La Pepu descubre que es la hija de Dios
Maradona asumió como DT de Gimnasia. LA NACIÓN.

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Una chica descubre que es hija no reconocida de Diego Armando Maradona y, aprovechando el regreso del genio del fútbol mundial a la Argentina, hará todo lo posible para encontrase con él y decirle quién es. En esta crónica de tres episodios, la escritora Agustina Zabaljáuregui narra la historia de «la Pepu» y su agitado periplo hacia la estrella que la trajo al mundo. Esta es la primera entrega.

La Pepu fue mi vecina desde que nací hasta que me fui de la casa de mis viejos. Vive en el departamento siete del PH de Floresta en el que crecí. Tenemos la misma edad y durante la infancia fuimos la sombra de la otra. Hacíamos todo juntas, compartíamos nuestras casas como si fueran una sola.

A veces la Pepu tocaba el timbre para venir a cagar a mi baño porque el suyo estaba ocupado y yo me iba todas las noches a lavarme los dientes con ella antes de dormir. Cruzaba el pasillo que comunicaba nuestras casas en patas, con el cepillo en la boca, las llaves en el bolsillo y la toalla de mano en el hombro.

No sé por qué nos lavábamos los dientes en la cocina; cada casa tiene sus reglas propias. Igual en lo de la Pepu no había muchas. Su mamá trabajaba de noche y de día dormía. De su papá no sabíamos nada. Con la Pepu nos parábamos frente a la bacha de metal, como no había espejo nos mirábamos a la cara y charlábamos con las bocas llenas de pasta de dientes, en un idioma que solo nosotras dos entendíamos.

Pero una noche me vino a buscar ella, no llegué ni a agarrar el cepillo que me estaba arrastrando por el pasillo de la mano.

—Lo encontré, Gringa, lo encontré —gritó bajito.

—¿A quién?

—A mí papá. Es el mejor, Gringa, mi papá es Dios.

Yo largué una carcajada que se me borró de golpe cuando me mostró una foto vieja en la que su mamá le estaba dando un beso en el cachete a Maradona. La Pepu y yo teníamos nueve años y el Diego acababa de volver a Boca. A mí me dio un poco de envidia. Cualquier papá al lado del Diez es una mierda, pensé. Pero si yo había compartido el mío con ella toda la vida, ella también iba a compartirme el suyo.

Esa noche nos quedamos imaginando cómo sería verlo jugar desde un palco de la Bombonera y que nos dedique un gol, o ir al programa de Susana y sentarnos en el sillón al lado de Dalma y Gianinna mientras Claudia y papá charlaran con la diva.


Con el correr de los días la habitación de pronto se fue convirtiendo en un templo umbanda del Pelusa. Había fotos de todas las épocas empapelando las paredes.

La Pepu se empezó a vestir solo con joggings y camisetas de fútbol. Tenía una inmensa colección de todos los clubes donde había jugado Diego. La mayoría eran truchas pero la del Nápoles la consiguió original porque José, el carnicero de la vuelta, tenía primos en Italia. Una noche que me quedé a dormir en su casa la Pepu me dijo que estaba cansada de que su vieja se hiciera la boluda y me pidió que le cortara el pelo como el 10. Quería que todo el mundo se diera cuenta de que era igual a su viejo porque tenía un plan.

—¿No lo escuchaste? Papá dijo: «A Toresani, Segurola y Habana 4310, séptimo piso». Tengo la dirección, Gringa, lo voy a ir a ver.


Esa noche vi cómo sus rulos negros caían al piso de la cocina mientras yo iba cortando. Cuando terminé, la Pepu hizo una mezcla con el decolorante con el que su vieja se teñía los bigotes y se hizo una franja rubia igual a la que el pibe de oro tenía en ese momento.

Después escuché atenta el plan: si su vieja me preguntaba yo tenía que decir que había campeonato en la escuela y que ella se había anotado. Pero no pude. Cuando su mamá me encaró y me sopapeó a preguntas, canté. La encontró en la parada del bondi y la trajo a la rastra.

Maradona y el mechón – El Gráfico

La Pepu nunca más me habló, solo algún hola y chau cuando nos cruzábamos en el pasillo. Nunca me animé a preguntarle si había vuelto a buscarlo. Solo sé que su mamá ese día le dio una paliza que le hubiera quitado las ganas a cualquiera. La culpa nunca me abandonó. Cada vez que la volví a ver creciendo a imagen y semejanza del Pelusa, se me aparecía el fantasma de ese día. Su cara roja con un pasticho de moco y lágrima gritándome en la cara:

—Me cortaste las piernas, Gringa.


Este año tuve meses en que no podía parar de pensar en la Pepu. Hasta hablé de ella en terapia. La psicóloga llegó a decirme que había relación entre ese episodio y mi decisión de estudiar periodismo deportivo. Que hincha pelotas que son, siempre tienen que relacionar todo con todo. Pero algo estaba vibrando porque hace unos meses un compañero de laburo me regaló una primicia: Maradona había firmado con Gimnasia. No lo pensé dos segundos y la llamé.

—Pepu, soy la Gringa. El Diego vuelve al país y esta vez sí te puedo ayudar.

No hubo respuesta del otro lado y me dije en silencio: la cagué, no hay arreglo. 

—Perdoname, Pepu. Hice cualquiera.

—Tranqui, Gringa, la amistad no se mancha. ¿Cuándo vamos a conocer a mi viejo?


Dos domingos después de esa charla la Pepu y yo nos vamos a tomar el Sarmiento hasta Once y caminar a la parada del 168 que nos va a llevar hasta Constitución. De ahí vamos a subir al Roca para bajarnos en la estación Medicina. Finalmente vamos a caminar hasta El Bosque para conocer a Diego Armando Maradona.

Pero todo esto lo voy a contar en el próximo capítulo.


Siguiente capítulo →
«La Pepu» está decidida: quiere una foto con su papá.

Textos

Agustina Zabaljáuregui

(Buenos Aires, 1984) Escritora, guionista, periodista y docente de El Cuaderno Azul. En 2018 obtuvo el segundo puesto del Premio de Literatura Mujica Lainez.

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Comentarios

Orsai Iván Baglini 19:24:42 - 07/10/2019

Qué grande, enganchar al diez debe ser más difícil que cazar a bin laden, quiero más ...

Orsai Ricardo 12:33:09 - 07/10/2019

Atrapante relato, quiero más!

Orsai Chelo 11:24:38 - 05/10/2019

Gringaaaaa me dejaste re manijaaa!.. dale contaaaaa!!