Encuentro con madre biológica en un neuropsiquiátrico
Anciana en hospital psiquiátrico. Pinterest.

Relato de ficción

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Durante seis semanas, Alejandro Seselovsky imaginará posibles encuentros con su madre biológica, Clotilde, una mujer que lo abandonó al nacer y que el periodista todavía no conoce. Las escenas de fantasía surgen de un texto principal, y verídico, que ustedes pueden encontrar en Revista Orsai muy fácilmente. Este es el segundo episodio.

Viene de un texto principal llamado: ¿Cómo busca a su madre biológica un periodista de investigación?


Un tipo está a punto de conocer a su madre, a la madre que lo llevó en el vientre y que un día lo parió y que apenas después de haberlo parido se lo entregó a esa parejita de Buenos Aires que no podía tener hijos. El señor no sé qué problema tenía, algo relativo a la cantidad de espermatozoides y había averiguado pero no había ningún tratamiento, o él no quería hacerlo. Y la señora, tan rubia, tan elegante, toda buena moza, estaba lista para adoptar, se le iban los brazos de agarrar al negrito ese recién nacido, de sentirse madre, lo estaba esperando, de hecho cuando el negrito nació, ya nació adoptado.

Cuarenta años después, el bebé aquél es un sujeto bien educado que se puso su mejor camisa para venir a conocer a la señora que lo tuvo en la panza. Le quiere agradecer que se haya tomado la molestia de llevarlo nueve meses encima. Le quiere agradecer y le quiere preguntar:

—¿Por qué me hiciste nacer? ¿Por qué simplemente no te deshiciste de mí? 

El tipo está sentado en una sala breve con sillones blancos donde hay un televisor pequeño y en silencio. En el televisor hay un partido de fútbol. El partido tiene un resultado. El hombre mira lo que ocurre en la pantalla y siente que para el mundo su devenir es insignificante y que siempre que alguien deba enfrentar su instancia más crucial, más decisiva, habrá en algún lugar un televisor encendido con un partido de fútbol ocurriendo adentro. 

Una enfermera indolente le pidió que esperara aquí, que ya le traerían a la señora, que seguramente iban a tener que despertarla porque la señora duerme todo el día y sólo abre los ojos a la hora del almuerzo, cuando rompe las galletas que le dan y deja caer los pedazos dentro de su té con leche. No hay forma de que almuerce otra cosa. Galletas rotas y té con leche. De vez en cuando una mandarina. 

Así que el tipo espera y mientras espera, piensa, recuerda: aquella vez que Hernán Rumussi, el niño fatídico que vivía en la planta baja de su edificio, le gritó que era un adoptado. ¿Adoptado yo? Tengo fotos donde mi rubia madre me tiene en brazos, y las fotos están fechadas, dicen Junio del 71, el mes en que nací, el año en que nací, cómo voy a ser adoptado, infeliz. 

Mientras espera, el tipo recuerda el mediodía que volvió de la escuela y le preguntó a su madre si, como le había gritado el chico Rumussi, era, en verdad, adoptado. Cocinaba, la madre, algo que ahora él no recuerda. Sí, en cambio, recuerda el llanto, que fue toda una respuesta, y un llamado urgente a su padre para soltar un par de líneas asustadas: Armando, el nene preguntó, el nene sabe.

Desde el sillón donde ahora está sentado ha quedado justo en perspectiva para ver la fuga del pasillo por el que llegará la mujer que el tipo vino a buscar. 

Es, su madre, apenas aparece, parte de una silueta común integrada a la silueta de la enfermera. Dos mujeres todavía indistintas pero avanzando, separándose de a poco una de la otra, ganando relieve, la enfermera controlando el paso y la velocidad, la mujer dejándose llevar de un brazo y atacando con dificultad el andador todavía mudo, sin su descalabro de metales sonando a cada metro ganado. 

El tipo mira a las dos mujeres venir y siente que algo ha terminado para siempre. De golpe siente el impulso de ponerse de pie, de ir hacia la mujer que está viniendo como para no hacerse obtener como un trofeo, ya fue un trofeo, todo estos años se sintió el trofeo de alguien. Ahora quiere mostrarse solidario, agitar una bandera blanca para que de movida quede claro que no es el reproche de un abandono lo que lo trajo hasta acá. Siente, de golpe, el latigazo interno que lo levanta del sillón.

Ahora la ve mejor, con más definición. Comprueba, antes que nada, un color, una pigmentación: la condición morocha de un cuerpo, de un pelito, en la mujer que se aproxima. Cuando va a dar el paso adelante ve a la enfermera que levanta una mano, como diciendo alto ahí.

Primero siente el deseo de reaccionar contra ese ejercicio de autoridad, pero inmediatamente comprende que la enfermera es una baqueana de este universo clínico donde gente que ha perdido la conciencia y la independencia motriz viene a ser visitada hasta morir, y que mejor confía en esa mano levantada; que mejor, acata. La mujer está más cerca y ahora sí le ve la cara. 

La mira.

Ella, no. Ella tiene los ojos puestos en un lugar que nadie más conoce. Cuando llega, cuando finalmente la tiene ahí adelante, el tipo acomoda la cabeza, el cuerpo completo acomoda para quedar en el camino de sus ojos, para lograr encontrarse con ella. Él la encontró pero ahora quiere que ella lo encuentre. Y se mueve hasta quedar delante de una mujer que no parece tener ni delante ni detrás: lo que se le para en frente, así se trate del hijo que entregó a los quince cuando era una chinita recién llegada del interior, es una transparencia. 

El hombre pregunta si la mujer habla, si se comunica. La enfermera responde que nunca la escuchó hablar. Que en ocasiones balbucea algo que parece un lamento. Después de probar las cuclillas, de probar con hablarle, después de haberle puesto una mano en el hombro, el tipo se sienta, vuelve a su lugar frente a la tele, frente al partido, un poco se rinde. Los tres quedan ahí, dentro de la misma derrota.

La charla es con la enfermera, pero la mirada del tipo continúa puesta su mamá. ¿Quién la trajo? Vivía en la calle. ¿Quién más la visita? Nadie más la visita. ¿Y por qué ahora está mirándome? Y por qué los ojos de mis hijos se parecen tanto a los ojos de esta mujer que ¡ahora sí! está mirándome.


Viene de un texto principal llamado: ¿Cómo busca a su madre biológica un periodista de investigación?

Textos

Alejandro Seselovsky

(Rosario, 1971) Periodista argentino. Publicó en Clarín, Perfil, Página/12, Gatopardo, La Mano y Gente, entre otros. Editó los libros «Cristo llame ya», en Editorial Norma en 2005, y «Trash», un volumen sobre los personajes mediáticos de Buenos Aires, publicado en 2010. Actualmente trabaja para diversos medios, entre ellos Rolling Stone.

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