#SiempreNoemíKlemm
Baño de sangre. 123RF.

Relato de ficción

Audio RevistaOrsai.com #SiempreNoemíKlemm

Una chica que trabaja en una imprenta está harta de su rutina, pero sobre todo de sus dos compañeros odiosos. Según su madre, ella vino al mundo con un talento artístico inexplorado. Pero así y todo no puede sacar la cabeza del pozo, hasta un día en que todo se desmadra. Esta es la historia de ese día.

La imprenta es mi propio agujero negro. Ya tengo ganas de vomitar y todavía no salí de casa. Trabajo en ese sucucho de tres por tres hace ya siete años. Y pensar que entré de manera provisoria para pagarme una deuda con el banco. Hasta ahora nunca me pude ir. Soy una artista nata pero las crisis en esta cochinada de país son permanentes y ser artista acá es más complicado que masticar agua.

Odio este país, detesto esa imprenta que se está morfando mi vida en mordiscones de nueve horas diarias, sábados incluidos. 

Apago las luces del monoambiente y salgo de casa apurada sin desayunar. Pedaleo rápido mi bici sin cambios. Hay que marcar tarjeta en esa pocilga como si estuviésemos en una fábrica del siglo XIX. Los dueños no van nunca, pero pusieron cámaras en todos los ambientes. Nos observan de manera permanente a pie de máquina, en el depósito, en la cocina y en el baño. Siento sus ojos en la frente hasta cuando estoy meando. Por eso meo con la puerta abierta. Miro a la cámara y sonrió cuando me seco. Disfruto. Quiero que sientan asco o que se exciten, sé que estoy llamada a sacudir la inercia espesa que respiramos en ese claustro.

Comparto la ratonera con Emilia y con Hernán. Dos infelices más apagados que vidriera de pueblo un domingo a la noche. Ellos también están hace demasiado tiempo ahí, pero les da igual. Sus caras están amarillentas, camufladas con el empapelado grasoso que reviste las paredes de esa cueva infecta.

Emilia es como una suricata enorme y pelirroja. Hace ruidos asquerosos las nueve horas del turno. Cada vez que paso a su lado, bosteza con la boca pintarrajeada lo más abierta que puede y, mientras me echa su aliento fétido en la cara, lanza un canto sufrido de cansancio que se disuelve en un apretar de boca pastosa. Al principio pensé que lo hacía sin querer, pero ahora estoy segura de que lo tiene planeado porque sabe que después de tener que oler esa baranda mi día se arruina por completo. La suricata es una condena: hace ruidos cuando sorbe, ruidos mientras come esos guisos olorosos que se trae en el táper y que a veces me ofrece como si fuera un plato gourmet. Ruidos al succionar el perejil, o algún otro vegetal de sopa barata, que le quedó pegado en el diente flojo, o mientras se corta las uñas con las tijeras del trabajo y tengo que ver cómo vuelan pezuñas con mugre adherida. Me brota la piel cuando, en plan de parecer una persona dulce, la muy hija de puta habla con diminutivos. Me ofrece un matecito babeado, un bizcochito tapa arterias, pone cancioncitas de reguetón donde los violadorcitos se jactan de sus cadenitas de oro. Para rematar su carácter de bicho inadaptado, Emilia eructa varias veces al día y eso, extrañamente, le da risa. Ríe con Hernán, que festeja su abecedario eructado como si fuese un don. Yo los observo sobria de sus chanchadas. No me imagino en qué parte de su mundo miserable eso puede ser gracioso. 

Hernán en cambio es directamente un zombi. Hay películas clase B que lo caracterizan muy bien. Arrastra las zapatillas con esfuerzo, se queda colgado mirando la repetición de flores color diarrea del empapelado y usa remeras con agujeros, mal lavadas, que traslucen el bamboleo de la grasa de su panza. Es atolondrado, lento, como si de bebé le hubiera faltado el complejo vitamínico completo. Succionador de energía. Lo esquivo todo el día para que no me cuente nada, cualquier relato suyo puede durar cinco horas de suplicio monocorde. Debería clasificarse de insalubre estar obligada a compartir tantas horas con un tipo cuya ropa tiene olor a cebollas y que tararea las canciones de la Bersuit durante todo el turno. Sospecho que está ahí porque, aunque es improductivo, los dueños saben que nunca va a robar un peso.

Yo, en contraste, rana de otra olla. Tengo talento artístico inexplorado, me lo decía desde muy chica Noemí, mi mamá, que, entre sopapo y sopapo, cada tanto, me comentaba algo lindo. Desde niña me inculcó la pasión por el arte. Vimos juntas en casa todos los capítulos de El banquete telemático, el programa de Federico Klemm que en esa época era nuestro ídolo absoluto, tan así que Noemí se hizo el mismo corte de pelo que llevaba él en esos años. Ella siempre insistía con que yo tenía que hacer algo importante, un golpe disruptivo que pusiera a toda la comunidad artística bajo mis pies. En el living armamos una especie de santuario con un cartel que decía «arte, arte, arte» y estaba presidido por tres virgencitas con la cara de Marta Minujín vestidas con túnicas de color naranja. Nuestro santuario era magistral, tenía barbies desnudas que se toqueteaban entre ellas y dos ekekos gordos con las caras de Dalí y de Madonna, otros ídolos del momento. También tenía chocolates que les entregábamos como ofrendas pero que ellos nos devolvían cuando nos daban muchas ganas de comer algo dulce y nos poníamos a rezarles. Fue justamente una foto de ese santuario la que me lanzó a la fama como estrella del Instagram: cuando Noemí murió armé una cuenta que se llama #SiempreNoemíKlemm y puse una foto de las barbies toqueteando al ekeko de Dalí. En una hora ya tenía ciento cincuenta likes de desconocidos que me pedían más y a los que todas las semanas les hago una entrega espectacular, a veces con escenas del santuario otras con partes de mi propio cuerpo siendo intervenidas por las vírgenes y los ekekos. Las horas que no paso en el trabajo, me entrego a mi carrera artística.

Ato mi bici al bicicletero y entro a la imprenta donde veo que los dos pelmazos ya están trabajando. Al pedo, pero temprano, pienso y veo como Emilia mueve el culo celulítico revestido por una calza de flores fantasía al ritmo de una de sus cumbias preferidas. Hernán está intentando leer un pedido. Deletrea. No los quiero saludar, estoy segura de que me traen mala suerte. Siento, juro que lo siento como un calor en el esófago, que cada beso baboso de esos dos humanos me saca años de vida. Levanto la mano y tuerzo la boca, clavo un ¿Cómo va? Nunca hay que arriesgarse a que piensen que tengo un buen día porque enseguida vienen como moscas a contarme sobre los cumpleaños de sus sobrinos o sobre sus fascinantes aventuras en la peluquería. Juego de callada, mantengo la distancia. Tengo que sobrevivir un día más en este infierno.

Agarro mis instrumentos de trabajo: auriculares, tijeras, regla y cúter. Busco la lista de pedidos y me pongo a trabajar en el que me toca. Cada nuevo pedido de trabajo es una pesadilla monótona, todo el tiempo pienso que podría ser reemplazada por un robot, pero son más caros. Los obreros de carne y hueso somos lo más barato del mercado. Agarro una de las piezas, esas que fueron diseñadas hace años, reviso el pedido y enciendo la máquina. Siempre que llega un encargo es igual: aprieto el botón y veo salir, como chorizos, planchas y planchas de papel y de vinilo. Hago como que controlo la calidad, así los dueños ven por la cámara que ya estoy activa en la línea. Para mí alcanza con hacer que miro que salga todo bien y, mientras veo como el papel escupido por la máquina se acumula en pilas, trato de pensar en cualquier otra cosa. Como en este momento, que miro los papeles acumularse en pilas calientes y pienso en el guion para una comedia musical gloriosa que transcurre en el tren Sarmiento. De reojo lo veo pasar a Hernán muy cerca mío con un frasco abierto que desprende un olor inmundo. Lo miro y noto que es el ácido naranja, el de los cristales. El boludo de Hernán se pasea con el tarro destapado como si fuese Fanta. Si te cae una gota de eso en la mano te perfora la piel. Ojalá se confunda y le pegue un trago. Tapá eso imbécil, le ordeno y Hernán gira sobre sí mismo diciendo ¿Eh? En el giro me tira un chorro de ácido naranja en la panza, siento el olor a amoníaco agrio tatuarse en mi nariz y veo cómo el líquido me mancha la remera que se empieza a quemar al instante en pequeños agujeros que se agrandan cada vez más. Después siento el ardor, como una cuchillada, y todo se desvanece, la imprenta de mierda, la cara del pelotudo de Hernán con la boca abierta diciendo algo que no entiendo. 

Entro a un mundo full naranja. No hay nada, solo ese color vibrante que me tensa el cuerpo. Me quedo parada, alerta, sabiendo que en algún momento pasará algo que estoy esperando hace tiempo. De pronto aparece una boca en blanco y negro que me susurra cosas de manera imperativa. La boca se achica y se agranda, comprendo que el cambio de tamaño tiene que ver con el grado de importancia de lo que está diciendo. Habla en una lengua que no conozco. Extrañamente, entiendo lo que me dice y estoy de acuerdo. Se agranda y la veo en detalles, es una boca con labios arrugados, con dientes blancos y separados. La boca se enardece con su mandato y se ven los hilos de baba que tienden puentes entre el paladar y las muelas inferiores. Con las palabras sale también un olor a carne podrida, un olor rancio, arratonado. Ese olor es parte del sentido de las oraciones: se enrarece a medida que el mandato es más desgrasado. 

Cada tanto recibo gotas de saliva en la cara. Gotas como signos de puntuación. Llueven comas rápidas que van a parar al piso naranja. La lengua gris tiene pequeños cráteres y se enrula con cada contracción. Estoy atenta, su mensaje entra en mí como por intravenosa. La veo cada vez más entusiasmada acumulando espuma en las comisuras. Me está imprimiendo palabras en el cuerpo, debajo de la piel. Veo la campanilla agitándose, estoy completamente evangelizada con sus palabras que crecen en gritos y se achican en murmullos, que me impregnan con su olor a podrido y que me dejan claro que, si no hago lo que debo hacer, voy a terminar encarcelada de por vida con la suricata y el zombi. Tiempo, es la última palabra que me dice en español.

Me despierto y estoy en el baño. Hay un médico conmigo y una enfermera que entra y sale con piernas largas, nariz de gancho y gesto profesional. En la nuca siento el frío de los cerámicos infectos que no se lavan hace meses. Lo sé porque soy la encargada de lavarlos. A estos enfermos mentales ni se les ocurrió recostarme sobre una manta. Infelices. Les digo que ya estoy bien, que pueden irse. Me cuentan que me vendaron la panza, que no hay infección, y que llegaron a tiempo para que el ácido no dañara irreversiblemente la piel. Mi remera está inservible. Me miro la panza y noto que la venda está torcida y superpuesta, ahí nomás vomito una carcajada. 

¿Nadie sabe hacer las cosas bien este país de mierda?, pienso y enseguida veo al médico que cambia su gesto pavote por una clara cara de orto. Se nota que no solo pensé, sino que grité. La enfermera junta sus petates rápido y dice Vamos, doc. Me dejan sola. Es una suerte. No tengo humor para soportar a más idiotas en la jornada.

Me paro y me miro al espejo. Voy a tener que acomodarme esta venda de mierda yo misma. Me ato el pelo con una colita y me lavo la cara con agua fría, me estrujo bien, quiero sacarme el olor de las baldosas. Tengo los labios arrugados, con dientes blancos y separados. Saco la lengua, la enrulo y la estiro, veo los cráteres. Esa boca que veo en el espejo es la misma que la boca del desmayo, pero en colores. La abro, me miro las muelas. Es mi boca, no hay dudas. Extraño a Noemí, sé que esto le hubiera encantado. Mis manos laten, están calientes. Tengo en la piel el tono anaranjado del betacaroteno como si me hubiesen sopleteado sol pleno. No me reconozco la mirada dura, pero todo el resto es mío. Estoy ansiosa, tengo un motor adentro que quiere que ponga primera. Desde afuera del baño me llegan los gritos de Emilia y de Hernán preguntando si estoy bien. Escucho que el zombi llora. ¿Querés que te alcance alguna cosita?, pregunta Emilia. Me miro de nuevo en el espejo. Ahora mis ojos también están naranjas. Aún tengo el cúter en el bolsillo del pantalón y me acuerdo perfectamente de lo que la boca me encargó que hiciera. 

¿Segura de que no necesitás ninguna cosita?, insiste la suricata. Nada. No necesito ninguna cosita. Una parte mía me dice que respire, que me calme, pero pierde contra mi parte anaranjada, que está recontra cebada manipulando mi mano derecha, que saca el cúter y chequea que tenga buen filo. Soy la rana de la olla que flota en el agua caliente y se da cuenta de que falta poco para que hierva. Decido saltar. No me pienso morir así. ¿Hernán, vas hasta la farmacia de la avenida a comprar alcohol?, pido y oigo que dice Sí, sí, con voz agitada. Escucho luego que se cierra la puerta de calle y hago pasar a la suricata. Podría tapar la cámara del baño con mi remera, pero no. El registro me interesa: por primera vez en años estoy orgullosa de mí. 

Entra Emilia suricata compungida. Me quiero enternecer con esa cara de abuela asistencial pero mi cuerpo se mueve solo y no tardo más de tres segundos en girar y achicharrarle la boca del estómago de una trompada. Antes de que reaccione le estoy torciendo la cara de una piña. Veo volar su diente flojo. Cuando ya la tengo sobre el piso mugriento del baño la desmayo con otro golpe en el pómulo contrario. Luego la miro dormir. Con los ojos cerrados hasta parece buena mina. Debería irme del baño, pero mi mano comienza a esculpirla con el cúter. Dibujo una cuadrícula bastante simétrica en su cara. La forma pura, encadenada. Gran tatuaje, lo sabía, soy una artista conceptual. Le pongo un nombre a este capítulo de mi obra, Fauno plataforma, y firmo: #SiempreNoemíKlemm. Le saco una foto que publico al toque sin filtros en Instagram. 

Estoy sentada muy cómoda sobre las tetas de Emilia y escucho que la puerta de calle se abre. Siento la dicha del poder. Voy a cantar bingo a upa del zombi. Guardo mi cúter en el bolsillo del pantalón, cierro la puerta del baño y salgo ensangrentada a recibir a Hernán que me mira mudo mientras empieza a husmear hacia todos lados buscando a su amiga. Extiendo la mano para recibir el alcohol, doy las gracias y pregunto cuánto dinero debo. No me debés nada, todo esto es culpa mía, dice el zombi que no para de hociquear. Siento un poco de pena, quizás, en el fondo los dos son buena gente, pienso que podría salvar a uno, aunque sea. Justo ahí mi lengua tiene una contracción y se enrula con fuerza. Me recuerda mi misión. Mi parte naranja no quiere detenerse. Tengo el cúter en el bolsillo, pero sé que necesito algo más contundente. Recuerdo las tijeras grandes que tenemos colgadas en la pared que tengo a casi un metro y las busco a velocidad. Las agarro y sigo despacio al zombi que va rumbo al baño preguntando por Emilia. Antes de que llegue al picaporte le clavo las dos puntas de la tijera debajo del culo perforando una masa de grasa que no se resiste, que entrega su plasticidad a mi obra. Intervención al dorso, le grito y parece que él ni puede imaginar que es el nombre del otro capítulo de mi obra. Tarda en reaccionar. Me mira como si no entendiera lo que pasa. Yo lo espero fresca, ágil; lista para el combate. Pego saltitos de boxeadora entusiasmada, sonrío. El zombi quiere hablar, mueve los labios, pero no salen las palabras. Agarro una tabla de madera con las dos manos y empiezo a agitarla como si quisiera avivar un fogón. El zombi se acerca con las manos hacia el frente, calculo que me la quiere sacar así que aprovecho y se la estrello en el cráneo. Tres golpes en seco derrumban al panzón. Listo el pollo, mejor dicho, listo el lechón. Saludo a cámara, y luego hago una reverencia como las del teatro. Podría irme a casa satisfecha, pero me falta el toque. El frasco de líquido naranja me está esperando en la estantería. Es de mi equipo, le toca hacer su magia. Distribuyo chorros de ácido entre la cara y la verga del zombi, dos objetos cárnicos que siempre me parecieron despreciables, dos objetos cárnicos bien regados que ahora se están cocinando y crujen. Saco el cúter del bolsillo de mi pantalón y firmo en su panza #SiempreNoemíKlemm, otra foto sin filtros en la red. Ahí es cuando noto que mi Instagram está estallado, tengo seiscientos mil likes en la foto anterior. Soy un hit, quisiera abrazar a Noemí y decirle que llegamos, que finalmente lo logramos y que seguro que me empieza a seguir la mismísima Marta Minujín. Me siento al lado del fogón químico del zombi para darle tiempo a los jefes a que hagan su aporte a mi performance llamando a la policía. Soy la mujer más feliz de este planeta. Siento dicha, goce, y varios de esos estados de ánimo que describen los profes de yoga y que a mí me dan risa. Pero hoy no, hoy puedo alcanzar mi propia interpretación del nirvana, el estado perfecto. Es como tener enfrente un plato de milanesas con huevos fritos y papa fritas y mucha hambre. No sé por qué no lo hice antes. A esta performance solo le falta el módulo sonoro, digo en voz alta, y ese es justo el momento en que las sirenas de la cana llegan para hacer su aporte sonoro de falsa llorona. Ahora sí, acabé la obra. Me desnudo, engancho el teléfono en la venda torcida para grabar un vivo y salgo a la calle con las manos en alto sacudiendo el cúter de la victoria. Egresé de esta imprenta de mierda, podría tirar mi toga al sol.

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Comentarios

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