El girasol sexual
Una mujer caminando en tacos. GETTY.

Crónica introspectiva

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Un techo que se cae, un desayuno que queda por la mitad y un mail que llega con una pregunta: «¿Estás hablando de mí?». Daniela Pasik tuvo un pasado de escritura sexual bajo un pseudónimo. Pero nada desaparece en internet y algo de todo aquello sale a flote cuando llega la pregunta en su bandeja de entrada.

Dormí mal. Culpo al calor. Soy un girasol, busco luminosidad, le doy la espalda a lo oscuro, soy un girasol. Es mi mantra 2020. Me preparé un desayuno delicioso y lo llevé al lado de la ventana. Puse música. La tibieza de la mañana me acarició la cara. Comenzaba a formarse mi sonrisa cuando pum, se cayó el techo. No es un eufemismo. El cielorraso, literal, comenzó a nevar sobre mí. Una tormenta en el interior. Y así, blanca como un fantasma, leí el mail que llegó desde el pasado más inmundo.

Un engreído al que no sé por qué alguna vez le di bola, en mi casilla de correo. Subject: «¿Estás hablando de mí?». Cuerpo de mail: «Qué fortuna el algoritmo, me apareció la columna tuya en la que contás cuando te revolcaste con un pibe hasta llorar de placer. Soy yo». Puaj. Quise reírme de su ego, el descaro, pero no pude. Me enfrentaban el café, las dos tostadas, el juguito, todo lleno de copos de yeso. Tragué una bola de ira y desesperanza. Picante. Amarga.

«Satori sexual» es columna en cuestión. Forma parte de una saga de pequeños cuentos eróticos que firmaba con un alias. Son en primera persona, las aventuras de una chica sabia y desfachatada, puro fuego. La publicaron hace cuatro años. ¿Por qué me hablaba de eso ahora? ¿Qué algoritmo le había dado la excusa? Otro pequeño alud de cielorraso cayó más allá. Ni me acordaba qué decía ese texto. Salí de la mini avalancha con doble desesperanza. Fui hasta la computadora, en otro cuarto, lejos de las pizcas de pintura y polvillo.

Busqué en mis archivos y leí de cruzado. «La pequeña muerte. Es una forma de referirse a ese ratito después del orgasmo en el que se borronea el sentido de las cosas. Dura nada, pero mientras ocurre es eterno. Cinco segundos, con suerte, de una especie de pérdida de conciencia». Y en negrita, destacado: «Es una revolución. Termina algo de modo definitivo. Se sacude el mundo, es tangible. A mí se me apaga la conexión con lo exterior. No escucho, no veo, casi no puedo moverme. El cuerpo tiene tanta presencia que yo ni estoy ahí. Todo queda electrificado, un hormigueo adormecedor. Me encanta».

¿A ver la parte a la que se refería el zombie? «A veces, además, lloro. Son lágrimas que no pueden quedarse adentro, salen calientes y corren por mis cachetes hasta el cuello, es un chorro salado, un alivio de algo que no sabía que me oprimía y finalmente se suelta». Eso. Entonces, a pesar del yeso en las pestañas, expulsé una carcajada. ¿En qué planeta este tipo llegó a creer, con las revolcadas paupérrimas que tuvimos, que podría haber estado hablando de él? Sentí grima. Me alejé de la computadora. Volví al living nevado. Examiné los daños. Tomé un sorbo del café olvidado y tragué la amargura de la cal. Escupí. Perdí el rastro de la sonrisa.

Dije mi mantra otra vez. Fui a ducharme, me vestí, agarré la cartera y salí de casa. El plan era simple: desayuno por la calle, llamo a un arreglacosas, listo. Casi todo el mundo que me conoce sabe que la de la columna era yo, porque no existe el anonimato por más pseudónimo que se use. Y muchos varones, aunque veían a la cero femme fatal que soy, me empezaron a tratar como a una estrella porno. Este gil se debe haber enterado y se puso a buscar algo para hablarme. Fue por eso, concluí. Soy un girasol, repetí. Y con lo del techo después veo.

Puse un pie en la vereda y una señora malhumorada me empujó. Antes, todo el tiempo me escribían desconocidos para comentarme guarradas. Por mis redes sociales llegaban miles de nuevos followers o solicitudes para conectar con esa narradora, no conmigo. Me daba risa. Esta mañana no fue así. ¿Me había pegado mal la coincidencia del cielorraso nevando y el mail del mal? Busco la luminosidad, insistí. Decidí ir a mi bar favorito. Llegué. Estaba cerrado. 

La primera columna que escribí era sobre que muchos hombres no distinguen entre acabar y eyacular, creen que es lo mismo porque les suele suceder a la vez. El chabón del trabajo que nunca me hablaba y hasta me trataba medio mal, de pronto vino a cebarme mate. «¿Te gusta amargo?», preguntó acodado en mi escritorio, y antes de mi respuesta, sumó: «¿Cómo sabes esas cosas? ¿Mucha práctica sexual, tenés?».

Así empezó aquel aluvión de muchachos flasheando, que fui recibiendo más o menos en este orden: incrédula (¿seguro que es conmigo?), paranoica (¿qué quiere de mí?), halagada (bueno, sí, soy divina), un poco harta (10 mensajes babosos por una columna sobre usar un dildo), muerta de risa (algunos tienen buenas estrategias, por ejemplo: «¿Alguna vez te acosaron por LinkedIn?», en la bandeja de entrada de esa red), sorprendida (¿de verdad alguien cree que va a conseguir algo mandando fotos de su pene a desconocidas?) y al final indiferente (sí, me aburrí).

Le doy la espalda a lo oscuro, seguí rezando cuando llegué al segundo bar. Había una mesa al lado de la ventana, buena señal. Después de un rato largo entendí que era invisible, el mozo atendía a toda la humanidad ahí congregada, menos a mí. En fin. Una vez, un amigo, de esos que (hasta ese día) creía era como un hermano, me dijo «me vas a freír la cabeza». Fue en los comentarios de la columna en la que conté cómo una travesti hermosa me había depilado completa.

«Imaginé que iba a dejarme un mohawk punk. Pero el corazón de Pamela es más creativo que eso. Extendió la cera y recién en ese momento entendí lo que estaba haciendo. Inhalé. Metió sus uñas para despegar una punta del pegote y me hizo cosquillas. Tiró. Grité. Me entregué. Cuando completó el trabajo puso la crema humectante, ahí. Sin apuro, despacio. ‘Mirate’, suspiró. Y vi mi conchita de muñeca, pelada, suave, reluciente. ‘Te queda hermosa, naciste para usarla así’, dijo admirando su obra, y así la uso ahora».

Ese era el final del texto, y desde entonces, aquel, digamos, amigo, le pone like hasta a mis errores de tipeo en Facebook. En aquella época varios chicos con los que salí me pidieron ser personajes de la columna. Y muchos zombies reaparecieron por mail, chat, Twitter, Instagram. Todo eso dejó de pasar cuando terminé de escribir esa saga, hace ya tres años. Lo de este zapato es un caso aislado, decidí. No hay techo ni chabón que pueda contra mí, me arengué. Soy un girasol, dije, y levanté la mano. El mozo me hizo el gesto de «ya voy». Respiré.

Entonces recibí un WhatsApp. Otro pibe que no veo hace siglos. También se hizo cargo de esa columna que no entiendo por qué volvió al ruedo. Esto se llama pronoia, es lo contrario a la paranoia. La persona afectada está convencida de que el universo conspira a su favor y que todo lo que pasa es para su beneficio. Suena maravilloso, pero es terrible. Al menos para mí, que esta mañana me encontré rodeada. Y de moño, recibí un DM. Muchacho desconocido, que ni siquiera me sigue en Twitter: «Quiero causarte una pequeña muerte». Decidí que la situación ya era algo creepy. Y el mozo nunca vino, claro.

Estaba en mi propia versión de Un día de furia, la película esa en la que Michael Douglas rompe todo, se le desata la ira en un Mc Donald’s cuando no le quieren vender el desayuno. Ese era mi momento crucial, la calma que antecede la crisis. Sentí, realmente, cómo me comenzaba a hervir la mollera, una pava al fuego. Salí a la calle. Apagué el teléfono y empecé a caminar.

Podría haber hecho un numerito a lo She Hulk, pero estoy aferrada a la estrategia del girasol. No rompí mis vestiduras para transformarme en una monstrua verde, que por otra parte hubiera sido bastante porno de ver. Puse los auriculares en su sitio, elevé el volumen de la música, elegí la playlist que uso cuando voy a correr y caminé. Caminé unas doscientas cuadras. Obligué a las endorfinas a salir. En un supermercado, el último antes de que se acabe la ciudad, compré un whisky. Ya eran las tres de la tarde cuando me apoyé sobre la baranda de la costanera que mira al río. 

No tenía un vasito para ver el ámbar rebosante, ni el chorrito de agua que abre delicadamente el bouquet. Le di un beso al pico de la botella. Se me encendió el paladar. Desde que escribo sobre sexo descubrí un mundo de tipos delirando. Me refiero a casi delirium tremens. Comenzó antes de la columna, cuando publicaron Porno nuestro, un libro que habla de cine. Es una investigación periodística. Igual empezaron a revolotear, con sus alas de fantasía sexual, un número asombroso de desubicados. «Si ves porno y te gusta debes ser una fiera en la cama», me dijo uno en una fiesta, que de pronto decidió llevar el cliché del varón cis heterosexual al máximo la caricatura.

Todavía cada tanto me llega alguna invitación de gente conocida que me resulta sospechosa y al toque los imagino: libro en mano A, bragueta en mano B. Me ha pasado de estar por la segunda cerveza con uno que creía prometedoramente gracioso y verlo convertirse en salame, embutido en su delirio, y comentar a cuento de nada que lo «ratonea» que escriba sobre sexo. ¡Pero si estábamos hablando de viajes! ¿Y qué es ese término ochentoso? Es como si salieran de una película de Olmedo y Porcel.

Lo de hoy era tan absurdo que no entendía por qué no me daba risa. Culpo al calor. Muchos varones enloquecieron y me lo comunican. El extraño del DM no me molestaba tanto, aunque sea medio aterrador. Los otros dos, que me conocen, son los que me sublevaron. Descubrí la clave y comenzó a pasarse la bronca. ¿Qué o quién les habilitó esa vía? Prendí el celular, entré a mis redes sociales, busqué y encontré.

Uno de los muchachos que suelen escribir a la fanpage de Porno Nuestro pidiendo sexo (¿por qué siempre con faltas de ortografía?) descubrió, entre comillas, que una de las autoras (o sea yo) solía hacer una columna sobre sexo firmada con pseudónimo. Lo avisó ahí, en ese muro y también en el suyo. Además puso, en el viejo post de Satori sexual, un comentario: «Esta es mi faborita». Y me taggeó. El algoritmo hizo lo suyo, como bien dijo el primero de los zombies. Así volvió al ruedo, ok.

Le tengo cariño a esa columna, la narradora es parte de mí, soy ella y también un girasol. Con vergüenza ajena copié y pegué el mismo texto para ambos, en mail y WhatsApp: «No era para vos». Casi los pude ver recibiendo mi respuesta, en el jardín de pronoicos, ceja levantada y certeza basada en nada a flor de piel, mascullando «claro, claro». Qué me importa. Al pajero aterrador de Twitter lo bloqueé. Le mandé un mensaje a mi arreglacosas para que se ocupe del cielorraso.

Ahora miro la lontananza. Está terminando la tarde y me vuelvo a chapar al whisky. Sonrío de costado. Se acerca un perro hermoso, callejero, y me hace espejo a la mueca. Juega con una botella de plástico vacía, como yo con la de vidrio. Es el rey del buen flash. Trato de hacerle espejo. Si me sigue cuando me vaya quiere decir que es mi amigo. Empiezo a caminar y viene. Estamos yendo para casa. Guau.

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