«En política todos garcan, pero los tanos lo hacemos mejor»
Políticos italianos en capaña. EFE.

Crónica periodística

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No es únicamente un chiste que los argentinos somos italianos que hablamos español. Es más que eso. Por eso le pedimos al periodista napolitano Antonio Moschella que nos explique brevemente la crisis política que atraviesa Italia, a ver si así podemos aprender algo. Y el resultado es asombroso. Créase o no, nos dice Moschella que nosotros, en esta Argentina de Macri, estamos mejor que ellos.

Los tanos somos nostálgicos. Hasta en lo más impensable. Hace diez años Silvio Berlusconi gobernaba el país acompañado por la indignación de todo un pueblo en el que nadie admitía haberlo votado. Hoy, ocho años después de su dimisión y tras una serie de gobiernos hechos por supuestas alianzas o acuerdos inimaginales, el empresario más famoso de la península sigue siendo el último primer ministro democráticamente elegido por el pueblo italiano. 

Parece raro, pero es así. Después de él se han alternado Mario Monti, primer ministro tecnócrata, Enrico Letta, Matteo Renzi, Paolo Gentiloni y Giuseppe Conte. Cinco en ocho años, como en las peores épocas de un equipo de fútbol, que trata de cambiar de técnico de vez en cuando para ver si la hinchada está contenta.

Los últimos primeros ministros italianos.

Pero no. En común todos estos hombres tienen el hecho de no haber sido candidatos oficiales antes de las elecciones. 

Es decir que el pueblo italiano nunca ha terminado siendo efectivamente soberano. Una auténtica contradicción para la democracia, aquel gobierno del pueblo en el que un país curtido en una dictadura se debería reflejar. La coalición más bizarra de la historia de mi país, se acaba de derrumbar catorce meses después de haber puesto en el pedestal de la política italiana a un personaje desconocido hasta el junio del año pasado: Giuseppe Conte. 

Giuseppe Conte.

El actual primer ministro no era más que un abogado y un profesor de derecho hasta aceptar su cargo con la mano en el corazón. Su cara campechana y su currículum de hombre limpio chocaban con el histriónico Matteo Salvini (líder del partido político Liga y exministro del Interior) y Luigi Di Maio, ahora ministro de asuntos exteriores, un chico de apenas treinta y tres años que no es más que la cabeza de un gran títere manejado por la enorme sociedad (Movimento Cinque Stelle) creada por un excómico italiano, Beppe Grillo, y el difunto emprendedor Gianroberto Casaleggio. Un personaje neutro y fresco para contentar a todos. El único ganador hasta el momento.

Beppe Grillo.

Ustedes, los argentinos, vivieron más que una dictadura y seguramente no estén viviendo uno de los mejores gobiernos de su historia, pero al menos no tienen que lidiar con las «maxi coaliciones», el gran mal de la política europea. Porque en la política todos garcan, pero los tanos, esos nostálgicos de la retórica, lo hacen mejor.

Las elecciones de marzo de 2018 habían dibujado un tríptico en el que lo único que quedaba claro era el batacazo esperpéntico de la izquierda italiana, cuya tonalidad ya es la de un rojo desteñido tirando a lo políticamente correcto de una clientela cada vez más anciana y anclada a la «Democrazia cristiana», que gobernó durante casi cincuenta años después del fin de la Segunda Guerra mundial. 

Lo que resulta increíble, pero cierto, es que poco más de un año después la izquierda ha «resurgido» de sus cenizas gracias a un terrible harakiri de la coalición de gobierno. Fundado por un cómico —el ya nombrado Beppe Grillo—, el Movimento «Cinque Stelle» no podía no tener destellos de risa, con su representante, el joven Di Maio, hasta incapaz de hablar italiano de manera correcta en público, dejándose los subjuntivos en casa o alardeando una ignorancia somaria como cuando ubicó Rusia en el Mediterráneo. 

En resumen, el intento de gobierno formado por un partido xenófobo, cuyo odio hacia los italianos del Sur se ha convertido en odio hacia los inmigrantes, y un movimiento nacido de internet a base de puteadas, ha durado poco más de un año. Mientras, la izquierda se frotaba las manos viendo cómo sus rivales populistas se hacían la guerra el uno al otro, con una rienda del carro para Salvini y la otra para Di Maio, sin encontrar un rumbo común.

Si en Argentina pulsa firme la inflación, en Italia grita fuerte la incertidumbre. Los gobiernos de ustedes, gusten o no, tienen una identidad y una ideología bastante clara.

Los nuestros son un popurrí desganado de chantas encorbatados que venderían hasta a sus madres. La moneda de ustedes está devaluada, pero a Italia le hubiera pasado lo mismo si no se habría incorporado al Euro, la divisa de la que los «Cinque Stelle» querían huir.

Que quede claro: la Unión Europea no es santo de mi devoción, pero salir de la economía global del continente hubiera sido una bravuconada inconsciente. 

Una alemana vino a desencadenar, por así decir, la crisis política italiana. Pero no se trata de Angela Merkel, que en sus tiempos había sido objeto de ofensa por parte de Berlusconi y que representa el yugo europeo al que el gobierno de Di Maio y Salvini habían apuntado como el gran mal de la economía italiana.

Carola Rackete.

Carola Rackete, comandante del barco Sea Watch, había tenido la osadía de atracar en el puerto de Lampedusa después de dos semanas de negociaciones fallidas con Salvini, que a partir de aquel momento ha trastabillado y ha perdido el Norte, su querido Norte hoy invadido por tantos sureños que en su día fueron mano de obra barata y a los cuales ha pedido que lo voten después de haberlos odiado y bardeado por años.

Ahora, el poder está concentrado en una coalición entre los «Cinque Stelle» y el «Partido Democrático», es decir aquel centro izquierda que, después de una serie de fracasos electorales, se encuentra ahora al mando del país. Mientras tanto, la Lega no pudo obtener nuevas elecciones y tratará de caminar sola a partir desde ahora. 

Así pues, mientras Argentina se prepara para unas nuevas elecciones, Italia se encuentra con un «nuevo» gobierno estancado en los problemas de siempre. Lo que sí nos une es haber sido experimentos sociales de empresarios que han usado el fútbol para meterse en política y convertirse, de paso, en oliGarcas. 

Nosotros tuvimos a Berlusconi, ustedes tienen a Macri.

Las puertas del estadio de San Siro y las de la Bombonera se han ensanchado para hacerlos entrar en algo más grande que una pelota rodando el pasto.

El primero se ha retirado, ya saciado con las tantas copas ganadas y feliz de ser el último candidato directamente elegido por el pueblo italiano. El segundo está tratando de «salvarsi in corner», como diríamos en Italia, después de haber vendido su equipo a buitres internacionales.

Di Maio y Salvini.

Finalmente, el único logro del último gobierno italiano ha sido una alianza entre Di Maio, napolitano y del Sur, y Salvini, un milanés que en su tiempo había coreado cánticos contra los napolitanos. Lo nunca visto.

Pero los tanos somos nostálgicos, y nos gusta la joda y el quilombo, por eso en sus tiempos votamos (aunque nadie lo admita) a Berlusconi, el último primer ministro elegido directamente por el pueblo, allá en 2008.

Mientras, ahora, Di Maio se ha reciclado como ministro de asuntos exteriores. Algo bizarro para alguien que a duras penas habla italiano.



Textos

Antonio Moschella

(Nápoles, 1983) Vive en Barcelona. Es licenciado en políticas y se pasó al periodismo. Nació en Nápoles en plena revolución maradoneana, se dejó guiar por su inquietud y terminó ejerciendo el periodismo deportivo. Colabora con la BBC, Esquire Italia y, desde 2019, con la revista Orsai.

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