La orientación del cuerpo
Matías durmiendo junto al saturómetro. CRISTIAN SURIANO.

Crónica introspectiva

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Esta vez, el relato autobiográfico de Matías Fernández Burzaco viene lleno de cuestionamientos y deseo. ¿Se siente atraído por los hombres? Todo transcurre mientras convence a su enfermero para tener un momento de privacidad, masturbación y placer.

Mi enfermero de la noche —porque leyó el texto en el que mi amigo Tomi me toca el pito, porque es homosexual, porque me hace pensar que quiere llevar a todos para su lado— piensa que me volví puto.  

—Vos sos una reputísima como yo, queriiiida —dice orgulloso y se cierra de piernas por la risa. Lo miro serio.

—No.

—Sí.

—No.

Hace una semana volví a cucharear con Tomi. Acostado atrás mío, dijo que le excitaba que lo mirara de reojo y me empezó a pasar la lengua por la cadera. Fueron unos segundos, y también me tironeó fuerte del pelo. El pito se me paró de nuevo. 

Mi hermano compró un balde de grasa y cocina empanadas tucumanas. El perro hizo pis en el piano. Mamá lo limpia de un baldazo y despeja la transpiración de su frente con la remera. No reaccionó por la nota. «Esas cosas son tuyas, mi amor, mami no se mete», dijo mientras me acomodaba la pistola  en la botella para hacer pis. Está trabajando todo el tiempo para mantener la limpieza; nadie la ayuda. Y ahora, como todas las noches, suena el timbre. Mi casa es la casa del barrio. No es hora de que vengan los testigos de Jehová a bendecir. Son los amigos, que entran por el patio. El cielo estrellado me hace sentir menos chico.

—¡Leí tu nota! —saluda Iván—. Ahora sé que te soplan la nuca. Ya me daba cuenta de que estabas pateando las puertas del clóset.

—Sos re puto, amigo —salta Fabi.

Tocan el timbre otra vez. Es Tomi. 

 —Ahí está tu macho —señala mi enfermero.

Hace unos meses volví de salir por Palermo y me recibió con una película porno gay. Puso dos veces una escena de Netflix en la que un hombre de barba blanca y pelo parado era penetrado. Un oso, el tipo de hombres que le gustan: grandotes, piernas y pechos peludos. Primero cerré los ojos porque no podía tapármelos. Después los abrí un poquito y después bien grandes. ¿Desde cuándo Netflix muestra partes íntimas? Me contó sobre el shibari, una técnica masoquista y sexual para atar a una persona del techo con sogas. Lo quiere probar. Me dijo que su novio se puso celoso al saber las cosas que hacíamos, como viajar abrazados en auto o dormir juntos en calzones. Que el ex le preguntó si me había «vaciado»: si me tocaba el pito y me sacaba la leche por las noches. 

—Te voy a convencer —vacila, me da palmaditas en la cola—. Vas a sacar tu costado homosexual. Te gusta la cremita, toda.


Mi enfermera de la tarde odia a los bolivianos. Es que no me gustan, explica, así como a vos no te gusta el arroz. Me pone las zapatillas coloridas al revés. La quiero matar: o sea, me doy cuenta recién a las tres de la mañana, cuando me voy a dormir y aflojo los pies. No sabe cuál es la derecha ni la izquierda: le indico con la cabeza, como si fuera un perrito de supermercado chino que se mueve. Me vuelca licuado en la remera de serpientes. Me hace trenzas mapuches y me quedan paradas: parezco un marciano con antenas. Comparte memes y se ríe sola. Mira Betty, la fea. Le comenta por Facebook a Flor de la V: «Vos qué te hacés la jermu, si no sos piba». Piensa que un amigo es maricón por pintarse las uñas de negro. ¿Qué pensará de mí? Como es enfermera sostiene que sabe mucho por ver desde adentro en los hospitales, que las feministas son imbéciles porque no entienden que el aborto jamás será seguro.

—Yo en el coletivo me peleo con las feminitas —me cuenta—. Porque el aborto no es para abrir las pierna. 

—Es para que no sigan muriendo tantas mujeres.

—Nunca hay seguridá en eso. Ah, che, traje esmalte para tu amigo, ja. 

—¿Para quién?

—Para el que se pinta como mariconcito, como mujer que chilla. 


Mi enfermero de la noche es un capo. Un capo mal, y en el verano nos vamos de vacaciones a Córdoba. Mi enfermera de la tarde acaba de renunciar a la guardia. Me lo avisa mientras me da una cucharada de puré y no suelta la telenovela. Mañana es su último día. Antes de ella tuve un acompañante terapéutico que no acompañaba. Jugaba al Candy Crush toda la tarde y cuando perdía ponía cara de muerto. Parecía un gato desolado: cuando hacía calor, se acostaba estirado en el suelo. El padre le había matado el perro a palazos. Llegaba al menos media hora tarde todos los días y no avisaba nunca. En un invierno se fue dos semanas a Ecuador de viaje sorpresa y nos notificó dos días antes; esa semana, justo, operaban a mi abuela. Me acompañaba a la facultad y hablaba mal de los trabajos de mis compañeros. Íbamos a presentaciones de libros y al final, cuando todos aplaudían, él decía en voz alta: «¿Tanto para eso? Bua». Lo quise reventar contra la pared. Despreciaba a Messi, mi jugador preferido. Despreciaba a Wos, mi rapero preferido. Elegía jugar al PES en vez del FIFA. Una locura. Se metía en discusiones con mi mamá. Les hacía ruiditos a las mujeres en la calle como si fueran animales.

También hacía trabajos que no le correspondían: cocinaba, limpiaba mi escritorio, me sentaba en el inodoro para hacer lo segundo y me cambiaba, me curaba con alguna gasa, me llevaba en colectivo, me subía a la terraza.

Pero hace un mes me enojé y lo eché.

Mamá dice que no valoro a las personas que trabajan asistiéndome. Puede ser.

—Nosotros te cuidamos con amor —dice—. Malo.

Mi enfermero de la noche viene hoy y tengo fiesta asegurada. Mi enfermera de la tarde se acaba de ir.

No sé qué me espera el lunes.


Una vez me tocó una enfermera. Muchas veces me alzaron tocándome los testículos; a veces me ponen un calzón ajustado, el pito resbala y me lo acomodan con la mano. ¿Qué pasará con las demás personas con diversidad funcional? ¿Eyacularán apenas los rozan? Yo hace dos meses que no me masturbo con la mano. Recuerdo cada segundo de esos cuatro minutos sagrados. Lo que hago, mientras tanto, es violar a la botellita en la que hago pis: meto y saco mi pito del pico. Antes me encierro en mi computadora, digo que estoy trabajando y me tapo así nadie ve.

—Vas a explotar si no te pajeás —piensa Iván. Es jueves, nos reunimos.

—Yo te ayudo —amaga Tomi—. No, mentira, me da paja.

—¿Te da paja? Yo quiero una.

Mi enfermero de la noche va mucho al baño. No sé si la caca tiene que ver con que te rompan el culo. Ayer me dijo algo que me dio risa: «No soy ni pasiva ni activa: soy versátil». A mí todo lo que tenga que ver con la cola me da rechazo. Los videos con escenas de sexo anal los saco rápido, me dan arcadas. Si una persona me coge, además, es una tragedia: me rompe todos los huesos.

—¿Cómo es eso? Contame, no logro entenderlo —le pregunto a mi enfermero.

—Tenés que probarlo con tu machote Tomi.

Los amigos toman cerveza congelada en el patio, así que con mi enfermero de la noche nos quedamos solos. Pone el aire acondicionado en 22 y me acuesta. Le pido si me puede pasar toallitas húmedas por el cuerpo, porque ya es tarde para bañarme. Me quiero sentir más fresco.

—A ver, contame —le digo, ya desnudo—. ¿Por qué se ponen celosos tus novios?

—Tu cuerpo especial, raro, querido. No cualquiera lo tiene.

—Ja. Aparte soy tu paciente.

—Claro, querido. Yo no haría nada. Nada que vos no me pidas.

Primero me mira, como si fuera un auto que está por lavarse. Analiza por dónde empezar. Me lava las axilas, los brazos, la espalda con curvas. Ahora los pies, odia el olor a pata. Las piernas cortas. Me limpia la ingle. Las bolas, y empiezo a tiritar. Me pasa por el pito, y no sé qué hacer. Me da miedo que se me pare. Me da miedo que apenas me roce acabe al instante. Me higieniza el pito, mueve la piel y se me levanta. No entiendo por qué, la puta madre. ¿El organismo actúa solo ante el mínimo contacto? Pienso en caca mocos y culos rotos  y mi pito se desinfla.

—Listo —le aviso—. Ahora me visto.

Me empieza a poner la remera floreada.

—Mhmm. ¿Te puedo pedir un favor?

—Lo que ordenes, señorcito.

—¿Me dejás clavarme una paja que no me la hago hace mil?

—Obviooooooooo.

Se pone los guantes de látex. En mi mano rara no entrarían, pienso. Al final me termina de poner la remera. El resto del cuerpo queda sin ropa. Apaga la luz amarilla del techo.

—¿Querés que te ponga una porno en tu súper tele? —pregunta.

—No, no, no, así está bien, así esta bien. Andate.

No aguanto más. Trato de llevar mi mano hasta la punta de mi pija. Quiero domarla, agarrarla con el dedo gordo y el índice. Sujetarlo y masajearlo. Sentir que controlo algo. Mi enfermero entorna la puerta y desaparece. Ojeo, chequeo que no espíe y empiezo imaginándome a cualquier sujeto que pueda caminar y ser penetrado. Acabo. Me mancho la mano derecha y el ombligo. 

Respiro hondo. Al menos, por ahora, pude tocarme.

Una crónica de

Matías Fernández Burzaco

Matías Fernández Burzaco es periodista. Tiene fibromatosis hialina juvenil, una enfermedad rarísima de la piel: en Argentina es el segundo caso. Anda en silla de ruedas y por las noches usa un respirador para dormir y no ahogarse. No toca, pero mira. Publicó sus crónicas y perfiles en La Nación, Perfil y Página 12. Ahora colabora en La Agenda. En Twitter es @MatiFBurzaco.

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Comentarios

Orsai Dylan 04:24:39 - 21/12/2019

Si bien son textos cortos le das una personalidad a cada enfermero/a haciendolos personajes muy identificables, muy humanos; tambien me hace acordar el texto a un cuento de Cortazár que habla de un pibe adolescente y su enfermera y Cortazár juega constantemente con la primera persona cambiando el relator. Pero más que nada lo que me hace acordar tu texto a la cuestión de la intimidad/profesionalismo en la que se encuentran los enfermeros y los pacientes. Bue me voy de tema. Muy bueno el texto. Saludos.