El otro boom israelí
Un fotograma de la serie «Fauda». Netflix.

Artes populares

El otro boom israelí

Los iraníes hacen cine gourmet, los nórdicos novela policial y ahora los israelíes exportan series de calidad. Erlich, el único judío del staff, explica el nuevo estallido de la ficción moishe.

Todos los judíos tenemos una tía en Israel. La última vez que hablé con la mía, por Skype, se escuchaban de fondo unos bombardeos. Me dijo que no me preocupara, que al sur del país —donde ella vive— las bombas no iban a llegar. Y que si en una de esas llegaban «ya sabemos lo que hay que hacer: nos quedamos en el hueco de la escalera hasta que pase». Ese tipo de situaciones, que a uno le hielan la sangre, para los israelíes son una costumbre. O al menos eso imaginamos cuando pensamos en Israel: un país cuyos habitantes, parapetados tras el muro de los lamentos, se tirotean con sus vecinos desde que se despiertan hasta que se van a dormir. O un montón de barbudos religiosos que apedrean a las mujeres que se atrevan a pasear por la calle en pantalón.

Sin embargo los israelíes acreditan, además de la guerra permanente y la religión obsesiva, unos inventos muy variopintos para un país tan pequeño. Inventaron el tomate cherry, por ejemplo. Y también la depiladora eléctrica, la patente del ICQ y el pendrive. Sí señor, el pendrive. Ese artefacto donde el cinéfilo clandestino, cada noche, guarda su película pirata o su serie de televisión favorita.

Es comprensible, entonces, que esta tierra desértica con arreglos florales en cada esquina haya dado a luz a dos de las mejores series de televisión de los últimos tiempos: Be tipul y Hatufim. Dicho así suenan a un par de platos de comida oriental. Pero no: se trata de las versiones originales de la ya clásica In Treatment (que concluyó en 2010 su tercera temporada en HBO) y de la flamante y excelente Homeland (cuya primera temporada acabó a finales de 2011 en Showtime y nos dejó con la boca abierta).

Drama

Be tipul quiere decir, casi literalmente, lo mismo que su título en inglés: In Treatment, en tratamiento. En la versión norteamericana —que es la que vimos— cada capítulo reproduce una sesión de terapia en tiempo real. El resultado es teatral, hipnótico y le entrega toda su efectividad a la palabra. No hay flashbacks, es pura narración. Una persona y su historia; un alma y sus abolladuras. Pero tiene otra particularidad: frente a los doce o veintidós capítulos que dura una temporada típica en Norteamérica, In Treatment tiene un promedio de… ¡cuarenta episodios por temporada! ¿Hay una crisis en la capacidad de síntesis judía? No: se trata de la recreación dramática llevada al extremo. Los protagonistas son cuatro pacientes y a cada uno le corresponde un día de la semana. Y los viernes, ya harto y con la cabeza quemada, es el propio terapeuta quien se hace analizar.

Llamo a mi tía y le pregunto si en Israel la gente se psicoanaliza. Me responde que sí, y que mucho. Tropiezo con el cliché y quiero saber si es por influencia de la inmigración argentina en el país. «No —me responde—. Argentinos habrá a lo sumo unos ciento treinta mil. Lo que hay es muchísima gente con traumas de guerra.» Al parecer no es tan fuerte el impacto de la terapia individual, pero el ejército está lleno de psicoanalistas. Y en una sociedad en la que el servicio militar dura tres años y tiene por lo menos cuatro guerras en su haber, eso es hablar de muchísimas personas.

Llamo a mi tía y le pregunto si en Israel la gente se psicoanaliza. Me responde que sí, y que mucho. Tropiezo con el cliché y quiero saber si es por influencia de la inmigración argentina en el país.

El paciente de los martes, en la primera temporada de In Treatment, es Alex, un piloto de la fuerza aérea que debe recibir el alta psicológica antes de volver a subirse a un avión. A medida que avanza el tratamiento nos enteramos de que Alex bombardeó una población civil con niños y no se le movió un pelo. «Qué tremendo cómo los yanquis metabolizan Irak. Qué nivel de autocrítica», pienso en voz alta. «No —interviene mi tía—, eso sucedió acá. En una de las misiones aéreas contra el Hezbollah, masacraron una población con mujeres y niños. Después de eso pararon la ofensiva.» Es decir, detuvieron los ataques aéreos y analizaron la masacre en una ficción televisiva y desde un punto de vista inusual. Y no solo eso, además la convirtieron en masiva. «A Be Tipul la vio mucha gente —acota mi tía—. En las reuniones siempre se terminaba hablando de la serie. Yo me quedaba afuera porque me aburre la televisión nacional.»

Acción

En Homeland, la versión norteamericana de la serie Hatufim, se va más lejos aún. Un militar es rescatado después de años de cautiverio a manos de Al-Qaeda. Pero se sospecha que ha sido reclutado por la célula terrorista y ahora trabaja para producir un atentado en el país. De nuevo esta idea nos resulta más potente cuando pensamos que el argumento original proviene de Israel. ¿Por qué? Porque a lo largo de los capítulos nos vamos enterando de que los buenos del principio pueden resultar los malos del final, y si bien los norteamericanos nos tienen acostumbrados a este tipo de juego narrativo, no sabíamos que en Medio Oriente se les diera por replantearse su lugar en la guerra bajo una mirada tan poco convencional. Pero Israel da para todo. Su territorio tiene unos veintidós mil kilómetros cuadrados llenos de mucha arena, poca agua, y judíos de los orígenes mas dispares. Cuando en 1989 cayó el muro de Berlín, arrastrando consigo a la Unión Soviética, los israelíes amanecieron con un nuevo millón de judíos rusos en el país. Para un lugar con siete millones de habitantes eso no es poco.

Y esa diversidad se entiende incluso desde el título de la serie: Homeland no tiene la misma traducción que la versión original israelí. Hatufim significa, en hebreo, secuestrados. Y la palabra homeland alude a homeland security, seguridad nacional. Las palabras dicen mucho: para los norteamericanos el terrorismo es una cuestión de seguridad interna. Para los israelíes, en cambio, el odio a sus enemigos les tiene secuestrada la sensibilidad.

Comedia

No todo es drama y acción bélica en la televisión hebrea. Hay humor, claro, aunque rigurosamente observado por la religión. Pongo un ejemplo: en una comunidad judía ortodoxa del país ha sido asesinada una mujer. Se sospecha que la ha matado el marido, pero solo podrá resolverlo la autopsia. La comunidad está conmovida hasta los huesos, así que envía a su rabino… ¡a que se robe el cadáver de la morgue! La religión dice que un cuerpo que ha sido profanado no puede ser enterrado en suelo judío. Y los mandatos de Dios vienen antes que el código penal. Es un simple ejemplo de los diarios. Pero podría ser, sin duda, la base de una sitcom.

Algo así debe haber pensado la CBS cuando compró los derechos para producir la comedia Hajaim ze lo hakol, que se traducirá fielmente como Life isn’t everything (La vida no es todo). La historia va sobre una pareja que tiene un matrimonio difícil, y decide separarse para terminar descubriendo que el divorcio es una complicación todavía peor. «Lógico —dice mi tía—, acá al divorcio lo tiene que autorizar el rabino. Y si el marido no está de acuerdo, la mujer no se puede divorciar.» Le pregunto si me está haciendo un chiste. «¡No! Los rabinos tienen entre ocho y doce hijos —me responde—. ¿Te parece que a alguien con el sistema nervioso destrozado le queda algo de sentido del humor?»

Es una pregunta difícil de contestar: el representante de los judíos ortodoxos en el parlamento puede plantear — como lo ha hecho en su momento— que hay que restringir los contenidos de internet hasta dejarlo al borde del kosher. De hecho lo han logrado con los teléfonos móviles de los religiosos, cuyos wallpapers y ringtones están supervisados por el rabinato. Con eventos de estas características es difícil que alguien se pueda aburrir. «Claro —subraya mi tía—, si acá están todos locos.»

Entretenimiento

Israel es un mosaico indescifrable, resultado de combinar etíopes con rusos blancos, europeos con latinoamericanos, asiáticos con nativos de Medio Oriente. Esa audiencia mezclada y sufrida, que llegó a ver el Mundial 82 en refugios antiaéreos, debe ser muy difícil de sorprender durante una hora de televisión. A esos espectadores que escuchan bombardeos a cada rato, no los seducís con cualquier cosa en la tele. ¿Será esa la razón por la cual las series israelíes resultan novedosas al espectador occidental promedio?

Muchísimas televisiones del mundo compraron, hace poco, los derechos de un programa de preguntas y respuestas, me dice mi tía por Skype, antes de despedirse. «Acá el programa se llama Lauf Al Hamilion. En España le pusieron Ahora Caigo». Me cuenta mi tía que los concursantes van respondiendo preguntas y el que las contesta a todas gana un millón de shekels. Me dice que todavía nadie ganó el botín. ¿Pero se pueden llevar lo poco o mucho que hayan ganado?, le pregunto. «No —concluye mi tía—. Si no acertás una pregunta caés en un sótano oscuro, se te abre el suelo en directo, bajo tus pies.» Todas las series del mundo, y también de estas páginas de la revista: una promesa segura de futuro por compartir. Así que… Continuará.

Textos

Bernardo Erlich

(Tucumán, 1963) Diseñador y humorista gráfico. Ha publicado en Sátira/12 y La Gaceta de Tucumán. Hay editados tres libros con ilustraciones suyas: «Más respeto que soy tu madre», «Ana y los patos» y «El color de mi familia». Publicó en los diarios El País de España y actualmente sus viñetas ilustran las páginas del diario Clarín. Más en Wikipedia
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Bernardo Erlich

(Tucumán, 1963) Diseñador y humorista gráfico. Ha publicado en Sátira/12 y La Gaceta de Tucumán. Hay editados tres libros con ilustraciones suyas: Más respeto que soy tu madre, Ana y los patos y El color de mi familia. Actualmente publica una viñeta diaria en Elpais.com, edición digital del diario El País de España.

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