Los astros del Bon Odori
Instantáneas del festival. PRENSA EL DÍA.

Crónica periodística

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Regida por los astros, Luz Vítolo —una de nuestras cronistas de cabecera—, empezó el año con cautela: sin poder moverse y encerrada en su casa. Ahora, las primeras brisas de libertad llegan en medio de un festival japonés en La Plata.

Enero en Buenos Aires y no me fui de vacaciones. Digo que es porque me gasté la plata en otra cosa, pero la verdad es porque tuve la sensación de que me tenía que quedar cerca. Los que nos dedicamos a la astrología lo sabemos hace rato: el verano 2020 viene astralmente complicado. Algunos la vamos a pasar mal.

Entre otras cosas, yo —que casi nunca me enfermo— empecé el año en cama sin poder moverme, y en lo que va de enero voy sumando pequeñas ñañas que me mantienen encerrada en mi casa. Si logro atravesar con altura las tormentas veraniegas autopronosticadas y llegar a marzo, voy a estar bien. Mientras, desde mi teléfono, manejo una guardia astrológica para amigos abierta las veinticuatro horas. Hace meses que atiendo a capricornianos en apuros: padres que piran, enfermedades misteriosas, angustia existencial generalizada, separaciones y desvinculaciones repentinas. Esta semana hay eclipse y los mensajes no paran de caer.

Pero hoy es sábado y estoy yendo con unos amigos al festival japonés Bon Odori en La Plata. El secreto para atravesar lo que en astrología llamamos «tránsitos complicados» está en tener un poco de cintura para enfrentar la eventualidad, y en intentar seguir con tu vida acompañado por la nueva y constante sensación de que tu carne se está pelando del hueso. En el camino vemos un auto completamente quemado a dos metros de la garita del peaje. Leo en el esqueleto negro un augurio. Estuve bien en pedirle a mi amiga que manejara; estos días le tengo idea al auto.

Bon Odori es un festival tradicional de danza japonesa que se celebra en La Plata desde 1999. El predio es un cuadrado enorme cercado por puestos de comida e indumentaria. Llegamos a eso de las seis. Todavía hace calor pero no es un calor horrible. Enero estará complicado de astros, pero de clima está divino. A lo largo de la tarde comemos onigiris, yakitoris, ebi furai y a eso le sumamos un choripán, porque todo bien con la comida japonesa pero no es llenadora. Para divertirnos, compro galletas de la fortuna y cada uno elige la suya. Las de mis amigos tienen mensajes vagos que descartan al instante. La mía dice: «No te expongas» y un poco se me cierra la garganta.

En el centro del predio hay una torre alrededor de la cual se efectúan las danzas tradicionales al compás de los tambores taiko. Dicen que la música alegre da la bienvenida a los ancestros que descienden durante esta noche de verano. Los grupos de jóvenes se turnan para bailar y tocar los tambores y los cuadros se intercalan con mujeres que cantan bastante agudo en el escenario de la torre central. 

Este día se parece a la película de terror Midsommar, de Ari Aster, en la que un grupo de jóvenes viaja a una comuna sueca, a un festival de verano en esos días en los que no oscurece nunca. La vi hace poco y no dejo de pensar en ella. El sol comienza a ocultarse cuando pasan un video en japonés sobre los Juegos Olímpicos 2020 en Tokio, que, entre otras cosas, enseña el paso de la canción oficial. Unas japonesas de kimono lo muestran en el círculo que rodea la torre y la gente se va sumando de a poco. Falta alguien que dé por comenzado el «bon odori» con un discurso o un gong, que nos explique a los gaijin  cuál es el significado de todo esto. La gente hace el mismo paso con diferentes canciones que se suceden una atrás de la otra. Se avanza un metro cada diez minutos; la vuelta entera debe tardar varias horas. Desde afuera se ve cómo los que participan entran en trance. Lo que al principio me parece medio goma de a poco me empieza a atraer. 

Al rato le pido a mi amiga que me sostenga la mochila y me zambullo en la gente. Me toma unos pocos minutos perfeccionar el pasito: dos para la derecha, uno arriba, otro abajo, dos aplausos escalonados. A la hora pareciera como si efectivamente se fuera a abrir un portal sobre la torre, justo en el medio del círculo. El cielo se parte, pero en vez de ancestros veo descender fantasmas. Sostengo las ganas de llorar por costumbre. Tardo en darme cuenta de que no hay lugar más privado que esta rueda y me desarmo aunque sin dejar de bailar. 

No sé adónde mandar mis mensajes, ni cómo aflojar el cinturón de este verano que apenas comienza. Quiero que alguien me diga a mí las cosas que les escribo a los demás. La metáfora de la ronda es insoportable en su simpleza: juntos, pero cada uno con su baile. Estamos solos, orbitando cual planetas algún tipo de sentido, avanzando en círculos, quizás flotando. Esa idea me da miedo, pero también me parece hermosa. La siento como una verdad tatuada en la piel. Es algo que viene dándome vueltas, pero recién ahí la empiezo a entender. Igual, la epifanía no me hace sentir mejor.

Termino de llorar y salgo mareada a buscar a mis amigos. El predio estalla de gente y ya ni siquiera hay lugar para sentarse en el piso. Son las nueve de la noche y mis amigos y yo en cualquier momento empezamos a morir. A pesar de que estamos afuera, falta el aire. No sé si huele a tragedia, si estoy sugestionada por la película o la ronda que sigue sin frenar, por la conjunción que se perfecciona sobre mi propia carta natal o qué, pero quiero irme antes de que el cielo se abra y los fuegos artificiales lo enciendan.

En el estacionamiento, la Luna se asoma enorme y naranja con unas nubes grises tan estratégicamente colocadas que parece de mentira. Todos la ven llena, pero yo sé que aunque no se note empezó a menguar. Ignoramos al Waze y nos vamos por donde llegamos, una calle larga casi sin luces. No hay señal en esa recta y confío en la fortuna de mis amigos. Si estuviera manejando yo, estoy segura de que el auto se quedaría. A lo lejos, las explosiones de la pirotecnia suenan a tiros pisando nuestro paso. Decidimos que el camino nos va a llevar a la autopista y tratamos de alivianar ese no saber con chistes.

Con la señal cae un mensaje a la guardia astrológica: «Me estoy yendo al carajo». Esbozo una respuesta que termino borrando. Hoy no me quedan palabras tranquilizadoras. Primero tengo que llegar a casa, después, a marzo.

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