Otra historia de amor que termina mal… y bien
Cena romántica. GETTY.

Relato de ficción

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Siempre que nos llega una nueva historia de Rafa Fernández, sabemos que entre sus ingredientes encontraremos amor, seducción, deseo y sexo. Esta vez, sin ser la excepción, asistimos a un relato que —como el título anticipa— termina mal... y bien. La interpretación corre por cuenta de la actriz argentina Malena Sánchez y el actor español Albert Baró

Quizás nos creemos únicos. Que, maldita sea nuestra suerte, lo que nos pasa a nosotros no le ocurre a nadie. Que solo nosotros tenemos los pelos de los sobacos de ese color y que somos importantes. Mi opinión, es que somos tan importantes como las gallinas. Todos vivimos, encerrados, en una especie de gallinero. Nos pasan las mismas cosas, una y otra vez, con unas cuantas variantes, como máximo. Mi conclusión es que hay que vivir con el piloto automático con las cosas malas que nos ocurren, con las que chocamos, pero inyectando a cada instante vivido todo el humor, amor y placer que podamos. Al fin y al cabo, ya sabemos lo que nos va a pasar cada día, más o menos. Las mismas situaciones se han repetido una y otra vez en cada uno de nosotros. Incluso sabemos cómo es la forma correcta de actuar ante cada situación: aunque, a menudo, prefiramos volvernos locos, dramatizar o tirarnos de un puente.

Cristina pide croquetas de primero. Yo también, y vino. Es mi segunda cita tras divorciarme. Estoy viviendo en Requena, un pueblo perdido en mitad de la nada que casi nadie conoce. Delante de mí tengo a una impresionante argentina. Morena, ojos claros, cuerpazo. Es muy pija y yo no tengo casi dinero. Ella se me sale totalmente del presupuesto. Aunque sí que tengo para invitarla a cenar una vez. Solo una vez. Si tuviera para invitarla a cenar muchas veces más, seguro que ella terminaría en mi cama. Y enamorada. Todas las mujeres que me conocen se enamoran de mí, todas se abren de patas. Todas quieren tener hijos conmigo. Esto me pasa siempre. No soy muy guapo, pero soy el hombre perfecto gracias a mi personalidad… lo único que me falta es dinero. No quiero tenerlo. Lo esquivo una y otra vez. Considero que me autosaboteo o que soy súper inteligente por evitar estar forrado. No quiero que nadie esté a mi lado por dinero. Porque sé que el dinero es una trampa, nunca me ha dado la felicidad cuando lo he tenido. Me ha quitado paz, imaginación, tiempo para escribir: me ha llenado de energía engañosa que nunca me ha hecho feliz. Mi relación perfecta con el dinero es tener lo justo para poder pagar las obligaciones y que me permita encerrarme en casa a escribir sin que me corten la luz, pueda comer sano cada día y mi casero esté tranquilo. Pero, de vez en cuando, estoy demasiado solo. Entonces, abro el Tinder, finjo que tengo dinero, que no soy un tipo huraño al que le gusta estar solo y alguna mujer viene desde Valencia hasta Requena, a conocerme, a probar suerte, por si acaso soy yo el compañero al que buscan. Algunas veces follo, otras no… pero siempre les saco una buena historia:

—Yo quería venirme a vivir a España —comenzó a contarme la argentina, con la preciosa forma de hablar que tienen los de allá— porque la cosa en mi país estaba muy mal. En ese momento tenía un novio. Lo amaba muchísimo. Sigue siendo el amor de mi vida. Creo que nunca voy a poder amar a alguien más que a él.

—No me retes … —le dije para seducirla: a pesar de que sabía que era la única noche que la vería—.

 —No. Sí que te reto, Rafael… ¡Me harías un gran favor! Ojalá pudieras hacer que me olvidara de Gustavo… Por aquel entonces yo estaba harta de no tener dinero, de vivir siempre con bastante menos de lo justo aunque tuviera trabajo. Soñaba con vivir bien. ¿Es pecado eso? A lo mejor, sí. Creo que fue mi pecado. Lo que me cagó la vida. Surgió la oportunidad en mi empresa: un puesto de trabajo en España, demasiado bien pagado. Opté a él, me lo dieron. Le pedí a mi novio, a mi amor, que se mudara conmigo a España. Él lo pensó mucho. Hasta que finalmente decidió que no, de forma rotunda. No quería vivir sin poder ver a su familia cuando quisiera, sin pasear por las calles de su barrio, que también eran la de su infancia. En Argentina él era completamente feliz. Es cierto que su trabajo no le daba para vivir como la gente feliz de las películas, pero él decía que su felicidad no dependía de su economía. Me quería muchísimo. Me aseguraba que era parte de ese gran amor y de esa felicidad casi plena, porque nadie puede ser feliz las 24 horas de cada día. Me explicó que si se iba, dejaría demasiadas cosas atrás que le hacían falta. Por más que insistí, no pude convencerlo de que empezáramos una nueva vida en España… Empecé a pensar en renunciar a la oportunidad. Y justo, como enviado por el Diablo, empezó a rondarme otro chico. Un chico que aseguraba que estaba enamoradísimo de mí. Empecé a verme con él, quizás por despecho, o para castigar a Gustavo por no concederme el deseo de venirse para España. Te juro, Rafa, que nunca tuvimos sexo, ni siquiera un beso. Pero me veía con él y eso estaba mal. 

 —No estaba mal. Estabas explorando, sopesando…

 —No. Creéme. Ahora, con el paso de los años, puedo asegurarte que hice mal. En uno de nuestras salidas me dijo que él sí dejaría Argentina por mí. Que yo era lo único que le interesaba de este mundo. Que él sí que estaba enamorado de mí, de verdad. Caí. Y dejé a mi amor, lo dejé por España y por las promesas de aquel chico. Nos fuimos. Yo no lo amaba, pero me obligué a hacerlo. Acá en España conseguí establecerme en el trabajo, no me faltaba de nada. Mi pareja también consiguió un buen trabajo. Incluso tuvimos un hijo. Pero me faltaba el amor. Porque por mucho que lo intenté, nunca quise a mi nueva pareja como quise, y sigo queriendo, a Gus.

 —¿No puedes olvidarlo?

 —No. Para colmo, un día descubrí que mi pareja me engañaba. Me volví loca. agarre  todas sus cosas y se las tiré por la ventana. Me hice famosa en el barrio desde ese momento… Busqué a mi amor de argentina: a Gustavo. Con la intención de regresar con él. Traerlo a España. O irme yo… qué sé yo…

—¿Y?

 —Llamé al único teléfono que tenía. Contestó su padre que se puso a llorar cuando reconoció mi voz. Hablamos casi 5 horas seguidas por teléfono. Me contó que su hijo seguía enamorado de mí. Que hablaba de mí muy seguido, con un amor infinito, cuando los dos estaban solos. Que sabía que yo me había casado con otro, que tenía un hijo con otro… que casi se muere cuando se enteró. Que por despecho, para no volverse loco, empezó a buscar compañía, cualquier compañía. En una de esas, dejó embarazada a una de tantas. Y ahora tienen un hijo. Él se casó con ella, le es fiel, es trabajador, adora a su hijo. Pero, aunque me siga amando, por nada va a destrozar su matrimonio, por nada del mundo dañaría a su hijo de esa manera. Esa criatura es lo único que lo hace feliz ahora. Su padre me suplicó que no lo llamara. Que no avivara el fuego de su dolor. Que dejara que el tiempo curara el corazón de su hijo. Me lo pidió llorando, con el corazón en la mano. No quería que su hijo siguiera sufriendo tanto.

—Joer… qué duro. ¿Y hablaste con él?

—No. Respeté la voluntad del padre. Su tono de voz era… realmente angustiante y doloroso.

—¿Te arrepientes de haber dejado Argentina por dinero?

 —¿No entendés, Rafa? ¡Por supuesto que sí! Pero esta historia no termina así. ¿Te puedo contar más o ya te estoy aburriendo?

 —Cuéntame más, por favor.

 —En España trabajo en una agencia de viajes. En mi oficina somos muchas chicas. Un día, una de ellas, Carolina, comenzó a recibir ramos de flores, preciosos… De forma puntual. Siempre el mismo día de la semana, a la misma hora. Cada vez que llegaba el ramo de flores, todas aplaudíamos y gritábamos, emocionadas. Era súper romántico.

 —¿Quién los mandaba?

 —Carolina no sabía. Nadie lo sabía. Tratamos de sacarle información al repartidor de la florería… tampoco él sabía. Simplemente llegaba el ramo con una nota, tipo: «Quiero casarme contigo. Me enamoré de ti en el primer instante en que te vi. Estoy reuniendo valor para presentarme. Espero no molestarte. Por favor, no te asustes: soy un buen tipo». Notas arrolladoras.

 —Jo. Qué misterio.

 —El misterio iba en aumento. Fueron pasando los meses… hasta que un día el ramo no lo trajo el repartidor habitual de la florería. Lo trajo un proveedor. Un proveedor que se reunía con Carolina, por cosas de trabajo, una vez a la semana. Su nombre, Víctor. Era él el que le mandaba el ramo cada miércoles. La decepción con Víctor fue inmensa.

 —¿Inmensa? ¿Por qué?

 —Era un chico muy gordo. Gordísimo. A mi amiga, que era superficial, super guapa, super delgada, además, se le revolvió la panza. Se había hecho muchas ilusiones con ese romántico y misterioso galán y… ahora que había descubierto quién era, quería que desapareciera: no le gustaba nada. La invitó a almorzar, ella dijo sí, pensó que era lo menos que podía hacer después de tanto ramito. Él se declaró. Ella le rompió el corazón. Sin embargo, accedió a que fueran amigos. Una vez al mes, al principio, permitía que el gordito la invitara a almorzar. Después, empezó a llamarlo cuando ella lo necesitaba: para cualquier cosa. Que si tenía la cisterna rota en su casa, que si la podía llevar en auto al dentista… El enamorado, incluso, dejó la ciudad en la que vivía y se vino vivir a la ciudad en la que vivía ella. Para estar más cerca, para poder responder a tiempo las necesidades de la mujer de sus sueños. Estaba seguro de que, algún día, la conquistaría.

—Qué calzonazos…

—Sí. Ella lo usaba. Él se dejaba. Cuando Carolina no tenía plan, lo llamaba para ir juntos al cine, a cenar o a algún concierto que ella quisiera. Victor era el payaso que la invitaba a todo y la entretenía. Pasó así un año… hasta que él se cansó. Decidió que, la próxima vez que lo llamara por teléfono, iba a decirle que no. Que ya no quería volver a verla. En todo este tiempo no había conseguido ni un beso. Ni una aproximación. Ni una caricia con cariño. Sufría demasiado. Ella no lo merecía.

—Por supuesto. Pobre hombre…

—Ahora te cuento el final de esta historia. Estamos en la noche en que me enteré que mi marido me engañaba y que el amor de mi vida tenía un hijo al que jamás abandonaría a pesar de que me seguía amando. La angustiante voz de su padre, pidiéndome que no lo llamara, pidiéndome que dejara que mi recuerdo desapareciera para siempre del corazón de su hijo, todavía resonaba en mi cabeza. Tomé demasiado alcohol y mal. Estaba como loca, en casa. Mi cabeza iba a estallar. Era, soy una fracasada, mi vida es una mierda, me vendí por dinero, no paraba de pensar. Necesitaba ayuda. Así que llamé a mi mejor amiga: Carolina. Le pedí que viniera a casa. Pero como vivimos lejos, ella llamó a Víctor para ahorrarse el taxi. Cuando lo llamó y le explicó lo que me pasaba, Víctor se mordió la lengua. No la mandó a cagar como se había jurado. Accedió a llevar a Carolina hasta mi casa, por empatía, porque yo necesitaba ayuda. Así que la fue a buscar, subieron los dos a mi casa. De verdad que nunca me había sentido tan mal. Estaba tirada en el piso de mi casa. Sin fuerzas para levantarme. Carolina trató de consolarme, no pudo. En cambio, Víctor, sí. Victor encontró las palabras para que me calmara. Con una ternura enorme logró que vomitara, incluso me lavó la boca, me puso mi pijama con la castidad de un padre, me levantó en brazos porque yo no podía ni mantenerme en pie, me acostó en la cama… Me siguió hablando hasta que encontré paz gracias a él y me quedé dormida. Cuando Carolina vio cómo me cuidaba, me envidió. Incluso se puso celosa. La sacudió la realidad. Víctor era gordito, pero también una persona increíble. Un ser humano colosal. Esa noche, en el auto, antes de que Víctor abriera la boca para mandarla a la mierda para siempre, lo besó. Hoy están casados. Tienes dos hijos. Son súper felices.

—¿Y tú?

—Yo, no. Por eso estoy acá, Rafa, comiendo croquetas con vos.

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