La amenaza
Un hombre atormentado. 123RF.

Relato de ficción

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Un médico joven alejado de su familia en medio de la cuarentena, una amenaza explícita y un sueño vívido en medio de una noche larga. Todo eso ocurre en esta historia, contada en clave de thriller por Osvaldo «Cacho» Santoro, que Juan Minujín interpreta con maestría.

En la voz de Juan Minujín

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Cuando Esteban apoyó la mano en la manija del auto para abrir la puerta, vio sobre el techo una bala y al lado una leyenda escrita sobre la mugre. «Cuidate gil». Aparecía con letra desfigurada. Miró a su alrededor y se quedó con las rodillas temblando, la boca seca y el corazón latiendo fuertemente: no sabía qué hacer. Finalmente agarró el proyectil, pero decidió, como prueba de lo ocurrido, no limpiar la inscripción del techo y subió a su auto viejo. Guardó la bala en la guantera, encendió las luces porque era de noche y subió la rampa en caracol del estacionamiento que lo llevaría a la calle.

Afuera llovía torrencialmente. Cuando emprendió el camino al barrio, pensó si en el asiento de atrás no habría alguien escondido. Rápidamente dirigió su mirada al espejo retrovisor y giró su cabeza para comprobar que iba solo. Aliviado, un agradecimiento amargo escapó de su boca. La palabra «cuidarse» era común en medio de una pandemia imprevisible y dramática. 

Sin embargo, la leyenda en el auto se sumaba a otras tantas amenazas que ya había recibido.

A las pocas cuadras vio las luces azules de un patrullero que, desde lejos, lo obligaba a parar. Era necesario exhibir la autorización para transitar. El agente le exigió el permiso y Esteban solo tuvo que acercar el documento y su reciente credencial de médico. En ese momento estuvo a punto de contarle al policía lo que había sucedido hacía unos minutos. Sin embargo, pensó que la lluvia podría haber borrado la inscripción del techo y si le mostraba la bala que tenía en la guantera, solo iba a servir para confusión. 

Mientras la marcha de su auto era cada vez más lenta en las calles vacías, empezó a recorrer mentalmente el día que ya estaba terminando. 

La secuencia era inmediata: la mañana fría que amenazaba con lluvia, la llegada al hospital atestado de personas con barbijos, su cambio de ropa, el delantal blanco, los enfermos para intubar. Un día normal en la misma anormalidad.

Siguió su camino hacia el barrio donde vivía, cuando de pronto recordó que esa mañana, en uno de los pasillos del hospital, un anciano con impermeable, barbijo negro y un libro bajo el brazo, le dijo: «Cuídese, doctor». Cuídese; en ese momento le sonó como un consejo paternal. Ahora una amenaza velada.

Luego de dar varias vueltas hasta estar seguro de no ser seguido por alguien, llegó al barrio de monoblocks. Estacionó el auto, subió las escaleras en la oscuridad y entró al pequeño monoambiente que le habían prestado para aislarse de su familia. En la puerta había un papel pegado con cinta adhesiva que decía: «Andate del edificio, pendejo. Vas a contagiar a todos». Un mensaje más: un nuevo anónimo que arrancó con furia.

Entró al departamento, retiró su barbijo, cambió sus ropas y la primera acción fue llamar a Cecilia, su esposa, que junto a hijos estaba viviendo en casa de su madre, lejos de allí.

Había tenido contacto con ellos hacía una semana, en una visita disparatada, queriendo dar rienda suelta a los abrazos contenidos.

Su hija menor había tenido algo de fiebre el día anterior y no podía sacar de su cabeza la posibilidad de haberla contagiado. Con miedo, preguntó a su mujer cómo seguía todo. La fiebre continuaba. Le contó lo de la amenaza, pero no hizo referencia a la bala y minimizó todo diciendo que seguramente sería una broma de mal gusto. Al cortar, casi instintivamente, se acercó a la ventana. Cuando la abrió miró hacia abajo y allí estaba su auto, brillante, lavado por la lluvia que continuaba. Solo se escuchaban los ladridos de los perros, la sirena de una ambulancia y tambores lejanos que parecían de una macumba.

Cenó una vianda de pescado hervido con papas que se había traído del comedor del hospital y retomó la lectura del primer capítulo de «La Ciudadela», de Archibald Cronin.

A las doce de la noche sonó el teléfono: era Cecilia que le explicaba que la hija seguía con fiebre. Luego de tranquilizarla le pidió que la controle, pero que no se le ocurra llevarla a una guardia. Ella prometió volver a llamarlo para pasarle la evolución.

Luego de dos horas, un nuevo llamado. Nadie contestaba. Solo una respiración forzada de alguien que no se decidía a hablar, hasta que cortó. 

La culpa, el miedo y el cansancio se mezclaban como un torbellino en su cabeza. 

Siguió leyendo en espera del llamado de su mujer. Aún le faltaban dos hojas para terminar el capítulo cuando volvió a sonar el teléfono. Cecilia le explicó que la fiebre había bajado y que su hija ya no tosía. Entonces se durmió con el libro sobre el pecho.

Soñó que la puerta del departamento se abría repentinamente. Detenida en el marco estaba Cecilia, que hacía pasar al viejo del impermeable negro del hospital. Ya sin barbijo, el anciano era el doctor Eduardo Page de «La Ciudadela», que venía a reemplazarlo como médico. Esteban era Andrés Manson, el protagonista de la novela, que no estaba en condiciones de seguir trabajando porque hacía unos días había tenido un derrame cerebral que le había dejado medio cuerpo paralizado. Sin mediar palabra,
Eduardo Page apoyó sobre la mesa el libro que traía bajo su brazo y sin dejar de mirarlo, extrajo un arma de sus ropas y apuntó a su cabeza. En el sueño, el estruendo exagerado del disparo, lo despertó.

Eran las tres de la mañana. Afuera solo se oían sirenas lejanas y, con la luz encendida, se quedó dormido nuevamente.

A la mañana siguiente llamó a su mujer. Su hija dormía plácidamente; ya no tenía fiebre. Corrió las cortinas de la ventana y los primeros rayos del sol penetraron hasta su alma. Mientras desayunaba, tomó el libro de arriba de la mesa y siguió leyendo «La Ciudadela». En el libro, Manson, un médico joven como él, llegaba a un pueblo minero para reemplazar al doctor Page. El cambio de roles en el sueño le hizo lanzar una carcajada.

Se vistió, bajó apresuradamente las escaleras y se dirigió a su auto en la entrada del monoblock. Cuando llegó miró el techo del mismo y no quedaban huellas de una amenaza. Entró apresuradamente al vehículo y buscó la bala en la guantera, entre documentos, un manual ajado por el tiempo y una pequeña muñeca de su hija, pero no la encontró. 

Entonces emprendió el camino hacia el hospital. 

Desde la vereda de enfrente, un par de vecinos lo saludaron con aplausos. 

En las calles había más movimiento que otros días. Puso música en la radio y sonaba La Vie en Rose, por Louis Armstrong. 

Esteban sonrió, aún cuando vio de soslayo que en el piso del lado del acompañante, el proyectil iba y venía al compás de la música.

En la voz deJuan Minujín

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