Diario semanal de sexo,  amigos y libertad
Matías y sus amigos. ALE GUYOT.

Crónica introspectiva

Audio RevistaOrsai.com Diario semanal de sexo, amigos y libertad

Matías Fernández Burzaco no es solo un fenómeno porque escribe como los dioses, sino porque a lo largo de su vida supo flanquearse de un grupo de amigos increíbles. Uno de ellos es Tomi, que se compromete a masturbarlo porque a él le cuesta tocarse solo. Una nueva y maravillosa entrega de este escritor prodigioso.

Sábado

Me toqué pensando en Tomi, mi mejor amigo, que dijo que me iba a pajear con guantes. A la mañana me pusieron la botella para hacer pis y empecé a rozar el pito con el borde; lo hice con tanta furia que casi me sangra. 

Cada vez que estoy en la cama tapado, se acuesta detrás mío y me cucharea. Hace de cuenta que me penetra con ropa. «¡Oh, oh, ah, oh!», gime en broma. Ahora nos vamos a comprar comida en bolsita para el perro. 

—En estos días te pongo en cuatro y te cojo —dice. Me pongo colorado. 

Me pregunta si me suelo tocar. Le respondo que no, que la última vez fue hace dos semanas, que nunca puedo. Piensa que lo hacía con un lápiz: que, con el mismo que me rascaba las piernas, acomodaba el pito hasta mi mano y empezaba. El local de la coreana que vende barato y me hace descuento, está cerrado. Vamos al chino a comprar chocolates. Chocolatex, bromea por los guantes de látex.

—Así que ya sabés: cuando quieras clavarte una cuca me avisás, me pongo los guantes de enfermero, te desnudo y te apoyo tu mano en la cabeza de la chota.

Volvemos a casa. Comemos los chocolates en menos de un minuto. Las bocas nos quedan manchadas. Me agarran ganas de hacer pis y mamá está dando una clase de danza en el living. No puedo llamarla. Sacudo las patas y de tanto moverme transpiro. Le pido a él que me acueste y me corra el calzón: quiero que sea él, no otra persona. 

—Pará —grita—, tenés fantasías sexuales con tus amigos. Qué morboso.

—Y vos con los discapacitados —le respondo. 

Domingo

La máscara me está reventando la cara. Me ajusto las tiras hasta el fondo y duermo toda la noche sin rotar. Mamá recorta un parche color piel y me lo pega en la nariz hinchada. Arde. Podría taparme toda la cara. Me sienta y me lleva al espejo. Moverme es lo único que me despierta. A veces estoy quieto un rato y me da miedo quedarme dormido. Mi superpoder es mirar. Mi cabeza es una bola pesada, parece que tuviera hidrocefalia; me ponen una toalla en la nuca para enderezarla y que no se caiga. Mi cuerpo está muerto; mi cerebro, demasiado vivo.

Los amigos dijeron que me hiciera un tatuaje en el brazo, justo en la parte planita, la que no tiene nódulos. Un dragón que tire fuego. Creo que es en el único recoveco que quedaría bien: abajo del hombro, justo donde van los pinchazos. Me acuerdo que en la primaria un amigo me dijo por messenger: «Deforme». Y, a la mañana siguiente, otro amigo lo fue a buscar a la casa para cagarlo a botellazos. No salió nunca.

El mismo chico —y en el mismo año— invitó a dormir a mi mejor amiga a su departamento. Teníamos once. Le dijo que iban a hacer pijama party, pero de a dos. Apenas se durmió, la empezó a tocar. Le bajó el cierre del jean y hundió su mano. Al otro día ella se despertó temblando del miedo y se fue sin hablar.

El lunes lo vimos sentado en el grado como si nada. Quise que lo agarraran y lo sostuvieran en el aire así le metía un cabezazo en la nariz. Los amigos lo arrinconaron y uno le rompió el labio.

Lunes

Anoche me cuidó mamá. Dormí de un tirón, estoy feliz porque la dejé descansar. Me despierto y me arrancan la máscara. Los músculos de la cara se ablandan. El nódulo de la nariz resalta en mi vista: amaneció hinchado. Los bultos son como hijos chiquitos: hay que cuidarlos. Mamá me recorta un parche y me lo pega para camuflar. Trae tostadas con mermelada y desayunamos en la cama. Después me lleva a ver la luz del día, el taller gigante que hicieron al lado nos sacó el sol. La enamorada del muro creció tanto que los invadió. Les dimos nuestra naturaleza, dice mamá. Le pido que me moje los ojos, que me ponga el reloj ajustado, que me peine la mecha que me teñí de rubio. No lo hace.

—Con nódulos y todo, sos hermoso.

Bajo la rampa de calle y el día me limpia la cara. Miro la línea amarilla, pintada: conseguí estacionamiento libre en la puerta de casa. Me gustaría manejar y frenar mi auto algún día, pero sé que es imposible. Vamos a buscar una escalera para pintar los cuartos. Hay un viento caliente que produce alivio y se lleva las hojas del otoño. Mamá las ve volar. Traba mi silla y las junta del suelo. Caen girando como avioncitos y dibujan una silueta en el aire.

—Las voy a llevar a mis clases de danza —dice, y lanza un puñado al cielo—. Pueden bailar, como vos.

Martes

Medialunas doradas y coca helada. El cielo púrpura que se mete entre las copas de los árboles. Canteros de rojo polvo con plantas que se agitan al sol. La vereda despejada y que nadie mire. Ir a la panadería con los amigos y traer un kilo de masitas de chocolates, mas medialunas quemadas con almíbar y una tarta de manzana. Ver a los gatos negros correr por debajo de las camionetas abandonadas. Revolear la cabeza y bailar en la silla, saber que voy a publicar unos relatos y que encontré una manera de contar. Apretar la mano y palpar los nódulos como si fueran hijos que nunca me abandonarán. Tocarlos y decir: miren qué raro soy, qué deforme, y lo voy a contar todo.

Mamá llora en la cocina. Me robó la computadora y se hizo un bollito con los auriculares y las frazadas de lana para escuchar un texto mío que leyeron en la radio: un texto sobre los amigos, los que sostienen y dan piernas para correr contra el viento y brazos para comer como un salvaje. 

Acabo de compartir la nota en las redes. No sé qué viene ahora. En la vida todo fue improvisación. Pero llegó la hora de mostrar, pienso y palpo en mi respiración que ya soy un hombre. Solo había que mirar. Cuando le muestro una sonrisa verdadera al espejo, mi cara encaja. Nunca me enamoré ni imagino cómo es pero me río solo toda la tarde como un idiota. No puedo disimular mi risa. Quiero saltar y moverme como un bailarín, tocarme la cara y besar a alguien. Mamá infla su cachete y, con mi mano, hace explotar el globo que se le forma. Duermo como un muerto, con el reloj puesto. Cuando publico un texto es como si me desnudara.

Miércoles

Los amigos me cuidaron. Los amigos mintieron, no era que no tenían nada que hacer: cancelaron cenas con los padres y las abuelas cuando la mesa estaba lista para cuidarme. Los amigos faltaron a la facultad a las siete de la mañana para cuidarme; antes de subir el primer escalón de la entrada, se dieron vuelta. Los amigos se acostaron a las cinco y se levantaron a la seis para cuidarme; hundieron sus caras en el café con leche, derretidos del sueño. Los amigos no fueron a exámenes para cuidarme; se quedaron en patas cerca de mi cama, chupándose los dedos por el alfajor. Los amigos faltaron a entrenar y a jugar un partido decisivo para cuidarme; llegaron y dejaron la mochila con los botines y las canilleras con barro mojado en mi cama. Los amigos se quedaron una semana de vacaciones en casa para cuidarme; durmieron al lado del respirador que resonaba y alumbraba en la oscuridad. Los amigos comieron milanesas con papas fritas y huevo frito de almuerzo, de merienda y de cena para cuidarme. Los amigos me desnudaron, acomodaron mi pito con un lápiz y lo enchufaron en el papagayo para cuidarme. Los amigos cucharearon conmigo y dieron besos con lengua para cuidarme. Los amigos pasearon por las calles y de pronto frenaron, caminaron y de pronto trotaron, y de pronto corrieron para cuidarme. Los amigos se quedaron trece horas solos en mi cuarto para cuidarme. Los amigos dejaron plantada a una chica y se quedaron con las ganas de coger. Los amigos nunca pidieron —nunca piden— algo por cuidarme. 

Acabo de escuchar, otra vez, el timbre.

Y entonces lo de todos los días: agarrar llaves, llevarnos media panadería, tomar cuatro vasos de coca que rebalsan. Jugar al FIFA hasta las diez de la noche, darles paliza a jugadores de otros países que nos insultan. Me sientan en la reposera. Me dan el joystick que mejor anda y encajo mis dedos en los botones. No llego a todos. Pero solo necesito dos: la palanca de los amagues y el cuadrado para disparar al arco. Me gusta tirar todos los chiches posibles; no me importa ganar. Jugamos de a cuatro, dos contra dos. Jugamos siete partidos seguidos y no parpadeamos. Un amigo se pone en cuero, apoyo mi cabeza en su panza. Cierro los ojos y escucho el sonido del mar.

Jueves

La enfermera brasilera gusta de papá. Me cocina torta de manzanas y zanahorias. Le corta el pelo a mamá. Pero el tema es que apoya a Bolsonaro y a Macri. Todavía cree que el enfermero que viene los días restantes puede curarse de la homosexualidad.

Me va a contar sus historias, tiene pacientes muertos. No quiero hablar en este momento. Tampoco quiero quedarme solo con ella en la casa porque los ataques de pánico me acechan. Por eso vino otro amigo, para hacerme la pata: Iván. Toda la vida —jardín, primaria, las juntadas después— los amigos durmieron con los hermanos en la pieza del primer piso: yo gritaba, lloraba, puteaba a mamá pidiéndole ayuda. Ella dice que siempre fui demandante pero que me va a cuidar hasta la muerte. 

El griterío de mi cuarto ya no existe. La enfermera saca un colchón arrugado y lo pone en el suelo. Consigo lo que quiero, que mi amigo se quede a dormir. Le compraría una cama inflada y de dos plazas para que duerma desarmado de placer. Que mi cuarto sea una aldea de fiesta feroz y descanso a la vez. Que hagamos carpas como cuando éramos niños y que se apaguen las luces.

Viernes

Con él solemos cucharear. Pero anoche solo dormimos: algo es algo. El que es morboso, Tomi, viene esta noche. Hago pizzas al horno de barro para festejar que pronto firmo contrato por unas notas. No sé por qué, pero imagino que hoy dejo de ser virgen. La tía me hace una chocotorta deliciosa con barritas pintadas de oro. Invito a personas que casi no conozco. Un fotógrafo le tira onda a mamá. Papá llega de sorpresa y se entera del contrato, después de un año y medio. Lo peor: su cara triste. Me siento mal por habérselo ocultado tanto tiempo. ¿No lo merecía él, acaso, que me lleva a todos lados y me paga lo que necesito? Me pagó un taller todo el año pasado sin saber que era de relatos autobiográficos. Me pregunta con qué revista publico. Es sorpresa, le respondo sin mirarlo. Me siento un hijo de puta. 

Esta cena por suerte la pagué yo. Abrí el sobre con plata de notas vendidas y fui a comprar jamón crudo, rúcula y queso azul. El hermano amasó toda la tarde y ahora saca tres pizzas finitas de masa crocante. Es un capo. Escuchamos trap a los gritos. Brindamos con frascos helados, tomo champán. Miramos los ventanales de colores y el perro pasa por nuestras piernas. Tiramos freestyle hasta las cuatro de la mañana. Me queda poca voz. Papá se fue temprano. Mamá también, tenía una reunión en lo de un actor. 

Quiero hacer pis. Agito las patas. Los hermanos subieron a fumar un faso antes de que vuelva mamá. Tomi aparece con los ojos colorados y el pelo rubio despeinado. Le pido por favor que me acompañe. Me lleva al cuarto y me tira en la cama. Cierra las persianas que dan al patio para que nadie vea. Las puertas también. Viene desesperado, amaga a darme un beso en broma y me toca con su labio. Después chocamos las lenguas. Me saca el pantalón y la campera con la velocidad lenta y cariñosa. Mira mis medicamentos y manotea dos guantes blancos. Ahora te hago la paja, dice. Me corre el calzón. Caza mi pito y lo enchufa en la botellita. Espero. Hago pis. Me saca la botella despacio y la deja apoyada en una baldosa como si fuera alcohol. Algunas gotitas manchan el acolchado. Me tiene que secar. Agarra una servilleta de papel y me la pasa. El movimiento de su mano —pausado y repetitivo, como si tratara de borrar una basurita del ojo— me da cosquillas. Empiezo a reírme mientras pasa y pasa el papel.

—A vos se te paró —dice.

—No.

—Sí.

Me sube el calzón y el jean clarito. No me cierra el botón.

—¿A vos te tienta chupar una pija? A mí sí.

—Puede ser —le digo en voz baja, así afuera no escuchan—. El hecho de meterme algo en la boca, que no puedo cerrarla. Pero los hombres no me generan nada.

—Si te hago así te re calienta, mirá.

Me acogota el ganso, por encima del pantalón. El pito se me pone duro.



Textos

Matías Fernández Burzaco

Matías Fernández Burzaco es periodista. Tiene fibromatosis hialina juvenil, una enfermedad rarísima de la piel: en Argentina es el segundo caso. Anda en silla de ruedas y por las noches usa un respirador para dormir y no ahogarse. No toca, pero mira. Publicó sus crónicas y perfiles en La Nación, Perfil y Página 12. Ahora colabora en La Agenda. En Twitter es @MatiFBurzaco.

Temas relacionados

#Familia #Padre #Madre #Amor #Sexo

Comentarios

Orsai Samanta 04:40:13 - 23/11/2019

Hola Matias. Cuando leí tu nombre y el primer relato que publicaron en la revista, me sonó tu nombre y tu historia. Ahora, buscando en mí memoria, recuerdo porque creía conocerte. Soy la prima de Marcelo Rodríguez, al que le dedicaste unas hermosas palabras. Ahora que veo que publicas en Orsai, estoy segura que dónde esté, está muy feliz y orgulloso de vos.