Dos metros de distancia
Presa del deseo. GETTY.

Relato de ficción

Audio RevistaOrsai.com Dos metros de distancia

Ahora viene un cuento erótico para prenderse fuego. Una mujer a la que la cuarentena dejó atrapada en su trabajo, una carpintería, decide cogerse con ímpetu al hijo de su patrón. Una historia inédita de la escritora paranaense Mariana Bolzán, en la voz de la actriz Marisa Román.

Una historia de Mariana Bolzán
En la voz de Marisa Román

Más de la autora

—Son dos metros de distancia, algo es algo —dije y te hice la seña de ir al fondo.

Vos me seguiste y cruzamos el patio. Caminamos por el pasillo hasta que llegamos al taller. Hacía días que nadie lo usaba. Ni tu papá prendía las máquinas ni yo entraba a limpiar los cepillos y los tornos.

«Una distancia aproximada es mejor que quedarnos aislados, lo dijeron hoy por la tele los doctores que hablaban de ablandar la cuarentena». Me miraste fijo, inflaste el pecho. No entraste al taller. Te quedaste apoyado contra el marco de la puerta. Yo sí entré, desde adentro te miré como un gato entre los escombros. Vi el cagazo recorrerte el cuerpo. Pero también te vi las ganas y eso me convenció.

—¿Estás segura?

—El que no está seguro sos vos, pichón. Tu viejo tiene tapizados los pulmones de tanto polvo de madera, tu viejo no puede entrar acá. Estamos solos.

Me paré justo delante del camastro de ébano que estaba terminando de tornear tu papá antes de que empezara todo. Me levanté la remera y mis tetas cayeron como frutas pesadas.

—Qué hermosas.

Yo tuve un amor que en mi corazón / trazó marcas negras / y de la viruta que allí quedó / nacieron mis penas, canté en mi cabeza mientras bailaba levantando los brazos como les había visto hacer a las bailarinas del canal diez.

El algodón de la remera quiso deslizarse y volver a taparme las tetas hasta que llegó a la traba de los pezones, que a esas alturas eran dos prendedores rosados y erectos. Me calentó el roce de la tela intentando desafiar el cuerpo. Vos no sabías hasta dónde íbamos, hasta dónde iba yo y eso nos mantuvo adentro.

«¿Hace cuánto que no tocás a alguien?», pensaba mientras movía el orto que Dios me dio y te miraba los hombros que te brillaban como charreteras de oro. «¿Hace cuánto no intercambiás tu baba con alguien antes de ponerla?».

Cincuenta días, cincuenta y dos, cincuenta y tres sin volver a tu casa. Cincuenta y cuatro sin llamarlo al Ezequiel. Cincuenta y cinco durmiendo en tu trabajo, al lado del taller de Don Zaragoza, limpiando una casa que no es tuya. Cincuenta y seis y muevo el culo para vos, que está más fuerte que el pegamento con tolueno que usa tu viejo para fijar las maderas antes de prensarlas.

Cepillo para pulir / Angustias de mi alma / Carpintero de tu piel / Ebanista de tu aliento…

«Así no puedo», dijiste, y me cortaste el baile y la emoción.

—Así no podés, ¿y cómo sí podés?

—Así, no puedo, mirandote ahí, de lejos.

—¿Y qué preferís? ¿Pajearte como un mono mirándola a la Belén por la camarita? ¿Preferís el zoom ese, verle las tetas todas pixeladas y acabar sin ruido en una servilleta de la cocina?

Mirá para acá, boludo, mirá que estamos cerca, en la misma habitación. Son dos metros de distancia, pero ¿qué son dos metros, pichón? ¿Cuatro pasos, tres brazadas, el chorro de la manguera cuando regás las plantas y le tapás media boquita para llegar más lejos? Estamos acá, respirando el mismo aire, encendiendo las máquinas de la calentura. ¿Sentís en el aire las ganas, pichón? ¿El olor del sexo y de los dos acá adentro?

Me senté en el camastro y me desprendí el jean. La piel del culo se me enganchaba entre las tablas de la parrilla. A esos tablones los trajiste con tu viejo el día que manejaste por primera vez la camioneta. Entraste a la carpintería como el futuro patrón que eras y yo dejé de pensarte como un pendejo torpe y lento y empecé a verte con ganas de olerte el cogote y de llevarte para mi casa.

Tiré del jean como pude, sólo dejé una pierna puesta. Esto no es sexy, pensé. El striptease más groncho del mundo. Pero acá en la carpintería, con ganas de reventarnos todo, de lamer, de chupar, de sentir el olor a cuero vivo y enojado de las ganas, acá sí es sexy. Te desprendiste el pantalón también,  espejando mis movimientos; metiste la mano y sacaste la verga. El taller se llenó de tu olor, que se mezcló con el mío e hicieron una sola nube dulce y espumosa. Empezaste a pajearte con fuerza.

Tu muñeca se movía con ritmo hermoso. Levantabas el dedo meñique y con el resto de la mano envolvías un miembro poderoso que parecía que se te iba a desprender del cuerpo. Empecé a tocarme.

Yo tuve un amor que en mi corazón / Trazó marcas negras

Me abrí con los dedos los labios de la concha y te la ofrecí casi en trance. Era una paja, eran dos pajas furiosas en espejo a dos metros de distancia. Aunque no: lo acompasado no tiene distancia, bailábamos juntos, nos copiábamos. Los jadeos eran golpes de palmas en el baile. Calor y calor. Vacunación, contagio, quilombo. La fiesta del virus en la carpintería de Zaragoza padre.

Como pude apoyé las rodillas en las tablas, me puse en cuatro, me acomodé justo delante de una de las patas torneadas de la cama. El ébano brilloso del camastro más cotizado de don Zaragoza se ofrecía manso y resbaladizo para mis labios rojos que se pegaban a su forma. Me refregué lento contra la madera, me moví suave acariciando todo lo que tenía que acariciar para empezar a morirme de un momento a otro.

Me miraste fijo. Levantaste un pie y lo apoyaste en uno de los cajones donde tu viejo guardaba los cinceles. Me mostraste el baile: todo para arriba, todo para abajo.

Un movimiento rápido pero decidido, la boca abierta. Arriba y abajo, una sola mano envolviendo un animal hinchado de sangre y semen. La pata de ébano abriéndome en dos, la caricia labrada. Vos con vidrio en los ojos diciéndome todo está listo, vamos, que está el aire roto por todos los costados, que el aire está agujereado y las virutas volando por los agujeros. Acabé como no lo había hecho nunca antes del encierro. Vos salpicaste el piso y los cajones. Me miraste acomodarme la ropa y secar la pata del camastro con la manga de la remera. Qué son dos metros de distancia, pichón, carpintero potro hijo de Zaragoza. Cuando estas máquinas vuelvan a prenderse voy a cruzar las dos brazadas, los cuatro pasos largos, el chorrito largo de la manguera, vas a aprender a tornear como Dios manda.

Una historia deMariana Bolzán
En la voz deMarisa Román

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