El chico que amaba a la estrella tropical
Santuario de Gilda. LA NACIÓN.

Relato de ficción

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Después de su trágica muerte, Gilda —la mítica heroína de la música tropical argentina— se convirtió en una santa popular para miles y miles de seguidores. La que sigue es la fantástica historia del más devoto de todos sus fieles. Un relato de Imanol Subiela Salvo, a quien publicamos por primera vez.

Un homenaje de Imanol Subiela Salvo

Vos le sos fiel. Leal. Porque Gilda estuvo ahí cada vez que la necesitaste y respondió a todas tus plegarias sin chistar, pero sobre todo porque siempre te indicó cuál era el camino correcto. Gilda te supo devolver la calma después de que le rezaras a la Pomba Gira y le hicieras una macumba a tu vieja. Tenías tus razones. Cuando tu mamá te enganchó bailando el casete Corazón valiente, un domingo a la hora de la siesta bajo la escalera, con el walkman de tu papá bien al palo y con la pollera y tacos de tu hermana, te gritó: «¡¿Qué hacés así vestido, trolo de mierda?! ¡¿Qué hacés bailando la música de esa atorranta?!», y vos no lo soportaste.

A pesar de tener diez años y llamarte Alejandro, sabías que querías llamarte Gilda por culpa de la serotonina que la música de esa cantante liberaba en tu cabeza y esparcía por toda tu sangre. Ahí, debajo de la escalera, fue la primera vez que sentiste qué era el éxtasis de verdad, no el que te provocaría esa pasti cortada con anfeta que te daría tu amiga la Cele en Cocoliche, varios años después, con forma del logo de Chanel, una marca que amás —no tanto como a Gilda— pero que no podés pagar.  

Ese domingo, a pesar de los gritos de tu vieja, seguiste bailando. No te tembló nada. Tampoco temblaste cuando fuiste a ver a la Fifika, esa gitana que vivía a la vuelta de tu casa, para comprarle por diez pesos una estatuita de la Pomba Gira medio en bolas, cubierta de fuego. Sólo necesitaste esos diez pesos, una petaca de whisky que le robaste a tu abuelo y un atado de puchos que compraste por uno con setenta y cinco para engualichar a tu vieja por haberte dicho trolo de mierda y haberse metido con Gilda. Y allá fuiste, con la estatua y las ofrendas, a echarle un rezo, a pedirle que haga algo con tu mamá para que sea menos salvaje con vos. La Pomba Gira no te iba a dejar en banda. De hecho, cumplió. Cumplió demasiado. Le metió un cáncer a tu mamá, la dejó en cama varios meses, y te hundió en un pozo de culpa del que no podías salir. «Me fui a la mierda», pensaste cuando viste cómo tu vieja se iba deteriorando. Hasta que no soportaste y saliste corriendo otra vez a ver a la Fifika para que te ayudara a desarmar el gualicho. 

Pero ya era tarde. Lloraste cuando la gitana te dijo que ella no tenía fuerza suficiente para contrarrestar el poder de la Pomba Gira, que solo una luz celestial y blanca iba a poder hacer que tu vieja mejorara. Así que te fuiste corriendo a la iglesia, pero María Auxiliadora estaba hasta el cuello de plegarias por atender, entonces dudaste de ella, de su disponibilidad para salvar a tu mamá, y te quedaste paralizado. «¿Y ahora qué hago con estas velas celestes y rosas? ¿Me las meto en el culo?», te dijiste mientras volvías caminando a tu casa con la mente llena de remordimiento. 

Finalmente decidiste guardar esas velas y al llegar a tu casa te encerraste en tu habitación y empezaste a armar la valija. La llenaste con ropa de tu hermana y ropa que le habías robado a tu vieja mientras ella estaba internada en el hospital. Esperaste a que todos se fueran a dormir y te pusiste unos tacos cómodos, una pollera negra, una remera de algodón rayada y esa peluca morocha y lacia que usaba tu hermana para disfrazarse de bruja o super estrella pop. Y así, travestida con lo que tenías a mano, con una valija llena de ropa robada, te fuiste a la terminal y te sacaste un pasaje para el próximo bondi a Villa Paranacito: querías visitar el altar de Gilda, porque tu intuición te decía que ella iba a sacar a tu mamá del hospital. 

Viajaste toda la noche en un micro semicama venido abajo y cuando por fin llegaste te fuiste derecho al altar con un rosario bendecido por el cura Pablo, el mismo que te dijo que no podías entrar más a la iglesia con glitter plateado en el pelo, la cara y el pecho. Frente a la imagen de Gilda lloraste sin parar, de rodillas, y le pediste perdón por haberle fallado, por no haber seguido confiando en ella y sí en la Pomba Gira. Le pediste que le saque el gualicho a tu vieja y le dijiste que, si podía hacerlo, te ibas a convertir en su devota más fiel. Como ofrenda, dejaste ahí ese rosario y un rouge MAC que le sacaste una tarde a doña Isabel cuando le hacías los trabajos de jardinería. Te lo llevaste porque sabías que era del color favorito de Gilda.

Ya no podías volver atrás. Decidiste ser una señorita, decidiste llamarte Gilda. Sentiste que no había lugar en tu pasado para tu presente. Ya sin culpa te fuiste a Buenos Aires y al llegar sólo pudiste llamar a tu hermana para decirle que no ibas a volver y que no tratara de encontrarte porque no iba a poder: no sabías cómo explicarle de qué manera llegar a esa pensión de Constitución en la que te habías quedado a cambio de limpiar el lugar todos los días. Nunca más llamaste a tu casa, excepto una vez. Necesitabas chequear que Gilda no te había abandonado. Efectivamente, no lo había hecho. Treinta segundos de conversación con tu viejo alcanzaron para enterarte de que tu mamá ya no estaba en el hospital: estaba mejorando. Se iba a curar. Pero a pesar de eso no volviste porque tenías que saldar tu deuda con Gilda: tenías que quedarte ahí, en Buenos Aires, para tratar de revivirla.

Día tras día le rezaste para que no te dejara sola porque vos no le ibas a fallar. Y para no fallarle empezaste a limpiar casas por hora y cuando sumaste unos billetes después de cientos de horas de fregar la mugre ajena pudiste tener los pómulos, el culo, las tetas y el pelo de Gilda. Estabas lista para traerla otra vez a la vida. Colgaste la escoba y la pala y te subiste a todos los escenarios que encontraste a cantar sus canciones. Es un hecho: te movés y cantás igual. Por eso odiás que haya sido Natalia Oreiro la que apareció en esa peli. Vos te merecías ese lugar, todavía no entendés por qué Gilda te falló en la última parte del plan. A veces, para consolarte, pensás que ella sabe de vos más que vos misma. Y que piensa que nadie, menos Natalia, te va a quitar lo bailado. 

Un homenaje deImanol Subiela Salvo

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Comentarios

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