Relato de ficción

El murciélago

Antes de morir, Aurora Venturino nos dejó un cuento inédito que publicamos en la Orsai número 9. Nos sentimos orgullosos.

La iglesia catedral domina todo el predio y sus torres son vecinas de cúpulas, terrazas y techumbres. Por las noches vuelan los murciélagos que habitan en esos sitios antiguos. Chillan cual las arpías de los banquetes griegos. Cada tanto los obreros fumigan los interiores votivos, pero ellos siempre vuelven con sus alas de paracaídas, alitas plegaditas al colgar cabeza abajo.

No es posible negárseles cierta belleza en el despliegue…

Los murciélagos deben ser católicos pues durante las ceremonias sacras ni pían y acaso recen. Existen actos secretísimos en las especies y los reinos naturales.

Una vez vi a Drácula en el Coliseo Podestá.

Iba con Dinorah, una amiga en tiempos borrascosos de la dictadura de Videla.

Mes de agosto feo.

Dinorah padecía la ausencia de su sobrino Carlitos y yo padecía la ausencia de mi juventud. En realidad, las dos habíamos madurado en el terror de la ciudad sitiada.

A poco, el Coliseo caería en opacidad de derrumbe cual casi el total de nuestros valores ciudadanos.

Vuelvo al caso del quiróptero sentado en una butaca de la última fila: un señor envuelto en una capa de tela de avión negra y lustrosa. Batía su capa española arrebolada por vientos propios; sus vientos antiguallos que insistían en levitarlo arriba hasta las pinturas del plástico Speroni, abuelo de Roberto Themis.

A tope de carrera, huimos. Afuera llovía en los páramos edificados por los gendarmes.

Llegamos al Palacio de Cristal vecino, donde Dinorah habitaba su departamento.

Cerramos la puerta y oímos el golpe contra el vidrio de la ventana. El murciélago yacía en el alféizar del balcón.

Dije a mi amiga que viera la sombra larga proyectada en la portezuela de vitrales. Y no…

Opinó que fantaseaba, pero tembló.

Atribuyó los hechos al terror implantado por el gobierno ruin.

No volvimos sobre el asunto.

Carlitos regresó mordiendo el hueso de una pata de pollo que alguien, apiadado, le ofreció mientras volvía a su casa andando.

Lo abandonaron las bestias del duelo, después de torturarlo.

«El murciélago» era el vals de Strauss más precioso y rítmico. Luis, en épocas insuperables de amor y desamor quería asistir al Colón conmigo a ver, oír y sentir la ópera. Imposible sumado a otros imposibles. ¿Qué mal cabía en eso?

Aunque trate de orillar el tema, se impone en atropellada de ganado chúcaro y no hay alambrada que lo sujete.

Escribo demasiado en tiempo de antes.

No hay barreras de contención posibles de aquellas tardes que puedan confundirlas en la niebla, en sus neblinas opresoras, en la pena, la lluvia, el más allá.

No obtuve una sola señal que fuera suya, objeto mínimo a la fotografía.

Y me he preguntado si no habrá sido pura imaginación…

No fue. Guardo un pequeño libro de sonetos nicaragüenses. Lo único valioso del minúsculo texto es su contacto y el perfume conservados tantos años.

Compró el poemario en México, en viaje con el equipo de fútbol que fundó. «Para tus manos de poeta», me dijo.

Supe que su hijo mayor falleció.

Antes, hablé con él por teléfono y quedamos en que me invitaría a cenar.

Le pediría una foto. Una semana ilusioné.

Vino la contrapuesta de su mujer.

A veces, confieso, soy cursi.

Cursi, puse el disco de pasta en el fonógrafo de colección, que aún funciona.

Roló «El murciélago» de Strauss y el viaje a Viena, y sus calles inundadas de Danubio Azul.

Naufragaba de azul y de ilusionado olvido.

La noche entró al hall de la Ópera de pasos encima de las alfombras; el silencioso divagar de los espíritus.

Confundí a un ciudadano elegante que estaba parado dándome la espalda, en el silencio mullido y se dio vuelta: «Lamento no ser Luis».

Humedecí dos pañuelos arrebujada en la butaca de felpa roja.

Fumaba con elegancia de una boquilla de nácar un cigarrillo; seguramente en el sur del mundo haría lo mismo…

En el sur del mundo evitaría vivir por una temporada. Vería…

No quiero regresar al punto de partida.

Luis:

«Tendríamos una casita cerca del mar y ‘El Murciélago’ de Strauss».

A pesar de la consciente levedad de cualquier proyecto que un vientecillo suave derribaría, insistíamos en crear ciudadelas de arena, instalarnos en los paisajes diseñados con carbonilla fáciles de borrar, con almohadilla de segundo grado.

Cuando leí El Proceso, de Kafka, supe del edificio y sus circunstancias, del esfuerzo inútil por conquistar el universo ajeno.

Me dividí en dos. Una de las porciones correspondía el querer con desesperación; la otra, el deber con desesperación, y me dediqué a la última pero sin poder separarme de la primera.

De tal manera desequilibraba, que me borraron del mapa con la almohadilla escolar y perdí como El jugador, de Dostoievski.

Los amaneceres descubrían mis ojos abiertos como platos playos; mi corazón sangrante cual achura de vaca en la carnicería.

Febriles horas del fin de adolescencia despuntando a la juventud pesarosa, lógica y matemática porque dos más dos es cuatro. Y un hombre casado es de la sociedad organizada a la que no renunciaría por intereses creados en el medio social donde nació y al que volvería indefectiblemente luego de cada tarde a las cinco.

Pero pasan las horas encimadas a los calendarios y permitimos la repetición de los encuentros, tal vez por consideración de una de las partes; la otra sigue en Babia y concurre cual escolar al tercer recreo, el recreo largo, así es de inocente…

En años y años se sienten cercados por ceños fruncidos que lastimarán al ceño débil de ella.

Distraído, el señor disminuirá citas a la prestada por un amigo, casita de amor.

Los años, los meses, los días corren con la velocidad de los caballos del hipódromo ganadores; ya no hay bolso ni bolsillo que contenga las monedas del amor de él, que será el último; el de ella es el primero. Él no resistirá el golpeteo del prejuicio y además, añora la comodidad de la cama camera conyugal, la mesa puesta y la bañera con espuma.

Ella entiende que ha perdido un tiempo escolar de inicio universitario, aunque comprenda que dada su edad, será recuperable.

Lo angustiante: nunca lo olvidará.

Fueron demasiados los encuentros y los besos; los versos repletarían un tomo grueso, tal la guía telefónica y sus encantadores.

Gimoteará en los últimos bancos de la sala enorme de Humanidades cuando expone Arturo Marasso; en el Aula Magna reflexionará cuando exponga Coriolano  Alberini.

«Cuando vea a Cristofredo Jacob le contaré mi aventura; en el Museo de Ciencias Naturales le descubriré la filiación del aventurero.»

«¡Oh!», exclamó. Habló luego con acento germánico porque nació en Baviera.

«Usted no debió ser tan débil y accesible, y se ha dejado deslumbrar por uno que se las sabe todas… No insista en la tontería, nena, vuelva a ser usted misma y a otro capítulo de otra historia.»

Le hice caso. Me encaramé a la colina de un orgullo desmedido que será mi ánima.

Soy cual un castillo enclavado en el mar, cuyo puente, levado, ya no permitirá salir del interior de madera y hierro.

En la profundidad razonante, sí que elegí la actitud dura de evitar cualquier obstáculo que distrajera la consecución de un fin absolutamente intelectual.

A propósito traigo a colación a Kant, mi filósofo dilecto.

Cuentan que el autor de Crítica de la Razón Pura lucubraba difíciles silogismos porque filosofaba Sócrates y se advertía exigente de estado de ánimo precisado de amplios territorios.

De repente, atacó al pensador la neurosis causada por algo del horizonte que señaló a su mucamo.

Era un árbol que interrumpía al llano y que lo interrumpía.

Impulsado el mucamo por el mandato de su amo encolerizado, corrió al lugar con un hacha y atacó al árbol que cayó en el pasto ralo del predio, ahora liso.

Recobró su paz el filósofo y siguió por los rieles de las tres premisas silogísticas, sin furia ni esfuerzo.

En mi horizonte liso rendí siete materias en diciembre.

Rendí Práctica de la Enseñanza en un cuarto año de la escuela «Miss Mary O’Graham», cátedra del doctor Alfredo Calcagno, quien notó mi cierta emotividad.

«Nada de eso, las niñas son adolescentes.»

Me contuve.

Me acordé que en esa escuela dictaba Higiene, Luis. Acaso se hubiera jubilado y de pronto lo vi en el pasillo, fumando.

Salvé graciosamente la situación y me gradué.

A los tres años de distancia de esa práctica, me nombraron en la Mary O’Graham, en Filosofía, Psicología y Didáctica.

Naturalmente, vería al profesor de Higiene, ahora compañero de profesorado, en reuniones, en la sala.

Confieso que simulé distracción, porque ahí estaba, saludando al pasar al grupo sentado.

El susodicho mordió su pulgar de mano derecha, gesto de nerviosismo, descubierto por mí hacía bastantes años…

Mostró facciones rubefaccionadas:

«¿Cómo te va?», asestó, y me ofreció un cigarrillo rubio.

«Gracias, ya no fumo.»

Salí del sitio con sigilo, en estampida, a parar un taxi que me llevara a la escuela «Almafuerte», donde también cumplía tareas de cátedra; las mismas materias.

Regresé a mi departamento vecino al Bosque; lloré torrencialmente.

Los libros de mi biblioteca de derrotado olvido humedecí con lágrimas derrotadas; los de tapas duras fueron barquichuelos náufragos en oleaje amargo.

Negué reconocer cuánto lo amaba.

Duché y dormí pesadamente.

En sueños, transitaba calles desiertas angostas,contenidas entre altos paredones de piedra gris.

Iba sobre rieles afilados que lastimaban pies descalzos; igual, seguía caminando y repetidas zonas con rieles obligaban al sacrificio horrendo.

Una pesadilla me entregó desnuda y helada en la lluvia. La mujer me dio una frazada; me cubrí y seguí el camino.

Al amanecer, mi fatiga veía por la ventana ancha y generosa los árboles y las nubes viajeras.

La ventana alegraba la pared color arena, y colaba el murmullo verderol del Bosque.

En una pesadilla, lo vi.

Hoy me acostaba tarde por miedo a los sueños vacíos.

Cinta plateada de la vida.

Me proyecté hacia arriba, abajo y a los costados.

Cinta enloquecida de cinematógrafo, y a veces ignoraba si era o solo fuera imaginería fantasiosa.


Enamoramientos de Malte Laurids Brigge.

Tendré que recurrir a los amores de Malte a fin de contar los míos. Me cuesta un milenio de pesadumbre y agobio… Igual, lo haré después.

La joven asistía a la misma reunión de sociedad danesa a la que invitaron a Malte. El salón nutrido de personalidades. De pronto, solicitó a la joven que cantara, y ella, en principio, dijo «no». Y se apoyó en la ventana que se abría a un jardín.

Malte advirtió que ella lo enternecía por su parecido a Benedicte de Qualem, y que ella le correspondía.

Benedicte jugó un papel sentimental en la vida de Baggesen.

A medida que fi la atención en la muchedumbre, imaginaba «la tranquilidad oscurecida de sus ojos que auguraban la clara oscuridad de su voz».

La escena transcurre en tono de «Claridad de Copenhague».

Malte deseó acariciar el trenzado del cabello y el escote de su vestido.

La bella criatura cambió de opinión y cantó lánguida romanza italiana que aplaudieron.

Él experimentó sensación celosa, novedad que lo intranquilizó; hubiera querido que ella cantara solo para él…

Pedía a la Fortuna algo para sí mismo; «nunca tuvo algo así, y hasta su origen era incierto».

La cantora, interrumpiendo la sesión, vino hacia Malte diciéndole al oído que cantaría en danés, y él se llenó de amor primero, que es el más peligroso.

Ella, para cantar, se fue entre la multitud de invitados; la timidez del novato en el arte de amar le impidió seguirla.

Malte recordó cuando ella musicó alguna frase a su tía Abelone, que vocalizaba tonos graves.

El descubrimiento de la primicia que alerta el corazón a nuevas emociones recaló en una «pieza sin ruptura», una balada alemana.

De niño, el poeta experimentó un indefinible sentir al ver a Abelone. Se preguntaba preocupado por la ya otoñecida dama por qué no dedicaba las «calorías de su generoso corazón a Cristo».

No divagaré a fin de evadir el compromiso de contar mi amor primero, que floreció un interior melancólico de luz de luna.

Era apenas una adolescente, catorce o quince años, cuando rozó mis manos con ademán imprevisto, aquel señor mayor.

Mi precocidad inocente adivinó el futuro cruel, por no decir horrendo. Yo representaba a alguien larguirucho y tonto, mirando el entorno con ojazos extraños. Y me ericé.

La luz pálida proyectada desde la sala de actos de la escuela Mary O’Graham descubriría al grupo prieto de casi niños, enfrentando al profesor de Higiene. Este señor mayor, médico y político, atesoraba la adivinación romantizada del grupito, sin malicia; todo encanto de Juvenilia, de Cané.

En varias ocasiones, escuché a mis compañeras referirse al profesor, ardorosamente.

A nuestra edad, es fácil; lo difícil es fácil.

Más tarde vendrían los problemas.

Hoy, con fría y despectiva necedad, es posible relatar antiguos incendios devastadores, sin inmutarse; antes fue el fin de la esperanza y de la credulidad. No obstante esa ira antañosa, estamos anclados ahí, irremediablemente. Ya no hay nada que hacer, porque todos se han muerto.

¿Acaso se pudo hacer algo?

Ahora, en este desierto, podríamos edificar un reino, ¿pero entonces?…

El aparentemente descuidado roce produjo erizamiento generado por una mano áspera de jardinero. Él vivía en City Bell y cuidaba el jardín de la quinta. Allí habitaba con su esposa y dos hijos. Supe esto un día aciago.

Ayer, en abrazo intenso, me hubiera sepultado junto a él, yo que odio los sepulcros.

Volvimos a encontrarnos cuando cumplí diecinueve años; delgada y juncal; universitaria, ya publicaba mis escritos. Nunca olvidé el roce de manos del jardinero. No me he movido un tramo de aquella vez del encuentro, junto al grupo estudiantil de Juvenilia, tal como Rilke en la ventana en que se apoyaba la cantante danesa.

Cuando un ánima delicada se rasguña apenas, sufre la infección tan peligrosa de una malaria de peste negra, cuyos espantosos efluvios  contactos contagiaron al prójimo. Entonces, el universo, que es inconmensurable, lo hará a un lado, así como el oleaje bravío puede arrastrar la embarcación perdida, la arrumba lejos de la rivera, y no habrá salvación. Se vaciará el pecho desviscerado y los renovados golpetazos producirán ruidos de lata vacíos.

Enamorarse del amor verdadero, del destinado, váyase a saber por qué prodigio es convertirse en caja de lata barata contra cuya superficie miserable y pobretona habrán de coincidir hasta los golpes más despistados.

Y el enamorado intentará otros rumbos y requiebros sentimentales, causándose daño a sí mismo y al otro que, por inocencia, le creyó…

Diecinueve años sumaron hasta veinticuatro; sumaron andanzas divinas que clavaron sus agujas de plata en la carne desprovista del alivio que procuraría cualquier aliciente, anestesia, por ejemplo, aplicado a la lastimadura tan profunda.

Habría que recurrir a los tranquilizantes que suelen ser de acostumbramiento: uno para despertar; dos para vivir el día; tres para dormir. Y cuando nos olvidamos de ir a la farmacia, el mundo se derrumba…

Malo es enfermar de amor primero: tenebroso. Incurable. Sabiendo que no es imposible, correspondería, ante su inminente posibilidad, improbable, huir a toda velocidad.

Bueno es amar por hábito de sociedad y familia; tranquilo como agua de pozo.

Después de mi catástrofe personal, intenté lo que acabo de anotar, y me acibaré de repulsión. Hay vacíos triunfadores.

Si intentáramos llenarlos, fracasaríamos. Y no solo nosotros sino también la imprudencia de aquellos que nos creyeron.

El enamoramiento de  amor  primero deberá crucificarse y clavarse en su cruz, en el desierto.

El doliente podrá llorar de vez en cuando, si le quedan lágrimas.

El estado del ya mentado amor primero significa el punto donde convergen todos los puntos. O sea, el universo de Jorge Luis Borges, contenido en «El laberinto», donde mora El Aleph.

Una tarde, principio de otoño (yo vivía en Buenos Aires), de malhadada época, me encontré con el Homero criollo, Borges, en un café del Bajo, próximo a la Recova. Pura casualidad: había muerto Estela Canto.

El poeta trasuntaba algo de escolaridad angustiante, de pena adolescente.

Este escritor siempre me pareció una criatura no despabilada a la crueldad mundana, que es intangible.

Personajes de sus cuentos darían imágenes borrosas de Carlos Argentino Daneri, tosco y servil, y de Beatriz Viterbo, que implantaba en la escena a Beatrice Portinari, de Alighieri. Ambas Beatrices nadaban en nebulosa como en un lago flotante. Había muerto Estela Canto. Ya lo dije.

Un vacilante fino peplo cubría y descubría paisajes de amaneceres de Londres, antigua niebla. Jorge Luis Borges los admiraba. No sé si tendría sangre de Albión. Frío de despegue nos aislaba del entorno porteño. Borges era un ser cristalizado en el corazón de un muro congelado.

De mientras, yo retrocedía en mis temporadas, cual un esquimal esquiando. Recuperaba las motivaciones difusas: argos, fantasmas, ensabanados de seda china, que los vientos arreciaban; sures imposibles de capturarse en mapas y portulanos.

Adolecíamos de quereres aggiornados de hondos muertos. Abismos de orillas resbalosas que impedían hacer pie.

Meditó  el  poeta:  «Estela…  Beatriz…Beatrice».

Yo: «Él se llamaba como usted».

Opinó algo, aludiendo a la coincidencia, y preguntó:

«… fundó un club de fútbol… ¿no?»

Lo afirmé: «Fue en La Plata, donde vivía Pancho López Merino».

Dijo Borges: «¡Ah! Sí, sí…»

La flecha de oro

A pesar del fracaso, el primer amor fue la flecha de oro insertada en el pecho; fue el abanico de Samain que hizo el vaso donde fatalmente agonizaría la gardenia, el fundamental paso en falso.

Ya no sucedería nada igual.

Asomarse a la intensidad de la vida y desde su mirador advertir que se derrumban los castillos edificados por una misma, aún sin conocer arte arquitectónico, es la mismísima muerte…

¡Qué fatalidad desgraciada, qué bolsa tan pesada repleta de nada cargamos de ahí en adelante!…

No obstante, jamás la descargaríamos y con los muchos años que son siglos de dolor. Hasta olvidaremos cuál es su contenido, y allá vamos cual linyeras del mal augurio.

La tristeza nos ha marcado líneas decadentes en las comisuras de la boca y la voz se ha entenebrecido en las sombras de ese gran difunto que es el primer amor.

Con qué displicencia aceptaremos triunfos y derrotas, porque somos los generales sobrevivientes de la guerra que supera la más cruenta batalla…

Nada podría asustarnos, alegrarnos, lastimarnos, glorificarnos.

Porque a un muerto solo le resta la desintegración indigna, fea…

Textos

Aurora Venturini

(La Plata, 1922 - Buenos Aires, 2015). Novelista, cuentista, poetisa, traductora y ensayista. Amiga íntima de Eva Perón, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus y Eugène Ionesco, entre otros. En 2007 recibió el Premio de Nueva Novela Página/12 por su libro «Las primas».
Ilustra

Matías Tolsà

(Villa Constitución, 1983) Nació en Argentina, aunque vive en Cataluña desde chico. Ilustrador-caricaturista freelance, publica en varios medios y coordina una nueva escuela de dibujo en Cataluña. Es miembro fundacional de la revista y ha dibujado prácticamente en todos los números. Su web: hagodibujitosytal.blogspot.com.

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