Ay, amor divino
Crucifijo. GETTY.

Crónica introspectiva

Audio RevistaOrsai.com Ay, amor divino

En una faceta poco conocida, la increíble Mercedes Morán escribe esta crónica de su infancia y su relación con la culpa, la religión, el miedo y el deseo. Un relato nacido al calor de su hogar de la infancia, que marca el recorrido desde la primera vez que vio un hombre desnudo hasta el día que se entregó a Dios. Para hacerla completa, ella misma lo interpreta en exclusiva para Orsai. Un lujo.

Una historia de Mercedes Morán
Narrada por Mercedes Morán

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Cuando yo era chiquita, gracias a mi mamá, era una niña muy creyente. Mi relación con Dios era total, ¡divina! Yo sentía su presencia, lo sentía a mi lado todo el tiempo. Sentía como miraba lo que hacía, cuando me levantaba, cuando comía, cuando me acostaba; sentía su mirada. Y no era porque mi mamá había puesto un retrato de Jesús en el living de mi casa con los ojos que te seguían a donde fueras. ¡No era por eso! Yo sentía su amor por mí. ¡Veía al ángel de la guarda guiando mi camino! Podía ver con mucha claridad en la luna llena a San José, a María y al niño en el burrito. Hoy todavía los veo. Todos los podemos ver.

Dios y yo nos amábamos, pero… me enamoré de un hombre. Él era lindo, pero para mí era el más hermoso. Olía sus camisas, me metía en sus zapatos, esperaba su llegada con el corazón palpitante. Vivía pendiente de él: si me miraba, si me hablaba, si me sonreía, si me hacía un chiste, si me guiñaba un ojo. Si un día me daba un beso me derretía de amor. Él no me registraba. Era mi hermano. Adolescente, lógico, estaba en otra cosa. Tenía 16… con una hermanita de 6… amoroso: pero en otra.

Mi mamá había decidido que él usaría el baño de servicio porque, según ella, todos los hombres dejaban el baño hecho un desastre. En ese baño, que estaba en el patio, los vidrios de la puerta estaban pintados para evitar que se viera. La pequeña pecadora que vivía en mí —se ve que algo choto, y degeneradito había dentro mío—, me convenció de rallar un milímetro de pintura con el objetivo malsano de espiarlo cuando se bañara. Y así fue: un día, mientras se bañaba, me puse a espiarlo. ¡Y se lo vi! Colgando en su entrepierna, rodeado de vapor, balanceándose mientras disfrutaba de una ducha. ¡Lo vi! Ahí estaba, así era, el famoso y tan mentado pito. Encandilada por tanta belleza, absorta ante la revelación del gran misterio, estaba yo pegada a la puerta, casi atravesando el vidrio… ¡cuando de repente me vio! Su mirada viajó directamente hacia mi ojo pegado a la puerta y con un gesto juguetón, pero reprobador me dijo:

—¿Qué estás mirando, cochina?

¡Cochina! Cochina, me dijo… cochina… ¡Qué vergüenza, qué culpa, qué humillación! Me fui corriendo hasta el gallinero que estaba al lado, me senté en el piso de tierra, y ahí, rodeada de la caca de las gallinas, la consecuencia de semejante transgresión se me reveló: estaba embarazada. ¡Me convencí de que haberle mirado el pito a mi hermano me había dejado embarazada! ¡Qué desesperación! ¡Qué disgusto para mi madre! ¿Qué le iba a decir? ¿Que iba a ser la tía de mi hijo? ¿Que mi hijo iba a ser mi sobrino?¡¿Y mi mamá mi suegra?! ¡¿Y yo mi propia cuñada? Le rezaba a Dios pidiéndole que me quitara ese hijo: quince, veinte padres nuestros; cuarenta avemarías… Imagino, no sé… yo sabía contar hasta 30. Pero llorando le rogaba: ¡Diosito por favor sacame este hijo! ¡Te prometo que no voy a mirar más hombres desnudos y no voy a tener malos pensamientos, por favor! El amor de Dios me hacía llorar. Para convencerlo, me flagelaba pegándome en la cara, golpeándome la cabeza contra la pared… literalmente. Sentí que había ofendido a Dios. Mi mamá me lo había dicho hasta el cansancio: a Dios no le gusta que miremos hombres desnudos, ni que durmamos desnudas. Un día me encontró durmiendo en bombachita y me dijo: «No, Mechita. Mirá que Dios te está mirando y no le gusta, y si dormís desnuda el diablo te rasguña la espalda». Qué mierda. Hasta el día de hoy duermo siempre en piyama. Si no me pongo una remerita no me quedo tranquila.

En ese momento me di cuenta de lo peligroso que era mirar hombres desnudos. Pensaba que Dios estaba enojadísimo conmigo y que no me dejaría entrar a su casa. Y a mí me gustaba ir a la iglesia. Además, me estaba preparando para tomar la primera comunión. ¡Estaba tan ilusionada!

Soñaba con el vestido de novia con el que me casaría con Dios; digo, con el que tomaría la primera comunión. Bueno, me iban a meter en la boca a Dios. ¡¿Más casamiento que eso?! Mi vestido iba a ser como el de Sissi… Hacía poco tiempo había ido al cine por primera vez, daban Sissi Emperatriz, con Romy Schneider y yo había alucinado.

Cuando llego el día, mi madre apareció con el traje:

—Vení a ver tu traje, Mechita. ¡Vení!

Fui a la pieza y vi que mi madre desplegó una bata blanca y una capa rosa con el borde dorado.

—¿Qué es eso? —le dije—.

—El traje de Santa Lucía. Hice una promesa a la virgen por los ojos de tu hermana: cuando la operaron prometí que, si salía bien, pagarías tomando la comunión con su traje.

—¿Por qué yo? Si la bizca era mi hermana. Que se lo ponga ella. ¡Son sus ojos no lo los míos!

Pero enseguida me di cuenta de que ese era el castigo que me estaba poniendo Dios por mirarle el pito a mi hermano. Así que dejé de lado la desilusión y allá fui, en la larga fila de las nenas con sus vestidos blancos, como una mosca rosa y dorada. Pensé: Dios me vuelve a elegir, me está dando otra oportunidad y, sintiéndome más santa que Santa Lucía, me encaminé hacia el altar para recibir el cuerpo de Jesús. 

Cuando el sacerdote me puso la hostia en la boca, se me pegó al paladar y empecé a tener arcadas. La gente habrá pensado que el cuerpo de Dios me estaba cayendo pésimo, pero no era así. Yo estaba feliz: ¡Dios me había perdonado!

Una historia deMercedes Morán
Narrada porMercedes Morán

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