¿Escriben las mujeres solo para mujeres?
Ilustración de Pupi Herrera. ORSAI.

Artes populares

¿Escriben las mujeres solo para mujeres?

Se lo pregunta Melania Stucchi y se lo responde ella misma. Eso sí, con bronca masculina. La autora reivindica el derecho de escribir para todos los sexos posibles.

Ilustra

Pupi Herrera

El problema empezó cuando mi gran amigo Diego me dijo: a ver, vos, que escribís esas historias para chicas… Nunca llegó a decirme cuál era la pregunta que le seguía a esa afirmación. ¡Momento!, ¿yo escribo para chicas? Sí, ¿no?, me dijo como si fuera algo obvio. Mmm…no sé, yo escribo de lo que me gusta, bueno, sí, soy mujer, supongo que algo de eso me saldrá cuando escribo. Me empecé a empantanar en la respuesta. Mi inestabilidad dio pie a que avanzara con su hipótesis: yo creo que a tus textos los puede disfrutar y entender mucho más una mujer que un hombre, no lo digo como algo malo, pero veo mucho más claro a una mujer leyéndolos. Algo me perturbaba de su enunciado, pero no podía detectar qué era, así que opté por preguntas básicas y concisas: ¿por qué creés eso? La respuesta tuvo gusto a knock out: Tenés una onda Carrie Bradshaw, un estilo Sex and the city. La ultracorrección

Existe un fenómeno lingüístico llamado ultracorrección que consiste en decir mal una palabra o construcción correcta por creer equivocadamente que es incorrecta. Para que se entienda: el típico caso del dequeísmo. Mucha gente sabe que decir «creo de que Juan no está» es incorrecto. Se dice «creo que». Tanto nos enseñaron que el «de que» está mal, que muchas veces caemos en otro error: el queísmo. Entonces, alguien dice «estoy seguro que Juan está» cuando la forma correcta es «estoy seguro de que». Eso es la ultracorrección.

«A mí me molesta que incluyan a una mujer por ser mujer. Me parece absurdo. Dame trabajo porque soy buena en lo que hago, no por ser mujer.» 

Algo parecido me pasó a mí cuando Diego me trató de Carrie Bradshaw. No es que tenga nada en contra de «escribir para mujeres», al contrario. Solo que yo quiero ser universal, si es que tal cosa existe. Entonces empecé a pensar historias que pudieran ser protagonizadas por Arnold Schwarzenegger o Sylvester Stallone. No, mejor que eso todavía: que pudieran ser protagonizadas por Chuck Norris. Vale, ya sé, eso tampoco es ser universal. Pero algo me estaba molestando de todo esto y tenía que descubrir qué era. Experiencias personales

Hace ya un par de años, estaba en casa con mi amigo Pablo, un judío súper progre, kirchnerista y sensiblón. Hablábamos sobre los espacios que ocupa la mujer hoy en día y las posibilidades que tiene. Yo le dije:

—Lo que pasa es que a mí me molesta que incluyan a una mujer por ser mujer. Me parece absurdo. Dame trabajo porque soy buena en lo que hago, no por ser mujer. Como esos lugares que tienen que tener un cuarenta por ciento de mujeres en los puestos de trabajo o en las listas electorales. Dejame de joder. Eso es discriminación positiva. Como los que tienen un porcentaje de mogólicos trabajando para insertarlos socialmente. No quiero que me incluyan por «ser mujer», porque, de algún modo, eso sigue siendo discriminación.

Pablo me miraba. La tarde caía en la ciudad y mi departamento empezaba a oscurecer. Yo estaba en una punta, sentada en el sillón de la computadora. Él estaba en la otra punta, sentado a la mesa con los pies sobre otra silla y a medida que me escuchaba se indignaba con mis palabras.

—Nena, no entendés nada. Ese es el problema de este país, que las mujeres son más machistas que los hombres. Está perfecto que obliguen a una empresa o a una lista a incluir un porcentaje de mujeres. Pensá que si no es por obligación, no están. De algún modo se empieza. Ya llegará el día en que sea por elección. Pero si ahora no es por elección que sea por obligación, pero que sea de algún modo.

Peronista tenías que ser, Pablo…

La verdad es que, cuando recuerdo esa conversación, por momentos siento que algo de razón tenía mi amigo. Yo tiendo, sin querer, a caer en idealismos y es cierto que muchas veces la realidad necesita de medidas prácticas sin tanta vuelta. Quedamos empatados: un punto para cada uno.

La siguiente situación fue un año después. Yo ya estaba haciendo el máster en Barcelona y sentí que, en algunos aspectos, los españoles eran más machistas que los argentinos. Tenía todos profesores hombres y leíamos solo a autores hombres. No caía el nombre de una mujer en ningún programa ni por casualidad. En una clase, un profesor preguntó sobre críticas que tuviéramos sobre su curso o los otros. Todos se quedaron callados porque los estudiantes universitarios son así, defenestran a los profesores a sus espaldas pero nunca les dicen nada a la cara, ni siquiera cuando tienen la oportunidad. Yo levanté mi mano y, a riesgo de sentir que todos me tomarían de feminista, expresé mis dudas con respecto a la falta general de inclusión femenina tanto en el profesorado como en las lecturas. Lo primero que hizo el profesor fue reírse. Dijo que no lo hacía a propósito y que, en su caso, daba los textos en los que él se había especializado sin pensar en el género de quienes lo escribían. Una respuesta sensata.

Quiso el destino que el mismo profesor tuviera que dar otro curso en el máster. Algo de mi crítica había quedado en su memoria porque en las dos clases en que habló de escritoras hizo referencias burlonas a aquella intervención. «Nombremos a mujeres para que las chicas no se enojen». Al año siguiente de mi egreso incorporaron a una mujer entre los profesores. Por ahí Pablo tenía razón y a veces hay que decirlo, hacerlo notar, para que las cosas sucedan.

La tercera historia sucedió en un chat de gmail con mi amiga Cecilia. Compartimos con Ceci una historia en común que yo siento que me une a ella de una manera especial. En marzo-abril de 2009 ambas tuvimos con nuestras respectivas parejas una crisis matrimonial muy fuerte y por causas muy parecidas. Estoy en condiciones de afirmar que, a partir de ese momento, tanto para Cecilia como para mí el concepto de «pareja» cambió, mutó, se transformó en otra cosa. Sin embargo las resoluciones de las historias fueron completamente opuestas. Yo me separé, revolucioné muchos aspectos de mi existencia y me vine a vivir una temporada a Barcelona. Ceci volvió con su marido, reafirmó su vínculo y juntos decidieron tener una hija hermosa que se llama Sofía. Otra cosa que siento es que las dos estamos felices tanto por la decisión propia como por la decisión de la otra. Tenemos una especie de admiración mutua y las dos sabemos que hoy podríamos ser la otra. Este sentimiento me lo confirmó el último chat que tuvimos hace poco.

Ella: Boluda, estoy cada día más feminista.

Yo: Sí, yo también. No sé por qué, ¿será la edad?

Ella: No te creas, mis amigas están cada día más entregadas a sus maridos, sus hijos y su vida familiar. Como que dejaron de tener vida propia.

Yo: Insisto, puede que sea la edad. Es decir, a esta edad te terminás de definir al respecto: o te entregás completamente o te volvés revolucionaria a full.

Después me contó de un negocio que quiere fundar en su plan mujer emprendedora. A mirar películas, o series

Las revistas femeninas te enseñan que la mujer actual es delgada, tiene el culo parado a base de dieta sana, ejercicio físico y agua, viste a la moda, es exitosa laboralmente, sexualmente activa, tiene muchos orgasmos y vuelve loco a su hombre en la cama, es buena madre, no debe sentir culpa por dejar a sus hijos por irse a trabajar, si es soltera nunca debe sentirse mal por estar sola, tiene un grupo de amigas con las que sale los jueves, no tiene complejos, ni miedos y es segura de sí misma. La contradicción salta a la vista: ¿cómo puede ser seguro de sí mismo alguien que no tiene espacio para equivocarse, alguien que tiene que ser un diez en todos los aspectos de su vida? Me encantaría encontrar una revista que dijera: sentite mal y bancátela por sentirte mal. Sentirse mal es parte de la vida, a todos nos pasa, en lugar de evitarlo tratá de fijarte qué te pasa y ver si podés aprender algo con eso. No digo que haya que hacer una apología del sufrimiento o la imperfección. Al contrario, me gusta que la gente se sienta bien. Pero si hay algo que sé es que para estar bien es necesario aprender a estar mal.

Hubo una época en que esas mismas revistas enseñaban a coser, a planchar, a cocinar. Las mujeres estábamos destinadas a ser amas de casa, dependientes económicamente y sin sexualidad. Los hombres eran los que trabajaban, se iban de putas e, incluso, los únicos que se masturbaban.

Pasaron los huracanes de los sesenta, los setenta, los ochenta y, en los noventa, llegó la chic lit con El diario de Bridget Jones y Sex and the city a la cabeza.

¿Qué es la chic lit? Historias para chicas modernas, donde la protagonista es una treintañera exitosa en su profesión pero con serios problemas para encontrar el amor. También puede pensarse como una especie de comedia romántica aggiornada a un nuevo modelo de mujer que ya no espera a su príncipe azul bordando manteles en su casa, sino que lo espera mientras trabaja y se compra zapatos.

Nunca me gustó Sex and the city. Lo siento, pero nunca me gustó. Estoy rodeada de amigos y amigas que la defienden, que me dicen que está bien hecha, que es inteligente, que hace juegos de palabras en inglés que son brillantes. Intenté verla. Y sí, no está mal, pero no. Solo una vez escuché un argumento que me convenció: «sí, es frívola en muchos aspectos, medio pelotuda con el tema de la ropa, los peinados y los Cosmopolitan (o un comercial sofisticado) pero tiene un mérito: es la primera que muestra mujeres que no dependen económicamente de nadie. No será genial, pero no es poco». Y es cierto, la independencia económica genera un cambio de paradigma que hace tambalear muchos de los roles, tanto femeninos como masculinos, que teníamos —y un poco tenemos— reproducidos en nuestras cabezas. Démosle el mérito de representarlo a la endemoniada serie. Mejor mirar las que me gustan

El caso que más me gusta es el de Tina Fey, creadora de la gran serie 30 Rock. Allí interpreta a Liz Lemon, guionista neurótica encargada de un show de humor, que trabaja bajo las órdenes del genial Jack Donaghy (Alec Baldwin). Liz es demócrata, defiende los derechos humanos, quiere un mundo más justo y, por lo tanto, es feminista. En contraste, Jack considera que todas las decisiones importantes en el mundo son tomadas, y está muy bien que así sea, por hombres, blancos, conservadores, mayores de cincuenta años, heterosexuales y millonarios. En todas las temporadas hay algún capítulo en el cual se ironiza sobre «ser mujer» o «el mundo femenino». En la última temporada, por ejemplo, el capítulo 3, «Stride of pride» (con guion firmado por Tina Fey) se basa en una discusión que tiene Liz con Tracy (otro de los protagonistas de la serie). Tracy afirma que las mujeres no pueden ser graciosas, lo que, por supuesto, irrita a Liz. Sin embargo, lo más interesante del capítulo (además de graciosísimo) es el dilema de Liz ante este desafío. Por un lado, ella sabe perfectamente que las mujeres pueden ser graciosas, tiene miles de ejemplos para dar. Pero, por otro lado, se resiste a demostrarlo. ¿Por qué las mujeres deberíamos demostrar que somos «capaces de»? Que cada uno piense lo que quiera y pueda, «yo» no tengo que ir a demostrarle nada a nadie. La resolución por la que opta es genial, pero no la cuento porque prefiero que vayan a ver el capítulo.

Otra serie que impresionó a nuestro pequeño mundo de adictos teleseriales fue Girls, de Lena Dunham con producción de Judd Apatow para HBO. Chicas post-postmodernas de veintipocos, residentes de New York, con problemitas sentimentales, sexuales y monetarios. Lo primero que me llama la atención y que destaco es lo siguiente: estamos acostumbrados a ver hombres feos y miserables en la tele. Sin ir más lejos, mi amado Larry David. ¿Pero cuántas mujeres feas y miserables vimos? Lena no solo es gorda, también tiene un cuerpo de mierda: casi no tiene tetas, es culona en el peor de los sentidos. Y la chica aprovecha todas las oportunidades que tiene para desnudarse ante la cámara. Pero como si eso fuera poco, también muestra todas sus «imperfecciones» interiores. Es caprichosa, egoísta, quiere lo que no tiene, se subestima. Al principio de la temporada persigue a un looser que se da el gusto de ningunearla. Y ella insiste y lo persigue, incluso cuando él le manda mensajes de texto eróticos y un minuto después le aclara que se equivocó y que no eran para ella. Luego, avanzados los capítulos, logra que el pibe se decida a ser su novio. Entonces prefiere abandonarlo porque siente que tiene que poner en orden su vida. De sus amigas, aunque alguna más linda, no se salva ninguna en su manera de actuar. Una virgen que no para de hablar; otra, aburrida y obsesionada con la perfección; otra, irresponsable, impulsiva, drogona. Y todo esto con una dosis de cinismo y humor del crudo que la transforma en un caso, como mínimo, para dejarnos pensando. Un caso literario

Siri Hustvedt es una escritora estadounidense que en el 2012 escribió una bella novela llamada El verano sin hombres. Cuenta la historia de Mia, una mujer que enloquece luego de que su marido le dijera que quería poner una pausa a su matrimonio de treinta años. Claro que la «pausa» es una francesa, joven y con buenas tetas. Luego de su brote psicótico, Mia regresa al pueblo de su infancia para pasar el verano. Es un pueblo de mujeres o, por lo menos, ella tiene contacto solo con mujeres: sus alumnas adolescentes que toman con ella un curso de poesía; las amigas de su madre, un grupo de octogenarias que viven en un barrio para ancianos independientes; una vecina joven con dos hijos pequeños. La novela es una especie de comedia con muchas reflexiones y muy lindas.

Para el que no lo sabe, Siri Hustvedt es la esposa de Paul Auster. Y parece que, en la vida real, fue Paul el que puso una pausa francesa. Sin embargo, más allá del chusmerío, cuando a Siri le preguntaban sobre lo autobiográfico de la novela, ella respondía con una defensa de género.

Dice Siri en una entrevista hecha por Xavi Ayén que publicaron en la revista Ñ hace un par de años: «¿Le preguntaría eso a un hombre? Si lo hubiera escrito Paul Auster, ¿le preguntaría si le ha sucedido a él? Tengo la sensación de que si lo escribe una mujer la gente imagina que es algo que le ha sucedido, y si lo cuenta un hombre forma parte de su talento imaginativo como escritor. Yo también tengo mucha imaginación. Todos los escritores trabajamos con material autobiográfico, y la magia de la ficción es que eso se presenta de un modo en que ya no importa qué es lo que proviene de la vida real y lo que no. Le respondería que la pregunta muestra que la imaginación se ha vuelto algo problemático, el tema de las historias reales es un gran debate que tenemos en Estados Unidos. Parece que los libros valen según si es cierto lo que cuentan. Conozco a un editor que, en una novela sobre una mujer violada, hacía notar que la autora realmente había sido violada y que estaba dispuesta a hablar de la violación real con los medios de comunicación, como si eso hiciera el libro más auténtico».

Yo solo puedo agregar: Siri, te queremos. Una para niñas

Brave es la película de Pixar que ganó el Oscar este año. La historia va de una niña, Mérida, hija de reyes, que no desea cumplir con los mandatos que le son impuestos. Es decir, no quiere dedicarse a coser y bordar, ni tener buenos modales, ni, mucho menos, casarse con el muchachito que le quieren enchufar. Mérida es una experta de tiro con arco y una verdadera aventurera. Por supuesto, a lo largo de la película arma un lío terrible que, finalmente, logra solucionar.

Tengo que ser sincera. Cuando la vi esperaba mucho más. Desilusiona un poco, le falta bastante gracia. Sin embargo, es otra cosa la que me interesa contar.

Resulta que ahora, los amigos de Disney hicieron una versión de Mérida un poco más crecidita en donde se la ve como una más de las típicas princesas de Disney. Es decir, con cuerpito de Barbie y vestido ceñido al cuerpo (algo de lo que la pequeña Mérida se quejaba, ya que no le permitía moverse como quería para desplegar su arco y flecha). A su creadora, Brenda Chapman, ya la han echado. Parece que sus quejas y objeciones no fueron muy bien recibidas. Pero Chapman, tal vez ingenua, tiene razón. Mérida fue creada para romper con el modelo de Princesa Disney. Sin embargo, los nuevos dibujantes le hicieron un par de cirugías estéticas y un cambio en maquillaje y cabello. De la gran máquina generadora de estereotipos parece que incluso, hoy en día, es difícil que nos salvemos.

Pensé tanto que terminé soñando.

Dicen que en nuestros sueños el inconsciente empieza a solucionar problemas no resueltos. Anoche soñé. El sueño parecía una película. Primero se veía a mi amigo Diego que leía, apasionado, mis notas de Orsai. Luego el plano se abría. Yo estaba sentada a su lado, vestida con una falda de tul rosa y zapatos de Jimmy Choo. Yo le contaba parte de este texto y él me miraba y me decía: otra vez escribiste para mujeres. Entonces, me desperté. 

Textos

Melania Stucchi

(Buenos Aires, 1976) Guionista, escritora y docente universitaria. Es parte del staff de «El Laboratorio de Guion». Durante 2012 se encontraba en Barcelona haciendo un Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra.
Ilustra

Pupi Herrera

(Córdoba, 1985). Ilustradora autodidacta. Trabajó como directora de arte, escritora, animadora y escultora de cortos de animación. Publica ilustraciones e historietas en la revista de antología La Murciélaga, donde además trabaja como consultora creativa. Es diseñadora de conceptos y animadora en numerosos proyectos.