Una cosa terrible: la verdad
Un violín olvidado. GETTY.

Relato de ficción

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Este cuento fue escrito hace varias décadas y narra una historia de amor con un par de giros sorprendentes. Lo rescatamos porque, más allá del tono de época, admiramos la maestría literaria que su autor, Ricardo Rey Beckford, despliega en este relato invencible. Lee el actor Alfredo Castellani.

Una historia de Ricardo Rey Beckford

En San Martín, a las tres y media de la tarde, lo encontré. Una multitud preocupada y presurosa, entrando y saliendo repetidamente de los bancos y de los cafés, lo confundía todo y me negaba la posibilidad de pensar en encontrarlo y, sin embargo, allí estaba. Lo reconocí enseguida, a pesar de los anteojos y de los años.

Estuve un rato parado detrás de él contemplándolo. Tanto tiempo esperando confirmar lo que había presentido, anhelado: el brillo del traje, los zapatos gastados, una tira negra reforzando los bordes de las botamangas… Marcado. La pobreza, como la viruela, brota. Ahora me acercaría para mirarlo de frente, como él me miró aquella vez, y decirle, decirle algo que hace diez años vengo aguantando.

Tenía diecinueve años, trabajaba en el correo y tocaba el violín. Casi nadie lo sabe. Es difícil imaginar que un tipo como yo haya tocado alguna vez el violín o tenga algo que ver con la música o con cualquier otra cosa por el estilo. Sin embargo, así fue. Mucha gente, gente que entiende, me felicitaba. Yo amaba la música, al violín y a Graciela; los amaba mucho, todo. En ese entonces estaba convencido de que iba en camino de ser un gran concertista, hasta que apareció él y me dijo una cosa terrible: la verdad.

A Graciela la conocí en el conservatorio. Ella estudiaba piano con el mismo entusiasmo con que yo trabajaba en el correo y le agradaba la música con la misma vaguedad con que a mí me agrada que las cartas lleguen a destino.

Mis clases concluían a las cinco, media hora antes que las de ella. Media hora que yo esperaba en la esquina hasta verla aparecer con su sonrisa y sus partituras bajo el brazo. Al lado de Graciela solo recuerdo tardes hermosas, amables. Ella guarda en mi memoria una íntima relación con las tardes de verano, los parques y los cines de barrio. Pero, sobre todo, siempre la evoco envuelta en esa penumbra violeta de la tarde que tan bien le sentaba. Llevaba la melena suelta y la pollera ancha y tenía la virtud de escucharme como si yo fuera lo único que merece ser escuchado en este mundo. Nos pasaron muy pocas cosas importantes y como nuestras distracciones estaban a la altura de mis medios económicos, eran sumamente espaciadas, breves y vulgares. Nos divertíamos con nada; paseando por el centro, yendo al cine y una que otra vez al teatro. Recuerdo una confitería, recuerdo la tarde en que estuvimos mirando, desde un banco del parque, cómo una cuadrilla reparaba la calle.

De los acontecimientos notables nunca olvidaré el recital que organizó el conservatorio en un teatro. Debe ser el recuerdo más feliz de mi vida, a pesar de que nada de lo que imaginé entonces se cumplió. Estoy seguro de que Graciela aún hoy debe recordar aquel día. Eso era todo, sucesos sin trascendencia, triviales y hondos a la vez. Un presente vivido sin apuro, hasta que apareció él que era todo cálculo y verdad.

El asunto empezó una tarde, al separarnos. Me miró muy seria y me confesó que tenía novio.

—¿Cómo?

—Que tengo novio —susurró.

—No entiendo… —me esforzaba inútilmente en superar la sorpresa.

—Sí, escucháme —aún me duelen los ojos llorosos de Graciela—. Es difícil de explicar… Él entra a casa… Tiene un buen empleo y mi papá dice…

—¿Y vos? ¿Qué decís?

—Yo te quiero a vos —lo murmuró como una culpa.

Es difícil que vuelva a escuchar con tanta ansiedad unas palabras tan simples como aquellas de Graciela.

—Lo demás no importa. Vos tené confianza. Si es necesario voy a tu casa y les explico.

—No van a entender —estaba segura—. ¿Qué vamos a hacer? ¿De qué vas a trabajar?

—Yo… —no le pude decir que yo tocaba el violín. Esa fue la primera vez que tuve vergüenza de tocar el violín, de ser un inútil. Ella guardaba silencio, sabía lo que estaba pensando—. Alguna solución habrá… ¡Tiene que haber algo!

—No te preocupes, todo va a salir bien —se arrimó a mí y me besó levemente—. Yo creo en vos.

Y se fue.

Toda una semana buscándole una solución inmediata a algo muy difícil de sacarse de encima: la pobreza, la falta completa de recursos para otra cosa que no sea sobrevivir, ir tirando. Y la mía era una pobreza cultivada y extendida, no sabía por dónde empezar, ni siquiera cómo dar el primer paso positivo. Durante esa semana pensé en ¡qué sé yo! No merecen ser recordadas las cosas que se me ocurrieron. Absurdas, descabelladas y totalmente estúpidas. Al fin, fui al conservatorio nada más que para verla, para sentir de nuevo esa fuerza serena que ella lograba transmitirme. Pero Graciela no estaba. En su lugar estaba él. En ese entonces no usaba anteojos y tenía el pelo negro y espeso. Me estaba esperando en el vestíbulo, seguro de sí, como si supiera que era una bomba de tiempo. Él, que no tenía razón, que ni siquiera tenía argumentos, tranquilo, sin embargo, confiado, con la verdad adentro del pecho, dispuesto a escupírmela en la cara.

—Sí, no se asombre, soy el padre de Graciela —se abusó de mi confusión—. Tengo interés en conversar con usted.

Llovía finito, levemente. Una lluvia pertinaz, oblicua, breve. Caminamos arrimados a la pared, él adelante, yo atrás, hasta el bar de la esquina.

—¿Usted toma café? Mozo, dos cafés —miró la calle desierta—. ¡Qué día de perros!

Me ofreció cigarrillos que rechacé.

—Vine a decirle algo difícil de decir, pero muy importante… A lo mejor usted piensa que estoy mal, que no tengo derecho… Pero soy el padre de Graciela… —al acercarse el mozo calló. Esperó que dejara sobre la mesita los cafés y los vasos llenos de agua.

—Tengo que hablarle con toda franqueza para que podamos entendernos… ¿Usted la quiere a Graciela?

Supe todo lo que venía detrás y lo desprecié hasta donde me dio el alma.

—Usted la quiere y la quiere bien —me atajó con un ademán—. Ya sé que es así. Graciela es una muchacha que se merece todo lo que puedan quererla y mucho más.

Guardó silencio. Por un instante se dedicó a observarme. Me miraba como el padre de Graciela, como el dueño de Graciela, y mío.

—¿Usted, de qué vive?

—Trabajo y… —no me dejó terminar.

—Y toca el violín.

—Sí, estudio violín —estaba orgulloso de mi vergüenza.

—Yo, personalmente, no entiendo de música. Debe ser maravilloso, pero estará conmigo en que eso no…

—No sirve.

—No sirve —balanceó suavemente la cabeza—. Yo he trabajado toda mi vida para alcanzar una posición. No, no piense que soy millonario ni mucho menos, pero tengo una posición. Me costó mucho. Sé perfectamente lo que cuesta llegar, no tener nada, empezar de abajo… Y no quiero eso para Graciela.

Estuve por decirle algo, pero mi traje, mis zapatos, mi empleo, hasta el violín de segunda mano descansando sobre la silla, le daban la razón.

—Usted, con el tiempo, trabajando, saldrá adelante. Pero Graciela merece una vida mejor. ¿Comprende?

—Entonces… —la frase se me quedó ahí.

—En este momento ella tiene una oportunidad. Un hombre, escúcheme bien, que seguramente no será mejor que usted, pero que la quiere y que tiene un montón de cosas para darle —al decir esto miraba por la ventana—. He venido a pedirle que no la vea más a Graciela.

—No la voy a ver más. Quédese tranquilo —quería irme, terminar de una vez.

Él sacó su dinero. Me incorporé derramando uno de los vasos pero no lo dejé pagar. 

—Quizás, dentro de unos años, volvamos a encontrarnos —perseveró desde la silla— y entonces usted me dará la razón.

Lo dejé sentado y me llevé la frase, que nunca más se me despegó. Al llegar a mi habitación me di cuenta de que había olvidado el violín sobre la silla del bar. Tuve ganas de aplastarme la cabeza contra la pared.

En ese lugar abandoné todo lo que era mío. Graciela, el violín, la música, el empleo. Empecé otra cosa, otra vida.

Me dolió como si hubiera tenido que parirme yo mismo, pero lo hice. Al único que no logré olvidar fue a él. Diez años odiándolo, diez años en que todo me salió bien. No me falta nada, tengo cien veces más de lo que él se atrevería a esperar. Ni él, ni Graciela, ni el marido de Graciela, el del buen empleo.

Pude ir a buscarlo mucho antes pero estaba seguro de encontrármelo como ahora: yo con la verdad y él como lo que es.

Me acerqué a la fila y lo observé descaradamente.

—¿No se acuerda de mí?

Tras los cristales los ojitos sorprendidos me escrutaban.

—Yo era el que tocaba el violín, el novio de Graciela.

Se apartó de la fila confuso.

—¿Vamos a tomar algo? —lo agarré de un brazo—. Quiero hablar con usted.

Me siguió dócilmente. Lamenté estar lejos, me hubiera gustado llevarlo al mismo café de entonces. Una vez sentados nos miramos en silencio.

—Usted me dijo que alguna vez nos encontraríamos y que yo le daría la razón —estaba furioso, como cuando buscaba su nombre en las noticias policiales, deseando encontrarlo envuelto en un escándalo o en una catástrofe—. Quiero decirle que usted no tenía razón.

—Se equivoca nuevamente. Usted nunca quiso a Graciela.

Lo iba a interrumpir. Estaba dispuesto a olvidarme de su edad, de sus anteojos, estaba dispuesto a pegarle… Pero el padre de Graciela me dijo una cosa terrible: la verdad.

—Nada quería ella tanto como su amor, pero usted no la quería. Usted no luchó. Se dejó apartar. Yo sí que luché. A mí no me importó nada, ni la diferencia de edad, ni los problemas que podríamos tener después, ni la mentira aquella de que yo era su padre… Por eso se casó conmigo y no con usted.

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Comentarios

Orsai Diana 05:05:28 - 23/06/2020

Muy bueno

Orsai McTrevis McTrevis 17:54:23 - 19/06/2020

Noooo..... que buen final! La verdad, que terrible verdad, que angustia, que momento.............Maravilloso relato!!!!!!!!!!!