Relato de ficción

Mi hijo nunca será una estrella

Un ama de casa de barrio recibe un video por correo. Es una película porno. En la tapa, su hijo veinteañero. Así empieza un relato divertidísimo de Nick Hornby, exclusivo para Orsai.

Textos

Nick Hornby

Ilustra

Bernardo Erlich

Traductor

Xtian Rodríguez

Aparece en

Revista Orsai N1

Me enteré de que mi hijo era la estrella de una película porno cuando Karen Glenister, la vecina que vive a dos casas de la mía, me dejó un paquete en el buzón. Dentro del paquete había un video y una notita que decía:

Querida Lynn, no es que tenga el hábito de dejar películas obscenas en los buzones de la gente… ¡pero pensé que tú y Dave podrían estar interesados en ésta! ¡Me gustaría agregar que no es mía! Carl estaba en la casa de un compañero el viernes a la noche, habían estado bebiendo y su compañero puso esta cinta para ver, ¡ya sabes cómo son! Y Carl reconoció a Alguien Que Quizás Tú Conozcas. No podía parar de reírse. ¡Yo no tenía idea de esto! ¿Lo heredó de su papá? Si es así, ¡no me habías contado nada!

Cariños, Karen.

Tenía que ser ella, ¿cierto? Tenía que ser la bendita Karen Glenister. Karen es enfermera en el hospital, y por eso sabe todo de todos. Y lo que se entera se lo cuenta al que se cruce, no importa si está interesado en escucharlo o no. Ella supo, diez minutos antes que yo, que Dave se había hecho la vasectomía, y la mitad de la ciudad lo supo cinco minutos más tarde. Todo tiene que pasar por ella. Karen es la estación de transbordo del chisme, la estación Clapham Junction del chisme. Por eso tuvo que ser su hijo el que vio la película de Mark. No, no podría haber sido de otra manera. Esa es la ley en esta ciudad.


Estaba sola en casa cuando vi el paquete en el felpudo y lo levanté. Dave no había vuelto del trabajo, y Mark juega al fútbol sala los miércoles, a la salida de la universidad. Abrí el paquete en la mesa de la cocina, leí la nota, y luego me quedé mirando el video, que se llamaba… Esperen; si voy a contarles esta historia tendré que usar algunas palabras que podrían ofenderlos. Pero si no las digo, ustedes no podrán entender la conmoción que sentí. Así que ahí voy. La película se llamaba Meet the Fuckers y tenía una foto de Mark en la tapa. Él estaba detrás de una mujer de tetas enormes y tenía sus manos sobre ellas, de manera que no podías ver sus pezones.

Mis rodillas empezaron a temblar. No logré levantarme y apenas pude respirar. Como todavía no había visto la película podía darme el lujo de imaginar que mi hijo en realidad no había hecho gran cosa, aparte de estar de pie detrás de mujeres en topless y cubrir sus pezones con las manos. Creo que incluso hubo un breve momento en el que me dije que Mark estaba simplemente comportándose como un caballero (ahí estaba esa pobre chica, sorprendida de repente sin blusa, agradecida de que Mark estuviera allí para tapar su vergüenza). Ya saben cómo es cuando tienes niños. Solo crees lo peor de ellos cuando no hay otra opción.

No podía entenderlo. ¡Mark!, pensé. ¡Mi Mark! ¡Mark, el mismo que se sentaba a la mesa de la cocina luchando con su tarea de inglés, y le resultaba tan difícil que mordisqueaba su bolígrafo, noche tras noche! Al principio no me di cuenta de por qué ese recuerdo en particular era tan difícil de reconciliar con el video. Debe haber millones de personas que se quitan la ropa para ganarse la vida y todas, probablemente, tuvieron problemas con su tarea de inglés. ¿O es simplemente que soy prejuiciosa? ¿Podrías ser el mejor en tu clase de inglés y luego protagonizar una película llamada Meet the Fuckers? Es difícil imaginarlo, ¿verdad?

Pero entonces me di cuenta de por qué el bolígrafo mordido parecía no encajar con una carrera de estrella porno. Mark es… cómo decirlo: nunca ha sido una estrella en nada. Trató de obtener un Certificado en Ocio y Turismo para conseguir trabajo en algún centro deportivo, pero le resulta difícil estudiar. Nos preocupaba que pudiera ser demasiado para él, que esa meta fuera muy ambiciosa. De todos modos, cuando lo vi en la portada de ese video me di cuenta de que nos habíamos acostumbrado a pensar en él como, no sé. Nada especial. Quiero decir, para nosotros es especial porque es nuestro hijo. Pero me pareció que las dos palabras que más le había dicho en los últimos años eran «no importa». Calificaciones en la escuela, resultados de exámenes, solicitudes de empleo, pruebas de fútbol, novias: «no importa», «no importa», «no importa». En realidad no he visto nunca una película porno (solo un pedacito, una vez, en televisión cuando estábamos de vacaciones en España y encontramos ese canal de cable alemán). Pero si alguien me hubiera dicho que Mark actuaba en una de esas películas, y me hubiera pedido que adivinara en qué tipo de papel actuaba, hubiera dicho que interpretaba al marido que descubre a su esposa en la cama con el limpiavidrios, o algo por el estilo. Nunca hubiera imaginado a mi hijo en la portada. Es triste, ¿verdad?, cómo una termina dándose por vencida con los hijos.

Así que tenía que acostumbrarme a esta vida completamente nueva —una vida en la que Mark tenía algo que lo hacía sobresalir entre todos los demás—. Y sin embargo no tenía idea de qué era ese algo. Esa fue la siguiente gran sorpresa.


Sé que esto va a sonar raro, pero probablemente no había pensado en el pene de Mark desde el día en que nació. Ni siquiera pensé mucho en el asunto entonces, pero aquella fue la última vez en la que tuvo cierto significado para mí. El día en que nació su pene era su identidad, no sé si me entienden. La partera lo sostuvo en alto, y dijo: «Es un niño»; y yo miré, y ahí estaba. Así que Mark era Mark, y no Olivia, que era quien hubiera sido si no hubiese tenido uno de esos. Y después… bueno, lo bañé y todo lo demás, hasta que tuvo edad suficiente para hacerlo solo, y eso fue todo. Nuestra relación se terminó. Incluso cuando empezó a salir con chicas, y Dave y yo nos preguntábamos si estaba acostándose con ellas, nunca pensé en esa parte específica de su cuerpo. Le dije a Dave que le hablara de los anticonceptivos y todo eso, y cuando pensaba en su vida sexual… Bueno, trataba de no pensar. Una vez, cuando tenía diecisiete años o algo así, entré en su dormitorio una tarde de jueves, y allí estaba con Lisa, una novia de ese tiempo. No estaban desnudos ni nada, pero tampoco estaban haciendo la tarea: estaban toqueteándose. Salí del dormitorio y le dije a Dave que hablara con él más tarde, sobre lo que sucedería si él la dejaba embarazada, las consecuencias que eso traería. (Dejé que Dave se encargara de eso, ya que —no importa, no importa—, yo no pude.) Pero nunca dije nada. Sin embargo hubiera querido no ver lo que vi. Era como si hubiera encontrado a mi mamá y mi papá haciendo cosas. Supongo que ya alguien habrá escrito un libro sobre el sexo y la familia, porque es obviamente un tema importante y difícil. Pero el punto es: ¿ustedes no querrían leer ese libro, verdad?


Tuve que pensar en todo esto —el pene de Mark, el sexo y la familia —cuando metí la cinta en la videocasetera. No la miré completa. No pude. (Y no fue solo porque Mark actuaba en ella, o porque era muy sucia. Sino porque también era horrible, barata y vulgar y deprimente, como una versión nudista de una comedia de los setenta. La chica de los pechos grandes, por ejemplo, se suponía que era francesa, así que por supuesto decía «oh la la!». Era casi lo único que decía.) Pero vi lo suficiente como para entender por qué Mark estaba en la portada. Era el más grande que he visto en mi vida. Es verdad: no he visto muchos, pero ahora se ven más que antes, ¿no creen? Los ves en las películas, y algunas de las chicas del trabajo tienen posters y tarjetas postales, y Dave no es el único hombre con el que me acosté en mi vida. Y puedo decir honestamente que los que he visto eran todos más o menos del mismo tamaño. El de Mark, sin embargo… era como si no le perteneciera. Parecía un efecto especial. De hecho, la única razón por la que estuve segura de que era real es que nadie en su sano juicio pondría a Mark en una película si no fuera por su cosa. No podría actuar ni para salvar su vida, y apenas podías entender lo que decía porque murmuraba todo el tiempo, y tampoco es que se parezca a Tom Cruise. Es guapo, creo, pero nadie se tomaría la molestia de fabricar un pene enorme para él. Mark era especial, después de todo. Nunca tendríamos que decir «no importa» sobre esto.

Probablemente estén pensando: «Un momento. ¿Ella realmente no tenía ni idea? ¿Es ciega o estúpida?». Y mientras la película seguía pasando, y yo miraba a estas chicas poniendo los ojos en blanco con incredulidad (no era todo lo que hacían, pero había un montón de ojos en blanco, y yo lo agradecí), traté de recordar si se me había pasado alguna pista en los últimos años.

Y lo primero que recordé es que a Mark no le gustaba ducharse con otros (había pasado algo al respecto en la escuela, y al final tuvimos que escribirle una nota a su profesor de gimnasia). Ninguno de los dos se sentó a preguntarle cuál era el problema, simplemente nos dijo que no le gustaba, que lo incomodaba. A Dave incluso le preocupaba que pudiera ser «rarito», pero ya habíamos encontrado un par de revistas de chicas desnudas debajo de la cama, así que esa teoría no tenía mucho sentido. Y entonces me puse a pensar en su problema con los pantalones. Él siempre prefirió los anchos; nunca usó jeans o nada parecido, y siempre bromeábamos un poco porque él se ve muy acartonado. Tiene más trajes que cualquier chico normal de veintitrés años —los compra en la tienda de Oxfam y lugares así —y tiene innumerables pares de lo que mi madre llamaría «pinzados», pantalones formales con la raya al medio, hechos de franela o lo que sea. Siempre decía que los otros chicos eran desaliñados y sucios, y que nadie sabía cómo vestirse adecuadamente en estos días, pero ahora me doy cuenta de que había inventado su estilo para salir de un aprieto, por decirlo de alguna manera. Su ropa no parecía encajar con el resto de su personalidad, o con la música que le gustaba, o con los amigos con los que andaba, así que realmente no podíamos entenderlo. Eso era porque no teníamos toda la información que necesitábamos. Ah, y además: él me pidió que no le comprara más los pantalones. Fue bastante astuto al respecto, porque me dijo que yo no entendía de ese tipo de cosas, pantalones y calcetines y camisetas, pero, mirando hacia atrás, puedo ver que era el tema de los pantalones todo lo que le preocupaba. No le gustaban mucho los slips, y tampoco los boxers; solo usaba algo que él llama boxer briefs, que son una especie de calzoncillos con una parte embolsada para colocarlo ahí. Se ven un poco fanfarrones, el tipo de cosa que un stripper podría usar, y Dave volvió a pensar que era gay durante un tiempo. Pero Mark ya había dejado atrás las revistas de chicas desnudas y en ese momento salía con chicas reales, y me pareció que Mark se estaba tomando un montón de trabajo solo para probar que era heterosexual, si no lo era. No perdimos mucho tiempo tratando de descifrar qué pasaba. Tenía sus excentricidades, nada más. ¿Quién no las tiene?

Apagué el video y me quedé sentada allí por un instante. Dave estaba por llegar en cualquier momento, y Mark también, después de tomar algo con su equipo de fútbol sala, y yo no sabía qué le iba a decir a ninguno de los dos. Tal vez no tenía que decir nada. Tal vez podía simplemente marchar hasta la casa de la bendita Karen Glenister, devolverle la película y decirle que si alguna vez decía una sola palabra a nadie sobre la cosa de Mark, la iba a golpear en la cabeza con el video hasta dejársela hecha puré. Pero en el fondo de mi corazón sabía que era demasiado tarde.


Dave entró y me encontró sentada en el sofá, la mirada fija en la pantalla en blanco del televisor.

—¿Estás bien? —dijo.

—Acabo de tener un pequeño shock —dije.

—¿Qué pasó? —Se sentó conmigo, me tomó la mano y me miró. Estaba asustado, y por un breve momento pude darme cuenta de que descubrir que tu hijo tiene un pene enorme no es lo mismo que descubrir que tienes cáncer, así que traté de sonreír.

—Oh, nada. En serio. Es solo que…—Me agaché y recogí la caja del video y se la di. Se rió.

—¿Qué? —dije.

—¿Quién te dio eso?

—Karen Glenister.

—Puedo ver por qué te la dio. Es gracioso.

—¿Qué es lo gracioso?

—Se ve igual a él, ¿no? ¿Se lo has mostrado?

—Todavía no. Está jugando al fútbol. Dave… —respiré hondo—. Ese es Mark.

Me miró,  después miró el video, y después me volvió a mirar.

—¿Qué quieres decir?

Levanté mis manos, como diciendo, no conozco una manera más fácil de explicarlo.

—¿Mark?

—Sí.

—¿En esta película?

—Sí.

—¿Haciendo qué?

Levanté mis manos otra vez, aunque en esta ocasión quería decir «bueno, ¿qué es lo que hace la gente normalmente en las películas porno?».

—¿Por qué?

—Tendrías que preguntarle a él.

—Pero, quiero decir… ¿Por qué elegirían a Mark? Él no es… Él no puede…

—Dave —dije. —Nuestro hijo tiene la… cosa más grande que he visto en mi vida.


Y entonces tuvimos una charla sobre los pantalones y las duchas y todo lo demás, y era como una de esas conversaciones que se ve en ER Emergencias. ¿Cómo es que no detectamos los síntomas? ¿Cómo pudimos estar tan ciegos? Salvo que en ER generalmente están hablando de prostitución o adicción a la heroína, que son cosas mucho más importantes, y los síntomas de los que hablan no son ni de lejos tan obvios. Tienen mejores excusas para su ceguera.

—Lo ha estado escondiendo —dijo Dave, y esa fue la primera vez que realmente me puse a reír. —Lo ha hecho, sin embargo, ¿no es verdad? durante años y años. Joder.

—¿Qué querías que hiciera?

—No sé. Podría haber hablado con nosotros.

—¿En serio? No podría haber hablado conmigo.

—¿Por qué no?

—Soy su madre. No me va a venir a contar cosas como esa. Ni lo hubiera dejado, para ser honesta.

—¿Así que era mi deber?

—No era el deber de nadie. ¿Qué podrías haber hecho? ¿Preguntarle, cada tantos meses, cómo va la cosa? Fue una decisión de él, Dave, y él no quiso hablar de eso. Prefirió esquivar el bulto.

Es imposible, todo lo que dices suena obsceno, aunque no lo quieras, y terminas haciendo bromas sobre las partes íntimas de tu propio hijo. Parecía poco saludable pero difícil de evitar, como respirar aire contaminado cuando vives junto a una autopista.

—¿Vas a mirar la película? —le pregunté a Dave.

—No. Ni loco. Yo no puedo ver eso.

La forma en que lo dijo, con el énfasis en el «yo», me irritó, como si él fuera, de alguna manera, superior a mí.

—Sí, bueno, no es que yo quise verla.

—Pero sin embargo la viste, ¿no? Incluso después de ver su foto en la portada. Sabías lo que verías.

—Realmente no lo sabía.

—Lo siento —dijo él al cabo de un rato—. Es solo que… parecía un día de lo más normal. No pensé que iba a llegar a casa y descubrir que toda mi vida había cambiado.

No dije nada. Pero le podría haber señalado que la mayoría de los días que nos cambian la vida suceden inesperadamente. He pasado la mitad de mi vida esperando lo peor, y nunca sucede. Pero el día en que suceda me dejará tirada en el suelo.

Mark llegó a eso de las once. Por lo general a esa altura de la noche ya estamos arriba preparándonos para ir a dormir, pero esta vez le esperamos despiertos por razones obvias, y se sorprendió de vernos allí, sentados en el sofá mirando la televisión.

—¿Algo bueno en la tele?

Dave ni siquiera se dio vuelta para mirarlo.

—No. En realidad, no —dije. —Recién

empezó esta película, y ahora queremos ver cómo termina.

—Voy a hacerme un sándwich.

—Está bien, hijo.

En las noches de fútbol, siempre llega del bar y se hace un sándwich, por lo que Dave le había dejado el video sobre la mesa de la cocina. De esa manera él sabría que nos habíamos enterado sin tener que decir nada. A partir de ese punto, realmente no teníamos un plan. Supongo que pensamos que habría una discusión acalorada, y luego, eventualmente, una charla, pero lo siguiente que escuchamos fue el portazo de la puerta de entrada.

—Mierda —dijo Dave—. ¿Y ahora qué?

—¿Dónde crees que habrá ido?

—No sé. ¿Debería saberlo?

—¿Te parece que habrá huido de casa?

—La gente no huye de casa así. La gente no dice: «Voy a hacerme un sándwich», y luego, zas, se va.

No dije nada, pero en mi opinión eso es exactamente lo que la gente hace. Si miras las noticias locales cualquier noche de la semana verás a una madre contando cómo su hijo se fue sin decir adiós. Y luego muestran un número de teléfono pidiendo información.

—Puede haber ido a lo de Becca —dijo Dave.

—¿Quieres que la llame?

—No. Dale un poco de tiempo. Si no tenemos noticias de él mañana, llamamos.

Becca era la novia de Mark. Tenía su propio apartamento a pocas calles de distancia, pero Mark no solía quedarse allí durante la semana, porque Becca tenía una compañera de piso que tenía un novio que vivía en el norte. Por lo general pasa los fines de semana ahí, que es cuando tienen el lugar para ellos solos.

Yo no había pensado en Becca hasta ahora, pero una vez que Dave la mencionó, ya no pude evitarlo. ¿Qué…? ¿Cómo…? Tuve que frenarme a mí misma, pero Dave y yo nos quedamos mudos al mismo tiempo, así que estoy segura: él pensaba lo mismo que yo.

Justo entonces oímos la llave en la cerradura; Mark entró y se sentó en el sillón. Por un momento los tres miramos la televisión.

—Me parecía que había pasado algo malo cuando dijeron que querían ver cómo terminaba la película —dijo Mark, y fue solo entonces que me di cuenta de que estábamos viendo al Manchester United derrotando a un equipo francés.

—¿Cómo lo encontraste?

—Karen Glenister lo tiró en el buzón.

—¿Karen Glenister? ¿Qué estaba haciendo ella con el video?

—Carl lo vio en la casa de un compañero, y lo pidió prestado cuando te reconoció.

—¿Lo has visto?

—Yo sí. Tu padre no.

—Y no lo haré —dijo Dave, como si Mark estuviera tratando de persuadirlo.

—¿Cómo lo procesan las otras personas? —le pregunté.

—¿Qué otras personas? —dijo Mark.

—Las otras madres. Sus familias. Quiero decir, todos los otros tienen madres, ¿no es así? Me refiero a las estrellas porno.

—No soy una estrella porno —dijo Mark.

—¿Qué eres entonces? —dijo Dave.

—No soy ninguna estrella, ¿ok? Las estrellas son gente como Jenna Jameson y Ron Jeremy.

—¿Quiénes?

—Son estrellas porno. Ustedes no las conocen.

—Exacto. Así que tú podrías ser una estrella porno tranquilamente. Podrías ser la más famosa estrella porno de Gran Bretaña y yo no tendría la menor idea.

—Vamos, ¿tú crees que Ron Jeremy vive en la casa de su mamá y su papá?

—¡Podría! ¡No sé quién es Ron Jeremy! «Ron Jeremy». Con ese nombre, suena exactamente como el tipo de persona que vive con su mamá y su papá.

Me estaba irritando. No me interesaba hablar sobre dónde vivía Ron Jeremy. Quería hablar con mi hijo acerca de lo que estaba haciendo de su vida.

—¿Cómo empezó todo esto? —dijo Dave—. ¿Cuánto hace que estás haciéndolo? ¿Cuántas películas hay?

Por alguna razón, no se me había ocurrido que podía haber otras.

—Todo comenzó… Bueno, un poco a través de Becca.

—¿Becca? ¿Ella también es estrella porno?

Mark suspiró.

—Mamá… Becca trabaja en una guardería. Tú lo sabes.

—A esta altura siento que no sé nada. No sé qué es lo que hace.

—¿Así que cuando fuimos a ver la obra de Navidad el año pasado, pensaste que era todo un simulacro, o qué? Becca no sabe nada sobre… ya sabes, mi otro trabajo.

—Pero me acabas de decir…

—¿Me dejas hablar? Ya sabes que Becca tiene una compañera de piso. Y esta compañera de piso tiene un novio que vive en Manchester. Bueno, eso es lo que hace el novio. Películas porno.

—Ah, bueno —dijo Dave—. Eso lo explica todo. En realidad era inevitable, ¿cierto? Digo, si el novio de la compañera de piso de tu novia hace películas porno en Manchester, es como que estabas obligado a ayudarlo. Quiero decir, una vez que recibiste una llamada de él… Debe ser como recibir una llamada de la Reina. No se puede decir que no. Y ¿cómo es que Becca no sabe nada?

—Porque… ¿De verdad quieren entrar en esta discusión?

—Sí. Los dos queremos saber —dijo Dave.

—Eso significa hablar de cosas bastante embarazosas.

—No quiero hablar de lo que haces. Solo cómo terminaste involucrándote. Cómo sucedió.

—Igualmente significa decir cosas de las cuales quizá no quieran hablar.

—Sabemos todo —dijo Dave—. Recuerda que tu madre vio la película.

—Si, bueno… Ver no es lo mismo que hablar. Podríamos dejarlo ahí, y nunca mencionarlo de nuevo.

—¿Cómo podríamos no volver a mencionarlo? —dije—. ¿Cómo podríamos sentarnos aquí noche tras noche tomando el té, con todo eso sucediendo?

—No pasa nada la mayor parte del tiempo —dijo Mark—. La mayor parte del tiempo no estoy haciendo películas porno.

—¿Cómo fue? —dijo Dave.

—Tú has visto la película, mamá —dijo Mark—. Así que ya sabes… —Se detuvo—. Ah, mierda. No puedo hablar de esto con ustedes dos. He pasado los últimos… qué se yo, diez años, sin hablarles de esto.

—La he visto —dije—. He visto la película, y he visto… He visto la razón por la que quieren que estés en la película.

—Ok —dijo Mark—. Exacto. Bien.

Se detuvo de nuevo. En nuestra familia nunca hemos tenido problemas para hablar. En general estamos todos hablando al mismo tiempo, así que estas pausas y silencios eran algo nuevo para nosotros. Obviamente habíamos estado hablando de las cosas equivocadas todos estos años. Es fácil hablar de cosas irrelevantes.

—Becca —dijo Dave, como si Mark hubiera perdido el hilo.

—Becca —dijo Mark—. Cuando empezamos a salir, ella tuvo una charla con Rache. Su compañera de piso.

—¿Qué tipo de charla?

—Nada. Una charla entre chicas, ese tipo de cosas. Acerca de mí. Y mi problema. Que se había convertido de alguna manera en su problema también, si entienden a lo que me refiero.

—Oh.

—Y Rache se lo contó. A su novio. Y él me llamó. Y la cosa siguió a partir de ahí. Y Becca nunca supo nada al respecto.

—¿Nunca le contaste?

—Por supuesto que no. Ya conoces a Becca, mamá. Ella no lo entendería.

—¿Y qué pasa si se entera?

—Supongo que tendré que buscarme novia nueva.

Le gustaba Becca, pero yo sabía que no iba a terminar con ella, y él también lo sabía. Ya estaban en ese punto en el que se sentían los dos tan cómodos que Mark estaba incómodo, y definitivamente había un poquito de ruleta rusa en aquello. Si le quitaran la responsabilidad de separarse de sus manos, él estaría agradecido.

—Espera, espera. Rebobina —dijo Dave—. La cosa siguió a partir de ahí.

—Sí.

—¿Pero por qué seguiste a partir de ahí?

—¿Por qué?

Mark repitió la pregunta, como si fuera raro que Dave preguntara.

—Sí. ¿Por qué?

Mark se encogió de hombros.

—Dinero extra, obviamente… Y me interesaba. Además, no sé. Probablemente esto suene loco, pero, quiero decir… Es que no tengo otro talento, ¿no es cierto? Veo a toda esa gente, como Beckham y los demás. Y tienen derecho a ganar dinero con su talento natural. Hasta que conocí a Robbie, el novio de Rache, mi talento nunca me había servido para nada. Y pensé: ¿Cuál es la diferencia? ¿Cuál es la diferencia entre, no sé, tener una… tener lo que yo tengo, y saber tocar el piano?

—¿Cuál es la diferencia? —dijo Dave—. ¿No puedes ver cuál es la diferencia?

—No —dijo Mark—. Dime.

—Tener una cosa grande no es un talento, ¿entiendes? Aprender a tocar el piano es un trabajo duro. Quiero decir, lo que tienes no es… ya sabes. No hay nada de duro en lo que tienes. No le das placer a nadie con eso.

Mark y yo clavamos los ojos en la alfombra. Traté de no reírme. Cada frase sonaba como una broma de Benny Hill. Al final, Dave se dio cuenta y fue peor. Podría haber sido uno de esos momentos de la tele, cuando todos empiezan a reírse juntos, y el problema ya no parece tan grande como lo era. Pero Dave perdió los estribos.

—¡Carajo, que no es gracioso!

—Si nadie se está riendo —dije.

—Porque estabas tratando de reprimirlo.

—No sé qué más podemos hacer que no sea reírnos de algo que tú crees que no es gracioso.

—Pero igual le viste la broma al asunto. Yo no puedo ver la broma. Mi hijo es una estrella porno. ¿Dónde está la broma en eso?

—Yo no soy ninguna estrella…

—¡Da igual! Eres un anormal, Mark. Ser un anormal no es lo mismo que tener un talento.

Dave estaba enojado, pero igualmente no hay excusa, ¿verdad? No puedes llamar a tu propio hijo anormal y esperar que lo tome con calma.

—Sabes que esta cosa es, tú sabes…, ¿no? —dijo Mark—. ¿Hereditario?

Sabía lo que estaba haciendo. Debe haber adivinado hace años que él y Dave no compartían el mismo problema, de lo contrario habría surgido antes. (Oh, por el amor de Dios…) La gente dice que cuando dos hombres discuten, lo que están discutiendo, en el fondo, es sobre quién la tiene más grande. Y aquí estaban mis dos hombres, mi marido y mi hijo, discutiendo exactamente eso —excepto que no había nada que discutir—. Probablemente soy la única persona en el mundo que los ha visto a los dos desnudos, y no había necesidad de usar una cinta métrica. Mark le ganaba por varios cuerpos. (¿Es obsceno decir «por varios cuerpos»? Suena raro, ¿verdad? Pero no sabría explicar por qué.)

—¿Ah, sí? Pues muy bien, no lo heredaste de mí. La mía es normal. ¿No es cierto, Lynn?

—¿Normal? ¿Así es como le dicen?

Era solo una broma, un intento de hacernos las cosas más livianas a todos. En una noche normal nadie se habría ofendido, pero esta noche no era normal, y por eso alguien se ofendió. Ni siquiera estaba pensando en la cuestión del tamaño. Me había olvidado por un instante de lo que no era normal, así que no trataba de sugerir que Dave la tuviera pequeña. (No lo es. Es… bueno, es normal.) Simplemente quise decir que no era curva, ni a lunares verdes y amarillos, ni que sabía hablar. Ese tipo de anormal. Insólitamente anormal, no anormal comparada con Mark. Si lo hubiera pensado con calma, no habría dicho nada. Si lo hubiera pensado, no me habría encontrado en la cama a la una de la mañana hablando con Dave sobre un amorío que tuve hace veinticinco años.


—¿Recuerdas el asunto con Steve? —me preguntó Dave.

—No.

—Steve. Steve Laird. Sí que recuerdas.

—Oh. Sí.

No me estaba haciendo la tonta, porque no creo haber oído ese nombre desde que nos casamos. Pero aun así, no es como si hubiera surgido de la nada en el medio de nuestra cama esa noche. No puedo explicarlo, pero cuando Dave trajo a colación a Steve, tenía algo de sentido. Había sexo en el aire esa noche, y no era sexo seguro; no era el sexo cómodo, placentero que Dave y yo practicamos, ese tipo de sexo en el que ni siquiera tienes que pensar. El sexo que habíamos estado respirando era un sexo oscuro, inquietante, y era como si Dave lo hubiera convertido en lo único que teníamos a mano.

—¿Ese fue el tema? —preguntó.

—¿Qué?

—Eso.

—¿A qué «eso» te refieres?

—Ya sabes.

—No.

—Eso. Normal. Anormal.

—¿Me estás preguntando si tu pene es demasiado pequeño? ¿O si Steve tenía uno más grande que tú?

—Oh, cállate.

—Ok. Lo haré.

Lo escuché respirando en la oscuridad y supe que no habíamos terminado. En realidad no fue un amorío. Yo no estaba casada, para empezar, aunque Dave y yo vivíamos juntos, y estábamos comprometidos de hecho, aunque no de palabra. Solo me acosté con Steve dos o tres veces, y el sexo no era gran cosa. Ciertamente ese no era el punto, aunque cuál era el punto no lo recuerdo exactamente ahora. ¿Tendría algo que ver con la sensación de que estaba atascada en la rutina? Y sé que Dave estaba dudando de todo, y había un flirteo con una chica en el trabajo que me dijo que nunca llegó a ninguna parte, aunque nunca estuve muy segura…

—Sí —dijo, unos cinco minutos más tarde.

—Sí, ¿qué?

—Sí, eso es lo que te estoy preguntando.

—Por supuesto que no se trataba de eso. Tú sabes que no.

—Claro.

—Y no puedo responder la otra pregunta. No porque la respuesta te enojaría, sino porque no me acuerdo. Tú sabes que no importa, ¿verdad?

—Sí. Bueno, sé que eso es lo que se supone que debes decir, de todos modos.

—Es la verdad. Es como si…, no sé. No habría importado si él fuera más alto que tú ¿o no?

—Habría importado si yo hubiera medido un metro cincuenta y él un metro ochenta.

—Sí. Pero… un metro cincuenta es muy pequeño. Tú no eres así de pequeño, ¿verdad?

—Oh ¿y cuán pequeño sería?

—Tú no eres pequeño. Por el amor de Cristo, Dave. Eres más pequeño que tu hijo. Pero he visto a tu hijo, y créeme, no querrías ser como él. Ni tampoco yo querría que fueras como él. Ah, y Steve tampoco era como él.

—Acabas de decir que no podías recordar.

—¿Crees que no me acordaría de algo así? ¡Caramba! Si fuera como la de Mark tendría que haber ido a uno de esos terapeutas que la gente ve después de una catástrofe.

—Lo siento —dijo Dave. Amo a Dave por muchas razones y una de ellas es que siempre sabe cuando está comportándose como un idiota—. Ha sido una noche extraña sin embargo, ¿cierto?

Me reí.

—Yo diría que sí.

—¿Qué vamos a hacer?

—No estoy segura de que haya algo que podamos hacer. Es su vida. Hay peores cosas de las que preocuparse.

—¿Las hay?

—Sí. Claro. Drogas. Violencia. Todas esas cosas.

—Sin embargo el porno es como las drogas, ¿o no? Quiero decir, los dos son una amenaza para la sociedad —dijo Dave.

—Digámoslo de esta manera. Todas esas noches que nos quedamos aquí esperando para escuchar cuando volvía a casa a altas horas de la noche… Te preocupaba que lo hubieran apuñalado, o si estaba tomando crack, o si estaba conduciendo borracho. Pero ¿alguna vez te has quedado despierto preocupado porque podría estar haciendo una película porno?

—No. Pero es porque nunca pensé en

eso antes.

—Sí, y ¿por qué no pensaste en eso?

—No lo sé. Nunca pensé que fuera algo que pudiera hacer.

—Esa no es la razón. Nunca lo pensaste porque no es algo que pudiera matarlo. Si pudiera matarlo yo lo habría pensado, porque he pensado en todas las cosas que pueden matar a un hijo.

—¿Y el sida?


Me levanté, me puse mi bata y golpeé con el puño la puerta de Mark.

—¿Qué pasa?

— ¿Y el sida? —le pregunté.

—Vete a la cama.

—No, hijo. No hasta que hayas hablado conmigo.

—No voy a entrar en detalles. Pero no soy estúpido.

—Más vale que me des más detalles que esos. Con eso no alcanza.

—Muchísimas gracias. No hay absolutamente nada de que preocuparse.


—Solo quiero decir una cosa más —dijo Dave cuando volví a la cama.

—Dime.

—Una cosa más acerca de Mark, ya sabes… su talento.

—No hace falta, pero si necesitas decirlo…

—Si es hereditario… Tiene que haber sido tu padre.

¿Mi papá? ¡Dios mío! Espero que esto nunca les pase a ustedes, pero cuando llegas al punto en que las cosas de tu padre y de tu hijo cuelgan frente a tu cara, todo en el mismo día… Bueno, pónganse en mi lugar… no es la clase de día que deseas que nunca termine.

Me dormí de lo más bien, sin embargo, porque por alguna razón que no puedo y no quiero realmente explicar, Dave y yo terminamos teniendo sexo esa noche, y no fue el tipo de sexo que solemos tener. Fue más idea de él que mía pero, ya saben… yo lo seguí.


Mi mamá vive con mi hermana Helen en Walthamstow, a un par de kilómetros de distancia. Es una de esas cosas que pasan: Helen se divorció poco después de que papá murió, y nunca tuvo hijos, y pareció una solución feliz para todos (en especial, si soy sincera, para mí y para Dave). Helen se queja un poco conmigo, trata de hacerme sentir culpable y todo eso, pero en realidad el arreglo le sirve. No es que mamá esté para el geriátrico. Tiene solo sesenta y ocho años, y está muy en forma, y sale mucho —de hecho, más que Helen—. Helen dice que estar con mamá le impide conocer a alguien, pero la única manera de que eso fuera cierto sería si mamá realmente saliera con los hombres que le interesan a Helen.

Fui a verlas el sábado por la mañana. De camino a la parada del autobús, me encontré con Karen Glenister, que terminaba de poner su reciclaje en la basura justo en el mismo momento en que pasé por delante de su puerta.

—Entonces… —dijo.

—Hola, Karen —sonreí ampliamente.

—¿Lo miraste?

—Oh, ya lo había visto antes —dije—. ¿A Carl le gustó?

Me miró.

—No lo miraba a Mark, ya sabes.

—Oh, por supuesto que no. Estoy segura de que pronto conseguirá novia.

—¿Y? ¿Lo heredó de su papá?

—¿Nunca te preguntaste por qué siempre estoy tan contenta? —dije. Y luego seguí caminando.


No había decidido si iba a tratar de hablar con mamá. Nunca habíamos tenido ese tipo de conversación, y una vez que se llega a cierta edad, te tienta pensar que ya no hace falta, ¿no? Pero me pareció importante. Cuando papá murió pasé por todo eso de lamentar no haber pasado suficiente tiempo hablando con él. Yo lo quería, pero pasé mucho tiempo resentida con él, evitándolo, enojada. Y ahora estaba tratando de decidir si este tema era algo que yo debía saber. ¿Era una parte de él? Y si fuese así, ¿era una parte buena o una parte mala?

Papá estuvo muy enfermo los últimos años de su vida y así es como lo recuerdo. Pero cuando me enteré de esta otra cosa empecé a pensar en él de una manera distinta. No quiero decir que empecé a pensar , ya saben, de una forma rara. Es simplemente que, sabiendo lo que sabía, había que pensar en él como en alguien sano y joven, o más joven, por lo menos. Esa parecía ser la conclusión. Y realmente me ayudó pensar en él de estas otras maneras. Empecé a acordarme de otras cosas: la forma en que vestía cuando Helen y yo éramos niñas, por ejemplo, usando pantalones como los de Mark, a pesar de que debe haber sido joven en los años sesenta y setenta, cuando estaban de moda los pantalones más ajustados. Y esa mañana en el autobús, de repente, tuve un recuerdo fugaz de cómo miraba a mi madre a veces y cómo ella le miraba en respuesta. Les digo la verdad: de pronto se me llenaron los ojos de lágrimas, ahí mismo, en al autobús. Estaba triste, pero no era solo tristeza. Había algo más, también —ese sentimiento agridulce, feliz y triste a la vez, que te viene al volver a mirar las fotos de bebés de tus hijos adultos—. No sé. Cuando te haces mayor, es como que los recuerdos felices y los tristes vienen a ser más o menos lo mismo. Es todo simplemente emoción, al final, y cualquiera de ellas puede hacerte llorar. De todos modos, una vez que me sequé los ojos un poco casi me echo a reír. Porque, ¿quién hubiera pensado que lo que comenzó con Karen Glenister tirando una película porno en el buzón iba a terminar con ese tipo de cosas pasándome por la cabeza?


Mamá no estaba, pero Helen sí.

—¿Cuándo vuelve?

—Solo bajó a comprar cigarrillos —dijo Helen—. Le he prohibido que fume aquí, te dije, ¿no? Ahora tiene que salir a la calle para fumar.

—La vas a matar —dije. Era solo una broma, pero realmente no se puede bromear con Helen.

—Sí, claro. Yo la voy a matar, no el cigarrillo.

—Sí. Irónico, ¿no?

Helen me preparó una taza de café y nos sentamos a la mesa de la cocina.

—Bueno, ¿qué hay de nuevo? Me vendría bien algún chisme.

Me reí. No lo pude evitar.

—¿Qué?

—No sé. Chismes.

—¿Qué hay con ellos?

—Es que en realidad nunca nadie tiene un chisme para contar, ¿no? La gente siempre dice «¿tienes algún chisme?», pero si tienen que preguntar, eso quiere decir que no hay ninguno. Porque si los hay, salen de inmediato.

No estaba segura adónde iba con esta conversación, o cuánto quería decir.

—Así que lo que me estás diciendo es que no tienes nada que contarme.

—La verdad que no.

Y en ese momento decidí contarle —justo después de decirle que no tenía nada que contarle—. Simplemente parecía una oportunidad demasiado buena para perderla. Me llevo bien con Helen, pero ella puede ser muy remilgada, y de pronto me di cuenta de que ella se iba a enterar de todos modos, tarde o temprano, y siempre me iba a lamentar de no habérselo contado yo misma, pudiendo elegir el mejor momento. Y el mejor momento era cuando menos se lo esperaba: quería que la expresión de su rostro fuera algo que recordara por siempre, algo que podría describirle a Dave, y quizás incluso a Mark, una y otra vez.

—Hay una cosa graciosa, supongo —dije—. Karen Glenister me tiró una película porno en el buzón, ¿y a que no adivinas quién aparece en ella?

Ella ya ponía esa cara fantástica, como si fuera estrangulada por una mano invisible: los ojos saltones y el rostro de color púrpura. Lo podría haber dejado ahí y aun así habría tenido que respirar profundamente el resto del día para recuperarse.

—¿Quieres saber o no? —dije después de un tiempo, ya que ella seguía en silencio.

—Dime —dijo ella.

—Mark —dije—. Nuestro Mark. Tu sobrino.

—¿Y qué quieres decir con «en una película porno»?

—¿Qué crees que te estoy diciendo? ¿Qué otra cosa podría significar, aparte de lo que acabo de decir? Cuando la gente dice que Hugh Grant actúa en Love Actually, ¿qué quiere decir?

—Sin embargo Love Actually no es una película porno, ¿no?

—¿Y qué diferencia hay?

—No sé. Cuando dices que un actor conocido está en una película, no estás diciendo mucho, ¿no? Quiero decir, no es difícil de entender. Pero cuando me dices que mi sobrino aparece en una película porno… Pensé por un momento que había algo que no estaba entendiendo. Quizás estabas usando alguna frase de doble sentido que no he escuchado antes.

Me quería reír de ella, pero no pude, porque entendí lo que quería decir. Era casi lo mismo que lo que sentí cuando vi por primera vez la portada del video: que había algo acerca de esa foto que no estaba en mi idioma, o que estaba dirigido a gente de otra edad. Me siento de esa manera a veces, cuando Mark mira ese programa de comedia en el que un hombre vestido de mujer dice: «Sí, pero, no, pero…» y Mark se echa a reír.

Ahora que lo pienso, todo este asunto de Mark es como un episodio de Little Britain, porque no sé si es gracioso o no.

—No —dije—. Eso es lo que estoy diciendo. Mark actúa en una película porno como Hugh Grant en Love Actually. Resulta que tiene un pene enorme, y, y…

Helen me miraba fijamente, tratando de escuchar, tratando de entender con todas sus fuerzas.

—Supongo que no sabía qué hacer con él —dijo—. Supongo que no hay mucho que puedas hacer con él, si lo piensas.

—Lo podría haber mantenido dentro del pantalón —respondí.

—Bueno, sí. Por supuesto. No se lo irás a contar a mamá, ¿no?

—No sé. No sé por qué vine, la verdad. Excepto que este asunto del pene supuestamente es hereditario, y Dave no lo tiene. Quiero decir, tiene uno normal.

—Bueno, mamá, no tiene… ¡Oh, Dios! ¿Te refieres a papá?

—Sí.

—Pero él no… no pudo haber tenido.

—¿Por qué no? Yo no lo sé. ¿Tú lo sabes?

—No. Dios. Por supuesto que no lo sé. No. Dios. ¿Simplemente vas a preguntárselo a mamá, así como así?

—No lo sé. Voy a ver cómo me siento cuando vuelva.


Mamá entró, se sentó, le quitó el celofán al paquete de cigarrillos y luego con un suspiro y un pequeño rezongo, recordó que tenía que salir a la calle para fumar.

—Salgo contigo —dije.

—Puedes fumarte uno aquí, si quieres —dijo Helen.

—¿Por qué?

—Bueno, Lynn no viene tan a menudo. No quiero tener que verla a lo lejos a través de la ventana.

En realidad le preocupaba perderse algo, se notaba a la legua. Tomó un platito de taza de té del secador y lo puso en la mesa, como cenicero.

—¿Papá alguna vez fumó? —le pregunté a mamá. Era un comienzo. Quizás siempre le gustó un cigarrillo post-coito, y sería un paso intermedio para hablar de eso…

—No —dijo.

—¿Nunca?

—No sé si nunca. Pero nunca fumó mientras estaba conmigo. Y odiaba que yo fumara. Siempre estaba encima para que lo dejara. Ojalá lo hubiera hecho. Por él, quiero decir. Nunca me pidió mucho, y yo ni siquiera le di eso.

Apagó su cigarrillo disgustada, a medio fumar, como si lo estuviera por abandonar ahora, con cuatro años de retraso.

—Solo te regañaba porque se preocupaba por ti —dije—. Aun así, no había nada de qué preocuparse. Todavía estás con nosotros y fumando a tus anchas.

Pero no había broma que fuera a alivianar la situación —sus ojos brillaban de las lágrimas y lo único que podíamos hacer ahora era arrastrarla de vuelta al presente, lejos de ese horrible pozo oscuro y profundo en que cayó cuando murió papá. ¿Quién era yo para empujarla de vuelta en él? Cambié de tema, y terminamos hablando de cosas sobre las que ninguno de nosotros podría molestarse: por qué mamá no va a la carnicería halal del barrio, si Big Brother es todo ficción o no (Helen tiene toda una teoría sobre el asunto), y sobre la familia, incluyendo a Mark. Le dije a mamá que ahí andaba, todo estaba bien con su nieto en cierta medida, y de repente la vi a Helen, y me pareció que reprimía una risita. Pero no hay ninguna broma al decir en cierta medida. ¿Cierto? ¿Dónde está el doble sentido en eso?


Mark tuvo un hermanito menor, durante casi dos horas, en la mañana del cinco de junio de 1984. Le llamamos Nicky, y nació con un defecto cardíaco, y murió en una incubadora, casi sin llegar a estar vivo. Ya lo he superado, por supuesto que sí, se me pasó luego de un año o dos. Pero pensé en ese bebé cuando vi a mi madre luchando con el recuerdo de mi padre —no solo por el dolor, sino porque pude ver cuán afortunada era yo—. Tengo cuarenta y nueve años, y esas dos muertes, Nicky y mi padre, fueron los peores días de mi vida, y ninguna otra cosa ha llegado a estar siquiera cerca de eso. ¿Qué otra cosa podría incluir? Dave tuvo un accidente de coche y se rompió el brazo, Mark tuvo neumonía de pequeño, pero esas cosas fueron aterradoras por un momento o dos, no devastadoras. Y la carrera cinematográfica de Mark ni siquiera me importaba tanto como esas dos cosas aterradoras. Me he decepcionado, montones y montones de veces —¿y quién no? —pero ni siquiera estaba aún del todo segura de que esta nueva carrera de Mark fuera decepcionante. Como ya dije, podría haber sido hasta graciosa… y algo que tiene el potencial de ser gracioso… Bueno, esa es una categoría totalmente distinta. Si creen que algo puede ser gracioso visto de cierta manera, entonces mírenlo de esa manera.

En el autobús camino a casa, pensé en lo que había pasado desde que me enteré que Mark estaba en un video porno, y me di cuenta de que, al final, todo ha sido bueno. La conversación que tuve con David sobre Steve Laird fue difícil, por un rato, pero terminamos teniendo sexo fantástico. La verdad es que disfruté siendo impertinente con Karen Glenister y, en el autobús, yendo a lo de mamá, lagrimeé un poco porque fui capaz de cambiar algunos recuerdos tristes por otros felices. Si finalmente agregamos el café que tomamos con mamá y Helen (que nunca habría ocurrido si no hubiese decidido, por razones que solo yo sabía, tratar de averiguar qué tan grande la tenía mi padre), puedo decir honestamente que es una experiencia que le recomendaría a cualquiera. ¿Puede ser que esto sea verdad?


Mark se estaba preparando el almuerzo cuando volví, estaba friendo lo que parecía un cuarto kilo de tocino.

—Caramba —dije—. Alguien está muerto de hambre.

Él me miró.

—Sí. Lo estoy. Pero no porque haya estado haciendo nada, si a eso te refieres.

—No hablaba de eso. Cálmate. No todo lo que diga va a tener que ver con ese tema.

—Lo siento.

Lo vi hacer un lío cuando daba vuelta el tocino, y le saqué la espátula de madera de las manos.

—¿Le pasa algo malo a las chicas en esas películas?

—¿Qué quieres decir?

—Si están, no sé, drogadas, o hacen la calle, o algo así.

—No. Esa con la que yo… la que tú viste, Vicky, es agente de viajes. Simplemente se hartó de sus pechos de la misma forma en que yo me harté de… mí.

Hay algunas que quieren ser modelos en topless, pero eso es todo. Al novio de Rachel sí, a él le encanta hacer películas. Quiere ser Steven Spielberg, y esto es lo más cerca que puede llegar por el momento.

—Él es desastroso —dije—. Hace que Carry On parezca Dances with Wolves o algo así.

—Es horrible dirigiendo —dijo Mark—. Pero no quiero parar, ma.

—Oh. ¿Por qué no?

—No me importa que tú y papá se hayan enterado. No lo hacía como una travesura, ya sabes.

—¿Y por cuánto tiempo quieres hacerlo?

—No sé. Hasta que pueda ser independiente, supongo.

—Prométeme una cosa.

No sabía hasta decirlo qué era lo que quería decir, pero cuando me salió de la boca me di cuenta de que era lo correcto.

—Déjalo cuando pase algo peor.

—¿Y eso qué significa?

—Tú sabes. Cuando, no sé… cuando la abuela muera. O si tu papá y yo nos divorciamos o algo así. Retírate entonces.

—¿Y por qué me dices esto?

—No sé. Simplemente siento que es lo correcto.

—Pero ¿no debería ser al revés? Quiero decir… Cuando algo malo suceda, ni siquiera vas a notar esto.

—No. Pero la cosa es que voy a saber que está ahí. No quiero saber que está ahí cuando no me sienta igual que ahora.

—¿Y cómo te sientes ahora?

—Me siento bien. Ese es el tema.

Se encogió de hombros.

—De acuerdo entonces. Te lo prometo. A menos que ya des por descontado que te divorcias la semana que viene.

—No, por ahora estamos bien.

Alargó la mano y nos dimos un apretón. «Trato hecho», dijo, y lo dejamos ahí.


Esa noche, los tres fuimos al Crown para tomar una copa antes de la cena. Solíamos ir seguido cuando Mark estaba en su adolescencia y era una novedad para todos nosotros, pero luego Mark encontró cosas mejores que hacer, y dejamos de ir.

No fue una gran cosa, como si todos decidiéramos que debíamos pasar más tiempo juntos para llegar a conocernos mejor. Simplemente sucedió. Dave dijo que tenía ganas de salir a tomar una copa, y Mark y yo estábamos con el mismo ánimo. Pero me alegré de que, de alguna forma, la película nos hubiera vuelto atrás en el tiempo, en lugar de empujarnos hacia adelante. Habíamos acabado, de alguna manera, haciendo algo que solíamos hacer. No tenía por qué haber sido así. Sea como sea, tuve un momento raro. Es cierto que había bebido cerveza con el estómago vacío, pero mientras David ordenaba la siguiente ronda, y Mark jugaba en la máquina tragamonedas, fue como si saliera flotando fuera de mí misma y nos viera a los tres, todos en nuestros distintos lugares, todos aparentemente alegres, y pensé que me habría conformado con esto cualquier día de mi vida, desde que Nicky murió.

No me habría sido suficiente antes de casarme, pero a esa altura no sabes nada. No sabes qué tan asustada te vas a sentir, a cuántas cosas tendrás que renunciar. No sabes que casi cualquier cosa que se vea bien desde afuera puede sentirse igual de bien adentro. No sabes que así es como debe ser.

Textos

Nick Hornby

(Surrey, 1957) Escritor británico. Ha trabajado como periodista independiente en varios periódicos, como el Sunday Times y el The Independent, y como crítico musical en The New Yorker. Ha sido guionista cinematográfico y varias de sus novelas han sido llevadas al celuloide: Alta fidelidad es, sin duda, la más famosa.
Ilustra

Bernardo Erlich

(Tucumán, 1963) Diseñador y humorista gráfico. Ha publicado en Sátira/12 y La Gaceta de Tucumán. Hay editados tres libros con ilustraciones suyas: Más respeto que soy tu madre, Ana y los patos y El color de mi familia. Actualmente publica una viñeta diaria en Elpais.com, edición digital del diario El País de España.

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