Campeones y malditos
Una foto rota. Archivo personal Lorena Sacco.

Crónica narrativa

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Los boxeadores Uby Sacco y Gustavo Ballas fueron nombrados por Diego Maradona en su presentación como entrenador de Gimnasia y Esgrima de La Plata. En esta nota, Rodolfo Palacios recuerda el derrotero de estos dos ídolos populares. Y habla, a la distancia, con el propio Ballas.

Uno pegaba con la zurda y por su bailoteo lo comparaban con Fred Astaire. Abajo del ring vivió un calvario: estuvo preso por venta de droga y frecuentó más burdeles y cárceles que gimnasios. El otro pegaba y salía. Esquivaba como su ídolo y maestro, Nicolino Locche. Pero abajo del cuadrilátero lo mareaba la vida: el alcohol lo llevó al abismo, a robar kioscos con armas de juguete y a un taxista lo apretó con un tenedor. Son Ubaldo Néstor «Uby» Sacco y Gustavo Ballas, acaso los dos excampeones del mundo más malditos que dio el boxeo argentino después de Carlos Monzón. 

Los dos fueron mencionados el domingo 8 por Diego Maradona en su impactante presentación como director técnico de Gimnasia y Esgrima de La Plata.

Cuando Sergio Charito, el periodista especializado en boxeo, le preguntó por su nuevo equipo, Diego alzó sus puños, como un boxeador, y dijo:

«Con el Gimnasia que pretendo me viene a la cabeza la comparación con Gustavo Ballas. Porque era tirador que nunca se daba por vencido, y sabía defender, aunque el mejor que vi yo fue Carlos (Monzón) que está allá arriba, y después, Uby Sacco, que no erró un golpe en la pelea contra (Gene) Hatcher. Lamentablemente después terminó mal, pero bueno… quería recordarlo», dijo Maradona. 

Desde Punta Alta, Córdoba, donde pasa con su familia días sin alcohol ni drogas y hasta está por terminar la secundaria y sueña con estudiar psicología, Ballas le contó a Orsai sus impresiones:

—Me emociona que Diego se haya acordado de mí. Me estalló el celular. Recuerdo anécdotas con él, pero una fue cuando le gané a Santos Laciar en el Luna, en marzo de 1979. Se me acercó Jorge Cyterszpiler, en ese momento su representante, y me dijo que Diego tenía ganas de saludarme y sacarse una foto conmigo.

—¿Y usted cómo reaccionó?

—Casi me desmayo. Debería haber sido al revés. Pero la cuestión es que Diego entró, me abrazó y se sacó una foto. Nos vimos cuatro o cinco veces más. Y siempre la relación fue linda. Me gustaría reunirme con él. Ahora, voy a hinchar por Gimansia…

—Tanto él como usted están lejos de la cocaína…

—Gracias a Dios. Es una pelea día a día. Llevo treinta años limpio. No es fácil. Pero no hay que dejar de pelear. Viví momentos durísimos. Pasé de tenerlo todo y viajar por el mundo, a perder todo lo que había ganado. Ni el cinturón me quedó. Toqué fondo cuando quise asaltar al tachero, terminé preso en Caseros y el poronga del pabellón me dijo: «Che, soy experto en pinchar guantes». Me quedé tranquilo. Y ahora estoy en paz.

Gustavo Ballas en un pesaje. EL DIARIO DEL CENTRO DEL PAÍS.

Ballas tocó el cielo con las manos el doce de septiembre de 1981, al ganar el título mundial de la AMB en la categoría Gallo Junior tras derrotar por nocaut técnico en el octavo round a Suk Chul Bae. Pero, al igual que Uby, lo perdió en su primera defensa. Lo que siguió fueron intentos fallidos por volver, caídas, recuperaciones, recaídas, hasta encontrar la salvación. Hoy tiene 58 años.

Así lo definió Ernesto Cherquis Bialo en Infobae: «Sobre el cuadrilátero era un arlequín, un boxeador osado, geométrico, desafiante y sereno. Seducía al público con una pícara sonrisa que coronaba su estética de pugilista clásico, fino, ortodoxo. Algo así como un Loche lógico. Ballas era un boxeador de sabor frutal, un deleite, un pintor de armonías enguantadas. Su esplendor fue tan leve como la luz de un fósforo y la esperanza de disfrutar de su arte se esfumó en el espacio como el estallido desvanecido de una bengala».

En el caso de Uby Sacco, la historia fue otra. Murió el veintiocho de mayo de 1997, a los 41 años, en Mar del Plata. Había alcanzado la gloria el veintiuno de julio de 1985, cuando se consagró campeón mundial al vencer por nocaut técnico al canadiense Gene Hatcher, a quien había derrotado en una anterior pelea, aunque en esa oportunidad los jurados se la dieron
injustamente por perdida.

Su gloria fue su ocaso. Perdió el título en su primera defensa ante el italiano Patrizio Oliva. Diego le facilitó los videos del boxeador napolitano. Pero quizá nunca supo que Uby nunca los vio. Hinchó por Sacco, que subió al ring después de noches de juerga. Es un milagro que se hubiera mantenido de pie durante los doce rounds. 

Uby Sacco, alzado por su padre. EL GRÁFICO.

Luca Prodan le dedicó su canción Nextweek  en Cemento y Diego un gol en La Bombonera, jugando para Boca, ante Argentinos Juniors. Uby ya había muerto, casi olvidado por la gente que lo recibió como un ídolo de toda una ciudad. 

Su hija Lorena no pudo contener las lágrimas cuando escuchó el homenaje de Diego. «Mi papá está presente todo el tiempo. Nos dejó cosas lindas, pese a todo», le dijo a Orsai. Su hermano Sebastián, que ahora vive en México, también se mostró emocionado: «Es una alegría que no pensaba vivir. Diego, mantuviste el nombre de mi padre en la memoria colectiva de la gente, y eso no se olvida».

Maradona llegó a invitar a Uby a Napoles, pero Uby no aceptó. Una anécdota sirve para graficar cómo eran los dos como deportistas. Jugando al fútbol, en un picado de amigos, allá en los ochenta, Uby le hizo un caño a Diego. Diego se vengó y le hizo dos. Uby estaba furioso. Estuvieron días sin hablarse.

Textos

Rodolfo Palacios

(Mar del Plata, 1977) Periodista, investigador. Escribió los libros El Ángel Negro, vida de Robledo Puch, asesino serial (Aguilar), Pasiones que matan, 13 crímenes argentinos (Aguilar), Adorables criaturas, crónicas grotescas de ladrones y asesinos (Editorial Ross) y Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres (Libros de cerca).

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