimo. Pero también descubrí que está lleno de salas de chat para conocer gente nueva, hay unos churros bárbaros. Como ese muchacho tan buen mozo que se hace llamar Papu42 y que me manda corazones y fotos suyas mirándose en el espejo del baño. Un morocho para el infarto, un caramelito sin papel: todo musculoso y atento a las cosas de mi vida. Me pregunta de todo: dónde vivo, cuánto cobro, en qué mes planeo irme de vacaciones, cosas así. Se nota que está re enganchado conmigo porque ya quiere conocer mi casa. Dice que lo estimulo. Me pide que le envíe fotos mías, pero no de mi cara sino de otras partes de mi cuerpo. Me pide también que desfile frente a la camarita y que haga movimientos sexy. Yo le doy el gusto. Uso mis conjuntos hot, esos que a Carlos le parecían pan de ayer, y prendo la videocámara cada vez que lo veo conectado.

Un relato de

Carolina Martínez

(1977, Zapala)Zapalina en Buenos Aires. Licenciada en Comunicación Social UNLP. A veces periodista y a veces escritora de ficción.

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