La triste fábula del hombre gato que jamás podré contarle a mi hija
Fotograma de un video de Nicolás Gil Pereg. YouTube.

Crónica policial

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Gilad Gil Pereg es un hombre que maúlla y se cree gato. Y está preso por haber matado a su madre y a su tía. Desde su prisión en Mendoza pide que no lo juzguen como un hombre, sino como un felino. En esta nota Rodolfo Palacios cuenta dos versiones sobre él: una para adultos, y otra en formato fábula, para su pequeña hija.

Hablo por teléfono con un abogado cuyo defendido estrella es un asesino que se cree gato. No sólo se cree gato. Actúa como gato. Maúlla, camina en cuatro patas, odia el agua, come Whiskas y considera a los humanos criaturas de dos patas. Cuando corto la llamada, mi hija Charo me dice:

—¿Conocés a un hombre gato?

Y es ahí que compruebo que no debo hablar de mi trabajo delante de mi hija de seis años. 

—Papi, ¿cómo habla el hombre gato? —quiere saber Charo.

—Dice Miau.

—¿Y vos le entendés?

—Es que a veces habla como un humano.

—¿Anda en cuatro patas?

—Sí.

Hasta ahí le dije la verdad. Gilad Gil Pereg, israelí, de 37 años, es un caso único en la historia criminal argentina. Su historia alcanzó impacto cuando se viralizó un video en el que intenta arañar a un guardia, desnudo, en cuatro patas y maullando con furia.  

Lo que no sabe Charo, y no lo sabrá, es que Pereg está preso por matar a su madre y a su tía el doce de enero en su casa de Mendoza, donde vivía con treinta y siete gatos, a quienes llama sus hijos. 

Charo es fanática de los felinos. Tanto que considera a su gato Michi Roberto —rescatado de la calle— un hermano menor. Ella dice que es la reina de los gatos. 

—Yo sé por qué se cree gato –dice.

—¿Por qué? –quiero saber.

—Porque seguro la mamá lo abandonó y lo crió una mamá gata.

—Puede ser, Chari.


Nicolás Gil Pereg, en una foto poco después del crimen de su madre y de su tía, sentado donde enterró a las dos mujeres luego de la masacre.

Gil Pereg llegó de Israel en 2007. No se sabe por qué escapó de su país. Su tío dice que fue por el abandono del padre, por la presión de la madre o porque era perseguido por las apuestas clandestinas que realizaba. Llegó a la Argentina y puso una rotisería. Andaba con rastas y un pedazo de cemento en la nuca. Se hacía llamar Floda Reltih (Adolf Hitler al revés) y de a poco se fue convirtiendo, según él, en un gato.

«Al principio salía con máscaras invisibles a la calle, tenía una doble vida. En mi casa era un gato y afuera una criatura de dos patas», confiesa. 

Al poco tiempo se mudó a Godoy Cruz, otra localidad de Mendoza, frente al cementerio municipal. Se lo veía poco en la calle. Sus vecinos le decían El grandote (mide casi dos metros), un ser que sólo aparecía para prestar el dinero que le enviaba su madre. Quiso construir una fortaleza llena de gatos y unos pocos perros. Se cruzaba al cementerio y charlaba con la encargada, sentados en la tumba de un niño. Algunos vecinos lo discriminaban y le tiraban piedras. Él se encerraba y por las noches lo escuchaban llorar o rezar. A veces golpeaba dos ollas para convocar y alimentar a los gatos (sus hijos). 


Su madre Pyrhia Saroussy, 63 años, fue estrangulada y su tía Lily Pereg, de 54, asesinada de tres tiros.

Los pesquisas están convencidos de que Pereg mató a su madre Pyrhia Saroussy, de sesenta y tres años, que murió estrangulada, y a su tía Lily Pereg, de cincuenta y cuatro, asesinada de tres tiros. Lo detuvieron el 25 de enero. Un día después, la policía mendocina encontró los cuerpos de las mujeres: estaban enterradas en la casa del imputado, quien hasta los ayudó a buscar los cuerpos y dio una nota en la que puso en venta su casa harto de la inseguridad de ese barrio peligroso

Había comprado más de cincuenta armas por su seguridad. Había sufrido unos cuatro robos porque no eran pocos los que sabían que manejaba euros y dólares, aunque vivía como un gato. No hacía sus necesidades en un inodoro (sino en un cantero lleno de piedras), no se bañaba y se consideraba padre de los felinos.  

En su celda de la cárcel San Felipe, aislada del resto, vive una pesadilla. A los jueces les hizo un pedido desesperado:«No me juzguen como un hombre, sino como un gato. Les pido que me los traigan a los treinta y siete, a mis hijos, o que me envíen con ellos a una jaula del zoológico. Si no se puede, quiero la prisión domiciliaria, con los gatos y custodia policial. Sin ellos, me mato».

Los jueces no supieron qué decirle. Para la fiscal, Claudia Ríos, es un simulador que mató con frialdad. No está claro el móvil del doble femicidio. Tiene dos destinos posibles: perpetua en la cárcel o manicomio quizá de por vida.

En Israel lo internaron en un manicomio después de que estuviera en el Ejército (más exigente que la colimba argentina), salió y volvió al campus universitario donde estudiaba ingeniería. Allí un día se desnudó y lo echaron. Su destino sería la Argentina. Y el crimen.

En unos días es probable que esté cara a cara en la cárcel de San Felipe, Mendoza, con este hombre que le dijo, desesperado, al perito Mariano Narciso Castex: 

—Me quiero matar, me quiero matar, me quiero matar. Aunque no quiera o no pueda, me voy a matar.

—Pero si tenés siete vidas —trató de convencerlo Castex.

—Pero ya me gasté seis. Se las puedo contar. Ahora me queda solamente una.

Luego dijo que no es hombre lobo o tigre porque ama a los gatos. Y que un día decidió no vivir más en el mundo de los humanos. «Ustedes son criaturas de dos patas que hacen daño al mundo, yo no mato ni a una mosca. En mi celda alimento a las arañas y cucarachas que me visitan»

El hombre gato dice que el lugar más sano del universo es el cementerio, porque allí las criaturas de dos patas no pueden hacer más daño, porque están muertas. Y que por las noches, cuando hay nubes, lo visita un gato anciano, canoso, de pelo largo, que tiene más de cinco mil años. Lo llama Señor Badjus. 

—El me dice miauuuuu, miauuuuu (es su maullido de lamento) ¡Yo lo entendí! Aprendí el idioma de los gatos. 

Como en toda historia, desde Lady Macbeth a Shrek, hay villanos.

—Señor Badjus me contó sobre los ghoulies, que son los enemigos de los gatos. Son unos monstruitos, demonios, chiquitos, que caminan como las criaturas de dos patas y viven en los agujeros de los baños, están conectados en todo el mundo.  

Por eso el hombre gato, que se hace llamar Floda, no mea ni defeca en el inodoro. Castex asegura que en sesenta y cinco años de carrera nunca vio algo así. Asegura que Pereg padece un delirio de transformación corporal elourantrópica, palabra de origen griego que significa “ser y vivir como gato”.

Si uno va a Google resulta que los ghoulies son unos bichitos como los gremlins que aparecen en una película. Y comían gatos. 

Charo me pide que le cuente la historia del hombre gato. Quiere ver una foto o un video. Le digo que no hay. Elijo el camino más fácil. Pongo en Youtube una antología de videos de gatitos que hacen cosas graciosas. Nos reímos. Y siento alivio. Y algo de frustración: nunca supe contar historias con finales felices. 


Textos

Rodolfo Palacios

(Mar del Plata, 1977) Periodista, investigador. Escribió los libros El Ángel Negro, vida de Robledo Puch, asesino serial (Aguilar), Pasiones que matan, 13 crímenes argentinos (Aguilar), Adorables criaturas, crónicas grotescas de ladrones y asesinos (Editorial Ross) y Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres (Libros de cerca).

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