Libros y literatura

Un día de trabajo

Marcelo Birmajer, uno de los más exitosos narradores argentinos, se confiesa en un ensayo íntimo: escribir, nos dice, es la última cosa que el escritor hace durante el día.

Siete y diez. Después de dejar a los chicos en el colegio, soy un pedazo de estopa. No sirvo para nada. No puedo pensar. Me desperté muy temprano, los vi desayunar, escuché sus gritos en el auto, los deposité en sus aulas, y dejé de existir. El resto del día es un páramo.

El reclamo infantil acabó con mis restantes neuronas, succionó mis ideas, disecó mi alma. Pertenezco a una tribu peregrina que ha vivido prolongados períodos de zozobra, tragedias inenarrables. Conozco veteranos de guerra, supervivientes de los más oscuros cataclismos. Todos ellos, de algún modo, han continuado con sus vidas. Pero yo después de dejar a los chicos en la escuela entro en estado zombie. Es un trauma que no tiene cura. Soy un muñeco cuyo creador ha muerto antes de dotarlo de vitalidad. Así comienza un día de mi vida.

Nueve y veinte

Llego a mi estudio completamente deprimido. Suena el teléfono. ¿Será una oferta de trabajo? ¿Una voz amable? Es una promoción de la compañía telefónica. Hace ya por lo menos cinco años que nadie habla por teléfono fijo. Los seres humanos se comunican por mail, por mensaje de textos. Muy inusualmente, por llamados de celulares. Pero ya nadie llama a teléfonos fijos. Excepto los ofertantes de planes baratos de llamadas desde teléfonos fijos. Le explico a mi operario la nueva coyuntura:

—Ya no se cómo se usa el contestador automático. Nadie me llama. Yo no llamo a nadie. ¿Por qué voy a adherirme a un plan de abaratamiento de un servicio que no utilizo? Disminuyan el precio del gas, de la luz.

El operario insiste. Evidentemente, se trata de un perverso sexual. Ya le he explicado que no compraré nada. Pero no corta. ¿Qué otro objetivo puede tener que el de un deseo homosexual? ¿Por qué quiere hablar conmigo? Yo no quiero hablar con nadie. Mucho menos con un hombre. Tal vez su deseo más profundo sea presentarme a su esposa. Quizás una hija. Por fin corto. No tengo tiempo para estos happenings. Tengo que perder mi tiempo deprimiéndome, mirando el techo, fingiendo que pienso. Lo bueno de pensar es que es fácil fingirlo. Estoy pensando. Se me está ocurriendo una gran novela. Estoy terminando mentalmente una obra de teatro. Estoy corrigiendo en mi cerebro el último cuento de un libro. ¿Quién puede ponerlo en duda? Ya son las once de la mañana y no hice una mierda. Ojalá me llame otro de estos pelotudos del teléfono.

Doce y cinco

A las doce empiezo a pensar en qué almorzar. A diferencia del trabajo, en que finjo que pienso —porque, en rigor, hace dos semanas que no tengo ni una idea ni hago una mierda—, a la hora de almorzar realmente pienso en qué comer. He ahorrado tres mil pesos en monedas en los últimos cuatro años, de modo que tiene que tratarse de un restaurant o rotisería donde no me pongan mala cara cuando pago con monedas. A la vendedora de comida árabe de a la vuelta le gustan mis monedas. Pero el hijo de remil putas del mozo de la esquina me miró mal cuando le pagué setenta y cinco pesos en monedas, que incluían la propina. Qué mozo hijo de puta. Yo no le echo la culpa a nadie de estar al pedo en la vida. Hace dos semanas que no hago nada, y no miro mal a nadie. Si me pagaran tres mil pesos en monedas, las recibiría con alegría. Ni siquiera las contaría. Incluso le daría un abrazo a mi benefactor. Pero este infeliz me mira mal porque le pago setenta y cinco pesos en monedas. Yo le sonreí, le hablé con respeto, le dejé propina. Y me mira mal. Lo que en realidad quieren es que regrese Adolf Hitler. No se van a quedar tranquilos hasta que no regrese. Pero no va a regresar. Lo derrotamos una vez, y no le dejamos ganas de revancha. Van a tener que aceptar mis monedas.

Un llamado interrumpe mi elección del almuerzo, que es bastante limitada: tiene que ser un lugar que me acepte las monedas, dietético, sabroso, liviano. Es una chica, al teléfono. Esta me quiere vender un terreno. A mí. Venderme un terreno a mí.

—Solamente si es para que me entierren —respondo.

La chica se queda en silencio, pero retoma.

—Somos de El almacén de Tierras —repite—. Vendemos propiedades en los mejores lugares del gran Buenos Aires.

—A mí me pueden enterrar donde quieran —aclaro.

—Creo que tenemos mal su mail —dice sin responderme—. ¿Su mail es?

—Dígame —respondo.

—Marcelo Birmajer…

—Ese es mi nombre y apellido. Pero usted dice que tiene mal mi mail.

—Marcelo Birmajer —repite.

—¿Usted me está tomando el pelo? —la interrumpo—. Usted no tiene mal mi mail. Usted sencillamente no tiene mi mail, y trata de arráncarmelo de un modo deshonesto. ¿Sabe su marido que usted trabaja de esto?

Se queda callada.

—Le pregunté si sabe su marido que usted trabaja de esto.

La mujer continúa en silencio.

—Dígale que el trabajo que usted hace es de puta. Porque usted trata de averiguar los mails de otros hombres, sin pedírselos. Trata de robarlos. ¿Y para qué va a ser si no es para entregarse? ¿Para qué querría usted conseguir de modo desleal un mail masculino si no es para mantener relaciones sexuales furtivas no convencionales? ¿Por qué me llamó?

Quiero hablar ya mismo con su responsable. Con el gerente. ¡Ya mismo! ¿Cómo se atreve a engañarme, a interrumpirme en un vertiginoso día de trabajo para asestarme este cuento del tío? ¿Su esposo no la penetra lo suficiente? ¿No tiene esposo? ¿Tiene relaciones incestuosas con su padre?

Escucho el sollozo de la mujer. Y corta.

A los minutos, suena el teléfono nuevamente. Es otra mujer. Es la responsable de la compañía El Almacén de Tierras. Me informa que su secretaria, que también es su telemarketinera, acaba de ser retirada en ambulancia por un ataque de nervios. Le estoy por decir que es por culpa de la sobre-ocupación y mandarla a la mierda, cuando dice que me conoce personalmente. Ella, Estefanía, la dueña de El Almacén de Tierras, es la esposa de un muy conocido productor de televisión, que estaba a punto de comprar uno de mis cuentos para adaptar. Verónica, la secretaria y telemarketinera, es la hija de ambos.

Le digo que si lo hubiera sabido, no hubiera abundado en mis reflexiones. Pero que, de todos modos, nadie debe llamarme para venderme nada. Y que trató de averiguar con métodos ilegítimos mi mail. Estefanía retruca que Verónica efectivamente tenía mi mail, pero mal. Pido disculpas y corto. El cuento no era gran cosa, después de todo.

Dos y cuarto

No me decido por ninguna de las opciones cercanas para almorzar. Las empanadas de la vuelta me pueden caer mal, estoy cansado del excelente filete de merluza a la plancha del restaurante de Valentín Gómez, me da pereza comer ensalada. Me lleno los bolsillos con cien pesos en monedas y salgo a recorrer el barrio en busca de lo imprevisto. Al caminar, hago un ruido que me recuerda al burrito de una fábula, que cargaba «los caudales». Lo acompaña otro burrito, que carga heno. Mientras el burrito que carga el oro suda como un cerdo; el burrito que carga el heno trota libre. La fábula traía una moraleja sobre el peso de la riqueza, en contraste con la libertad de la pobreza. Exactamente lo contrario de lo que ocurre en la vida. Por culpa de esa fábula, millones de niños de todo el mundo, en lugar de estudiar y trabajar para conseguir dinero, se hurtarán a sus responsabilidades estudiantiles, y de grandes saldrán a protestar en lugar de ponerse a trabajar. En cualquier caso, yo ahora soy el burrito de los caudales y hago un ruido de fantasma de pirata a cada paso. En la puerta me cruza el portero, que me escuchó bajar los pocos peldaños de la escalera del palier.

—¿Pero qué llevás? —me pregunta—. ¿Panderetas?

El portero no tiene qué hacer en su vida. Yo tampoco, pero yo no molesto. Mi vida es una verdadera mierda, pero mi heroísmo consiste en que eso no se convierte en motivo para que yo moleste a los demás. Lo único que tengo de rico es el tintinear de las monedas, a duras penas si llego a fin de mes. Soy Rico Mc Pato en el acto de bañarse en monedas, pero nada más. No soy Gold Silver. Y sin embargo, no me resiento contra las demás personas, solo contra mí mismo. Mientras que el portero, un homosexual pasivo que no se anima, un sometido de su horrible esposa, carente de relaciones sexuales desde la adolescencia, y voluntarioso afiliado al partido Nazi en cuanto se reabran las inscripciones, necesita burlarse de mí. Me causa verdadera consternación que ya existiendo la ley de matrimonio igualitario y la libertad de expresión para todos los homosexuales en todo el occidente democrático y en muchos otros países, tantos homosexuales masculinos permanezcan en el closet y ansíen secretamente ser violados por los seguidores de Osama Bin Laden. Mi portero los lidera.

Sigo de largo sin responder, con un asentimiento de cabeza.

Me decido por una pizza sobre la calle Corrientes. Voy a engordar. Me voy a sentir mal. Me voy a arrepentir. Todos los entrevistados que escuché en mi vida, cuando llega la pregunta: ¿De qué se arrepienten?, responden: de nada.

«No me arrepiento de nada». Es lo que respondería Hitler. Yo me arrepiento de casi todo lo que hice en mi vida. Me equivoqué en todo. Cada cosa que hice en mi vida, excepto algunos cuentos, la haría de un modo radicalmente distinto. Dios me dio un punto de partida fenomenal: varón, argentino, judío, de clase media… No podía pedir más. Todo me encanta. Lo tiré al garete. Lo arruiné. Soy basura. Pero no molesto. De esta pizza me arrepentiré. Si me hacen un reportaje, lo diré: Me arrepiento de todo, y de esa pizza también.

El mozo se puso contento porque le pagué con monedas. Me agradeció especialmente. Le redoblé la propina y le pregunté si piensa que River se irá a la B. Me pregunta si soy de River. Asiento. Sin malos ánimos, casi con pesar, concede que cree que sí, que se irá a la B. Es la primera persona inteligente a la que escucho al respecto. Casi todos los demás, excepto mi hermano mayor y mi amigo Sergio, padecen un súbito retraso mental y aseveran: «River no se puede ir a la B. Es económico. Los intereses… Grondona… La AFA». Son como los infradotados que ni bien comienzan a hablar de Medio Oriente cierran la discusión profiriendo: «Petróleo. Es el petróleo». Derraman petróleo. «Son los intereses. Lo que importa es el dinero.» Son los Einstein de la geopolítica, los Nobel del fútbol. Saben todo. Conocen cada conspiración. Ningún detalle del mundo se les oculta. Pero River se fue a la B.

Ahora que la pizza me derrotó, no me queda más remedio que meterme en el cine. Hay una adaptación de un cuento de Philip Dick.

Cuatro y cuarenta

Salgo del cine igual de pesado que entré. La película es impresentable. Matt Damon, el director, quien carajo sea, arruinaron lo poco de bueno que podía tener ese cuento. Ni siquiera pude comer pochoclo o nachos, porque estaba lleno como si me hubiera tragado la caja de caudales. Qué vida de mierda. Qué vida desperdiciada. Podría haber ganado una guerra, contribuir en algo a la humanidad, ser feliz. Soy un pedazo de grasa que sale del cine chapoteando en su propia pesadez. Llego a mi estudio a duras penas. Me da miedo mirarme en el espejo. Caigo sobre el sillón. Para mi gran sorpresa, me quedo dormido.

Al despertar, soy una basura todavía peor que la que se fue a dormir. Antes de dormir, somos seres humanos. Mientras dormimos, un poco más que humanos. Recién nos despertamos, mucho menos.

Me despertó el ruido de un mail. El primero que me llega en el día. Es el mail colectivo de un hijo de remil putas que comparte las ideas de un pintor. El pintor ya de por sí bastante pelotudo, ¿pero que alguien mande un mail colectivo? ¿Un hombre? ¿Tiene problemas con su esposa? ¿Por qué manda un mail colectivo? ¿Está buscando ser penetrado? ¿Por qué no se retira a sí mismo, al silencio, a la contemplación? Si es afortunado, al trabajo. Un mail colectivo es un peligro. Así comienzan las guerras. Y cosas peores, como los divorcios violentos.

Cualquier persona que manda un mail colectivo está violando los diez mandamientos en un solo acto. Si se suicidara, solo violaría la prohibición de matarse. Yo no me suicido, también en eso soy heroico. Suicidarse es una cosa grosera. Un acto vulgar. Un exceso de egocentrismo. Nadie es tan importante como para tomarse el trabajo de asesinarse a sí mismo. Es la cima de la vanidad. Masturbarse es el exacto opuesto: mi modo de expresar que soy basura. Como comer pizza.

Hace una semana que no hago gimnasia. Interrumpí por culpa de un viaje, y no pude recuperar el ritmo. Qué lástima que la masturbación no adelgace. Que no sirva para nada. Y que no pueda hacerse más de dos veces por día. Qué vida de mierda. Pero no es que la condición humana sea una mierda. La condición humana es desventajosa, solo mi vida es una mierda.

Seis menos diez

Tengo que escribir mil cosas. La historia del gas en Argentina (literalmente. No es un chiste. Estoy haciendo un trabajo para Metrogas, me pagan bien). Un cuento de terror. Una adaptación de mis cuentos para una cadena internacional de televisión. Ya me pagaron todo. No se me ocurre nada. No me drogo, no me emborracho, no trabajo. ¿De qué voy a vivir? Tampoco soy ladrón. Ni trabajo para el gobierno. Eso quiere decir que si no trabajo, no cobro. Pero bajo a comprarme una Pepsi Kick. La Pepsi Kick es una variedad de Pepsi que la compañía ideó especialmente para mí: trae más cafeína, ginseng, y es dietética. Pero ningún kiosco la vende. Parece que solo la idearon, no la producen. Es como el Partido Obrero: vemos por todos lados sus carteles, sus periódicos, las declaraciones de Altamira; pero nadie los vota. En la realidad, no existen. Qué paradoja: esta última creación del capitalismo y esta vieja creación del marxismo ocioso (más paradójico aún que se llame Partido Obrero, porque Altamira nunca trabajó en su vida), coinciden en su inexistencia. Pero eso no significa que los extremos se toquen, o se unan, como rezan sin pensar los mismos infradotados que repiten: «Petróleo, intereses, dinero, Blatter, la Fifa, los negociados, los intereses, dinero, petróleo». Simplemente la Pepsi Kick y el PO coinciden, no tengo la más puta idea de por qué. De todos modos yo quiero una Pepsi Kick. Los kiosqueros me miran muy mal cuando les pido esa Pepsi. Me responden: «Pepsi tengo». Pero si yo quisiera Pepsi, no les preguntaría si tienen «Pepsi Kick», simplemente les pediría una Pepsi. No les gusta nada que se las pida. No les molesta no tenerla. No les irrita no conocerla. Los subleva que yo la pida. ¿Cómo hacen para no conocerla? Los carteles de publicidad están en todos lados. Cualquier infradotado diría: «El kiosquero se irrita porque lo ponés en falta. Le haces descubrir algo que no conoce ni tiene. Eso lo deja vulnerable». La verdad es que no tenemos la menor idea de por qué se irrita el kiosquero. ¿Tal vez me equivoco yo al pedir Pepsi Kick? ¿Debería resignarme a que es todo una farsa? Regreso a mi estudio sin Pepsi Kick. Nada de lo que hay en la alacena me entusiasma. Mate, café, sopas, todas las variedades de té. Diez años atrás hubiera dado mi vida por esto: todas las infusiones a mi disposición y una tarde tranquila. Quizás, incluso, sin darme cuenta, diez años atrás efectivamente di mi vida por eso, y ahora tengo eso, pero ya no tengo mi vida. Es un trato justo. Las cosas hay que pagarlas. En todos los lugares del mundo la cuenta se pide de modos distintos, pero al final hay que pagarla. Siempre.

Me llaman de una radio para preguntarme qué opino de la nueva literatura. ¿A qué se refieren con la nueva literatura?, pregunto. Pero es un reportaje grabado y el periodista no sabe a qué se refiere exactamente el conductor del programa. Le digo que averigüe y me llame. No me llama nunca más.

¿Cómo será el cuento original de Dick? Uno de los mejores cuentos que leí en mi vida es de él. «El Impostor». Clásica trama de Dick: viene la policía y le dice a Juan Gómez que él en realidad no es Juan Gómez, es un robot que mandó el enemigo, que mató a Juan Gómez y que está programado para creer que es Juan Gómez. Ese Robot también está programado para decir una frase y explotar. Esa explosión acabará con la Tierra. Debe entregarse pacíficamente y dejar que lo destruyan. Juan Gómez, por supuesto, sale corriendo. Huye por toda la ciudad. Finalmente, en su huida, en un descampado, se topa con un cadáver. Es el cadáver de Juan Gómez. Entonces el hombre dice: «Pero, si este es Juan Gómez, quiere decir que yo soy…». Y explota. Es un cuento perfecto. Alcanzaría para situar a Dick en cualquier panteón literario. De hecho, el resto de sus cuentos, e incluso de sus novelas, nunca terminaron de convencerme. Las novelas no pude terminar de leerlas. Ni siquiera Sueñan los androides… Pero ese cuento es perfecto: su idea y su ejecución. La idea de la película con Matt Damon no está mal. Una pareja comienza un romance, y de pronto son interrumpidos por las circunstancias, pero de un modo tan absurdo y brutal que el hombre comienza a sospechar que alguien no quiere que estén juntos. Finalmente descubre que la Providencia no les ha asignado asientos conjuntos y la película deriva en ciencia ficción tipo Matrix: una serie de retrasados mentales al servicio del Destino, inician las insoportables persecuciones automovilísticas para separar a la pareja. Si yo fuera el dueño de Hollywood prohibiría las persecuciones de autos, los desnudos, las relaciones sexuales. Las persecuciones por repetidas. Los desnudos y relaciones por inútiles. Me lo dijo mi amigo Willi Raffo: en la mayoría de los largometrajes, si desapareciera la escena de sexo no perderíamos nada. Y yo agrego que solo me quedaría con El último tango en París.

Pero volviendo a Dick, la película hubiera ganado mucho si se hubiera volcado por el realismo: son la pareja perfecta, y existe un separador serial de parejas que no puede soportar las parejas felices. Trabaja hasta que los separa. Luego la chica se enamora de él. En la vida real eso ocurre todos los días. Pero no por eso deja de ser una gran idea para una película. Los matchmaker pocas veces tienen éxito. Los matchdestroyer, en cambio, son exitosos incluso sin proponérselo. Además, si de veras hubieran querido separarlos, ¿a qué tantas persecuciones? Bastaba con ponerle un buen culo delante a Damon. O dejarlos comenzar el romance, casarse y tener hijos.

Siete y media

Me invitan a dar una conferencia. ¿Sobre qué? Lo que yo quiera. Breve. Es sospechoso. ¿A quién le importa escucharme hablar de lo que yo quiera? Me huele mal. Pregunto la fecha, la hora, el lugar. Solo estoy precalentando. Finalmente pregunto por los honorarios. No, me responden. No hay honorarios. Ya me parecía. Quieren que yo dé una conferencia para juntar plata para hacer un gimnasio techado en su institución. Oí hablar de la institución. El edificio está situado en un barrio de millonarios, el que me llama es millonario, los oyentes de mi requerida conferencia serán millonarios también, y los otros expositores invitados son multimillonarios. ¿A quién se le ocurre pedirme a mí, al hombre de las monedas, que hable gratis? ¿En qué cabeza enferma, en qué espíritu purulento, en que psiquis intoxicada cabe la idea de que yo aportaré mi pobre trabajo de clase media tambaleante para ayudar a millonarios y multimillonarios? Le digo que me perdone, pero que no me puedo dar el lujo de trabajar gratis. Lo único que hago gratis es tirarme en el sofá. Si quieren, se los puedo mandar por webcams. El hombre reflexiona. Me pregunta cuánto cobraría yo. Le digo que lo voy a meditar y se lo diré por mail. Al segundo, le mando una cifra suculenta. A la hora, aprueban mi presupuesto. Un día más en la clase media. Al menos hice algo. Pero… ¿de qué voy a hablar? Hace veinte años que no preparo una conferencia. Cuando me invitan a hablar, siempre repito lo mismo. Hablo de mi infancia —más insípida que la de Oaky—, de cómo se me ocurren los cuentos, y cuento un par de relatos. Soy un buen contador de mis propios relatos. No digo «narrador» porque ahora es un «oficio».

Yo acepto cuando no trabajo. Pero hay gente que dice que trabaja de cosas que no son un trabajo. La mayoría de los «narradores» que he conocido son como mimos, pero que hablan. Una vez una señora me invitó a escuchar mis propios cuentos en un espectáculo colectivo. Eran todos narradores vocacionales. La señora se olvidó el final de uno de mis cuentos en donde un falso Papá Noel les revela a sus familiares que en realidad se disfrazó de Carlos Marx, y lo terminó, la señora, con un «Feliz Navidad». Arruinó por completo el cuento. Tal vez no fuera gran cosa. Pero la señora lo hizo mierda.

Otro narrador vocacional le cambió el nombre a mi personaje, que era una referencia bíblica a Jacob, y le puso Marcos. No se entendía nada.

Un último narrador creyó que uno de mis cuentos, de neto corte erótico, era para niños, por el título. Cuando llegó a la mitad y se dio cuenta de lo que estaba narrando, se interrumpió y se fue. Lo habían venido a escuchar su esposa y sus hijos. Curiosamente, la esposa y los hijos permanecieron en la sala escuchando el resto. Me río solo al recordar que alguien quiso que yo diera una conferencia gratis para ayudar en la construcción de un gimnasio techado para personas que tienen más plata que yo.

Yo no vivo, finjo que estoy vivo.

Un día me van a descubrir.

Ocho y cuarenta

¿Por qué se usa el mito de que salen pelos en la mano para desaconsejar la masturbación? Bastaría con decir la verdad: luego de masturbarte, te sentís deprimido, vacío, inconexo. Lo poco de sentido que tiene la vida, se derrama en el acto de masturbarse. Y sin embargo, las buenas personas lo hacen. Pierden y recuperan el sentido de la vida. Aun cuando la vida no tenga ningún sentido, estamos obligados a ser buenos. No es aceptable utilizar el completo sinsentido de nuestra existencia para practicar el mal, las violaciones, el amedrentamiento de los más débiles, el robo, la mentira, la cobardía intelectual. La vida puede no tener sentido, pero tiene reglas. Es el fin de otra patética jornada de mi existencia laboral.

Estuve todo el día frente a la computadora. No escribí nada. No hice gimnasia. Leí apenas un capítulo del libro de Martin Meredith sobre los últimos cincuenta años de África. Qué depresión. Qué tragedia la de los africanos… Todos desastres. Durante el dominio de los blancos, los esclavizaban y mataban. Después de las independencias solo se dedicaron a matarse. Cuando vivían bajo el colonialismo, la mayor utopía era liberarse. Cuando se liberaron, la mayor utopía pasó a ser vivir en las metrópolis coloniales. El tirano y sus familiares y acólitos vivían y viven en la más exorbitante riqueza y pasean por el mundo. Los súbditos solo desean irse a vivir a Europa, preferentemente a la metrópoli que antaño los colonizó.

En fin, cierro el boliche. No creo que mañana sea otro día; pero al menos este se terminó.

Textos

Marcelo Birmajer

(Buenos Aires, 1966) Escritor, periodista y guionista. Ha sido galardonado con el premio Konex como uno de los cinco mejores escritores de literatura juvenil de la década1994-2004. Su trilogía de cuentos Historias de hombres casados ha sido traducida a varios idiomas.
Ilustra

Diego Parpaglione

(Buenos Aires, 1980) Conocido como «Parpa». es caricaturista e ilustrador. Estudió Comunicación Visual y realizó varios talleres particulares. Dibujó para las revistas argentinas El Pasajero, Lezama y Sudestada. Publica diariamente en su blog, parpa.blogspot.com.