Diego cumple años y la Pepu quiere llevarle un regalo
Maradona feliz el día de su cumpleaños. TÉLAM.

Folletín

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Una chica se entera de que es hija no reconocida de Maradona y, aprovechando el regreso del astro a la Argentina, hará lo posible para encontrarse con él. En el último episodio de esta historia, la Pepu conoce el resultado del ADN justo el mismo día del cumpleaños número cincuenta y nueve del genio del fútbol mundial.

← Viene del tercer capítulo.
Esta es la cuarta y última entrega del reencuentro entre «la Pepu» y Diego Maradona, su padre.


La Pepu y yo estamos en la cocina de su casa de Floresta. La misma en la que todas las noches nos lavábamos los dientes frente a la bacha, cuando éramos pibas. Después de muchos años volvemos a estar acá juntas, pero esta vez no tenemos el cepillo en la mano ni la boca llena de pasta. Tampoco charlamos, ni escupimos espuma. Estamos mudas, mirando fijo un sobre cerrado que nos desafía sobre el mantel de plástico. 

—Gringa, tengo más miedo que las veces que papá se dio vuelta de falopa y casi no la cuenta.

Hoy es el cumpleaños número cincuenta y nueve de Dios y la Pepu le va a llevar el resultado del análisis como regalo. Hasta le compró un marco con los colores de boquita para que pueda colgar en la pared.  

Quince días atrás la Pepu y yo estábamos en la sala de espera de un laboratorio de ADN. En realidad, Pepu, yo y el hilo de chorizo babeado por el Diez. La sala con sus hileras de sillas plásticas, sus pilas de revistas y sus colores pastel estaba casi vacía. La Pepu miraba hipnotizada la danza de una tira genética en una pantalla. Yo no podía sacarle la vista de encima al hilo de chorizo que mi amiga tenía en una Ziploc sobre sus piernas.

—Pepu, ¿no es medio raro caer con una cosa así? ¿Estás segura de que esto sirve para el estudio?

—Tranqui, Gringa. ¿Sabés las cosas que ve esta gente? Mirá si se van a asustar por el piolín de un chorizo.

Pero la médica que nos atendió no pensó lo mismo. Estudió la bolsa con el ceño fruncido como un shar pei y acto seguido nos lanzó una mirada juzgona. La Pepu no se dejó amedrentar. Sacó un sobre gordo con plata y lo puso sobre el escritorio con prepotencia. La realidad es que el fajo era más imponente por la cantidad de cambio que de dinero en sí. Pero ahí estaba el sudor y sobre todo las lágrimas de mi amiga, que consiguió la plata vendiendo su único patrimonio: la colección de camisetas del Diez. 

Todas eran importantes para Pepu pero la que más le costó soltar fue la del Napoli. Antes de entregarla, sometió al comprador a una exhaustiva entrevista como si estuviera dando un pibe en adopción. Después de semejante sacrificio no iba a aceptar un no por respuesta. Se hubiera sacado sangre ella misma de ser necesario. 

Sentada en una camilla, Pepu abrió bien grande la boca y la doctora le sacó una muestra de saliva. Mi amiga siguió con la mirada el trayecto del hisopo, desde su boca hasta el tubito de plástico. En ese cachito de madera y algodón estaba su destino. 


Ahora el sobre sigue ahí. Pepu y yo no nos movemos. Cuando éramos chicas y hacíamos natación en el colegio, mi amiga me pedía que la empujara del borde de la pileta porque le tenía miedo al agua y sola no se podía meter.  Así que decido hacer lo mismo. Agarro el sobre y lo abro como quien saca rápido una curita. «Negativo. No hay compatibilidad». No necesito decirlo en voz alta, la Pepu lo lee en mi cara. 

Intento consolarla:

—La verdad, Pepu, era un escenario más que posible este. ¿Cuántas chances reales había de que fueras la hija del Diez?

Los cachetes se le ponen rojos y respira como si tuviera un ataque de asma. De pronto me mira achinando los ojos de la bronca.

—Pensé que eras mi amiga y sos la peor. Sos re rati, Gringa. 

—¿Qué? Te pasaste la vida creyendo que eras la hija de Maradona por una foto de mierda ¿y te enojas conmigo?

Me arrepiento antes de terminar la frase pero se la digo igual. Los ojos de mi amiga se llenan de lágrimas. 

 —Sos más falsa que un dólar celeste, Gringa.

La Pepu sale dando un portazo. A mí me sube el enojo. No puedo creer que me dijera rati después de todo lo que hice por ella. Se puede ir bien a la mierda, pienso. 

Escucho un murmullo que viene de la habitación de Pepu, abro la puerta y me doy cuenta de que es la radio. La tiene siempre prendida. Se acostumbró de chiquita, si tenía miedo a la noche se la ponía cerca de la oreja. Hacía años que no entraba a esa pieza. Está exactamente igual que la última vez que estuve ahí. Los posters son los mismos pero están amarillentos y el Diego que vive en ellos se parece cada vez menos al actual. De repente entre todas esas imágenes descubro una foto y el corazón se me hace un bollo. Está quemada por el flash porque Pepu la sacó contra el espejo del baño, pero ahí estoy yo tiñéndole la franja rubia que su papá tenía en ese momento. 

Salgo a buscarla, sé donde está. 


Después de dos bondis y un tren llego a Bella Vista. La veo sentada en la puerta del barrio privado mientras dos tipos de seguridad la miran mal. La Pepu hace de cuenta que son invisibles. Me ve llegar y se sorprende.

—¿Cómo supiste que estaba acá? 

—Porque cuando llegué a tu casa te vi googlear la dirección de la nueva casa del Diez. Pensabas traerle el regalo de cumpleaños, ¿no? 

Me pide perdón, mientras me abraza tan fuerte que mis pies dejan de tocar el piso hasta que me suelta.

—No pasa nada, Pepu, la amistad no se mancha.

Mi amiga sonríe. 

De pronto llega el auto del Pelusa, el mismo que perseguimos por las calles platenses. Yo le hago señas y la ventanilla del acompañante se baja. 

—Diego, te vinimos a desear feliz cumpleaños. Mi amiga Pepu te adora. Desde que éramos chiquitas colecciona tus camisetas y todo lo que tenga tu cara. ¿No te sacarías una foto con ella? 

El Diez la mira a Pepu y de pronto la reconoce.

—¡Eh, vos fuiste la que me salvaste en la parrilla! 

Baja del auto y lo veo caminar hasta mi amiga. La Pepu quiere hablar pero no puede, se desarma en un llanto desconsolado. Maradona la abraza.

—Bueno, tranquila. Ya pasó. 

Le dice mientras la Pepu deja la angustia de lado para abrazarlo también. Así se quedan en silencio, el mundo parece detenerse.

Yo los miro y entiendo que no importa el ADN, ni la herencia, ni la sangre, porque en definitiva, de una u otra manera, todos somos hijos de D10S.

Textos

Agustina Zabaljáuregui

(Buenos Aires, 1984) Escritora, guionista, periodista y docente de El Cuaderno Azul. En 2018 obtuvo el segundo puesto del Premio de Literatura Mujica Lainez.

Comentarios

Orsai Iván Baglini 20:52:09 - 04/11/2019

Qué lindo Agus, me encantó de principio a fin.