La gran novela americana
Diario de viaje. GETTY.

Relato de ficción

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Un escritor se embarca en una aventura lejos de casa con un único fin: escribir una obra de teatro rodeado de colegas de todo el planeta. Pero todo se complica cuando cruza su mirada con los ojos de Liudmila, una rusa rubia con la mirada más hermosa y cautivante que haya visto jamás. Póngase cómodos para hurgar este texto escrito en modo de diario por Mariano Tenconi Blanco, interpretado por el actor Marco Antonio Caponi.

Una historia de Mariano Tenconi Blanco

Día 1

Hoy es 20 de agosto de 1987. Llegada a Iowa City a la 1 del mediodía. Al llegar a Cedar Rapids —el aeropuerto, en las afueras de Iowa City—, mientras esperaba mi equipaje vi a una joven rubia, de unos 28 años, con ojos de un tipo de color verde que nunca en mi vida había visto; estoy seguro de que a ese color yo le digo verde porque carezco de lenguaje, pero eran azules, marrones, dorados, blancos y rosas, y más que nada eran verdes. Veo en ella a una princesa zarista y también veo la revolución de los campesinos, obreros y soldados. Es elegante, perfecta, sencilla y soberbia. Es una mujer-país, una mujer-sistema político, una mujer-galaxia, una galaxia entera dentro de un corazón. Estoy seguro de que es la escritora rusa. Veo un adolescente sosteniendo un cartel que confirma eso, ya que veo nuestros nombres juntos, de una vez y para siempre:

«Ludmila Manyonok – Enrique Butti».

Ella no me habla, yo no le hablo. El adolescente se presenta como Tim, y es el driver que nos va a llevar el Hotel. En el auto Tim no habla, la rusa no habla, yo no hablo. La miro por el espejo: rubia, disciplinada y única y pienso en lo que somos, en lo que vamos a ser, en lo que soñamos ser, en mí, en ella, en Iowa City, en la Unión Soviética, en el formalismo ruso, en la forma del amor y de la muerte, en la forma de todas las cosas que amo del mundo. Quiero decirle algo hermoso: «Soy un extraterrestre. Me duele la panza. Yo a vos. Hola. Chejov. Vos sos como una fuerza contenida. I’m happy to be here». No digo nada.

Llegamos. Dejo mis maletas y salgo a caminar. Pregunto por un bar y me mandan a uno que se llama George’s, en donde estoy sentado ahora empezando a escribir este diario y listo para beber mi primera cerveza norteamericana. Como es temprano, el bar está vacío. Tengo puesta una remera de Mötley Crüe que me queda muy bien. Incluso creo que estoy más flaco. Estoy contento. Y está la escritora rusa. Iowa City es una torta de cumpleaños.

Día 3

Presentaciones formales. Somos treinta escritores de veintisiete países. El escritor mexicano me parece un soberbio. La escritora chinita, tímida. Hay unos países que no registré. La escritora nigeriana es solemne. El escritor venezolano se hace el galán latino. Pero la rusa… la rusa no es una mujer: la rusa es un milagro. Se llama Liudmila. Con esa «I» en medio. Liudmila. Ella es más real que un caballo dorado volando en la noche. Ella es lo real y lo fantástico. Liudmila: te quiero decir que te amo.

Día 6

Me voy haciendo amigo del venezolano y del mexicano como si fuera un destino o una obligación, fundada en el idioma. Almorzamos juntos unas cheeseburgers en McDonald’s. Yo no dejo de marcarles distancia. Entre ellos ya son íntimos, y andan hablando de García Márquez y tocándose los pitos. Hoy Henry me dijo: «¿Cortázar o Borges, chamo?», y yo le dije: «No me tomes el pelo, che. Cortázar es un escritor para niños». Todavía no escribo. Estoy esperando un relámpago de lucidez.

Día 7

Vamos a una recepción, en el jardín de la casa de alguien. Hay música, bebidas para servirse y pizza de la marca Domino’s Pizza. Yo busco cualquier pretexto para poder hablar con la poeta rusa. Su cuerpo es Navidad, pero sus ojos son todavía más hermosos. Entonces de pronto la veo poniendo un cassette. Le pregunto de qué banda es y me dice Kinó. Le preguntó si puedo bailar con ella y me dice sure, aunque la música es para bailar sueltos y haciéndose los espléndidos. Es una banda medio pop / medio punk. Yo bailo al lado de ella haciéndome el divo, como la mezcla entre un oso polar siberiano y una sirena del Río de la Plata. Hablo con ella de Trotsky, de Mayakovski, del género de la gauchesca, de Borges, de Joyce, de Tsvietáieva, de Eva, más de Trotsky, de Eisenstein, de Duchamp, en un patchwork vertiginoso. Varias veces le digo «Ludmila» y ella me corrige: «Liudmila». Ludmila, tu nombre es mi única palabra y no la sé decir. Intento ser gracioso, culto, seductor, pero el inglés es un corset, no tengo doble sentido, siempre digo una cosa sola, o a veces ni eso. Me encantaría poder decirle en perfecto inglés lo que me pasa: Liudmila, vos sos una cosa hermosa y excesiva que me desconectaste del sistema que rige el mundo.

Día 12

Hoy pasó algo increíble: bajé al lobby del hotel a ver si encontraba algún escritor para pedirle un cigarro. Los chinos son muy de fumar, así que esperaba que el filipino o el coreano anduvieran por ahí, pero después me acordé de que se duermen a las seis de la tarde, como las gallinas. Entonces bajo al lobby y afuera veo una multitud. Salgo a ver qué pasa y le pregunto a un gringo. El tipo me dice que alguien se quiso suicidar en el río y una persona se tiró a rescatarla. En la oscuridad de la noche y de ese río feo apenas si se veía un pequeño brillo que se nos acercaba. De pronto esa manchita plateada que eran el fallido suicida y el ocasional salvador se nos acercan. Pienso: se suicidó la escritora sudafricana. Estaba seguro. Su insomnio. Su alcoholismo. Las pastillas. Seguro se tiró. Pero para mi sorpresa, cuando se pone de pie el rescatado, es un gringo colorado, flacucho, en sus veinte. Trato de reconocer la cara y no lo logro, pero veo que alguien le da una toalla al salvador y los demás aplauden. De pronto, de la blanca toalla, el Superman de esa noche sonríe y noto que no era Superman sino la Mujer más Increíble que yo haya visto en mi vida: Liudmila. Me acerco y la abrazo, mientras dos lágrimas gruesas cruzan mi cara. Liudmila me abraza fuerte, me besa la mejilla y me dice al oído: «hear me out: that monster which you call death does not exist». «I love you —le digo—, I love you». Y nos besamos en medio de todos, en medio de los aplausos, en medio del universo, y yo fui la Luisa Lane de la Superman soviética mujer.

Día 18

No hay una idea actual, pasada o futura, no hay acopio, no hay hipótesis de principio, no hay lógica interna: cuando sucede, sucede. No es así, pero es así. Yo que vivo sobreactuando la varieté del galán recio y ahora tengo en el corazón una calcomanía que dice «Emergencia» y al lado otra que dice «Propiedad de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas». Hoy me acosté con Liudmila. Su boca de vodka, su cráneo perfecto, bien formado, casi de laboratorio, como una robot-mujer, sus tetas revolucionarias, como dos volcanes de oro, y sus ojos verdes enormes de alien bolchevique. La penetré fuerte, quise ser ininteligible. Ella me dijo una palabra rusa que entendí como «más despacio», o similar. Pero quizás no, quizás me dijo: «más fuerte» o «qué hermoso es el cielo estepario»o «viva el Estado Marxista-Leninista» o «te amé siempre, Butti lindo» o «qué lindo es estar unidos transversalmente». Una vez mi pene dentro de la Unión Soviética, cabalgo lento y mientras la beso apasionado, como si nos hubiera separado un exilio. Siento que encontré mi patria, que mis coqueteos con el P. O. no fueron en vano, que siempre fui esto, una embajada soviética argentina, un Acorazado Potemkin melancólico y algo fuera de forma, un martillo dorado que se satura sobre una nueva religión: Liudmila es Dios, el amor de mi vida, mi madre, mi padre, mi patria, el pan de cada día, los Reyes Magos, mi lucha, el aire que respiro, la razón de mi existencia, y yo soy Liudmila también.

El sexo es fluido, acompasado, métrico, uniforme, la rusa está helada pero su piel hierve, yo busco un signo en esa perfecta mirada estatal y en esa perfecta ortopedia dental y en esa perfecta boca roja y amarilla del Comité, de los camaradas, de la pornografía prohibida y de la pornografía permitida, en esas piernas de la biomecánica de Meyerhold, en esa concha que ahora idolatro como una gelatina radioactiva. «I love you, Liudmila», le dije; «talk to me in spanish», me dijo. «Te amo Ludmila, qué fuerte que estás».

Día 23

Cuatro días teniendo sexo sin parar. La rusa coge con disposición perfectamente soviética: todo es perfección física, todo es deporte. Sin embargo, en el medio de su perfección maquinal me mira y me dice «te amo», en perfecto español. Como un ventrílocuo, como un playback. Como una irrupción de ternura irresistible, o el robot más perfecto jamás creado. Y después de decir «te amo», una lágrima dulce, dorada, solo una, atraviesa su cara, mientras ella sigue moviéndose encima de mí, y me dice: «I will come again, my bear». Hay un planeta que es el planeta en el que vivimos todos y hay otro planeta que se llama Liudmila y que es en verdad como un mundo que hace que este mundo sea un mundo mejor.

Día 27

Con Liudmila, love splendor. La amo demasiado.

Día 33

Liudmila es hermosa. El sexo es increíble. Pero está todo muy ABBA. Y yo no puedo congelar mis prejuicios. Yo no quiero solemnizar. No vine acá para softporn high definition. Me cansé del plástico blando de su piel soviética. Yo preciso escribir, y para escribir hay que cancelar el mundo real.

Día 39

Quiero ser la mejor versión de mí mismo. La versión de mí mismo no existe. La versión de mí mismo es base con aire. No doy para levantavidrios. No doy para más. No doy más. Hay que hacer algo con esta angustia que se me alojó en el medio del corazón.

Día 48

No tengo el chip del amor. Me lo extrajeron unos extraterrestres blablabla o simplemente soy un histérico grado alfa. Tanto jodí por Liudmila, y ahora que ella está dispuesta a dejar su novio, la literatura, la diplomacia, ahora que ella está dispuesta a dejar a Stalin por mí, no a un noviecito, a Stalin, a mí ya me chupa un huevo. Escribe poemas increíbles. Habla siete idiomas. Trabaja para el Kremlin. Es cinturón negro de judo. Tiene unas piernas extraordinarias. Es multiorgásmica. Pero yo ya me aburrí. Al final, me aburrí. Está claro que el problema soy yo.

Día 54

Me hice fuerte. Estoy en guerra. Estoy limpio. Estoy escribiendo muy bien. Soy mucho mejor que todos. Ya no soy un dramaturgo argentino. Ahora soy una iceberg. Soy un exadicto a las drogas que encontró su salvación en una Iglesia Evangélica. Yo me persigno. Yo uso el verbo «orar». Y hago todo lo que hago para escribir. Liudmila es una enviada roja de Satanás. No voy a beber. No voy a coger. Hoy el día es excelente. Hoy hay sol. Yo voy a mantener mi voto de castidad. Lo único que importa es escribir.

Día 54 bis

Creo que fui claro, Liudmila. Vos sos hermosa. Vos sos muy inteligente. Tus poemas son los mejores del mundo. Pero yo fui claro. Ahora estoy escribiendo. No sé. Preciso tiempo. Y espacio. Prefiero que no nos veamos. Nos vamos a seguir viendo. Todavía nos queda un mes acá en Iowa. Pero no quiero que estemos más juntos. No quiero que nos acostemos más. Ahora estoy escribiendo. Mi único amor es la literatura.

Día 70

En quince días terminé la obra de teatro que me propuse escribir en esta residencia. Aún no tengo definido el título. En cinco días me vuelvo a casa. Trabajé muy duro estas últimas semanas. No sexo. No whisky. Sin dispersiones. Ni siquiera escribir este diario. Aunque nunca sucede nada cuando escribís. Por eso escribir es todo. Quizás aquí termine este diario. Anoto una frase de Walt Whitman.«Si no das conmigo al principio, no te desanimes. Si no me encuentras en un lugar, busca en otro. En algún sitio te estaré esperando».

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