Eso que quiero y no puedo
El autor junto a Juan Sklar. Cristian Minzer.

Crónica introspectiva

Audio RevistaOrsai.com Eso que quiero y no puedo

Matías Fernández Burzaco tiene una enfermedad rarísima: fibromatosis hialina juvenil, que genera piel de sobra «y me hace más deforme en cada segundo que pasa». Lo invitamos a publicar en Orsai para conocer de cerca su historia y porque es un escritor extraordinario. En este nuevo relato, poético y feroz, Matías explora sus sueños, sus deseos y su futuro, sin guardarse absolutamente nada.

Me da bronca.

Quiero caminar para dejar de cartonear pensamientos. Quiero caminar por todos los árboles de la ciudad para no estar estacionado, para perderle el vértigo a los cielos muy abiertos, para no ser la hormiga que mira el mundo desde abajo. Recorrer los pasajes pintados con graffiti, sentarme en un escalón pintado y morderme las uñas sucias mientras el sol rojo se va. Arrastrar los dedos despacio por las paredes y dibujar con mi mano el recorrido de una carrera de autitos. Correr, frenar. Ir a una plaza vacía y usar la hamaca hasta que mi cuerpo salte contra el pavimento. Acostarme en las hojas verdes y dormirme con un bizcocho partido en la lengua.

Después correr. Arrancar las flores y metérmelas en el bolsillo roto del jean que nunca toqué para coleccionarlas. Caminar para escapar de una vieja sorda que me hace la cruz en la frente y me quiere encajar un beso con sus labios pintados de rojo furioso. Caminar para llegar a una habitación con eco y poder insultar, pero nunca estoy por lo menos dos minutos solo.

Quiero caminar para caminar.

Quiero caminar para apoyar la planta de los pies y sentir que están agarrados a la tierra.

Quiero empezar a hacerme la paja. Quiero cogerme a las pibas que se cogen los amigos. Quiero vengarme, incluso, cogiéndome a sus novias. Quiero estirar los brazos y dejar el trago naranja y agarrar de la mano a una chica en un bar y sacarla a bailar. Olernos cerca, a la misma altura. Rozarle un labio por su cuello, que me sujete de la nuca. Quiero darle placer a una mujer, escribirle el cuerpo y que me lo escriba. ¿Algún día lo lograré? ¿Solo con chicas con deformaciones puedo? La única manera de que un hijo mío salga igual de rarito —lo investigué— es: acostándome con una chica con la misma patología sin usar forro. ¿Tendré hijos?

Quiero.

Quiero.

Quiero.

Y quiero que crezca y no se asuste de mí. 

Hacerle upa y que su cuerpo se pegue al mío. Poder separar los dedos y sostenerle la cabecita pelada. Enrularle los pocos pelos. Guardarlo en la mochila, entre la montaña de gasas. Que se duerma en mi hombro y me abrace. Que me grite papi, papi  y me invite a jugar al suelo con espuma. Quiero ir a buscarlo al jardín y que salga corriendo y transpirado a treparse a mi silla.

Quiero ser padre, y que a esa altura el mundo sepa qué es esta enfermedad. Que en las reuniones los papás no me ignoren y me lleven al viaje de egresaditos. Que los compañeros quieran venir a pasar la tarde a casa y me pidan chocolatada helada. Que mi mujer me desabroche la pechera, me acueste en la cama matrimonial y me dé un cuento para leerle a mi hijo en el oído. 

Pero también quiero poder esconderme en un baño y pajearme con rabia. Tres, cuatro veces por día. En la silla, mirando las estrellas y con las dos manos en el medio de mi pantalón. Fantaseo con masturbarme la pera. Quiero una puta que me deje desnudo en la cama, me separe las piernas lo más que pueda, trepe arriba del pito y me haga sentir el roce salvaje que ni siquiera pude darle con mi mano. Si no sucede, quiero que un amigo me haga una paja con los guantes de látex o me chupe la pija con los labios mojados. Uno ya me empezó a calentar, no sé por qué. Me pasa un poco eso: no podés con las minas, intentá —no queda otra, papito— con los amigos. Me alzan y me tocan las pelotas. Pero no quiero ser puto. ¿Está mal? ¿Es culpa de la enfermedad? ¿Soy tan feo y por eso no se me da con mujeres? ¿Qué tengo que hacer? 


Quiero comerme el chocolatín que no se puede tocar de la torta. Quiero tomar gaseosa del pico. Quiero meterme y sacarme el chupetín de la boca. Quiero trepar escaleras y montañas y tirarme rodando por la nieve para ver si me derrite los nódulos. Quiero ser rapero —improviso, lo conté en el texto de la publicación pasada—, sonar en las juntadas, viajar de caravana por el país en una casa rodante que tenga: amigos, camas desarmadas, luces de boliche y el respirador atento en un rinconcito. Quiero irme a vivir a un departamento lejos de lo de mamá, lejos de la casa de la infancia. Tener una cama del cuádruple de tamaño de mi cuerpo y que la luna me mire desde el ventanal. Comprar un catering descomunal para los enfermeros: salados, dulces, jugos. Café instantáneo para que se mantengan despiertos. Si ahora tengo doce horas de enfermería, ¿cómo será en un hogar mío? ¿Veinticuatro horas, el doble? Quiero estar solo. Nunca voy a estar solo. 

Quiero entrar al mar, meterme debajo de la rompiente. 

Quiero que mis padres dejen de lavarme la pija. Quiero enjabonarme solo y tapar la vista con la cortina. Mirar los azulejos. Tirar la cadena, limpiar la cola y secarla. Que nadie —salvo yo— se aspire mi olor. Quiero separar los brazos para abrazar. Quiero cerrar la boca para empezar a respirar por la nariz. Para no parecer un maleducado al comer y que se me escapen los pedazos de los dientes. Quiero cerrar la boca para besar.

Quiero jugar al fútbol; eso me da envidia del resto. Quiero jugar a la pelota con los amigos en el pasto y meter un caño limpio. Hacer una pared y dar un pase de taco sin mirar. Anotar un gol, arrodillarme. Sacarme la remera y señalar a mamá con el dedo. Llorar.

Quiero que las personas, en unos años, sepan qué soy: que hay una persona adentro. Que en las veredas del barrio me dejen de mirar como un perro desconocido que pasea lento. Que se animen a hablarme, a soltar preguntas sin ataduras, sin medir las palabras. Algunos no saben cómo acercarse: no me hablan, no me tocan, no me miran. En una reunión de escritores me inhibo, me pierdo, no sé cómo decirles que quiero conversar sobre los mismos temas que ellos. Estoy muy bajo y mi voz es finita, no se escucha. Quiero que sepan que no muerdo y que la boca no me la taparon con cinta. Tengo deseos, inquietudes.

Quiero que los nenes se sigan asustando; me dan gracia y los entiendo. Que me digan viejito, viejita, nena, nene, villano, mono. Quiero meterme en otro cuerpo para saber cómo reaccionaría al mirarme. Quiero que me crezca el bigote y la barba y los pelos de las axilas. El pito también. Quiero viajar por el mundo. Quiero tocar. Pero quiero seguir mirando; muero si un clavo salta a mi ojo y me deja ciego, como le pasó a mi abuelo. Quiero dejar de usar la máscara, aunque me genere seguridad. Quiero festejar: la enfermedad no me comió la mente, y eso no es poco.

Pienso.

No imagino cómo será la vida dentro de cinco, diez o quince años: no sé.

Quiero vivir mucho tiempo.

Textos

Matías Fernández Burzaco

Matías Fernández Burzaco es periodista. Tiene fibromatosis hialina juvenil, una enfermedad rarísima de la piel: en Argentina es el segundo caso. Anda en silla de ruedas y por las noches usa un respirador para dormir y no ahogarse. No toca, pero mira. Publicó sus crónicas y perfiles en La Nación, Perfil y Página 12. Ahora colabora en La Agenda. En Twitter es @MatiFBurzaco.

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