Todo lo que Tinder no puede ocultar
Una mujer usando Tinder. LA NACIÓN.

Folletín

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Una mujer joven y sagaz abre una cuenta de Tinder. Se dice a sí misma que lo hace para saciar cierta curiosidad antropológica. Sin embargo, pronto comienza a descubrir algunas cosas inesperadas y sorprendentes, no solo de la aplicación de citas más popular del mundo, sino —y sobre todo— de sí misma. Bienvenidos a la primera entrega de esta reveladora historia narrada en primera persona por la periodista Josefina Fonseca.

Sé de una persona que descubrió que si subía historias de Instagram comiendo chocolate en la cama —con remerón viejo y ropa interior nueva— lograba mucha más interacción que subiendo la misma foto pero sin el chocolate.

—Mmm, qué rico, ¿para mí no hay? 

Sé también que esa misma persona fue descubierta posando en la cama con un chocolate que había sacado de la heladera para la ocasión y que luego guardó sin haberlo siquiera probado. 

Tal vez mi conflicto sea la literalidad. Aunque no quiera, pienso en el detrás de escena de cada imagen. Pienso en la persona que guardó el chocolate otra vez en la heladera y esperó un rato largo frente a la pantalla del teléfono sin recibir quizás ninguna respuesta, del mismo modo en que pienso en ese amigo mío que se toca el ganso mirando cámara y después se va a poner el agua de los fideos para cenar solo, como ceno sola yo todas las noches, y la empatía se me vuelve un poco enemiga. Ni hablar de la pregunta de por qué hay tantas personas haciendo gratis lo que hasta hace poco tiempo solo hubiéramos hecho por dinero. La cosa es que no puedo explicar la soledad casi humillante que me genera todo lo que en esas fotos no se ve. 

No hará falta entonces aclarar que mis razones para crearme una cuenta en Tinder no difirieron en nada de las razones por las que cualquier otra hija de vecino se crea una cuenta en Tinder: yo también estaba sola.  

Parece que hace década y media, cuando la primera de estas apps se inventaba, el objetivo era elaborar, a partir de un cuestionario de ciento cincuenta preguntas, una base de datos universal que pudiera acotar el margen de error en la carrera individual contra la soledad. Sin embargo, quedó rápidamente comprobado que a los usuarios les chupaba una garompa el cuestionario, y por eso la única información que no falta hoy en las apps de citas es la foto. Recurrir al discurso de que la tiranía de la imagen en la que vivimos ahora es responsabilidad de las aplicaciones que surgieron con internet es una salida demasiado tranquilizadora. La realidad, nos guste o no, es que las apps se perfeccionan en función del comportamiento de quienes las usan. Por lo tanto, desde el momento en que me hice un usuario en Tinder —y lo usé— pasé a formar parte de esa comunidad que aporta y contribuye a su perfeccionamiento. Pero no solo eso: lo hice con la soberbia de quien se cree (o se siente) una infiltrada.


Al principio, cuando empecé a usar Tinder, me juré que solo sería una experiencia antropológica. Mi mayor pifie fue creer que ya había visto los hilos con los que se teje la autofiguración —en el hipotético caso de que ver los hilos de un tejido pueda servir para algo—, y que entonces iba a poder sortear las trampas y los pocitos a los que me enfrentara la dinámica de la aplicación. Pero en el universo de Tinder, como en la vida, la cosa es más compleja. 

Digamos que en las aplicaciones de citas existe un tipo de perfil al que podríamos llamar softporno. Este tipo de fotos en general me dieron risa. Ejemplo: Mati, 26 años, foto única de la carpa que le arma el pito parado bajo la sábana. Otro perfil, casi en la misma línea estética pero suavizadísimo, es el de la selfie clásica: la del espejo del baño, con las manchitas de dentífrico y el rollo de papel higiénico en el fondo. Incluye generalmente abdominales marcados y ropa deportiva (tipo recién vengo del gym y hago esta foto en el espejo antes de sacarme todo y entrar al baño como Dios me trajo al mundo, ¿querés verlo?). 

Hay un tipo de perfil que fue el que más me llamó la atención y que, sin embargo, es el que tienen casi todos: el de la foto de viaje que anuncia «estoy de viaje». Este tipo de perfil incluye, necesariamente, Torre Eiffel y puentecito de Ámsterdam, en lo posible con bici estacionada en las barandas, mejor si la bici tiene canastito de mimbre y flores. 

En la misma categoría podrían entrar las fotos explicativas de gustos y oficios: el que esquía en el agua, el que pinta cuadros, el que trabaja en un quirófano, el que nadó con un delfín. Hay también perfiles más abocados a los objetos, en los que el foco está en el auto o en la moto, y algunas son incluso fotos exclusivas de la moto, del tatuaje o del perro. Qué más. Fotos grupales en las que una debe investigar las demás fotos del perfil para descubrir cuál es el usuario y perfiles de parejas que buscan citas de a tres —o más— personas.

Y digamos que también hay en Tinder perfiles con fotos que podrían atraer a personas que, como yo, se verían repelidas por las fotos previamente descritas. Si me apuran, diría que la mejor manera de describir estos perfiles es decir que evitan todo eso que sobra en los tipos previos. Y, dentro de ese marco, habría que aclarar que existe una gama amplísima que va de las fotos conceptuales, producidas y editadas con minucia, a la captura espontánea de escenas muy simples, como un chico de aspecto corriente tomando mate en una reposera. 

Estos perfiles pueden generar ilusión de tranquilidad entre tanta cosa, como si al ver sus fotos una pudiera leer, como subtexto, «yo también pienso que es ridículo lo que hace el resto». Como si solo en las fotos metiendo panza en el espejo o parándose en la mano de un amigo en el salar de Uyuni hubiera una pose. Como si no toda decisión —incluso, sobre todo, la de elegir «no posar»— no fuera en sí misma una pose. Como si la foto con la que nos presentamos difiriera del discurso o los discursos con los que pretendemos definirnos. 

La cosa es que, al principio, estuve tan atenta a leer el relato detrás de la imagen que terminé más empernada que cualquiera. Lo que en definitiva quiero decir es que a esta selecta categoría de «los potables» pertenecía el perfil de la primera cita a la que asistí, y que es precisamente la que servirá para demostrar (no ahora, sino en la próxima entrega) que todo lo que dije hasta este momento me hizo un búmeran que me la dio en la nariz.


Siguiente capítulo
Un encuentro real nacido en un mundo virtual.

Textos

Josefina Fonseca

(Río Colorado, 1990) Es licenciada en Comunicación Social, trabaja como periodista, editora y redactora y, cuando puede, escribe poesía. En 2019 publicó el libro Sara Gallardo, la mujer de humo.

Comentarios

Orsai Dolores 20:28:12 - 24/10/2019

Hola, muy buena nota! No se puede escuchar el audio!