Una orquídea santa
Un poodle corriendo a toda velocidad. GETTY.

Relato de ficción

Audio RevistaOrsai.com Una orquídea santa

Janis regresa a su casa en Mérida después de un mes de estar ausente. Viene de un largo retiro espiritual que la dejó como nueva. Pero a poco de llegar, y apenas sale a la calle por un simple mandado, se ve envuelta en un carrera desquiciada que vuelve a despertar a su monstruo interior. Y todo por perseguir a un perro.

Janis había regresado de un Vipassana en Medellín donde su amigo Horacio es cocinero. Allá fue a curarse de las palabras que le dejó su madre instalada en la mente desde muy pequeña como una suerte de guillotina portátil, además de reprogramar otros asuntos que siempre tienen el derecho de cambiar para no enmohecerse, como la espuma de la rabia en horas del mediodía o los sueños con tumbas abiertas. Cuando la mancha está adentro, siempre es más difícil alcanzarla.

A través de las técnicas de meditación más antiguas de la India no se puede esperar otra cosa que comenzar a ver las cosas como realmente son, no valía la pena enturbiar las aguas para que los demás creyeran que son profundas. Confiábamos en que después de eso conseguiría devolverle los alientos esenciales a la orquídea santa, porque yo no quería convertirme en un viejo verde antes de tiempo, eso sería ir contra mis principios cromáticos y soy daltónico desde que tengo dieciséis años. Ahora sí vamos a tener nuestro tercer hijo con muchas ganas, pensaba mientras me temblaba la mano derecha. 

Fueron treinta días aislada de sus hijos y su esposo. Calladita, en una larga ceremonia de conexión con los principios básicos de la vida, siguiendo la ritualidad con atención y buen propósito para que las dudas abrieran paso. A ella siempre le gustaron las buenas medicinas, las más amargas. Los teléfonos permanecían distantes, la última semana antes de irse estaba sufriendo de skimming, una suerte de tic nervioso que no le permitía fijarse sobre un solo post o enlace, sino que iba mordiendo migajas que quedaban desperdigadas en el piso que nadie barre de internet.

En aquella montaña amarilla estaba fuera del alcance de las fake news y los memes que declaran al país en desacato y repleto de francotiradores en todas las azoteas. Los teléfonos saben algo más que aún nosotros no sabemos, están entrenados para eso.

No me fue permitido enviarle una carta con dibujos de los niños. Habían pintado una hermosa planta de uva playera en un campo desierto y cuatro farolitos adornados con peces que abrían y cerraban los ojos. Tampoco logré recordarle por las noches la crema para los hongos, el anticoagulante y la vitamina C de las mañanas, nada. El retiro era hasta del mismo amor, así es que funciona ese sistema. 

Cuando al fin llegó, después de lo que para nosotros significó un tiempo desmedido, la abrazamos en la puerta de la casa y le dimos una calurosa bienvenida con globos y bombones cítricos. Los niños como siempre jugaron con sus glúteos moviéndolos de un lado a otro como dos lagunas. Cuando subimos a la habitación intentaron ponerle un lápiz debajo de sus tetas para comprobar si todavía eran capaces de no dejarlo caer. Ellos saben que esa es una prueba fehaciente que comprueba la firmeza, la vejez y la lactancia materna exclusiva. Las teticas de mamá, el rabito de mamá, gritaban ansiosos, mientras se lo iban sobando aplastando sus caras dulcemente contra su piel, como si se tratara de un delicado cojín. Yo no podía hacer lo mismo con ellos presentes, me daba pena, tendría que ser muy paciente. Ya llegaría mi turno. 

Al tercer día de su llegada, después de haber alcanzado un buen descanso, se atrevió a conducir y salir a la calle después de mucho tiempo. La gran excusa era ir a comprar un pollo entero y frutas de la temporada para la cena. Aquí en Mérida la mora siempre está de temporada, es inigualable. Tiene un monumento en La Parroquia, no sé si ustedes conocen algo parecido.

Después de las cuatro de la tarde, tomó las llaves, abrió la puerta del Fiat para guardar las bolsas ecológicas, se sentó frente al volante, respiró como se lo habían enseñado y encendió el motor. Sonaba bien y se sentía liviano, no sabía si era ella o el carro quien producía esa sensación, como si algo se despegara del piso. El motor del portón estaba dañado, tuvo que abrir la reja manualmente, era pesado porque estaba inclinado. Las vueltas del volante la llevaron fuera de la residencia. Se despidió del vigilante que estaba recostado en la silla cavilando y salió: el mundo era otro. 

Las calles estaban sucias, tomadas por el estallido. Vivíamos la mayor crisis del servicio de aseo urbano que hayamos conocido en la historia republicana. Bolsas negras de basura desentrañadas por perros callejeros  iban regando desperdicios a lo largo de la ciudad como si estuvieran dibujando un fósil de estegosaurio en el asfalto. Los drenajes estaban taponeados, las lluvias lo demostraban cada vez que podían.

Las personas intentan sanear su frente colocando adornitos y cauchos pintados con palmeras o flores amarillas, porque los avisos de No botar basura aquí, con la imagen del cochinito ya no era un mensaje eficiente, hacía falta otra cosa, razón por la que un día a la basura le nacieron brotes de patas que le permitieron desplazarse de un lugar a otro, del frente de una comunidad organizada a una esquina baldía y sin doliente. La enfermedad no terminaba, solo cambiaba de sitio aquel síntoma apestoso. 

La gente caminaba encima de los escombros cotidianos, sacudiéndose las moscas incansables con las manos o un paraguas, e intentando no chocar contra el vuelo rasante de los zamuros, quienes comenzaban a desplazarnos paulatinamente, en cualquier momento tendrían las llaves de la ciudad o se les ofrecería un honoris causa. Que pestilencia hay aquí, me gustaría seguir callada, pensó, subió los vidrios y pasó sin tener que quejarse o maldecir como era la costumbre.

Al momento, se detuvo en el semáforo que está justo en la esquina de la estación de servicio de La Hechicera, acababa de cambiar a rojo. Apareció un anciano lleno de llagas en el rostro y un envase viejo de margarina pidiendo una limosna de comida, no de dinero, eso ya no vale, decía. Janis no pudo colaborar esta vez. No traía nada consigo, lo había dejado todo en el vipassana.

Observó al costado, en dirección a la residencia Domingo Salazar a un hombre joven corriendo hacia la parte alta, se notaba alarmado, no era una carrera normal, estaba haciendo un esfuerzo desesperado. Luego escuchó que gritaba. 

—¡Agárrenlo! ¡Agárrenlo! Allá va. 

Miró el reloj, se dio cuenta que aún era temprano y que quizás podría comprar otra cosa preparada para la cena. Cambió de opinión, ya no le provocaba el pollo ni las frutas, además las moras necesitan mucha panela para endulzar y los camiones de caña fueron quemados en una manifestación en Lagunillas. 

La luz ya casi cambiaba, entonces dio un giro violento del volante y cambió la dirección, buscando la manera de dar con el evento inesperado. Tuvo un ataque de misericordia que no pudo controlar, muy parecido a un infarto. Pensó, alguien tiene que ser bueno en este planeta, no todos somos bastardos mal nacidos, coño. Apagó la radio, abrió el vidrio del copiloto e intentó ponerse al lado del hombre que continuaba corriendo a una velocidad promedio. Cuando estuvo cerca, le tocó corneta y sin detener el carro, le gritó: Ey chamo, ven acá, móntate, ¿qué pasó? 

El hombre no creía que alguien pudiera ofrecerse para eso, y se montó. Cuando cerró la puerta ella le preguntó: ¿te robaron? ¿Estás bien? ¿Cuántos eran? Vamos a llamar a la policía. ¿Estás armado? 

—No, señora, nada de eso, yo estoy bien, ando detrás del perro que se escapó, miré allá, aquel pooddle blanquito que se ve entre la parada de autobús y el terreno cercado, sígalo. 

Aceleró, como si se hubiera tratado de algo peor que un atraco a mano armada o un homicidio frustrado, el tema era ayudar como sea, estaba obligada a eso. Yanapanaku, susurró.  Los incas habían inventado esa palabra para definir ese acto de solidaridad, nobleza, empatía y ternura. Y cómo no morir de ternura si era un pooddle.

Ella bajó también su vidrio y comenzó a gritar: ¡agárrenlo! ¡Agárrenlo! Todos los transeúntes se percataron del suceso y pensaron en lo mismo: el robo de la batería de un carro, el secuestro de un testaferro o del dueño de un bodegón, pero el perro se hizo notar enseguida, permitiendo que la muchedumbre, rebosada de compasión, acudiera velozmente al llamado. 

Muchos tuvieron la voluntad de colaborar corriendo detrás, pero el perro era ágil, más de lo que uno tiene el derecho de saber por puro razonamiento. Se detuvo frente a la ferretería del Parce, oteó varias pacas de cemento como si fueran oro en polvo (que lo eran), luego entró al local husmeando todos los empaques, logró zafarse de varias manos de los clientes que estaban pasando el punto de venta y continuó su camino, sin dejar rastro. 

Los que vieron el episodio desde la parte alta de la calle intentaron cercarlo, se trataba en su mayoría de los hombres que se encontraban trabajando en la carpintería de Luis De Lima y en la tienda de cerámicas. El can los burló a todos con movimientos imprevistos, muy difíciles de telegrafiar, podría entenderse naturalmente que nos encontrábamos frente a un animal diferente, no catalogado. ¿Qué se escondía debajo de esa bola de pelos? Nadie lo sabe. Anomalías de la fauna en la nueva era de acuario. Ese perrito tenía lo suyo, no creo que se tratara solo de un pooddle, otra fuerza lo dominaba.  

Los carros que venían en dirección a la panadería viendo que la cadena humana no funcionaba, también se ofrecieron e intentaron trancarle el paso, haciendo maniobras como si una cámara los estuviera grabando. El perro se crecía, ligeramente saltaba entre las islas de basura y las aceras sin dejarse poner la mano encima. Podía durar más de cinco segundos en el aire en cada salto como Jordan, era un poder de levitación claro y sin trampas ópticas, el mismo que adquieren los fantasmas cuando deciden serlo. La cadenita del dueño le arrastraba todavía, produciendo un sonido extraño que los sugestionaba a todos. 

Cuando los dejó atrás, el perro finalmente se metió en un monte muy denso, entre el puente y la urbanización donde vive Belkis Rojas, la antropóloga, quizás ella sepa algo. Eso por ahí está colmado de árboles muy viejos que conforman un bosque  que nadie se atreve a cruzar, porque desde el río que lo atraviesa se han visto flotar partes humanas.  

Casualmente se encontraban haciendo prácticas de campo los muchachos de primeros auxilios y atención de emergencia del sector El Amparo, quienes al percatarse se pusieron en marcha, chapoteando entre las riberas del río para dar con el paradero del perro, arriesgando sus propias vidas. Los que se encontraban sobre las barandas del puente tenían la necesidad de saber más allá, pero para entonces el perro se había perdido de vista, apenas lograba distinguirse el punto blanco en un movimiento intermitente en el verde inmenso. Se había introducido en el bosque primigenio donde alcanzaría algún propósito, curiosamente al rato una luz se levantó encima de ese pedazo de cielo y los dejó ciegos a todos. Algo volvía a su lugar y la naturaleza lo sabía.

La persecución había dejado un choque en el cruce hacia el jardín botánico, los fiscales de tránsito, que ya se encontraban en el lugar de los acontecimientos, otorgaron el veredicto a favor del culpable, la chica del Aveo vinotinto. Un gentío se abalanzaba sobre los heridos del Toyota, uno de ellos tenía la cabeza atravesada en el parabrisas. Se escuchó la sirena de la ambulancia desde Los Chorros de Milla, porque los paramédicos estaban comiendo en el restaurante chino, muy cerca del incidente. 

Janis miró al cielo y se lamentó que iba a llover. Apretando el volante con las dos manos se frustraba, ella quería sentirse útil, no podía soportar más las acciones intrascendentes como si su vida fuera una revista mojada. Tenía algunas lágrimas retenidas al borde del despeñadero. Abrazó al hombre y lo lamentó como si el animal hubiera muerto en el momento que se adentró al bosque, ella sabe lo que se siente perder un ser querido de esa manera. 

Después de todo, ¿cómo se llamaba el perro? Le preguntó al hombre. No lo sé, señora, le contestó el hombre, el perro no era mío. Ah, ok, dijo ella. El hombre se bajó y fue agradecido al cerrar la puerta del Fiat con las dos manos, se notaba que tenía una nevera pequeña en su casa. 

Janis dio la vuelta y llegó a la casa un poco deshecha, convertida en una bolsa negra que había sido olvidada por los hombres del aseo urbano en medio del desierto de la ciudad. Se quitó su nombre y fue a buscarme al cuarto, estaba decidida. Esa noche bajó un espíritu del siglo XVIII para poseerla. Tenía una voz de cueva. 

Antes de cenar y de cualquier otro gesto familiar me consumí entero sobre sus brazos, la orquídea santa se abría como una baguette de ajonjolí y proyectaba sus perfumes sobre mi cuerpo. Nuestros gritos fueron tiernos pero ensordecedores, fugaces como la noche. Nos complacimos sin mirar atrás. Yo por mi parte no puse resistencia en ningún momento ni dejé rastros de vida sobre la cama.

Un relato de

Javier Guedez

(Venezuela, 1980)Narrador, poeta y generador de contenidos. Director y fundador de La Kuentonáutica, un gimnasio para la imaginación Premio Nacional del Libro de Venezuela 2014. Galardonado por sus cuentos: Komegato, La montaña amarilla y Puyero Fue seleccionado en el festival de Cannes 2018 por el cortometraje inspirado en su cuento La Eternidad de Paula. Es autor de los libros Retorno de alas, Sinchi y Kai, Inventadero y Pazíficos y la mutante Trabajó en la realización de guiones para radio, cine y TV. Su material poético y narrativo apareció en revistas y portales de varios países.

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