Hasta la vista, bebé
Terminator en acción. GETTY.

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Inauguramos una nueva sección escrita por Martín Felipe Castagnet, uno de los editores de Revista Orsai. La primera entrega va sobre Terminator: Dark Fate. Pero atención: quienes no quieran profundizar sobre aspectos de la trama pueden ir directamente al audio, donde encontrarán una versión resumida y libre de spoilers. El texto que sigue es solo para quienes huyen de las ambigüedades, dobleces y medias tintas de las reseñas tradicionales. Así que están avisados.

El primer Terminator llegó del futuro dos años antes de que yo naciera. Cuando me tocó verlas, recién estrenada la segunda, el cyborg vestido de cuero ya se había asimilado a los grandes mitos de nuestra época. La lengua actúa en los detalles: la primera película de la saga en realidad se llamó The Terminator  pero nadie salvo los memoriosos más recalcitrantes la recuerdan así. La pérdida del artículo la vuelve menos singular y más omnipresente: lo que ya no necesita presentación.

¿Por qué el Terminator no deja de fascinarme? De todos sus elementos (la máquina impasible, la inteligencia artificial, la belleza del fin del mundo) todavía resuena el más primordial: el esqueleto cromado. Nuestro esqueleto también es una máquina de matar; cuando emerge, ya se acabó nuestro tiempo. Pero el metal reluciente promete lo que el hueso no puede: la seducción de lo nuevo. Aunque todo cambie, incluso Schwarzenegger, ese esqueleto seguirá imponiendo su talón de hierro y su mueca de infinita crueldad.

Y sin embargo, entre una película y otra el Terminator dejó de ser villano y se convirtió en héroe. Entre 1984 y 1991 irrumpieron las computadoras personales: debajo de nuestra carne, en nuestras habitaciones, todos empezamos a tener una máquina adentro. ¿Y quién era el nuevo villano sino lo maleable, la tecnología que podía adoptar cualquier forma y reemplazarnos? Entre la primera Terminator y la última ocurrió una generación entera. Las máquinas, cada vez más flexibles, se transformaron en nosotros. 

Con Terminator: Dark Fate  vuelve James Cameron, esta vez como guionista y productor, y su propuesta borra todas las secuelas desde la tercera en adelante, pero de alguna manera también borra gran parte de la segunda. En los primeros minutos de la película un Terminator mata a John Connor, el futuro líder de una resistencia que ya no será necesaria, desde la destrucción de todo resto cibernético al final de Terminator 2: Judgment Day. El asesino, otro T-800 (¿por qué no un T-1000, salvo para que vuelva Arnold?), tras haber cumplido su misión y sin recibir más órdenes de un futuro que ya no existe, se retira a una vida carente de propósito. 

De las decisiones creativas de la película, la pérdida temprana de John Connor es la más comprensible. En primer lugar porque ya no había lugar, ni en el film ni en la vida, para un mesías varón. Pero también porque fue cambiando el target principal de la saga: si la original, como película de terror, estaba destinada sobre todo a jóvenes adultos que trabajaban y luchaban por sobrevivir, como Sarah Connor y el propio James Cameron, en la secuela el espectador modelo era el adolescente tardío que miraba MTV y tanteaba los límites de la adultez. En esta era cultural signada por la nostalgia y la sororidad, el espectador desconfía naturalmente tanto de los robots exterminadores como del patriarcado, y sobre esa noción se establece un triple protagonismo femenino que el cine de acción hace tiempo necesitaba.

El nuevo arco argumental comienza cuando llegan, una vez más, dos soldados del futuro: una humana mejorada y un Terminator todavía más mejorado. Al igual que en la original, alguien intenta proteger a una joven mujer mientras que otro intenta asesinarla. El objetivo es salvar a una tal Dani Ramos, una mexicana que habla en inglés (y que también es, por demografía, el nuevo tipo de espectador). Cuesta empatizar con el personaje tras las primeras persecuciones y las primeras pérdidas. No hay conflicto en ella, únicamente en torno suyo. Podría haberlo tenido: si está destinada a transformarse en la comandante militar de la rebelión, deberíamos haber tenido muestras problemáticas de lo que significa ser un líder: alguien que toma las decisiones que nadie quiere tomar. En cambio, el peso emocional de Dark Fate  está distribuido entre las dos madres simbólicas que tironean de ella: Sarah Connor, veterana del pánico, huérfana al revés, y Grace, soldada con las tecnologías del futuro, única testigo que tenemos del nuevo fin del mundo. En la tensión entre ambas radica lo mejor de la película: el claroscuro donde la juventud y la vejez aprenden un lenguaje común. 

Terminator siempre fue sobre la familia: en la primera, la llegada del soldado genera el nacimiento de John Connor; en la segunda, el T-800 se transforma en un padre putativo de ese John abandonado a la picaresca del vandalismo y los videojuegos. En esta tercera entrega, la máquina autobautizada Carl descubre un equivalente a la empatía y los valores conservadores. El problema es que no vemos esta transformación en acciones concretas (como sí vimos a su anterior encarnación aprender sobre la humanidad, especialmente a hacer chistes); cuando nos lo cuenta ya sucedió, pero ningún personaje nos puede prometer que cambió: el cine es una transformación que ocurre en cámara.  Por eso los valores aprendidos del robot suenan impuestos por la moral del entorno y no por una verdadera ética cibernética. «Todo lo que se pudre forma una familia», escribió Fabián Casas, y todo lo que se oxida también. Ni siquiera las máquinas asesinas pueden superar su destino de electrodomésticos si permanecen demasiado tiempo sin utilizar. Lo que le falta a este Terminator es historia personal, el kilometraje diario que a fuerza de golpes nos hace humanos; su eventual sacrificio nos conmueve por imitación.

Esa carencia de historia propia también ofrece algunos problemas en otros aspectos de la trama. Finalmente Sarah Connor puede recibir las gracias de parte de alguno de los billones de personas que salvó veinticinco años atrás. Pero por cómo funcionan las reglas del viaje en el tiempo, Grace no sabe quién es ella, ni su hijo. La revelación debería ser placentera: Skynet nunca existió. Lo imperdonable es que el futuro que nos muestran es exactamente el mismo. Si no nos contaran que el otrora Skynet ahora se llama Legión, nada cambiaría. El paisaje del armagedón es el mismo: los supervivientes humanos siguen escondiéndose en ruinas de concreto; la inteligencia artificial sigue produciendo esqueletos asesinos. Nada cambió, salvo uno o dos nombres propios, y con esto falla la economía de una de las reglas del cambio temporal: si efectivamente se logra cambiar la historia del mundo, entonces debe haber consecuencias. Por eso algunos críticos acuñaron el término «discronía», mezcla de distopía y ucronía: cuando la modificación de un suceso (como matar a Hitler o salvar a Kennedy) lleva a uno todavía peor que el realmente acontecido. El esfuerzo de las anteriores películas queda así descartado sin cosechar ningún fruto por ese cambio, ni positivo ni negativo, y eso es todavía peor que la muerte de John Connor. 

Esa amargura de fábrica continúa por otros medios. En la película anterior, Sarah y el T-800 destruían a la futura Skynet además de salvar a John (es decir que lo salvaban de tener que convertirse en héroe). En la nueva versión, los protagonistas protegen a Dani, pero no se postula ninguna forma de evitar que suceda el inminente holocausto nuclear. La única resistencia posible está en el porvenir; en el presente lo máximo por lo que se puede luchar es mantener el statu quo de un futuro destruido pero todavía con vida.

Es una paradoja: Terminator: Dark Fate  es la mejor película de la saga desde la segunda, por densidad emocional y por la fluidez de su acción (no en vano las mejores escenas de la saga transcurren en autopistas y donde corren el agua o la lava). Es una explosión de movimientos que merece ser vista en la pantalla grande, donde se ven mejor los efectos especiales que tanto crecieron gracias a las primeras películas. El corazón, trasplantado, todavía palpita. La fascinación continúa; el esqueleto sigue expuesto para que todos veamos lo que realmente somos. Pero no aprendimos nada sobre las máquinas que envejecen, y eso es lo que necesitamos hoy: una historia sobre la obsolescencia de los aparatos que nos rodean y que envejecen con nosotros, sin que logremos salvar al mundo pero tampoco sin destruirlo del todo.

«Nuestros ojos siempre están ciegos cuando ven el futuro», escribió Kelly Link. ¿Volverá Terminator? ¿Necesitará nuestra relación mortal con las máquinas otro avatar o seguiremos reciclando, en ecología narrativa, los mitos que acompañaron el nacimiento de la era de internet? Apago la computadora y la luz roja del monitor se apaga también, como el ojo de un Terminator que me mata de a poco con la lentitud de una máquina impasible.

Textos

Martín Felipe Castagnet

(La Plata, 1986) Nació el día que empezó el mundial '86. Su novela Los cuerpos del verano  ganó el Premio a la Joven Literatura Latinoamericana y fue traducida al inglés, al francés y al hebreo. En el 2017 publicó la novela Los mantras modernos  y fue seleccionado por el Bogotá 39 como uno de los escritores más destacados de su generación. Es doctor en Letras, traductor y uno de los editores de la revista Orsai.
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