Merengue
Pánico en el avión. GETTY.

Crónica narrativa

Audio RevistaOrsai.com Merengue

Hay que tener el espíritu muy templado para lograr mantener la calma mientras el avión en el que viajás está atravesando una tormenta eléctrica y no puede aterrizar. Esta historia cuenta el periplo de dos hermanos volando con destino al Caribe y relata con detalles de comedia y ternura el momento exacto en que comienzan a pensar lo peor. La historia la escribe Pablo Iglesias y la interpreta Michel Noher.

Un recuerdo de Pablo Iglesias
Contado por Michel Noher

Me senté con Leo, mi hermano menor, que en ese momento tenía siete años. Lo convencí de que viajara del lado de la ventanilla, explicándole que no podía perderse el paisaje caribeño: visto desde arriba, era una belleza. Y él, confiado, aceptó gustoso. Un traqueteo y luego un sonido a motor gastado de camión avisaba que nos comenzábamos a elevar. Me aferraba tan fuerte de los apoyabrazos que sentía que iban a saltarme las uñas.

Cuando nos estabilizamos en la altura, destrabé una bocanada de ansiedad y comencé a imaginar las playas de harina, el mar turquesa y las palmeras con sus hojas derrumbadas por la falta de viento. Al rato nos trajeron una especie de desayuno que incluía café, jugo de naranjas de bidón, una croissant muy grasosa y algo parecido a un yogur congelado que no me atreví a probar. Me comí la medialuna gigante de Leo también. Una monja sentada al otro lado del pasillo tenía migas sobre un crucifijo que colgaba en medio de dos montañas nevadas por un hábito gris.

Cuando por fin me llegaba el sopor del ansiolítico escuché a Leonardo decir: «Se puso todo negro», e inmediatamente después se encendieron los avisos de ajustarse los cinturones de seguridad. Al final siempre es peor imaginar que ver.

Observé por la ventanilla y constaté que volábamos sobre nubes negras que se arremolinaban sobre sí mismas. Cada pocos segundos todo encandecía, como si el cielo estuviera iluminado por potentes luces estroboscópicas. «¿Llueve abajo?», me preguntó Leo con la voz entrecortada. Le contesté que sí, pero que no se preocupara, que en esa zona llovía cada dos por tres y luego el piloto avisó por parlante que volábamos sobre San Juan de Puerto Rico, que en minutos comenzaría el descenso y que íbamos a atravesar una tormenta.

Dentro de la aeronave el silencio era abrumador, como si todos estuviéramos concentrados en no estrellarnos a pesar de que sabíamos que, en caso de que sucediera, no podríamos hacer nada para impedirlo. Comenzamos el descenso centrifugándonos frenéticamente para, a los pocos minutos, volver a elevarnos por sobre el torbellino.

Luego de dos nuevos intentos fallidos por bajar, nos quedamos dando vueltas en círculos un rato largo sobre el colchón de nubes electrificadas. El piloto volvió a hablar diciendo que iba a esperar un poco a que amainara la cola del tifón. «Eso si no nos quedamos sin combustible antes», pensé para mis adentros y ya no pude evitar que mis manos transpiraran olas.

La monja rezaba aferrada a su crucifijo y las migas le caían en picada desde el pecho. Mi hermanito, en un lento fade, bajó la persiana plástica mientras una lágrima silenciosa comenzaba a rodar por su mejilla. La azafata estaba sentada de frente a todo el pasaje y era tal el esfuerzo por disimular su espanto que su rostro parecía más desencajado de lo que estaba.

El pequeño avión entró en un enorme pozo de aire que me enfrió todo el cuerpo por dentro. La monja me miró y me dijo: «Quédese tranquilo que Jesucristo viaja con nosotros», y no pude dejar de sentir extraño que me tratara de usted. Tuve el reflejo de llamar a mi mamá que estaba sentada junto a mi padre varias filas más atrás, pero me arrepentí.

Pasaba el tiempo y el aparato no conseguía meter con éxito su nariz entre las nubes carbonizadas. Leonardo no aguantó más y se largó a llorar.

De pronto dos centroamericanos que viajaban delante de nosotros se pusieron a cantar merengue, así de la nada: merengue. A mí me pareció muy desubicado y estaba dispuesto a decírselos, pero si abría la boca yo también me iba a descoser en llanto y no se iba a ver tan natural como en mi hermano que era apenas un niño.

Pero el clima, al menos dentro del avión, poco a poco comenzó a mejorar gracias al ritmo alegre de las canciones de los músicos, quienes mientras hacían percusión con los asientos, los bolsos de manos y las ventanillas, nos pedían que cantemos junto a ellos un pegadizo coro. Algunos pasajeros se sumaban tímidos y de esa manera descargaban tensiones, pero yo tenía el cuello duro y la garganta seca, y Leo ya no lloraba sino que soltaba unos chillidos como de chancho.

Uno de los del merengue, desobedeciendo la orden de no sacarse el cinturón, se dio vuelta y arrodillado sobre su asiento, nos miró con una sonrisa que parecía un piano y de manera amigable le dijo a mi hermanito: «¿Oie chico, trajiste las ojotas?». Las palabras «ojotas» y «trajiste» en boca del músico sonaban con la letra jota como una hache aspirada. Leo dejó de gritar y me miró sin entender y el músico repitió: «Sí, las ojotas, para darle a los tiburones cuando caigamos en el agua», y empezó a hacer mímica de pegar chancletazos en el aire. Mi hermano soltó una risa atrevida que contagió a casi todos alrededor, menos a la monja que viajaba con Cristo del otro lado del pasillo. «Eso es chico, eso es», dijo el del merengue y se dio vuelta dando por concluida su misión.

Al siguiente intento y luego de unos cuantos estertores latosos, logramos atravesar la barrera inclemente de agua y viento. En el mismo instante en que el alivio de tocar tierra se convertía en la mejor sensación del mundo, busqué a la monja para agradecerle, pero ya no estaba.

Un recuerdo dePablo Iglesias
Contado porMichel Noher

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