Adiós al cinismo
Fotograma de la serie «Louie». FX.

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Adiós al cinismo

La revolución creativa de esta época no está en los libros, sino en la tele. Y la gran comedia negra de estos tiempos se llama «Louie». Una gran reseña de Diego Papic en la Orsai N14.

Textos

Diego Papic

Lo primero que vemos es a un tipo pelado, pelirrojo, barba candado, remera negra y un jean medio caído debajo de la panza, saliendo de una estación de subte mugrienta en Greenwich Village, un barrio bohemio de Nueva York. Suena una versión de Brother Louie, un rhythm & blues inglés de los setenta. El tipo, de unos cuarenta y pico, camina por la calle con una expresión que fluctúa entre una incomodidad cansada y una curiosidad entusiasta. Es de noche.

Entra en una pizzería y se come una porción de pizza parado en la puerta, mirando hacia afuera, con la actitud de estar cumpliendo una rutina, con porte humilde y la mirada despierta. Detrás de él, un tipo en bermudas y ojotas habla por celular. Da un último mordisco generoso a la pizza y mientras mastica tira el resto en un tacho de basura, se limpia la boca con el dorso de la mano y sigue camino.

Unas cuadras más y llega al Comedy Cellar, uno de los clubes de comedia más conocidos de Nueva York. Saluda a un tipo en la puerta con un apretón de manos y entra al club. La canción Brother Louie sigue sonando con la letra cambiada: en lugar de «Louie, you’re gonna cry» («Louie, vas a llorar») dice «Louie, you’re gonna die» («Louie, vas a morir»).

La secuencia, con una edición ágil y elíptica, dura menos de un minuto y es la presentación de Louie, la serie de TV escrita, protagonizada, dirigida —y sí, también editada— por Louie C.K., un comediante de stand up bastante atípico que, después de una experiencia fallida en HBO con la sitcom Lucky Louie, se consagró con esta serie —que de sitcom solo tiene su duración: estrictos veintidós minutos— tan ambigua y extraña como su mirada mientras come esa porción de pizza.

Como en la «intriga de predestinación» que definió Roland Barthes, según la cual en el comienzo del relato clásico se encuentran sus claves principales, en estos cincuenta segundos se puede percibir en gran parte el tono de Louie. Porque en esto es en lo que se destaca: en su tono ambiguo, que puede virar de un realismo desbocado a una extrañeza surrealista en apenas un segundo, sin perder la coherencia; que va de la ternura al humor negro sin caer jamás en el cinismo.

Al relatar la premisa de la serie confirmamos en la práctica una de las más grandes verdades de las ficciones: no importa tanto el qué sino el cómo o, para decirlo más claro, en la forma está el fondo. Porque la premisa de Louie, contada en forma despojada y desnuda, es la siguiente: un comediante de stand up de Nueva York hace de sí mismo y alterna fragmentos de monólogos de sus shows con escenas de ficción que aluden a lo que cuenta en esos monólogos.

¿Suena un poco a Seinfeld? Quizá no haya dos series más diferentes entre sí que Louie y Seinfeld —en su tipo de humor, en su visión del mundo— pero a la vez más subterráneamente conectadas. Esa es otra de las ambigüedades y contradicciones que le dan a Louie esa profundidad que no tiene hoy —y quizá no tuvo nunca— ninguna serie de veintidós minutos.

Matar a Seinfeld

Louie lleva tres temporadas en el aire —en mayo de 2014 empieza la cuarta— y uno de los últimos arcos narrativos evocó en cierta forma aquel capítulo autorreferencial de Seinfeld en el que le proponen hacer un piloto para la NBC.

En el capítulo triple «Late Show», Louie C.K. tiene una reunión con Lars Tardigan, el director de la CBS, interpretado por el legendario productor y director Garry Marshall, responsable de Mork y Mindy y Extraña pareja, entre otras series. Tardigan le ofrece lo que podría ser un giro definitivo en su carrera: reemplazar a David Letterman. Le dice que tienen en vista a Jerry Seinfeld pero que es muy caro y que si él puede hacerlo, mucho mejor, porque les saldría «un millón, quizás menos».

Entonces Tardigan lanza una feroz definición de Louie: «Vos sos un comediante de clase trabajadora de Boston. Hacés stand up. Ganás unos ochenta mil dólares al año con las fechas en los clubes pero ya estás en la segunda mitad de tu carrera y salvo por algún que otro especial en el cable creo que… hace cinco años quizá fue tu mejor momento y ahora estás esperando, preguntándote si algo va a pasar antes de que se ponga embarazoso».

Louie discute con Seinfeld y pareciera decirle: el fracaso no es gracioso, la muerte no es graciosa; yo tampoco voy a esquivar esos temas, lo que sí voy a esquivar es el cinismo.

Esta verdad que dispara Tardigan nos recuerda un poco a aquellos dictámenes implacables que le arrojaba Jerry Seinfeld a George Costanza («sos mucho peor que Ted Danson») pero la función en el relato es completamente diferente: mientras que en Seinfeld el diálogo se decía con una sonrisa burlona y su objetivo final era la comicidad directa, en Louie nadie ríe, el destinatario de la diatriba la recibe con un rictus de amargura y la banda sonora no teme darle play a un pianito melancólico.

Hacia el final de la historia de «Late Night» aparece el propio Jerry Seinfeld, competidor en el puesto para reemplazar a Letterman. Louie está nervioso, preparándose para hacer la prueba de cámara, y Jerry entra al camarín para decirle que ya firmó el contrato a la mañana, que le hacen hacer la prueba para no decirle la verdad y que lo lamenta mucho. Lo dice, otra vez, con esa sonrisa suya tan característica, como burlándose, condescendiente, como salido de su propia sitcom de los noventa. Luego veremos que Jerry miente y todo es una trampa para que Louie fracase.

Ver a Jerry Seinfeld actuando de acuerdo a la sensibilidad de Seinfeld —la serie— pero inserto en el contexto de Louie no hace otra cosa que mostrarnos más intensa su maldad, como a través de una lupa que apunta a su carácter, y quitarle toda la gracia que podía tener en Seinfeld. Louie discute con Seinfeld y pareciera decirle: el fracaso no es gracioso, la muerte no es graciosa; yo tampoco voy a esquivar esos temas, lo que sí voy a esquivar es el cinismo.

Louie sabe que Jerry es, o fue, el mejor —«él sale doce millones, a vos te puedo conseguir por uno o menos», le dice Tardigan— pero en «Late Show»parece querer despegarse adrede, matar a la influencia reconociendo hasta dónde lo influyó y desde dónde va a partir para entrar en un terreno novedoso, desconocido y que será, al fin, mucho más complejo.

La era del jazz

Si cada capítulo de Seinfeld podía ser visto como una canción pop perfecta, un mecanismo de relojería impecable, Louie es un solo de jazz que empieza de una manera y nunca sabemos cómo puede terminar; cuyo ejecutante recorre todas las teclas del piano desde la nota más grave hasta la más aguda, paseando sus dedos en apariencia arbitrariamente pero dejando la estela de una música perfecta, por momentos triste, por momentos alegre, siempre conmovedora.

Louie juega con los extremos. El episodio «Telling Jokes/Set Up» abre con una escena de Louie comiendo con sus hijas —dos hermosas nenas rubias— y unos diálogos repletos de ternura. Sigue con la historia de una cita a ciegas que termina con Louie recibiendo una fellatio en su auto y negándose a corresponder con un cunnilingus. Esto provoca la ira de su pareja circunstancial.

LOUIE. —Es algo muy íntimo.

LAURIE. —Y que yo te chupe la pija, ¿no es íntimo?

LOUIE. —Bueno, aparentemente no. Tenemos distintos valores.

LAURIE. —Esto no tiene que ver con los valores. Te acabo de chupar la pija, vos me tener que chupar la concha.

«Louie», T03E02

El diálogo va escalando hasta que Laurie (que no es otra que la gran Melissa Leo) le pega una trompada y lo obliga a practicarle un cunnilingus a la fuerza. La escena final vuelve a Louie comiendo con sus hijas en un tono exageradamente edulcorado.

El cambio abrupto de tono a veces se da incluso dentro de una misma escena. En el episodio doble «Daddy’s Girlfriend», Louie tiene una cita con Liz (Parker Posey). Caminan de noche por la ciudad en una escena amable que bien podría pertenecer a una comedia romántica indie. Pronto Liz cuenta que tuvo cáncer a los catorce y la cosa amaga con virar al humor negro. Pero el relato de Liz se va poniendo cada vez más detallado y cruento («se me cayeron los dientes, vomitaba por la quimioterapia y mi mamá enloqueció»), y la sonrisa se le congela a Louie y también al espectador.

Louie se autodefine con una sinceridad brutal. La serie no busca la carcajada constante, no sacrifica nada en función de un gag, elige otro camino: el de la libertad y la honestidad.

El relato transmite una sensación de anarquía y de libertad. Medio capítulo puede transcurrir dentro de un auto con sus hijas yendo al campo a visitar a una tía y de pronto tomarse tres minutos para cantar Who Are You, de The Who. O puede terminar con un largo diálogo de siete minutos con Joan Rivers hablando sobre la comedia y las desventuras del comediante. O se puede dar el gusto de un prólogo extrañísimo en el subte en el que un mendigo se asea con una botella de agua mineral mientras un violinista de traje musicaliza la escena con las Czardas de Monti y después soñar con ser el héroe de todo el vagón por limpiar un charco de Coca Cola de uno de los asientos.

La belleza y la fealdad conviven a veces en un mismo fotograma, igual que la vida y la muerte, que el sexo y la soledad. El resultado por momentos alcanza una extrañeza que hace de Louie una de las experiencias más singulares de la televisión actual.

Pero, ¿es una comedia?

«Sos el comediante menos gracioso del mundo», le dice Pamela, interpretada por la actriz Pamela Adlon, productora también de la serie. «Sé gracioso, vamos, haceme reír. Tres, dos, uno, ¡ya!», le exige Jack Dall (encarnado por David Lynch, nada menos), el encargado de entrenarlo para la prueba de cámara en la CBS, y Louie se queda petrificado. «No soy así de gracioso, no puedo hacerte reír a la cuenta de tres», se excusa.

Louie se autodefine con una sinceridad brutal. La serie no busca la carcajada constante, no sacrifica nada en función de un gag, elige otro camino: el de la libertad y la honestidad. El final de la tercera temporada es el mejor ejemplo. A diferencia de Seinfeld —otra vez, la comparación es inevitable, aunque sea para resaltar el enorme contraste— la muerte no es graciosa y la perplejidad que provoca solo puede ser transmitida mediante ese epílogo en China, melancólico y extraño. Y la honestidad es eso: la muerte de Susan en Seinfeld, inevitablemente, estaba fuera de campo pero la de Liz no, la vemos en la plenitud de su drama.

Pero Louie es una comedia, aunque no sea solo una comedia. Porque el humor es un prisma a través del cual vemos la realidad, un prisma que a veces la deforma o enfoca con mayor nitidez y que sirve para ver las cosas desde una óptica original y diferente. Y de eso se trata esta serie. Muchas veces su humor genera carcajadas —la pelea entre los taxistas, el balbuceo de Louie cuando trata de decirle al bañero que no es gay— que provienen de la sorpresa, pero muchas otras veces esa sorpresa troca en perplejidad y nos deja solo con una sonrisa amarga: los ojos muertos de la tía Ellen, los ojos tristes de Delores comiendo los arándanos.

La serie también tiene mucho de surrealista y ahí hay otro eje sobre el cual pivota en su ambigüedad: lo real y lo irreal. Porque hay un hiperrealismo en las locaciones —las calles sucias y las estaciones de subte reconocibles para cualquier neoyorquino— y en el registro casi documental, pero en el momento menos pensado algún elemento onírico o extraño entra para desbaratar el paisaje: desde su vecino con la cabeza de conejo hasta Doug, su representante, que parece un adolescente.

El fin de la sitcom clásica

Este tono particular que hace de Louie algo tan original le pertenece por completo a Louis C.K., un comediante de stand up que no es ni judío ni neoyorquino, que vivió en México hasta los siete años y que aceptó una propuesta económica muy modesta de la señal FX a cambio de tener el control absoluto sobre su serie y poder hacer lo que quisiera. Louie recibe el dinero y entrega el capítulo terminado, que edita él mismo en su laptop. Ningún ejecutivo lee el guion, no hay un equipo de guionistas. La soledad que muchas veces pinta la serie en la ficción es también la soledad del creador.

Seguramente la experiencia fallida de Lucky Louie le enseñó que era mejor morir con la suya antes que intentar encajar en el clásico formato de sitcom. Aunque él no reniega de Lucky Louie, aunque también fue su creador y el motivo por el cual duró una sola temporada no haya sido la falta de rating —cosa que nunca le importó tampoco a HBO, la cadena que la emitía—, lo cierto es que vista hoy parece la sitcom de un pasado remoto.

Y la paradoja es que el nuevo terreno explorado por Louie es el que arrojó a su predecesora al pantano de lo viejo conocido. No era mala Lucky Louie y sin dudas era muy graciosa, pero el formato de grabación con escenografía y público en vivo, junto a la historia remanida de padre de clase trabajadora con una mujer más linda que él —la misma Pamela Adlon que luego en Louie no le corresponderá con su amor— y una hijita adorable ha quedado, forzosamente, en el pasado. Su estilo y su tono son para sitcoms menores como The Big Bang Theory o How I Met Your Mother, que permanecen porque tienen público pero que no harán historia.

Y si bien Louie C.K. ha dicho en entrevistas que no reniega de Lucky Louie, algo de su opinión real se puede ver en el episodio «Oh, Louie/Tickets», de la segunda temporada de Louie, cuando vemos un flashback en el que protagoniza una sitcom al estilo Lucky Louie. Su personaje hace un comentario estúpido y quien interpreta a su mujer dice «Oh, Louie, te amo» y el público emite un alarido de ternura. Entonces Louie corta el clima y pregunta «¿Por qué dijiste eso? Acabo de decir algo muy estúpido». El director corta la grabación y Louie se queja: «Pensé que íbamos a hacer una serie honesta, verdadera».

Por si hiciera falta, Louie sienta las bases éticas de su show y se despega no solo de Lucky Louie sino también de gran parte de las sitcoms clásicas. Louie le grita al público: «¿Ustedes verían una sitcom como esta?» y todos gritan: «¡Siiiii!». Es la forma —honestísima— de reconocer que no importa qué es lo que quiera el público, no importa que a The Big Bang Theory la vean quince millones de norteamericanos todos los jueves en un canal de aire y Louie solo a veces llegue al millón en un canal de cable.

El director le pregunta «¿qué querrías que dijera ella?» y Louie dice «me voy, te dejo». Entonces el director le dice «pero eso no es gracioso» y Louie dice «¿cómo que no? ¡Es graciosísimo!», dejando perfectamente claro que su humor no pasará por «decir cosas lindas» sino por la honestidad de pintar una realidad agridulce, por no escamotear verdades en favor de la risa fácil y superficial.

Un mundo agridulce

Louie está divorciado y vive la mitad de la semana con sus dos hijas de seis y diez años. La otra mitad sale con mujeres de mediana edad con las que —si hay suerte— tiene sexo. La soledad es una constante y su relación con personajes tan solitarios como él la multiplica exponencialmente. Suele tener sexo con mujeres frágiles, psicológicamente inestables, divorciadas o solteras. La cancha en la que se juega el partido de la seducción es una jungla.

Los personajes solitarios y torturados con los que se cruza Louie no solo son sus amantes ocasionales. En el capítulo «Eddie», Louie se reencuentra con un viejo colega con el que empezó a patear los clubes de comedia cuando eran jóvenes y que ahora, ya con cuarenta años, tiene que aceptar el fracaso de su carrera. Mientras Louie es conocido en el ambiente del stand up, Eddie apenas logra mostrar su material en clubes amateurs «a micrófono abierto», de esos en los que cualquier persona del público puede subir.

Deambulan por la noche tomando un gin del pico y finalmente Eddie revela sus intenciones: se va a suicidar y lo buscó a Louie porque era la única persona que tenía para despedirse. Otra vez lo que era hasta ese momento un amable reencuentro, nostálgico pero simpático, se transforma en un drama existencial. «Louie, miráme a los ojos y decime que tengo una buena razón para vivir», le dice Eddie, y Louie le dice que no, que no va a jugar a ese juego. Louie vuelve a entrar en ese terreno frágil que podría caer en el cinismo o en la autoayuda edulcorada y lo resuelve con sencillez porque la honestidad no es algo a lo que se propone llegar con esfuerzo, sino la cualidad desde la cual parte para encarar la historia.

Las preguntas existenciales que se hace Louie —y que nos hace a nosotros— finalmente quizá sean el punto central de la cuestión. Invitado a un talk show para debatir sobre la masturbación con una militante católica, en el medio de la discusión ella le suelta: «Te masturbás y estás solo. ¿Alguna vez fuiste feliz? ¿Sos feliz ahora?». Louie se queda perplejo y nosotros también: otra vez lo que parecía ir para un lado —la burla a la militante antimasturbación— termina yendo para otro. Louie está solo, todos estamos solos. ¿Alguna vez fuimos felices? ¿Somos felices ahora?

La ética del dinero

La honestidad de Louie está muy presente en su tratamiento del dinero, tanto en la serie como en la vida real. En el capítulo «Moving», Louie quiere comprar una casa para que sus hijas estén más cómodas los días que pasan con él. Una visita a su contador le dará un baño de realidad: tiene siete mil dólares en la cuenta. «¿Y qué puedo hacer con eso?», pregunta Louie, con verdadera curiosidad. «Podés comprarte una casa de siete mil dólares», contesta su contador con sinceridad brutal. Y aunque esa escena es muy graciosa, subyace una amargura en la expresión de Louie. Hacia el final, sin embargo, hay una nota optimista: sus hijas y él pintan, juntos, el departamento en el que ya viven.

Para Louis C.K. la ética del dinero es todo un tema. «Aprendí que el dinero puede ser muchas cosas —dijo una vez—. Puede ser algo para acumular, por lo cual pelear, algo que proteger o robar o retener. O puede ser como una energía alimentada por el deseo, la voluntad, el interés creativo y la necesidad de reír de un gran grupo de personas».

Lo dijo después de uno de sus últimos experimentos: la producción y venta totalmente independiente de su penúltimo show de stand up, Live at the Beacon Theatre. En aquella ocasión decidió producirlo él mismo y ponerlo a la venta en su sitio web personal a cinco dólares, evitando todo intermediario, no solo cadenas como HBO o FX, sino también sitios de streaming online como Netflix o Hulu.

La prueba dio resultado y apenas cuatro días después de la publicación del video, Louis C.K. había recaudado más de medio millón de dólares y emitido el comunicado en el que, entre otras cosas, define al dinero como «una energía». Unos días después fue invitado al programa Late Night with Jimmy Fallon, en el que reveló que ya había recaudado más de un millón, de los cuales donó casi trescientos mil a la caridad y bromeó que, con el resto, se compraría un nuevo pene.

En todas estas explicaciones excesivas, en la definición del dinero como «energía» y en el chiste del nuevo pene se percibe cierta culpa por el hecho de ganar dinero. Su decisión de aceptar la propuesta de la señal FX por poca plata, el personaje Louie que tiene solo siete mil dólares en la cuenta y el contraste de eso con un Louis C.K. cada vez más exitoso y millonario parecen incomodarlo.

A diferencia de Seinfeld, que se jactaba de su éxito y de su dinero, Louie parece estar atado a esa ética y honestidad que pregona en su show. Como queda explícito hacia el final de «Late Night», Seinfeld es malo y Louie es bueno. Mientras Seinfeld podía besarse con su novia viendo La lista de Schindler, Louie es incapaz de masturbarse mientras la radio anuncia una matanza en África. Y he aquí otra de las tantas novedades de Louie: su humor no proviene de la ya gastada incorrección política, ni de la burla, ni de la parodia, pero a la vez tampoco es ingenuo ni inocente. Su humor es otra cosa, algo nuevo, algo que Louie acaba de inventar.

Adiós al cinismo

Los hombres que promediamos los treinta años y que abandonamos la adolescencia de la mano de Seinfeld, despojándonos gracias a él del idealismo de la juventud, vemos en Louie la compañía perfecta para ir entrando en los cuarenta. Louie es nuestro futuro, un futuro en el que el comienzo de la decrepitud física y los fracasos amorosos nos obligarán a abandonar el cinismo despreocupado del que disfrutábamos a los veinte.

Pero Louie es más que una serie generacional. Es un paso adelante en las comedias de veintidós minutos que será imposible desandar. De la misma forma que ya no se pueden hacer sitcoms clásicas después de Seinfeld, después de Louie los límites se extendieron considerablemente y todos tienen tierras nuevas para explorar y trabajar. Empezó Lena Dunham con Girls —también deudora de otro ícono de los noventa como Sex and the City— y seguramente vendrán muchos más.

Y aunque el pasado reciente permanezca ahí para ser todavía disfrutado, la luz que irradia Louie con su talento y originalidad nos hace verlo en sepia, tallado en mármol, tan respetable y tan muerto como el busto de un prócer.

Textos

Diego Papic

(Buenos Aires, 1977) Estudió Letras pero egresó de TEA. Se especializó en cine y televisión. Fundó cinenacional.com.

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