Las actas del juicio
Momento de justicia. GETTY.

Relato de ficción

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Este cuentazo de Ricardo Piglia fue publicado por primera vez en 1967 en el libro La invasión. El que se defiende en primera persona, frente a un juez, es el presunto asesino de Justo José de Urquiza, un año después de la rebelión de Ricardo López Jordán. El que lee es el genial Carlos Portaluppi, con acento puro del Litoral.

Un texto de Ricardo Piglia
Interpretado por Carlos Portaluppi

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En la ciudad de Concepción del Uruguay a los diez y siete días del mes de agosto de mil ochocientos setenta y uno, el señor Sebastián J. Mendiburu, acompañado de mí el infrascripto secretario de Actas se constituyó en la Sala Central del Juzgado Municipal a tomarle declaración como testigo en esta causa al acusado Robustiano Vega, el que previo el juramento de decir la verdad de todo lo que supiere y le fuere preguntado, lo fue al tenor siguiente:

Lo que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde antes, por eso yo quiero contar todo desde el principio, para que no se piense que ando arrepentido de lo que hice. Que una cosa es la tristeza y otra distinta el arrepentimiento. Porque lo que hice ya estaba hecho y no fue más que un favor, algo que sólo se hace para aliviar, algo que no le importa a nadie. Ni al General.

Para nosotros estaba muerto desde antes. Eso ustedes no lo saben y ahora arman este bochinche y andan diciendo que en los Bajos de Toledo tuvimos miedo. Que lo hicimos por miedo. A nosotros decirnos que fue por miedo a pelear. A nosotros, que lo corrimos a don Juan Manuel y a Oribe y a Lavalle y al manco Paz. A nosotros que estuvimos aquella tarde en Cepeda, cuando el General nos juntó a todos los del Quinto en una lomada y el sol le pegaba de frente, iluminándolo, y dijo que si los porteños eran mil alcanzaba con quinientos. «Porque con la mitad de mis entrerrianos los espanto», dijo el General, y el sol le achicaba los ojos.

En aquel tiempo ya teníamos casi diez años de saber qué cosa es no haber escapado nunca, qué cosa es galopar y galopar, como rebotando y sentir la tierra abajo, que retumba, y arremeter a los gritos, mientras los otros son una polvareda chiquita, como si uno los corriera con la parada.

En ese entonces pelear era casi una fiesta. Y cuando nos juntábamos era para una fiesta y no para morir. Se escuchaba el galope, lejos, dele agrandarse y agrandarse, hasta que cruzaba el pueblo sin parar, avisándonos. Ahí nomás las mujeres empezaban a llorisquear y a veces daba pena por las cosechas o porque los animales estaban de cría o uno se acababa de juntar y había que dejarla con ganas, porque el General decía que para pelear como es debido no hay que tener a la mujer con uno; porque llevar a la mujer a la rastra no es de hombre. Él era el único en llevar mujer, pero el General era distinto y precisaba mujer por la misma razón que nosotros no la necesitábamos.

Todo Entre Ríos se quedaba pelado cuando nos íbamos. Era una cosa de no verse nadie por ningún lado, como si fuera de noche o fuera cuando las lluvias que no se ve ni un alma, ni un caballo, nada, porque todos andábamos peleando.

Hubo veces que volvimos con lo puesto y era fiero rejuntar los animales y la mujer y a veces el yuyo lo había tapado todo y era triste de mirar. Por eso mienten los porteños cuando dicen que uno de los soldados de la Confederación era dueño de una estancia. Mienten, y yo quiero que usted anote que ellos mienten, para que se sepa. Mienten porque nosotros somos muchos y Entre Ríos no da tierra para todos. Por lo menos tierra que sirva, porque la que está en los bañados nadie la quiere y la otra, entre la que es del General y la que el General le regaló a los oficiales, no queda tierra ni para morirse encima. Pero los porteños vienen mintiendo desde hace mucho y no tienen ni idea de lo que pasa por aquí. Ellos no conocen eso que nos daba de juntarnos casi todos los entrerrianos en dos días para preguntarle al General a quién había que espantar. Eso de ver llegar hombres de todos los sitios, que para donde uno mira hay caballos, y el General con el poncho blanco, esperando.

Por eso los que hablan que tuvimos miedo no saben las cosas, y seguro son porteños. No conocen el orgullo que nos daba ser los mejores. No saben que todo pasó por ese mismo orgullo. Aquella alegría que nos dio la vez que hicimos las cien leguas que van de Ubajay a Pago Largo en un solo galope que duró nueve días enteros. Fue cuando Oribe, y hubo que domar potros en el camino porque la mitad se nos reventó en la galopada aquella con el sol siempre colgado encima y uno corría y corría para escaparle. Eso nos pareció, que le disparábamos al sol que se nos metía adentro de la piel, que nos llenaba la cabeza de polvo y de cansancio y seguro fue lo que nos hizo andar tan ligero. Cuando llegamos el Uruguay estaba en crecida. Debía estar lloviendo lejos porque ahí el cielo lastimaba de tan claro mientras nos amontonábamos en la orilla y el río estaba tan ancho que no se alcanzaba a ver más que la sombra de los montes, del otro lado. Estaba lleno de troncos y basura que cruzaban saltando y cuando no había troncos el agua se quedaba quieta y marrón, parecida a la tierra. Nos quedamos mirando y mirando, hasta que el sargento Reyes fue y le dijo al General lo que pensábamos todos. Se acercó y sin bajarse del caballo se lo dijo. El General galopó, de una punta a otra, y levantaba el sombrero en la mano, como agradeciendo. El agua empujaba que metía miedo y había que afirmarse despacio y era jodido nadar llevando el caballo del cabestro, y el agua estaba tibia y de golpe cortaba de tan fría y cada tanto alguno daba un grito y una voltereta y aparecían las patas del caballo y la panza y era que se lo llevaba la correntada y ése no salía más, por lo menos hasta el Salado. Cuentan que el río estaba gris porque nosotros lo cubríamos; tantos éramos que en vez de agua parecía lleno de entrerrianos. Estuvimos cerca de una hora hasta poder afirmar los pies en el barro. Dicen que el General se fue por una hondonada y por poco se ahoga. Que manoteó feo y terminó prendido a un tronco. Eso dicen, pero algunos lo vieron del otro lado, lo más calmo y no sofocados como nosotros, que respirábamos abriendo la boca, porque el que más el que menos había sentido el gusto a aceite tibio del agua revolviéndole las tripas.

¿Quién dice que no es de esto lo que tengo que hablar? Si fue por esto que yo lo hice y por estas cosas entendió el General que no era al miedo a lo que nosotros le cuerpeamos, la noche aquella, en los Bajos. Lo supo por estas cosas, y porque él, de nosotros, lo sabía todo. Por lo menos mientras fue el de siempre, antes que lo cambiaran, y peleó a ganar y mandó a ganar. Mientras arremetió con nosotros en las cargas, y él también con lanza y al galope y gritando, igual que cualquiera. Mientras lo vimos llegarse a los festejos y entreverarse, como si le gustara. Y uno lo sentía mandando, no porque fuera el General, sino porque tenía un modo de mirar con esos ojos amarillos que ya estaban mandando sin decir nada, a pesar de que bailara con nosotros, en el rancherío. Me acuerdo la tarde que lo desafió a Dávila, que tenía un alazán invicto, y la corrieron en el arroyo seco y todos estábamos con Dávila, que entró tranquilo y el General se reía como si fuera un desfile. Cuando la corrieron lo único que se supo fue que el General era mucho más jinete pero que contra el alazán de Dávila no se podía. Nadie se lo olvida aquella noche, tan caliente con la mujer del Payo que era rubia y de ojos parecidos a los de él y nunca se supo de dónde la había traído. Eso preguntó el General:

—¿De dónde la sacó, Chávez? Está muy buena su mujer.

Que la quería con él.

—Es mucha mujer para vos —se oyó y dicen que venía medio pasado de caña.

El Payo se estaba quieto y lo miraba sin levantarse, como diciendo: «Usted dice así, mi general, porque es el que manda», y entonces le preguntó si tenía algo que decir.

—¿Tiene algo que decir, Chávez? —y la voz se quedó como colgada en el aire porque ya no había música, nada más que el silencio, cuando lo dijo, con esa voz suya acostumbrada a mandar.

Cuentan que el Payo le contestó casi en voz baja:

—Usted se le anima a mi mujer porque es el que manda, mi General.

—¿Usted cree, Chávez? —y que se viniera con él y movió un brazo así, como sin ganas, señalando la oscuridad, a ver cuál de los dos se equivocaba.

Se metieron entre los árboles. Nosotros nos quedamos en medio de toda la luz. No se escuchaba otra cosa que el viento moviendo las hojas y un olor a cuero sudado o a naranjas, y la mujer del Payo se retorcía las manos, y cuando el General salió, ya era viuda del Payo y mujer del General.

—No. Y por eso estábamos con él. Porque siempre hizo lo que era debido y daba gusto pelear por él, que era como nosotros, que había empezado de abajo y se lo hizo todo: los animales y la tierra, hasta llegar adonde llegó sólo con el coraje, desde el tiempo en que empezó a arrear caballos entre los indios, cuando recién andaba cerca de los veinte y ya no se le podían contar ni los hijos, ni las leguas.

Seguro que sí, pero distinto. Como si le hubiese quedado la envoltura, el cuero nada más y por adentro todo revuelto. A nosotros nos daba como indignación. Hubo gente que se trenzó para desagraviarlo cuando por allá empezaron a decirlo, especialmente después de lo de Pavón. Castro fue el primero que dejó boqueando a un correntino que había dicho que el General estaba viejo.

—Está vendido a Mitre —cuentan que dijo, y Castro, casi con desgano, lo hizo salir del boliche y el otro le decía:

—Fue en joda, hermanito, fue en joda —con los ojos grandotes por la falta de coraje.

Cuando lo dejó tirado a todos nos vino la tranquilidad, pero era como si empezaran a decirnos lo que andábamos sabiendo: que el General estaba como muerto.

Algunos dicen que todo empezó cuando le mataron el Sauce, un tordillo que era una luz y se lo mataron por casualidad. Cuentan que se estuvo agachado, él que no era de aflojar, déle mirarlo y le acariciaba el cogote como con asco, mientras se le moría.

Después se empezó a encorvar y de golpe lo remató con un tiro entre los ojos.

Cuando se alzó pidiendo «Un caballo que aguante, carajo», ya era otro y están los que dicen que lloraba, pero eso no, porque no era hombre para eso, para cambiar porque le falta un caballo.

Ninguno de nosotros sabe de dónde le nacían las ganas de hacer esas cosas que no podían gustarle ni a él. Lo de quedarse con las tierras de las viudas. O querer llevarnos a pelear contra los paraguayos, que nunca nos hicieron nada, y al lado de Mitre. Y eso con los desertores, de hacer que los lanceáramos en seco, igual que a indios. Los amontonó en el corral grande y nos hizo formar sobre la avenida, como para una diversión. Los iba largando de a uno y después elegía a algunos de nosotros, con la mirada. Nos achicábamos sobre el caballo porque era feo eso de verlos correr y correr solos y al sol, en medio de la calle, despatarrados por el miedo, cada vez más cerca, igual que si retrocedieran, hasta meterse abajo del caballo. Allí se tiraban al suelo o empezaban a retorcerse y a gritar levantando los brazos como si uno pudiera hacer otra cosa que partirlos de un lanzazo.

Estuvimos toda la tarde en esas corridas, hasta casi acostumbrarnos a los gritos. Y se fueron quedando tendidos, como trapos al sol, en una fila despareja que llegaba cerca de la laguna.

No, señor. Ninguno de nosotros sabe. Pero se notaba. Hasta que vino lo de Pavón, que fue como si buscara humillarnos. Hacernos vadear el río para escapar, medio escondidos y dejarle a los porteños la de ganar sin ni siquiera un apronte. Irnos así, callados y con las ganas, es lo que da vergüenza. Eso de quedarnos viendo cuando el Coronel Olmos (que fue de los que aguantaron la vez de la emboscada en Corral Chico) se le acerca y le dice:

—¿Por qué la retirada, mi General?

Y él, con la cara hundida en las arrugas, lo hacer meter en el cepo, nada más que por la pregunta.

Ustedes no saben lo que es andar todo el día y toda la noche, de un tirón, hasta entrar en Entre Ríos, como si nos corrieran, igual que si disparáramos de algo, aunque veníamos enteros y con eso adentro que nos daba vuelta de pensar que los porteños pudieran decir que nos corrieron y nosotros ni les vimos la cara.

Él galopaba solo y adelante y uno esperaba que se diera vuelta con esa sonrisa que le borra las arrugas, para explicarnos así, de repente. Pero cuando desmontó en el San José no había dicho ni una palabra, nada más que aquello al Coronel Olmos.

De esas cosas les quiero preguntar, a ustedes que son letrados, aunque se hayan juntado aquí para que yo sea el que hable. Porque yo no puedo decir más que lo que sé y el resto lo tienen que averiguar. Lo que yo sé es que todo lo que hicimos fue para remediar lo que le sucedía y que nos tenía asombrados. Que nos mandara a vestir de gala y esperar la diligencia que viene del Rosario. Estar allá, sobre el camino, con el sol que va calentando la sangre, déle esperar. Verla aparecer al fondo, contra los montes y después agrandarse y agrandarse. Venirnos de escolta por todo el valle para descubrir que habíamos escoltado porteños. Lo entendimos cuando bajaron en la Plaza, sacudiéndose la ropa como si con eso se pudiera ahuyentar el polvo que traían pegado al sudor. Nos enteramos que venían del otro lado del Arroyo del Medio sólo por eso de ver cómo estaban vestidos y no porque el General nos avisara. Después pensamos que él los iba a educar, pero los recibió como si los necesitara, con todo embanderado y por la ventana se veía luz y la mesa cubierta de porteños y el General disimulado en el medio, vestido como ellos. Cuentan que los porteños decían las cosas, hablaban de ferrocarriles y del puerto y de la Patria, siempre con la voz del que ordena. Y el General los escuchó callado, como si anduviera con sueño.

Al otro día nos hizo desfilar delante de esos sudados que se metían el pañuelo en la boca cuando levantábamos polvareda al galopar. Y así anduvimos, de un lado a otro, festejándolos, como si no fueran los mismos «galerudos a los que vamos a empujar hasta el río y a enseñar lo que somos los entrerrianos, enseñarles qué cosa es la Patria y qué cosa es ser Federal», como nos dijo aquella vez, tan quieto en el tordillo y antes de entrar a florecernos por Buenos Aires, todos con la cinta punzó y al trote, despacito nomás, para que aprendieran.

Como si no fueran los mismos.

Sí. Fue por todo eso que yo lo hice. Pero ya había sucedido antes, la noche aquella en los Bajos de Toledo, mientras la lluvia no nos dejaba respirar ocupando todo el aire. Esa vez sucedió. Y no fue por divertirnos. Ni por miedo a pelear como andan diciendo, sino por coraje y porque el General ya no se mandaba ni a él. Y ésa fue la vez que se lo dijimos. Lo que pasó después, es como si no hubiera pasado. Esto de que todo Entre Ríos ande con voluntad de guerrear y gritando «Muera Urquiza» cuando para nosotros, los que peleamos al lado de él, ya estaba muerto desde antes. Esa noche es la que importa. Con el cielo sucio de tierra y los esteros manchados por las fogatas, me la acuerdo más que a la otra y me duele más, y ninguno de nosotros, de los que estuvo, se la olvida, porque fue como despedirse.

Soplaba un viento lleno de tormenta que traía como una tristeza y de golpe trajo la lluvia. Una lluvia fea, media tibia y tan fuerte que nos fue juntando a todos en la lomada, cerca del río. No nos veíamos ni las caras y se escuchaba la lluvia, el olor a sudor o a cuero mojado y los caballos sacudiéndose. Entonces, alguno dijo lo de irnos. Mejor nos volvemos a Entre Ríos, el General ya no sirve, se oyó, y como si con eso lo mandaran a llamar, apareció, no él, sino esa voz suya, tan quieta, preguntando.

—Pasa que nos vamos, mi general.

—¿Y quién carajo ordenó que se vayan?

Se escuchó el río que estaba cerca y creciendo. Eso como un trueno que era el río y nada más, porque ninguno sabía contestar quién era el que mandaba volver. Nos quedamos callados, mientras la lluvia nos hacía cerrar los ojos y apretarnos en la montura, como para no estar, todo en medio de una oscuridad que aunque uno abriera bien los ojos igual no veía más que la lluvia y era como estar solo con el alma, encima del caballo, hasta que cruzaba un relámpago, como una llamarada, y entonces se veía la loma llena de hombres, igual que si brotaran. Nunca estuve tan cerca del General pero le escuché la voz mezclada con el bochinche. Algunos dicen que nos hablaba pero no se entendía más que la lluvia. Hasta que al fin entramos a ladearnos, despacito, para el lado del estruendo y nos metimos en el río que empujaba feo, como la vez de Oribe, y en medio de aquella agua que venía de todos lados, lo escuchábamos gritar y a veces, de pronto, era como verlo, con el poncho medio gris, color ceniza, parecido a un tronco arrancado de la tierra, tirado en el medio del río. Yo no me acuerdo de otra cosa que del agua y de los gritos y de una vez, en medio de la luz de un relámpago, que me pareció verlo y tuve ganas de pedirle que se viniera con nosotros, para Entre Ríos.

Después, en cuanto nos afirmamos en la tierra empezamos a galopar y lo escuchábamos atrás, como si nos quisiera arrear, los gritos llegaban medios deformados por la lluvia y el viento, igual que un aullido mezclado al galope, y era como si cada vez el General gritara más bajo y más bajo y más bajo, hasta apagarse. Hasta que no se oyó otra cosa que la lluvia, rebotando en los charcos.

Esa, fue la vez que lo hicimos.

Lo demás vino porque daba lástima verlo, tan apagado. Hasta las mujeres empezaron a notarlo. Fue en ese tiempo que se le desapareció la Gringa, que era la mejor mujer de Entre Ríos y se le escapó con Olmos, sin que él hiciera más que enterarse.

Por las tardes se paseaba cerca del río, y uno lo miraba de lejos, y era como ver pasar el viento. Se andaba solo y callado y daba una especie de indignación.

También por eso lo hice. Para ayudarlo.

Pero hubo otras cosas, porque si no ustedes no armarían este bochinche y yo no estaría metido aquí, parado, hablando de esto que sólo me da pena. Alguna otra cosa anduvo pasando que no sabemos, algo que viene de lejos y que fue lo que modificó al General. Y de eso parece que no hay quién conozca. Ni entre ustedes.

Yo me lo malicié de entrada, aquella noche, en la estancia de don López Jordán cuando me preguntaron si me animaba. «¿Te animás, Vega?», me preguntaron y yo me quedé quieto y no dije nada. Pedí seis hombres y antes que clareara me apuré a hacerlo, como quien le revienta la cabeza a un potro quebrado.

Me acuerdo que entramos al galope y gritando, para darnos coraje. Los caballos refalaban en las baldosas y los gritos iban y venían por las paredes cuando entramos sin desmontar, como apurados. Él apareció de golpe, al fondo del pasillo, solo y medio desnudo, contra la luz. Nos recibió igual que si nos esperara y no se defendió. No hacía más que mirarnos con esos ojos amarillos, como si nos estuviera aprendiendo el alma. No sé por qué yo me acordé de aquella tarde, cuando bajó del tordillo después de perder con Dávila. Se estuvo parado ahí, justo bajo la luz, con esa camisa que le dejaba las piernas al aire, hasta que lo tumbamos.

Cuando Matilde, la hija de la que había sido mujer de Payo Chávez, se le tiró encima para defenderlo, yo mismo le oí decir que no llorara. Y eso fue lo único que habló esa noche y lo último que habló en su vida. «No llore m’hija, que no hay razón», le escuché mientras le buscaba el cuerpo entre los claros que me dejaba el de Matilde y el General tenía la cara escondida por las arrugas y los ojos quietos en algo, no en mí que estaba muy cerca, en algo más lejos, en la gente de a caballo, o en la pared media descolorida de tanto poner y sacar la bandera.

Y estaba así, con los ojos alzados, la cara escondida por la muerte, la Matilde acostada encima y manchándose de sangre, cuando lo maté:

—Perdone, mi General —le dije, y me apuré buscándole el medio del pecho para evitarle el sufrimiento.

Un texto deRicardo Piglia
Interpretado porCarlos Portaluppi

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