Entrevista y perfil

Pergolini, el optimista

«Es un buen momento para hacer lo que se te canten las pelotas.» Es la frase que engloba el proyecto de comunicación de Mario Pergolini y Vorterix. Gonzalo Garcés conversó con él.

Ilustra

Pedro Otero

Mario Pergolini te puede hacer acordar a un avión. Hasta su voz —su inconfundible voz— suena como una turbina. Puede ser agotador, pero la gente que de verdad mueve las cosas en este mundo suele ser agotadora. Por estos días Pergolini hace acordar también a Henry Ford. Una bola de energía, un profeta, un hombre de negocios, un hombre conservador en las costumbres, un corredor de alta velocidad, un showman, un pionero, un optimista. Sobre todo un optimista. Alguien que tiene toda su energía puesta en lo que viene.

Hace poco Pergolini dejó la FM Rock & Pop, que lo tuvo como emblema durante casi un cuarto de siglo. Antes había dejado su programa de televisión más exitoso: Caiga quien caiga, que impuso un formato nunca antes visto en la televisión argentina y fue exportado a media docena de países. Tenía recuerdos y dinero para retirarse a descansar por los próximos cuarenta años. En vez de eso, compró el antiguo teatro de Colegiales, uno de los más antiguos de Buenos Aires —ahí cantó alguna vez Carlos Gardel— y creó Vorterix. Nótese que la palabra no va precedida de un genérico. No se dice la radio Vorterix. Ni el teatro o el canal Vorterix. Es que Vorterix es todas esas cosas al mismo tiempo y un poco más. De hecho, Pergolini aspira a hacer de Vorterix el genérico de un nuevo formato. Alguna vez se dirá: un Vorterix. Como quien dice un champagne o una Gillette. Sin olvidar que el Vorterix original, el primer Vorterix, fue la criatura de Pergolini. O al menos esa es la idea.

Tiene sus contradicciones Pergolini. Alguna vez me gustaría escribir sobre eso. Me parece que este hombre que encarnó para el periodismo al rock, a la actitud del rock, a la impaciencia del rock, a la insolencia del rock, el rock ya no le gusta mucho. «Cuando voy a un recital, después de tres canciones ya me quiero ir», reconoció por ahí. Antes de conversar con él estuve en la cabina de control de Vorterix. Pergolini entrevistaba a Ciro Pertusi, excantante de Attaque 77, el grupo punk cuya canción «Hacelo por mí» le dio el nombre a uno de los programas de televisión más populares que tuvo Pergolini. «¿Cómo te llevás con los horarios?», lo apuraba. «¿Cómo te llevás con el profesionalismo?». A veces Pergolini parece impaciente con la mística de la espontaneidad del rock, a veces con el sentimentalismo del rock. Los conoce demasiado. Son su tribu, donde algunos han crecido y otros siguen repitiendo el mismo riff, las mismas anécdotas, las mismas poses. Como todos los romanticismos, el rock siempre ha tenido dificultades para poner de acuerdo sus actos y su discurso. Me gusta imaginar que a Pergolini, que ha sabido construir tanto sobre el rock, pero que es visceralmente un hombre de moral conservadora y que mira las cosas con dura lucidez, esa disparidad lo ofende en un lugar íntimo, y esto lo convierte en un personaje levemente trágico.

«Para mí esa puesta en escena que hizo siempre el rockero no es tan cierta.»

Como digo, alguna vez se podría escribir sobre esto. Pero no ahora. Cuando se conversa con Henry Ford —con alguien que está empleando su sobreabundancia de energía en cambiar el mundo— hay momentos para indagar en sus grietas interiores y hay momentos para escuchar, simplemente, lo que tiene para anunciar. Este es uno de esos momentos. Pergolini está construyendo algo importante. Algo que tiene que ver con la puesta al día de los medios en la era de internet y que, más que un poco, tiene mucho que ver con ciertas cosas que viene intentando hacer esta revista. Después tocará decidir si el mundo que anuncia nos agrada o no. Por ahora, escuchemos.


—Te escuché decir que antes, cuando veías a dos pibes tomando cerveza a las diez de la mañana, a lo mejor te ibas con ellos…

—…y ahora pienso: «¡Loco! ¿A las diez de la mañana tomando cerveza?». Sí, es verdad.

—¿Te tiene un poco podrido la mística del rock?

—Yo tengo que aprovechar que conozco a los músicos, que sé cómo se comportan en las giras, cómo se mueven en las previas, cómo son cuando vienen a grabar a la radio. Para mí esa puesta en escena que hizo siempre el rockero no es tan cierta. También está bueno decirle esto a los pibes que tienen bandas: que estos tipos cuando se ponen a laburar, se ponen a laburar. Y que es realmente un trabajo. Yo lo entiendo: en la época de los Rolling Stones se grababan esos supuestos documentales en los aviones donde están todas las minas y toda la fiesta. Y después te enterás de que era mentira. Suelo contar que cuando me lo encontré a Keith Richards (cuando los Stones vinieron a Buenos Aires), él venía con su «destornillador» en la mano, no se podía hablar bien con él porque caminaba medio arrastrándose. Entonces deja su bebida sobre una mesita de luz. Y yo digo: «Voy a tomar del trago de Keith Richards». ¡Y no tenía alcohol! ¡Era un jugo de naranja!

—Keith Richards haciéndose el borracho, y solamente para vos.

—Sí, pero después me pregunté: ¿qué necesidad tiene el rock de esto? Yo siempre, a fin de año, hago una arenga radial sobre que estudiar está bueno, que hay que felicitar a la gente que estudia. Porque las cosas no salen de pedo. Nada sale de pedo.

—Quizá el rock está para eso: yo no puedo vivir en el reviente, pero tengo nostalgia del reviente, entonces lo vivo a través del rock.

—Es imposible condicionar un hecho artístico a un análisis como ese. Decir: «Esta es la esencia del rock». No, yo entiendo la esencia del rock y todo eso. Pero el tener cierto acercamiento con los músicos me permite que ellos no vengan a jugar conmigo el papel que quieren jugar. Acá no viene Juanse y habla con la boca pastosa. ¿Entendés? Entonces me parece que se vuelve un poco más normal el hecho.

—Suponete que yo nunca me conecté a internet. Que me congelaron en el noventa y cinco y me descongelaron hace cinco minutos, y te pregunto: «¿Qué es Vorterix? ¿Qué tiene para ofrecerme que no me pueda dar una radio, un canal de televisión o un teatro?».

—Es una mezcla de medios. Si querés disfrutar un concierto, te lo damos en varias formas. Si te estás moviendo, te lo doy a través de tu celular. Si estás escuchando la radio, aunque no tengas la imagen, la experiencia auditiva te va a conformar. Si tenés un Smart TV te doy un montón de elementos para poder verla en vivo. Y además es un teatro. Es una experiencia como espectador de conciertos en un buen lugar. Es un gran sistema que hace que estés con nosotros con contenidos propios. Nosotros generamos nuestros propios contenidos. Si Los Cafres sacan un disco, está bien, vas a poder ver el video en un Smart TV, un celular, lo que quieras; pero también tenemos un estudio de grabación con ocho cámaras, donde vas a escuchar la versión distinta o tenés la experiencia para verlo en el teatro. Y si no estás en ninguna parte cercana al teatro como para verlo, por internet vas a poder ver esa experiencia. Nosotros intentamos que para cada hecho de contenido que tengamos puedas tener muchos deliveries distintos y que cada experiencia te parezca única e interesante. Si venís al teatro, vas a estar en un hermoso lugar donde te van a respetar como usuario del lugar, donde vas a tener buenos baños, no te van a subestimar por escuchar Predator Killers, junto con fetos de cuatro meses. Te vamos a tratar como si estuvieses en el Colón, lo más serio de lo serio. Vas a tener aire acondicionado, vas a tener un buen sonido…

—Solés decir que sos muy competitivo. Pero siempre competiste con gente que estaba haciendo algo parecido, y en medios equivalentes: Tinelli, Lalo Mir… Pero ahora no. Ahora, con Vorterix, de algún modo estás solo en la cancha. ¿Cómo te funciona eso?

—Es que la mirada hacia mí como personaje público sigue siendo televisiva y radial. Entonces me parece que en la televisión, al salirme del juego, ya logré no sentir competencia alguna. Me gusta que me comparen con otros, porque eso quiere decir que, en un punto, mantengo cierta actualidad, quiere decir que lo que hice puede seguir entendiéndose como vigente. Además soy básicamente competitivo. Pero no es para decir: «¡Eh, viste, gané!». Me estimula la competencia. Me pone feroz, me pone con ganas, me da un sentido. Pero otra gente no es así. Lalo Mir, por ejemplo, un gran referente para mí, y un tipo con el que competimos a la mañana. A él le da lo mismo estar primero, él es feliz haciendo radio. Yo soy feliz haciendo radio, pero necesito ponerle esa presión comparativa.

—Y cuando ganás, ¿qué te pasa?

—Ah, ni lo disfruto. Digo: esto es totalmente momentáneo, no sirvió para un carajo.

—Pero insisto: no hay otro proyecto como Vorterix. De acuerdo, hacés radio, pero imagino que para vos la medida del éxito tiene que ver con el paquete entero.

—Que una radio sea al mismo tiempo un teatro es un cambio indudable. Ayer tocó Crashdïet, hoy tocó Skay, los próximos días tocan Jauría, Satan Dealers, Crystal Castles, Gary Clark Jr., Symphony X, Marky Ramones Blitzkrieg… Hasta los músicos nos piden fechas, y nosotros decimos vos sí, vos no, vos todavía no estás para tocar… Así que en un punto ese lugar ya lo hemos conseguido. ¿Pero con qué lo voy a comparar? ¿Con el teatro Metropolitan?

—¿Con internet?

—Bueno, ahí sí tengo una batalla que librar, porque hay mucha gente que quiere brindar streaming, pero no lo hacen desde un lugar identificable. Clarín lo está haciendo con algunas fiestas electrónicas. Pero yo tengo que hacer una plataforma de entretenimiento. Que la gente entienda que somos un genérico.

—Con Vorterix te sacás de encima a muchos de los intermediarios del negocio. ¿Cómo funciona eso?

—Se podría decir que ahí hay que reorganizar un poco las cosas, porque la tecnología está yendo muy rápido. Yo creo que en las dinámicas tecnológicas, cuando están en un punto primario, lo primero que salta a la vista, lo primero que asusta, es que eliminarán al ser humano. Que reemplazará a los humanos por máquinas. Incluso ocurrió en los comienzos de la era industrial. Y ahora, en la estructura del capitalismo del entretenimiento, se están encareciendo ciertos aspectos. O el artista está teniendo menos retribución. El que genera contenidos está teniendo menos retribución, por culpa de cosas que en una época estaban bien, te ayudaban, te hacían crecer: editoriales, discográficas, grabadoras. Hoy en día nos estamos sacando de encima esas estructuras, no por antojo, sino porque no son necesarias. Mis cámaras son robóticas, no tengo un director. Los contextos burocráticos tradicionales me dicen: «Bueno, esto se tiene que encuadrar por legislación laboral dentro de algo». Y yo digo: «¿Por qué no pensamos una nueva?» Indudablemente, acá hay un montón de actores que van a querer jugar, pero no pueden jugar. No rompan más las bolas con querer jugar. Yo lo lamento, pero así como alguna vez yo seré obsoleto, ellos ahora son obsoletos.

—Un caso puntual serían las discográficas.

—Las discográficas se están metiendo ahora en el negocio 360. Dicen: «Sí, yo te voy a dar inversión de marketing para que tu disco se venda, pero si tu disco no se vende tanto como fue mi inversión, necesito sacar plata de otro lado que vos me proveas: dame plata de tus conciertos. Dejáme organizarte el concierto». ¿Y no habrá llegado la hora de decir que, en cierto punto, todos podemos ser independientes, con la forma de delivery que hay? No saques tus beneficios de mi precio de entrada ni de mi precio del disco, porque indudablemente no me estás ayudando tanto con la distribución, ni me estás llevando gente a mi concierto.

—De acuerdo. Pero el que empieza, el que todavía no lleva gente por la fuerza de su nombre, ¿cómo hace?

—Claro, el que empieza necesita mecenas. A lo mejor es parte de la discusión que tenemos que tener. Este intermediario, ¿dónde está? Hay que discutirlo. Es como el hecho de legislar. No se preocupen tanto por legislar internet. Con la ley SOPA y esas cosas. Les va a ganar la dinámica. Entonces, ¿por qué no trabajamos sobre los contratos de fideicomiso? Van a venir los intermediarios y van a decir: «¿Y mi parte?». ¡No está tu parte! No es una cuestión de avaricia o de tener más concentrado el mercado entre menos personas.

—Es que son innecesarios.

—Son innecesarios. A lo mejor eso abarata. O no. A lo mejor nuestra codicia dice: sigamos vendiendo a quince dólares un disco, aunque realmente tengamos más ganancias.

—¿Y las productoras de cine, o de ficción televisiva?

—Si seguimos viendo a las productoras como generadores de contenido y a las televisoras como simples carriers, bueno, indudablemente la productora va a seguir siendo necesaria, y entonces eliminará a sus propios intermediarios. Yo creo que tenemos que replantear seriamente esto. Yo no digo: matemos al intermediario. Digo que hay intermediarios que ya no forman parte del juego.

—¿Traés la buena nueva, entonces?

—No sé cómo mezclar lo que preguntás con lo que pienso, pero creo que una buena idea, en este mundo globalizado, realmente te puede salvar. Ya no importa de dónde vengas, ni siquiera importa tu edad. Lo demuestran los jueguitos y las aplicaciones. La virulencia de las cosas. Es un buen momento para hacer lo que se te cante las pelotas. Porque nada está garantizado. ¿Entendés? No tenés garantizada ni siquiera la estabilidad europea. Entonces, si nada está garantizado, reprimir lo que querés hacer realmente es de pelotudos.

—Pero la buena idea, en este caso, la tuviste vos. Y vos querrás aprovechar que llegaste antes. Copar esta parte del mercado para que, cuando otros tengan la misma buena idea, se encuentren con que el actor principal ya es Vorterix.

—Mi buena idea fue a lo mejor haber fundado la productora Cuatro Cabezas, y que me sació el problema (que para la mayoría existe) de acumular un poco para poder hacer lo que se te antoja. Yo tengo esta realidad porque puedo hacer lo que se me canta. Porque tuve otra buena idea. Y es verdad, cada vez va a ser más difícil que eso suceda. Encontrar un lugar. Poner una radio en internet. Bueno, la tecnología para eso es bastante sencilla, no se necesita mucho. Pero, ¿cómo hacés para destacarte entre todos? Yo entiendo que ahora se crea un nuevo problema, que es cómo destacarte dentro de todas esas herramientas accesibles.

—¿Cuál fue tu valor agregado?

—Tuve la ventaja de que mi buena idea ocurrió en una etapa apenitas menos digital que la de ahora, pero me dio la tranquilidad para patear el tablero y decir: voy por la gloria. Yo no tengo hambre. Cierta burguesía que he adquirido me permite hacer este tipo de cosas. Y eso lo entiendo claramente. Entiendo que puedo llevarlo adelante porque tengo un gran problema solucionado. Por ahora. Todo esto se puede ir a la mierda o yo ser un mal administrador. Yo no tengo la respuesta para el que empieza, no sé cómo tiene que hacer para lograrlo.

—¿Cómo es la vida ahora, entonces?

—Yo volví a recuperar el entusiasmo. Hace cinco años, cuando me bajé de la productora de televisión, estaba muy enojado, me sentía ya muy mediocre, dieciséis años haciendo lo mismo. Y me empezó a pasar también con la radio. Yo encontré en esto un nuevo entusiasmo. No sé a dónde me va a llevar.

—Por lo menos, imaginálo.

—Mirá: hoy en día, con la misma tecnología de Vorterix nosotros estamos transmitiendo congresos. Si podemos apuntarle con la cámara a un transpirado y loco rockero, también podemos apuntar a un médico en simultáneo. Y vos elegís qué querés ver. Hemos transmitido el congreso de cardiología. Actualmente estamos también haciendo e-learning de materias o carreras que jamás habían podido aprovechar el aprendizaje electrónico a distancia. Tenemos un convenio con la Universidad de Buenos Aires por el que estamos haciendo doctorados que antes no se podían hacer y que ahora, gracias a las imágenes en alta definición, sí se puede. Implantes bucales, por ejemplo. Podemos hacer, con la tecnología de Vorterix, con buena iluminación y cámaras HD, clases de e-learning que antes no se podían realizar. Y todo bajo un concepto de entretenimiento.

—¿Has dado clases sobre esto?

—Estoy aprovechando un poco para evangelizar. Si bien para mucha gente es claro el concepto de Vorterix, o puede ser por lo menos entendible, es muy complicado explicárselo a la gente que hace rato que está en el medio, a los gerentes de marketing que han pasado de los cincuenta años… Por eso creo que si voy a universidades y se lo cuento a un montón de gente, a esas futuras personas con poder de decisión, los voy a tener de alguna forma adiestrados.

—¿Y cómo serán remunerados, en este nuevo sistema, los que producen contenidos?

—El otro día di una charla sobre esto. Yo creo que el que está en serios problemas es el escritor. El guionista.

—Claro, porque no tocamos en vivo…

—No tocan en vivo y además siguen pidiéndole al usuario que no sea ansioso, que se tome su tiempo. Es verdad que el libro tiene pausa, los textos tienen pausa. Pero no sé, hay algo de otra época. Mirá el blog. El blog parecía que había dado lugar a un resurgimiento de la escritura, pero se lo consumieron como al grunge. En dos años, tres años. La literatura en sí te pide, en cierta forma, que seas un poco analógico. Y va a ser muy difícil que resulte atrayente para las nuevas generaciones. Ni siquiera la portabilidad del kindle o del Ipad les ha dado ese encanto todavía. Yo creo que están en serios problemas los escritores. Pero no sé… Tampoco se venden muchísimos menos libros.

—No. Pero seguimos teniendo el problema de matar al intermediario.

—Falta el nuevo Gutemberg, la nueva imprenta. Que el tipo pueda generar su propia interface para dársela a la gente. Su propio libro.

—Sin embargo, cuando aparece un libro que muestra cómo vivimos la tecnología, la gente suele leerlo con pasión.

—Sí, igual es raro. A lo mejor mueren los escritores. A lo mejor mueren definitivamente. Pero siempre vamos a necesitar a alguien que escriba los contenidos. Yo me doy cuenta de que los mejores momentos de Vorterix siguen siendo cuando encontramos un buen relato. Un buen relato lo suplanta todo inmediatamente. No tenés ni que ponerle imágenes. Ocurre cuando leo al aire un buen cuento, o cuando inventamos literatura muy corta en nuestros separadores. Y la gente sigue escuchando historias. El que tenga con qué destacarse, se seguirá destacando.

—Los músicos, en cambio, tienen la oportunidad de tocar en vivo, de grabar acá mismo, de ser parte del proceso.

—Sí. Ahí el problema será cómo vamos a desarrollar nuevos artistas que se vuelvan masivos. ¿Cómo lo haremos, si continúa este avance en donde las cosas se viralizan de una forma que todavía no entendemos bien por qué? ¿Cómo se hace, en un mundo en el que tener cincuenta millones de clics a veces ni siquiera significa que te conozcan? Me acuerdo una vez, en internet, que un video de un abuelo que hacía reír a su nieto tenía como setenta millones de clics. Pero yo creo que si nos cruzamos con él, con ese viejo, no lo reconocemos. Si un programa de televisión tuviera setenta millones de espectadores, estaríamos hablando de un gran éxito. Pero yo estoy seguro de que si ese abuelo se pasea por la calle, nadie diría: «¡Ey! ¡El abuelo!» Tener tremenda masividad ni siquiera garantiza que puedas trascender un poco. Es tan momentáneo. Incluso cosas que creíamos que iban a transcender. Tuvimos un momento de explosión y nos cansamos, ya está, ya lo viste, ya pasó. Lo mismo le va a pasar a los artistas. Pasan, se los consumen, se los devoran, se los tragan. ¡Es muy loco! Estamos en cosas totalmente masivas y totalmente efímeras.

—¿Leés diarios o revistas?

«Los hijos me volvieron más conservador. La experiencia no la podés trasladar. Lo comprobé cuando era hijo y lo compruebo ahora que soy padre.»

—No, porque ahora me queda muy viejo. El diario que leí desde que salí de la radio y antes de llegar a casa, va a estar todo publicado mañana. Mis noticias las saco de mixes. Y también me he armado mis propios programitas para que me vayan dando lo que quiero. Hay programas en los que ponés: «Dame todo lo de política internacional, todo lo que vaya pasando en mi país», y te van dando un resumen específico de lo que te interesa. A veces te quedás un poco afuera y siempre estás viendo lo main. Entonces intento ver si puedo navegar por otros lados. Pero creo que está tan accesible la actualidad que ya no veo demasiada actualidad. Porque sé que la tengo siempre a mano. Y me he especificado más en lo que me interesa, o en ciertos lugares donde sé que voy a encontrar cosas que me gustan. Tengo todavía mis rinconcitos, incluso virtuales, donde digo: «Ah, qué bueno, nadie viene por acá».

—¿Qué otras cosas leés?

—Leo muchas cosas científicas. Soy un fanático de Newton, del libro Una breve historia de casi todo de Bill Bryson… Y esto me llevó a alimentar más el «no creo». Mis hijos no fueron muy educados en la fe. De lo que no hay duda es de que el concepto de familia que armé con mi mujer es bastante parecido a lo que indicarían todas las tradiciones, inclusive las religiosas. Mi mujer es una mujer de fe. Y pudimos convivir. De vez en cuando, intento alimentarle la duda…

—¿El hecho de haber sido padre te acercó a la religión?

—Me gusta animar a mis hijos a dudar sobre si pueden existir o no las religiones. A veces me voy de mambo, mi mujer lo pone un poco en perspectiva, me explica la tranquilidad que te puede dar creer en algo más supremo… Pero no… Los hijos me volvieron más conservador. La experiencia no la podés trasladar. Lo comprobé cuando era hijo y lo compruebo ahora que soy padre. Creo que hay ciertas cosas que miro desde el lado más conservador, aun entendiendo cuáles son las pulsiones que te llevan a ir en contra de las cosas lógicas a cierta edad… Te diría que soy bastante pretoriano en la educación. No digan malas palabras. Sean agradecidos. Y por sobre todas las cosas, sean decentes.

—¿Qué cosas son indecentes en la tele de ahora? ¿Qué cosas están mal?

No sé si están mal. No sé si el medio en sí está mal. Es la primera vez, después de Edison, Tesla y los primeros revolucionarios de la radio, que realmente hubo un cambio del usuario. El usuario ha cambiado. Un día, una generación entera se dio cuenta de que habían cambiado las velocidades. Que ya no iban a esperar.

—Como esperábamos nosotros cuando éramos chicos.

—O no tan chicos. Yo tenía veintipico de años y esperaba a que MTV me pasara a los Rolling Stones. Me quedaba una hora en un boliche, esperando que pasaran un VHS, videos de bar, una hora y media, hasta que decía: «¡Uh boludo, los Stones! ¡Los Rolling Stones!». Incluso cuando ya tuvimos cable, y acceso a casi todo, decíamos «voy a esperar». Esperábamos con la radio prendida a que nos pasaran el hit. Hoy el usuario cambió. Porque dice: «¿Un video de los Rolling Stones? Lo veo cuando se me cantan las pelotas». ¿Todos los martes a las diez de la noche pasan Caiga quien Caiga? El pibe hoy en día dice: «Mirá si voy a esperar al martes a las diez de la noche… ¡No, que pasen cien mil Caiga quien Caiga y los veo a todos juntos!». El usuario abolió un poco la televisión de agenda que proponen los medios convencionales. ¿Cómo hace la televisión para atraer como nos atraía antes a nosotros? El lunes a las diez te pasan, en estreno, esa película que hace tres años ya viste en el cine. ¡Estreno en la tele! E incluso así El mundo del espectáculo hacía veintipico de puntos de rating. Hoy le decís a un pibe: «Mirá que el miércoles vamos a pasar la última de James Bond» y el pibe te dice: «Pelotudo, me la bajé dos días después de que se estrenara en Estados Unidos».

—¿Por qué cambió el usuario?

—Porque ahora tiene un conocimiento que nunca pensamos que llegaría a tener. Hace cinco años cualquier padre le decía a sus hijos: «Estudiá computación». Entendían que estudiar computación era ser un usuario de la computación. «Que la computadora no te gane», esa era la idea general. Mi hija Valentina, que va a cumplir ocho años, tiene un montón de códigos sobre lo que mis padres entendían como «estudiar computación». Valentina entiende cómo abrir una computadora, sabe poner una dirección en internet, es decir, utiliza la interface para lo que es útil. No sabrá lo que es un excel, bueno: lo aprenderá con el tiempo. Tendrá herramientas útiles. Pero el genérico aquel de querer estudiar computación es ridículo. Hoy a nadie hay que decirle andá a estudiar computación.

—Es un tema de códigos comunes.

—Todos tenemos un montón de códigos que conocemos. Un triangulito es play, un cuadradito es stop, dos barritas es pausa. A mi hija a veces le muestro algo en la televisión y tiende a tratar de expandir la imagen, como si fuera una tablet… El usuario ha cambiado porque tiene información. Y esto ha modificado la agenda, ha trastocado los tiempos. Nos estamos comportando como adolescentes, incluso los adultos. «¡Lo quiero ya! ¡Para qué, no me importa, pero me bajo la discografía completa!». Descargamos un montón de cosas al pedo.

—Entonces, ¿cómo hace el medio tradicional para decirle a la gente: miráme?

—Le da cosas populares. La televisión no cambia la berretada que está pasando ahora porque sí. Estamos esperando que emitan las buenas series, los buenos documentales, en los países donde todavía se hacen grandes inversiones. La televisión local no tiene forma de competir contra esas estructuras. Por eso tenemos paneles de diez personas en los programas de deportes, en los programas de entretenimientos, en los programas de opinión política… Todo es masivo, utilizan el sistema de repetición. Ponen a Francella haciendo siempre la misma comedia de Francella.

—¿Solo la tele pasa por un momento de confusión?

—No, lo mismo le pasa a la radio. Cuando yo hice Malas compañías, un programa nocturno, llegamos a tener el setenta y ocho por ciento de la audiencia. Hoy en día, la noche es un horario totalmente marginal en la radio. La masa crítica completa de las FM, a las nueve de la noche, será como mucho de diez mil personas, y están en internet. Nosotros tenemos más gente escuchándonos online, a la noche, que escuchándonos a través del viejo y querido receptor de radio. El cuarenta por ciento de la gente que nos escucha a la mañana lo hace a través de algo que no es una radio. Pero si vos le preguntás a alguien qué está escuchando, te dice: «La radio». Y vos decís: «No veo ninguna radio». «Bueno, es el celular». El medio no pudo acompañar el cambio violento que tuvo el usuario. Y se va a quedar siempre atrás.

—¿Cómo reacciona Vorterix a este panorama?

—Dentro de poco vamos a lanzar la aplicación para televisores inteligentes. El que tenga un Smart TV tendrá un canal que emitirá Vorterix en vivo, sin pasar por una computadora, sin pasar por una asociación con un cable, sin tener Televisión Digital. El año pasado una sola marca de televisores, una marca líder, vendió en Argentina doscientos cincuenta mil Smart TV. No son tan pocos, y serán muchos más. Cuando el gobierno planifica lo costosísimo que es poner la Televisión Digital, a nosotros nos sale un cinco por ciento de esa inversión. Y siempre estamos llegando tarde al deseo del usuario, porque el usuario está marcando cómo mierda van a ser los medios que, hasta ahora, entendimos como tradicionales.

—¿Es la muerte de la radio?

—No es loco pensar que, en tres años, la radio como la conocemos actualmente, desaparezca. Hablo de esa radio en la que hay que poner una antena que sale doscientos mil dólares, con un amplificador que sale otros trescientos mil dólares, que tiene que ser mantenida por un montón de gente… Esa va a desaparecer, porque no tiene sentido. La radio va a estar arrumbada al lado del VHS y del fax. Cuando Gutemberg inventó la imprenta, se tardó cincuenta años más para que todos los libros estuvieran en Europa. Cuando se inventó el teléfono se tardaron diez o quince años para que todo el mundo entienda al aparato telefónico como un commodity. Cuando salió el celular, tardamos seis años en adoptar la tecnología. Desde que salieron las nuevas interfaces de Smart TV, solamente tres años.

—¿Qué significa esto, Mario? ¿Que ya no se puede planificar a largo plazo?

—No podemos planificar a más de cuatro años. Como dice una charla TED que fue bastante famosa, ni siquiera podemos planificar la educación a más de cuatro años. No sabemos qué forma de adquirir conocimiento van a tener los chicos. Entonces ¿por qué voy a volver a un medio tradicional? Si tuve una visión, si combiné cosas, si esto está funcionando… Me ofrecen volver a la tele. Les digo: «¿Para hacer qué?». Y me dicen: «Cualquier cosa, no importa». Yo les digo: «Sí que importa». El contenido es el rey.

Textos

Gonzalo Garcés

(Buenos Aires, 1974) Novelista y crítico literario argentino. Estudió Letras Modernas en La Sorbona y publicó por primera vez en 1997. Colabora en medios de España y América Latina como La Nación, Clarín, El Mercurio, Reforma, Brecha, Quimera y Letras Libres, entre otros. En el año 2000 obtuvo el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Más en Wikipedia
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Pedro Otero

(Buenos Aires, 1979). Es fotógrafo editorial y publicitario. Trabaja en la revista Access DirectTV. También dirige cine. En 2008 ganó el primer premio del concurso de cortometrajes Georges Méliès.