«Estoy manija»: una excursión a tierras ranqueles 150 años después
Comienza la aventura de desandar el camino de los indios ranqueles. Alejandro Seselovsky.

Crónica periodística

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El cronista Alejandro Seselovsky está recreando el viaje de Mansilla a tierras ranqueles para la próxima edición en papel de Revista Orsai. Salió el domingo de su casa del barrio de Saavedra hacia Córdoba, desde donde partió montado a caballo rumbo a la aventura. Lo acompaña un baqueano que se llama Santos Vega.

Sábado 29 de febrero de 2020. Escribo esto en la terraza de mi casa, en el barrio de Saavedra, Buenos Aires. Mañana, domingo primero de marzo, me voy a subir a un micro que me va a dejar, ocho horas después, en Río Cuarto, Córdoba. Ahí me voy a encontrar con Santos Vega, nieto de mapuches, hombre conocedor del suelo pampa y su historia, exdirector de Cultura de la Municipalidad de Bolívar y baqueano crucial de esta experiencia.

Juntos vamos a ir hasta Leubucó, en La Pampa, para replicar punto por punto, kilómetro por kilómetro, la excursión que Lucio Victorio Mansilla puso en marcha a las tolderías de la Nación Ranquel en marzo de 1870, o sea, hace exactamente ciento cincuenta años. Es decir, mañana me voy a buscar la huella del tipo que le dio voz al indio argentino antes de que nos tomáramos la molestia de exterminarlo; el tipo que escribió la madre de todas nuestras crónicas y que al mismo tiempo habló de entertainment, gastronomía, hotelería y perspectiva de género en un mundo que todavía era con tracción a vela. Tiene que haber una palabra que explique cómo me siento.

De Río Cuarto nos vamos a Villa Sarmiento, 150 kilómetros al sur, donde estuvo emplazado el fuerte Sarmiento, punto de partida original desde donde salió Mansilla junto a dos sacerdotes franciscanos, un lenguaraz, una lenguaraz y un puñado de soldados que no llegaban a las veinte personas en total. Iban apenas armados.

Muchos sitios de la Excursión ya no existen o son inaccesibles. La laguna La Verde se secó y el Monte de La Vieja quedó dentro del campo privado de una estancia. La siguiente parada es Lecueder, setenta y dos habitantes según el censo 2010, a tres kilómetros de Zorro Colgado, donde Mansilla se detuvo a esperar las mulas que cargaban provisiones y venían retrasadas.

En Zorro Colgado Mansilla encontró una aguadita apenas suficiente para que bebieran sus caballos y seguir viaje. Pollo-Helo, Us-Helo, Coli-Mula, desde donde Mansilla adelantó un chasqui para anticiparles a los caciques que iría llegando. Después Villa Huidobro, desde donde se llega a la laguna Del Cuero que todavía tiene agua y que fue imprescindible para el descanso de Mansilla y su tropa. Y, finalmente, Victorica, el pueblo actual más cercano a Leubucó, centro del mundo ranquel y donde vivía su cacique mayor, Mariano Rosas, quien recibió a Mansilla en su toldo, lo alojó, lo celebró, compartió con él mazamorra y aguardiente, y conversaron un tratado de paz que nunca trajo la paz. Aquí vamos, Santos Vega y yo. Este es nuestro viaje. Es sábado a la tarde, salgo mañana domingo.

Tiene que haber una palabra que explique cómo me siento.

Las sociedades fabrican sus locuciones porque necesitan que el sentido viaje limpio, pero que además viaje ya, sin pasar por el control de migraciones de las policías de la Lengua para acortar así el camino de la comprensión.

«Eeeehh, te re cabió», es una construcción perfectamente legítima en su contexto porque primero es el habla y después es el lenguaje. Siempre primero es la voz queriendo decir algo. Después es la palabra transfiriendo ese enunciado, ese sentido: ese algo. El habla como estadio fetal, como región de cultivo, de lo que después será una lengua.

Y finalmente, cuando la voz ya encontró la palabra que estaba buscando y la palabra ya comunicó el sentido que quería comunicar, aparece la gramática dándoles leyes y normativa a estas acciones.

Pero eso, después. Bien después.

Si quieren consultar el diccionario de la Real Academia para que les diga cómo estoy en este sábado bisiesto, a un día de poner en marcha mi propia excursión a los Ranqueles, háganlo, les va a decir que estoy «palanca pequeña para accionar el pestillo de puertas y ventanas».

Pero esa no será la verdad.


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