Una bruta inofensiva
Dos chicas tomando cerveza. GETTY.

Relato de ficción

Audio RevistaOrsai.com Una bruta inofensiva

Esta historia transcurre en los días en los que nos podíamos citar con desconocidos en un bar para comprobar si eran el amor de nuestra vida. ¡Ah, qué tiempos aquellos! La escritora Camila González debuta en Orsai con este relato que habla del amor y de la soledad. Es decir, de los mismos temas que nos preocuparon siempre, más allá de lo que suceda alrededor.

Ana, de cáncer, ascendente en libra, luna en capricornio. Sí, un bardo. Curiosa, entusiasta, movediza, leal, intensa. Me gustan las propuestas que rompen esquemas. ¿Te interesan las buenas charlas, los debates, las mujeres libres, los gatitos y el amor como modo de vida? Entonces dale con el dedo para la derecha. Si pensás que el patriarcado nunca se va a caer y que las mujeres solo podemos hablar de moda, bye, no me des like, plis. Me cansé de no conectar con nadie. Pansexual, bisexual, no monogámica, antiespecista. Por acá siempre cuelgo, hablame por MD a @girasol_reloca.

Qué densa, no sé por qué acepté encontrarme con ella personalmente. Ni siquiera sé por qué le di like. Está buenísima, es verdad, pero qué sé yo. Sus buenas tetas no me terminan de calentar porque hace media hora me está retando porque le dije que no soy vegana. Todavía no le miré el culo porque no se levantó ni para ir al baño. Debe ser de esas con fuerza en la vejiga que retienen líquido. Yo le tendría que estar diciendo algo porque me dejó esperando veinticinco minutos. Veinticinco minutos para esto. Chupame el ano, Ana. Ojalá se le pudiera poner mute  a la gente. 

Me gustaría haberle dicho que sí al Kuka, porque esta, encima, se autoproclama anarquista. Que bronca.

—Y a vos ¿qué libros te gustan?

Esa pregunta… Hace cuarenta y cinco minutos estoy esquivando que me pregunte, puntualmente, eso. Le voy a decir que Osho y Borges, por ahí se calla un rato y me deja pedir otra birra. O un vino, pega más. Qué suerte que hice planes para después. Siempre hago planes para después. Porque estas cosas nunca me funcionan. No puedo garchar con alguien que no me haga reír. Y no es difícil hacerme reír. Me río de cualquier cosa, Ana. Cómo puede ser que no me hayas sacado ni media carcajada en esta hora entera. Ni siquiera una risa incómoda.

Qué poco se sufre con las citas de aplicaciones. A mí me gusta no entender un choto de las indirectas que no sé si me estás mandando. Como con Emily. Qué sufrimiento hermoso me hace pasar cuando estamos borrachas, solas o en silencio. Qué piensa, qué quiere, ¿me quiere? Después ataque de pánico y nos olvidamos de la manito arriba de la pierna, de los mimos en público por la espalda. ¿Emily me querrá?

Mi chica virtual sigue hablando, ni un beso. Le empiezo a prestar atención porque me pregunta: «¿A veces no te dan ganas de romper todo?». Pienso: sí, casi siempre. Pero le digo: «No sé ¿por?». Tengo que estar segura de a qué quiere llegar. 

—Porque yo haría mierda todo, me dice. 

—¿Hasta lo lindo? —le pregunto un poco asustada, un poco de acuerdo. 

—Todo, te dije.

Asiento para que no se note que me la estoy tomando en serio. 

—¿Te gusta Pizarnik?

Yo sabía, esa pregunta de los libros nunca se agota, pueden pasar horas de lo mismo, estoy atrapada. No, me parece una bosta, quiero decirle, nunca la entendí. Mi hermana me revoleó sus prosas completas por la cabeza una vez y me salió un chichón. Pero le digo que sí, que me encanta.

Ahora mismo quiero irme de acá, huir, retroceder el tiempo y nunca haberle dicho a mi chica virtual: «Conozcámonos personalmente, mejor». Porque sí, yo la invité. Pero me quedo porque me siento sola, porque necesito sentirme gustada un rato después de un noviazgo de tres años largos y espesos. Porque quiero tener una anécdota para contarle a Emily.

—Yo me siento muy identificada con Pizarnik —me dice mirándome de lleno a los ojos. Sin miedo a ser juzgada ni pidiendo algo a cambio. Como miran los chicos. 

—¿Por qué? —y se lo pregunto con verdadera curiosidad, porque algo de esa frase me atrajo, me sedujo. Me gusta cuando la gente se siente identificada con cosas que me parecen una mierda.

—Porque yo me voy a suicidar algún día también.

—Ah, está bien. 

Le dije «ah» pero también le dije «está bien» y ella seguro sintió mi miedo y se llenó de poder. El silencio que se generó no duró mucho. Ahora yo era un ciervo y ella una jauría de perros salvajes.

—¿Estás de novia?

Sus preguntas parecían a punta de chumbo ahora, pero me sorprendió la modernidad de la pregunta.

—No, ¿vos?

Responder y preguntar, así el miedo no se nota tanto, no te regalás. Una de las mejores enseñanzas de mi viejo: si vivís en Constitución y se te acerca un paquero y te pregunta: «¿Todo bien?», estirándote la mano para agarrar la tuya, vos apretás, respondés y preguntás: «Bien, ¿vos?». 

—No, estaba —contesta—. Me dejó, se volvió a Jujuy. Ahora estoy re sola. 

Sí, Ana, como todo el mundo, tengo ganas de decirle. No puedo ni darle palabras de aliento, si total se va a suicidar en algún momento, ¿no? ¿Es muy frío pensarlo así? Si ya estás segura de que te vas a suicidar, ¿también estás segura de cuándo? ¿Está muy mal si se lo pregunto ahora? Sí, seguramente sí. Podría haber empezado la conversación hablándome del suicidio y todo eso, es un poco irresponsable. ¿Y si me enamoraba de ella y de golpe me decía: «Bueno, igual todo esto no vale porque me voy a suicidar»? ¿Tendría que avisarle que es un acto de egoísmo y falta de humanidad? No, mejor sonrío, nunca falla. 

—¿Sabés por qué me dejó mi ex? 

—¿Por qué?

—Mirá, si hay algo que a mí me importa es la honestidad. Yo soy la persona más honesta del mundo, y si algo me jode voy y te lo digo, ¿entendés?

—Sí, claro —le contesto. Pero en realidad, Ana, autodefinirse como honesta me parece muy deshonesto. Honestidad, ni siquiera la palabra suena a lo que significa. Parece un tipo de caramelo de miel.

—Y me mintió. Un año viviendo juntas, un año mintiéndome. ¿Tenés idea de cómo se siente eso? 

Tengo veintitrés años viviendo con mi mamá y mi papá. Creo que cada día de mi vida, cada año, uno tras otro, sin pausa ni culpa, nos mentimos. No le veo el drama. Es supervivencia. 

—Tremendo —le digo y tomo un trago largo sin respirar. 

—Lo peor de todo es que me dijo que me quería. Pero pasó un año y me dijo que en realidad nunca me quiso. 

Yo a veces me levanto y siento que la vida me dice eso un poco al oído susurrando, otro poco gritándolo para que no se me olvide. 

—Entonces la tarde que me dijo ‘nunca te amé’ agarré una botella de birra vacía y se la partí en la espalda. 

Me quedé en silencio. Miré al piso. Después a mi alrededor. Sonreí. Hice todos los gestos que puede hacer una persona cuando se siente incómoda y con miedo a la vez. De golpe la respetaba. 

La miré un segundo, estaba con la mirada un poco perdida en el recuerdo. Tuve miedo de que se enojara, vi que nuestra birra se estaba terminando, la botella estaba casi vacía y ella estaba entrando en una furia desconocida.

—¿Tomamos otra? —le dije.

Se le iluminó la mirada y me dijo que sí. Por lo menos una botella llena es más difícil de romper.

Me habló de su casa, de sus plantas y de que tenía fantasmas siguiéndola. Me dijo que no tenía amigos y me pareció lógico. Después me dio pena. Después bronca. Me invitó a la casa y fue el momento perfecto para emprender la huida: «Yo tengo un cumpleaños acá cerca, donde están mis amigas…».

—Dale, vamos.

Me quedé en pausa, dura, no supe qué decir. Me cagó. Cada palabra que me decía era como si me estuviera dando a elegir dos únicas opciones: salir corriendo o casarme por el resto de mi vida. No puedo salir corriendo, soy muy lenta, me alcanzaría. Tampoco puedo casarme, los papeleríos me dan dolor de cabeza y ganas de vomitar. Imagino ese casamiento, vomitándole los pies a mi suegra, desmayándome, pidiéndole auxilio a su papá. Por ahí si salgo corriendo le puedo robar la bicicleta a algún Rappi. 

—Prefiero ir sola —le digo la sentencia, ya está, sin anestesia, tampoco es tan grave. Pero Ana me mira, los ojos se le ponen amarillos, como una gata nocturna en la oscuridad. Mierda, tengo miedo otra vez. Pero no hay birra vacía al alcance, sí muchos vasos, pero no importa; vasos aguanto. Se me viene a la cabeza esa noche en la que Emily me mandó un mensaje: «¿Estás para una birra?». Y yo de niñera a las once de la noche para poder invitar a Emily a tomar una birra o mil. «Re estoy, pero laburo hasta la una», le contesté con esperanzas. Esperame, Emily, por favor. «Ah, bueno, tranqui. Yo recién salgo de la facu, voy para casa. Nos vemos otro día, amiguita». «Amiguita», le encanta decirme así. Hola, amiguita; cómo estás; amiguita, che, amiguita… No me digás más así, por favor, le voy a contestar un día. Cuando la conocí le pasé un trago y me preguntó de qué era y yo le dije: «De burundanga». Se rió como loca, me gustó al toque. 

—Igual tomemos otra birra —le digo a mi chica virtual porque me agarra culpa, mucha culpa. Asiente con la cabeza mirando el piso, va a ser la cerveza más larga de la historia. La compro yo porque me lo merezco, látigo.

Voy a descontracturar un poco las cosas, pienso en la barra. Me acerco a nuestra mesa, le sirvo. Ella agarra el vaso y le da un trago profundo. Entonces yo le digo: «Mirá que le puse burundanga…». 


¿Por qué hago estas cosas? Por ahí me asusto fácil, por ahí creo que todo el mundo entiende que soy una bruta inofensiva, por ahí nadie me enseñó a querer bien. Me hago esta pregunta sola, con una birra entera, sentada en una mesa para dos, en el fondo de un bar. Porque la chica virtual, después de que pronuncié burundanga, me dijo: «Pelotuda, egoísta, forra, machirula, espero ni cruzarte en la calle, rajá de acá, te escracharía, ojalá no cojas nunca más, hija de puta».

¿Por qué Emily se había reído de ese chiste? Si Ana se hubiera reído también, ¿me gustaría instantáneamente? No creo. 

Termino la birra, abro el chat con Emily, lo cierro. Lo abro, lo cierro, lo abro.

Escribo: «¿Estás para una birra?». Espero cinco o veinte minutos mirando a una pareja que discute en voz baja. Emily me contesta: «Amiguita, no puedo hoy, estoy con la chonga». Pasan dos minutos y agrega: «Qué pena».

¿Que pena qué? ¿Qué significa eso? ¿A vos tampoco te enseñaron a querer bien y me estás diciendo te quiero? ¿Te puedo decir yo que te quiero sin repetir burundanga? ¿Me querés? 

Saludo al mozo, le dejo buena propina porque yo lo vi escuchando todo. También lo vi cerrando los ojos cuando dije burundanga, como viendo un gol en contra de pelotuda. 

Salgo a la calle, la ciudad está más fría que hace unas horas. Trato de fumarme un pucho, pero el encendedor no prende y lo tiro contra el cordón de la vereda con mucha fuerza. Hace un ruido hueco y se asusta un perro de la calle. Meto las manos en los bolsillos del saco que era de mi bisabuela y pienso: «Ojalá no me escrache».

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