El coleccionista del crimen
El Gordo Valor con una camiseta que le robó a Rodolfo Palacios. RP.

Crónica policial

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Hasta hace algunos años, Rodolfo Palacios solía coleccionar objetos que pertenecían a asesinos y ladrones. Un peine de Ricardo Barreda, el rosario y los anteojos de Yiya Murano, una foto de Robledo Puch, una remera del Gordo Valor. Todo esto y mucho más formaba parte del museo personal del escritor, hasta que uno a uno los objetos que guardaba fueron desapareciendo.

Cuando entré en el baño del viejo sentí un impulso irrefrenable. Abrí el botiquín y entre los pocos objetos que había miré fijo un peine con dientes, de plástico, marrón, sin restos de pelo, que parecía mirarme a mí. Lo manoteé y me lo puse en el bolsillo. Afuera, el viejo, Ricardo Barreda, el odontólogo que el 15 de noviembre de 1992 mató a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas en su casa de La Plata, me esperaba con una picada y un tetrabrik blanco en el departamento de Belgrano donde vivía en 2012. Ya tenía mi trofeo de guerra. Una costumbre, o pulsión —mejor dicho— que tenía cuando participaba de ese tipo de encuentros. Coleccionar cosas que fueron de ladrones o asesinos.

Todo había comenzado cuando María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano, alias Yiya Murano, que en 1979 envenenó a tres amigas en el edificio de Montserrat donde vivía, me regaló una vez un rosario de perlas blancas y sus tradicionales lentes aparatosos. Me los dio el día que le sugerí que dejara de dar entrevistas televisivas porque siempre decía lo mismo. Se le había acabado el libreto. Ella ató cabos y razonó: «Tenés razón, Rodolfito, nieto que no tuve, siempre ocultando tu mirada degenerada detrás de esos lentes de pobre tipo. Voy a desaparecer un poco, jugar al misterio, y cuando me pidan notas, voy a cobrar. A arrancarles un ojo de la cara». Yiya pidió otro café con leche con dos medialunas de manteca y me regaló el rosario y los lentes. «Estas reliquias van para vos, nunca las vendas. Con este rosario lloré la muerte de mi hermana, pobrecita, a quien le robé el novio, pobre desdichada», y lloraba sin lágrimas.

Pero con el tiempo, entre mudanzas o quizá alguien me los pidió prestados, perdí los regalos de la famosa asesina, muerta en el olvido en 2014. 

Quedarse con algo que perteneció a alguien es mucho más que eso: es capturar los momentos o gestos o actos o movimientos que esa persona hizo con ese objeto. ¿Barreda habrá usado su peine en su primer día en libertad? ¿Yiya habrá rezado ese rosario recordando sus crímenes? ¿Qué llegó a ver con esos lentes negros? 

Durante un año, Carlos Eduardo Robledo Puch, el llamado ángel negro que entre 1971 y 1972 mató a once personas mientras dormían o por la espalda, me envió cuarenta cartas y me hizo cuatro dibujos infantiles. «Lo más lindo es tener tu amistad», me escribió en uno. 

Además, en una visita me obsequió un matambre que le llevó días hacer. Desde conseguir los ingredientes (el piolín para atarlo, por ejemplo) hasta cocinarlo. Pero cuando mi pareja de entonces lo vio me obligó a tirarlo. 

Las cartas de Robledo siempre traían una sorpresa. A veces solía mandarme por correo fotos de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner (una vez hizo un sobre con la cara de ella: le pintó trompa y bigotes de gato), de entrevistas viejas al expresidente Raúl Alfonsín y fotocopias de una revista militar donde apareció fotografiado su padre con sus excompañeros de la colimba.

Un día me mandó una foto de una mujer semidesnuda. No le pregunté por qué lo hizo. En realida lo visité un mes después de esa carta y olvidé preguntarle por esa foto.

En otra carta, Robledo le preguntó a Elena, su madrastra, si en su casa todavía estaba colgado un cuadro que el expresionista alemán Robert Schmidt había pintado en 1920. Elena le respondió que ese cuadro seguía en las paredes. Además le envió una foto de la pintura, gesto que a él lo conmovió. Esa foto está ahora en mis manos: debajo de un cielo anaranjado y sobre un mar revuelto, navega el Monte Sarmiento, un transatlántico alemán azul, blanco y rojo. Fue botado en 1924 y hundido en 1942 durante la Segunda Guerra Mundial por un ataque aéreo de la Royal Air Force.

Robledo me contó que quería tener esa imagen en su celda para recordar a sus abuelos alemanes, que habían viajado varias veces en ese buque con capacidad para dos mil pasajeros. «Ver el mar, las gaviotas y los veleros que rodean al barco me hacen sentir más libre», me confesó. Pocos días después, me regaló esa foto porque creía que si seguía pegada en las paredes de su celda iba a terminar humedeciéndose.

El cuadro que aparece en esa foto, valuado en tres mil euros, tiene una historia. El hijo de la masdrastra de Robledo me llamó un día. Estaba agitado. Me contó que su madre había sido asaltada en esa casa donde creció Robledo. Eran tres hombres encapuchados. Revolvieron la casa, pero fueron directamente al cuadro alemán. Lo descolgaron y lo pusieron adentro de una bolsa.

—No sé qué pensar. Quizás el asesino lo mandó a buscar —me dijo el hombre. Luego intentó preocuparme:

—Cuidate porque tiene la dirección de tu casa. Andá a saber si un día manda a buscar las cartas que te mandó. 

Pensé que su hipótesis era descabellada. Robledo no mandaría a robar por encargo algo que es suyo. Es más, hay un dato real: hace cuarenta y siete años que no delinque.

Pero sospeché otra cosa: era probable que él le hubiera hablado de ese cuadro que añoraba a otro preso que al salir en libertad se hubiera propuesto robarlo para venderlo. Si lo había hecho conmigo, también podría hacerlo con un compañero de encierro. Había una tercera posibilidad, mucho más simple: quizás el robo fue cometido por ladrones que no sabían que esa había sido la casa de Robledo Puch. Sea lo que fuese, el asunto quedó en el misterio.

Una tarde, Robledo me prestó su equipo de audio con dos casetes de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota. De hecho dijo que se pelaba por el Indio Solari. Recuerdo haberle devuelvo esos casetes, pero hace poco más de un año, un abogado que lo fue a visitar escribió esto que me involucra: 

«De Palacios Robledo dice que es un desprolijo, todo sucio y mal vestido. Es francamente desagradable. Y que le prestó un casete de los Redonditos de Ricota con los mejores temas. Un par de veces cuando le pidió que se lo devolviera, le dijo que lo estaba buscando, pero al final le reconoció que se le había perdido. ¿Y saben qué me trajo? El casete La mosca y la sopa. Y gritó, desdeñando: ¡La mosca y la sopa!».

No usaré el derecho a réplica. Pasemos a otro tema. 


Del siniestro líder del clan Puccio, Arquímedes Puccio, «heredé» cartas, una foto en la que aparece barriendo en La Pampa, donde murió en 2013, y fue autografiada por él (cuando tenía a los secuestrados en su casona de San Isidro solía barrer) y un sello que decía Contador, abogado y licenciado Arquímedes Rafael Puccio.

De un ladrón que no puedo mencionar me llegó el mapa de un banco que no pudo robar. Estaba hecho a mano y cuando me lo dio le pregunté por qué no se dedicaba a dibujar. Y al próximo encuentro llegó con una carpeta de dibujos al estilo manga. Y otra con planos de bancos y de cárceles. 

Lo del Gordo Valor no fue nada cordial. Hace unos diez años lo fui a visitar a la cárcel de Campana y no dejó de mirarme la remera: era Al Pacino en Scarface y los típicos dólares. Poco después de la entrevista, me miró sonriente y me dijo:

—Vas a tener el honor de decirle a tus nietos que te choreó el Gordo Valor.

Acto seguido, se sacó su remera, una chomba con vivos blancos y verdes que seguro estaba de moda en los ochenta, cuando robaba bancos y blindados con metralleta, y me exigió que me sacara la remera. El intercambio se hizo a espaldas de un guardia, que de todos modos hubiese hecho oídos sordos. Lo peor no fue haber perdido mi remera de Al Pacino, sino haber salido del penal con la remera apretada del Gordo Valor y enterarme que yo pesaba más que él.

La manía de quedarme con algo que fue de un asesino o un ladrón empezó con un juego. Cuando me aparecía con lo lentes aparatosos de Yiya las personas querían usarlos, pedían más objetos, se imaginaban las masas envenenadas, las canalladas de la vieja que decía haber tenido sexo con 325 hombres y que solía decir que guardaba un misterio. Como si a través de ese objeto, que se impregnaba en mí, podía llegarse a la profundidad del crimen cometido. Espiar por la mirilla de lo prohibido, pasar el umbral de lo posible.

El expirata del asfalto y miembro de la banda del robo del siglo, Rubén Beto de la Torre, me dio un Gauchito Gil al que una vez le ofrendó una bala calibre 45 de su vieja pistola porque lo salvó de un tiroteo. Detrás de cada figura de yeso como esas puede haber una promesa impaga, un muerto, un vivo y una bala que desvió su destino. 

En realidad los objetos se fueron perdiendo o los fui tirando, como si buscara perder peso. El Gauchito Gil se me cayó y quedó hecho trizas. A la remera de Valor la tiré pero antes la usé de trapo, al sello de Puccio lo regalé a Alejandro Awada, que lo interpretó en Historia de un Clan. Deshacerme de todo eso era una manera de aliviarme, pero a la vez de jugar a la mancha venenosa con el otro. Me quedaron pocas cosas, en una bolsa con olor a humedad que no encuentro. 

Otro ladrón del banco Río me regaló diez dólares de la suerte. No hace mucho, el mismo ladrón, que cayó en la mala pese a que tuvo un millón de dólares en las manos (hasta que se los sacó la Policía), me pidió si le podía prestar 500 pesos o, en todo caso, si le podía dar el billete que me había regalado, que hoy equivale a 600. Pero le dije que lo había perdido. Los trofeos de guerra no se devuelven.

Una crónica de

Rodolfo Palacios

(Mar del Plata, 1977) Periodista, investigador. Escribió los libros El Ángel Negro, vida de Robledo Puch, asesino serial (Aguilar), Pasiones que matan, 13 crímenes argentinos (Aguilar), Adorables criaturas, crónicas grotescas de ladrones y asesinos (Editorial Ross) y Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres (Libros de cerca).

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