Las cartas de Thelma y Louise
Ilustración de Ana Bustelo. ORSAI.

Crónica introspectiva

Las cartas de Thelma y Louise

Ángeles Alemandi le escribió a nuestra editora Josefina Licitra para ofrecer una historia. Lo que sigue es un intenso intercambio epistolar.

De: Ángeles Alemandi
Para: Josefina Licitra
Enviado: 23 de abril de 2013

Josefina, te escribo de parte de Ana Prieto. No sé si este mail es un sumario o un manotazo de ahogado. Ayer dejé la ciudad de Buenos Aires para mudarme a un pueblito de La Pampa y mientras desarmo bolsos y vomito de los nervios y agarro al nene para que no meta la mano en el agua del inodoro, me pregunto qué hago acá. Cómo es que la maternidad me ha convertido en alguien que nunca imaginé ser. 

Mi propuesta sería escribir sobre eso: sobre cómo la llegada de un hijo te vuelve otra. Alguna vez solo soñé con ser periodista, pero era recepcionista en un centro de salud. Vestía un uniforme azul y llevaba un pin que decía «la excelencia depende de mí». Hacía entrevistas telefónicas encerrada en el baño de la oficina. Escribía un párrafo de una crónica cuando los pacientes me daban cinco minutos de paz. Salía a la calle a buscar mis fuentes los fines de semana. En el medio de todo eso imprimí el «Renuncio» de Casciari y lo puse en un folio que colgué en mi box. Un día yo también diría basta.

Después de cinco años lo logré: dejé ese trabajo por uno que al fin me conectaba con lo que más quería. Entonces llegó lo otro: quedé embarazada. «Quedé», como quien no quiere la cosa. Mientras la panza crecía yo pensaba que todo sería un trámite, que tres meses de licencia de maternidad bastarían y sobrarían para rehacer mi ego. Pero no. Mi hijo en brazos hizo que mi mundo implotara. Y de un modo imprevisto elegí lo que tanto le recriminé a mi madre: quedarme en casa a criarlo. Aunque lo hice con resguardos: abrí un blog, estaqueteparió.com, porque necesitaba un espacio de sincericidio. Así la fui llevando unos meses. Hasta que me decidí a volver al trabajo y anoté a mi hijo en un jardín maternal, y entonces recibí el mazazo de que Cristian, mi algúndíamarido, había sido trasladado por trabajo a General San Martín, un pueblo de menos de cuatro mil habitantes que todavía no sé si es el paraíso o Dogville.

Fuimos para allá. Desde ahí (acá) te escribo.

Te paso el link al primer post de mi blog, a modo de carta de presentación y porque hay un poco de todos los condimentos desde los que vivo la maternidad. Es mi espacio de catarsis, de reconciliación.

Contame qué opinas.

Te mando un beso,

Ángeles.


De: Josefina Licitra
Para: Ángeles Alemandi
Enviado: 12 de mayo de 2013

Ángeles querida, cómo estás. Te pido disculpas por el atraso.

Finalmente hoy leí tu post en el blog y me gustó mucho. Dejáme que lo hable con los chicos, más que nada para ver si ellos también se enganchan y —por cruel que suene— «a propósito de qué» podríamos poner la historia. Porque el tema «maternidad» está muy trabajado, incluso en su versión áspera y honesta, como es tu caso.

Quizá la historia sea «me fui a vivir a un pueblito». Ahí podría estar la punta de algo. ¿Tu nueva vida te depara —valga la redundancia— novedades? ¿Hay algo que te sorprenda de vivir ahí? Me gusta esto de «no sé si es el paraíso o Dogville». Creo que ahí, cuando leí eso, me empezó a gustar más la historia.

Si podés contame un poco más sobre ese micromundo.

Beso grande, la seguimos.

Jose


De: Ángeles Alemandi
Para: Josefina Licitra
Enviado: 17 de mayo de 2013

Ahí voy.

El día que se supo lo de Tribilín, ese maternal de San Isidro donde unas locas de atar maltrataban a los niños, yo llevaba a mi nene al jardincito por primera vez. Quedé paralizada. Había anotado a mi hijo tres horas por la mañana. Iban a ser tres horas para mí después de diez meses de encierro, pero ahí estaban los diarios recordando que no todo era tan fácil.

No supe qué hacer. El jardín no era el mejor lugar. Y la calle tampoco era una opción. El niño no crecería como yo saltando cunetas, trepando árboles y andando en bicicleta a la siesta en una ciudad del interior. Lo lamentaba. Escribí un post recordando mi infancia, la vez en la que volvía de un taller de pintura con mi amiga Luci y no nos animamos a cruzar la vía porque vimos dos desconocidos y nos dio terror que nos secuestraran para robarnos los órganos. La inseguridad era eso: una sensación, un miedo de pibita mirando mucho noticiero.

A la semana de ese descargo en la web, de esa añoranza por lo que no podría darle al nene, me enteré de la mudanza. Cristian viajaba cada vez más al pueblo pampeano, y eso terminó en un traslado definitivo. La noticia fue un cachetazo. ¿Vos lo pedís? Vos lo tenés. ¿Y si no lo pedís? Yo amaba esa vida en Buenos Aires, con todo lo que me daba y lo que me quitaba.

Al mes y medio llegamos a General San Martín. Somos los nuevos. No hay forma de disimularlo. Todos sienten la confianza para preguntarte cómo te trata la vida ahora. Tengo, obvio, la vecina que te presta el aparato de los mosquitos, la que te avisa qué ventanas están rotas y la que calcula los arreglos que hacés en la casa por los movimientos que ve. Vivo frente a la plaza. En Buenos Aires los chicos hacían cola para subir a las hamacas, pero acá voy con el chango y estamos rodeados de hormigas y bichos bolita. Se vive en un estado de siesta permanente. Desesperante. Desde la ventana del living veo la Iglesia. La Iglesia a la que nunca entré aunque mi padre dice que pase a agradecer.

Acá los pampeanos te dan una indicación y te dibujan un mapa porque los lugares no se marcan con direcciones sino con referencias: en frente de, a la vuelta de. Hace un frío que no imaginaba y el viento ya me cortó el cable del teléfono. Llegué con mi computadora y la vida de periodista independiente hace que el mundo no se me caiga a pedazos.

Lo que no sé es cómo se sostienen los sueños acá. A veces me despierto y me desorienta no encontrar las cortinas del departamento de Buenos Aires. Por momentos estoy convencida de que elegí bien al seguirlo al padre del pibito, y me digo «adelante» mientras unto tostadas con la mermelada de la calidad de vida del interior. Pero de a ratos lloro. Le tengo terror a esta calma.


De: Josefina Licitra
Para: Ángeles Alemandi
Enviado: 2 de julio de 2013

Ángeles querida, te pido tres mil millones de disculpas por este atraso en la respuesta. No entiendo por qué vivo en este caos ridículo.

Me gusta lo que contás. Ayuda a desmitificar un poco esto de que «acá estamos todos locos y mejor irse a vivir a un pueblito». Creo que, en la ciudad —y lo pienso mientras me leo a mí misma—, la tranquilidad está sobrevaluada: todos queremos tranquilidad, pero después nos llevan a un pueblo y no hacemos otra cosa que prenderle velas a internet.

  En cualquier caso, te cuento. Puse al tanto a Chiri de todo nuestro intercambio. Decir que «lo puse al tanto» es en realidad una frase austera: le conté todo. Lo primero que me escribiste, lo que yo te contesté, lo que me respondiste… No es que se lo conté oralmente: le mandé una versión acortada de nuestra charla online. Y le conté algo que no te dije: estuve buscando tu pueblito en Google. Me puse a buscar algún asesinato, o lo que fuere: algo interesante que pudiéramos encargarte. Pero las fotos que encontré son de una desolación importante. Ahí fue que le mandé a Chiri nuestro intercambio, y que él quedó encantado con este diálogo epistolar. Su lectura fue: «Este es un hermoso diálogo-de-editora-que-quiere-encontrar-un-tema-para-su-autora-que-para-colmo-se-fue-a-vivir-a-un-pueblito». 

Por supuesto, todo esto funciona porque los dos leímos tu blog. Y nos encantó. Escribís muy bien. Después dicen que los blogs no sirven para nada.

Lo que entonces te sugiero hacer —y te va a sonar raro— es trabajar esto en clave epistolar. Escribámonos. Sin pretensión de que «se note» la literatura. Escribámonos como nos vinimos escribiendo hasta ahora. Y escribámonos, por supuesto, con una excusa muy periodística: buscar un tema para que escribas.

  Buscando un tema, de hecho, Chiri encontró algo. Es maravilloso. Te copio el primer párrafo, como para entrar en autos: «Regresó de la localidad de General San Martín, provincia de La Pampa, el investigador Pablo Cano, con el objetivo más que cumplido de profundizar sobre el caso de Raúl Dorado, el chacarero que estuvo frente a un Ovni y le sustrajo su teléfono celular, como así también tomar contacto con los casos de mutilación de ganado del 2002 y del presente año».

Oh, Ángeles, me encantaría que investigues si es cierto que a Raúl Dorado, que será vecino tuyo, un ovni le robó el movicón. Fijate qué podés encontrar, y no me mandes una historia final —no es eso lo que queremos— sino los partes diarios o semanales con lo que vayas encontrando, con vistas a evaluar si hay o no tema (aun cuando ambas sabemos que «el tema» es el intercambio —hola McLuhan). En esos partes, contame también qué es de tu vida. Contame cómo esa búsqueda se ensambla con tus días en General San Martín. Habláme de todo lo que me quieras hablar, siempre que en el medio me metas un ovni.


De: Ángeles Alemandi
Para: Josefina Licitra
Enviado: 2 de julio de 2013

Hoy mientras almorzábamos Cristian me dijo «vos tenés ganas de salir corriendo, ¿no?». Tragué los fideos como pude. A la mañana había subido a la fanpage del blog una imagen de Thelma y Louise en su auto celeste. Escribí: «Necesito una vuelta a la manzana. Busco a mi Louise».

Él nunca vio esa foto. No necesitaba verla. Ahora leo tu mail de pie, en el celular, mientras voy con mi hijo a upa, lo leo mientras manoteo el pañal, lo leo y le limpio el culo al nene y se me caen los lagrimones porque no puedo creer lo del chacarero, lo del movicón, lo del ovni, y porque me doy cuenta de que sos la Louise que estaba buscando.

Quiero hacer esa historia.


De: Josefina Licitra
Para: Ángeles Alemandi
Enviado: 2 de julio de 2013

Recién me acordaba de Vagabunda, mi libro-amuleto, de Fernanda García Lao. Es un libro especial para mí, y creo que —si no lo leíste ya— es ideal que lo leas en algún momento. Habla de las mujeres y la fuga. Es absolutamente Thelma y Louise. ¿Va alguien para tu pago en breve? Te lo puedo mandar.

Por lo demás, ve a buscar tu ovni. Quién te dice la fuga no sea en auto sino en plato volador.


De: Ángeles Alemandi
Para: Josefina Licitra
Enviado: 5 de julio de 2013

Jose, apenas tenemos una pareja de amigos en el pueblo. Tienen una beba de ocho meses. La empatía nos amuchó por ese lado. Marcio es de Jacinto Arauz, el pueblo de al lado, de donde es Raúl Dorado. Marcio conoce a Dorado y sabe de su encuentro con un ovni en 2002. Me dijo que ese plato tenía el tamaño de un silo, confirmó que le chupó el celular a Dorado y juró que después del episodio el viejo se curó del corazón. En ese tiempo, me dijo Marcio, en La Pampa se reproducían como hongos las historias de animales atacados por chupacabras o superratones. Marcio me contactó con Jorge Román, maestro mayor de obras, profesor y aficionado al tema. Viste: lo bueno de lo malo de vivir en un pueblo es que las fuentes vienen con viento pampeano de cola. 

Hace un rato conversamos por teléfono con Jorge Román y quedamos en vernos la semana que viene. Él me va a llevar hasta Raúl Dorado. La charla duró diez minutos en los que me contó algo impresionante: en 2005 ese movicón apareció. O eso creen. Turistas espirituales hallaron partículas exactamente en el mismo lugar donde Dorado había vivido la experiencia. Como si el aparato hubiese sido arrojado desde el más allá y con el impacto se hubiera hecho polvo. Lo otro que me dijo es que este caso no pierde repercusión —a Dorado lo llaman aún de radios de Europa para entrevistarlo, es uno de los once casos del libro Invasores de Alejandro Agostinelli y fue noticia en los diarios de la zona— porque no tiene cierre, porque no se puede explicar.

Esta mañana, antes de hablar con Román, yo había manejado cuarenta kilómetros para ir al hospital de Guatraché porque en General San Martín el ginecólogo viene una vez por mes. Necesitaba verlo ya que tengo un nódulo en la mama izquierda. Apenas dos meses atrás, antes de dejar Buenos Aires, me hice eco y mamografía. Migré con la tranquilidad de que no era para preocuparse: debería hacerme un control en seis meses. Pero la cosa creció, me palpé un ganglio en la axila, sumé el antecedente de mi mamá y exploté con ese miedo materno a morirte y dejar a la cría sola. Al especialista no le gustó nada. Quiere punzar. Hacer una biopsia. Ver qué es eso. 

Siempre me gustó la palabra OVNI. Aunque nunca me preocupó el tema. La mayor cercanía con naves espaciales son los libros de Fabio Zerpa que mi hermana guardaba en la mesita de luz. Jamás me interesó saber si hay vida más allá. Es como tenerle miedo a los muertos. Si la palabra OVNI siempre me fascinó, quizá sea por lo inconmensurable.

Cuando corté con Jorge Román, horas después de haber ido al médico, lloré. De algún modo yo sentía un Objeto No identificado incrustado en mi mama. Lo que necesito ahora, como nada en la vida, es que la ciencia me lo explique todo. Entonces la cinta de Moebius hace su enrosque y pienso que si de verdad Raúl Dorado tuvo esa cosa enfrente, vivir con esa falta de respuestas debe ser como mínimo agobiante. Ya me contará.

Un beso,

Ángeles.

PD: Estaba averiguando para comprar el libro en Bahía Blanca, pero la punción se hará en Buenos Aires, la semana que viene seguramente. Ahí lo voy a conseguir.

PD 2: No sé qué tan prudente sea contar el tema médico, pero ay, es parte de mi «hoy». 


De: Josefina Licitra
Para: Ángeles Alemandi
Enviado: 12 de julio de 2013

Ángeles querida, me siento para el recontra orto: recién ahora pude sentarme a leer tranquila tu mail, y en la primera lectura cruzada leo la palabra «biopsia», así que empiezo por la mitad. ¿Tenés novedades de eso? ¿Cómo sigue? ¿Volviste a ir al médico? Hace un tiempo le contaba a una amiga que siempre que viajo por placer —o sea: vacaciones— me agarra un brote hipocondríaco. Siempre me dio un poco de miedo tener «algo» lejos de casa. La última vez que recuerdo fue en España. Estábamos en Galicia (fuimos a ver a mi viejo y nos tomamos unos días en la costa) y no sé qué palpé y alarmé a todo el mundo. Al final fue algo tan tonto que la doctora ni siquiera me cobró la consulta. Sintió compasión.

En fin, que supongo que cualquier cuestión médica tiene su contenido extra cuando uno está lejos. ¿Para vos estar ahí es estar «lejos»? ¿O esa es ya tu casa, tu «cerca»? ¿Estás en Buenos Aires? ¿Estuviste? Me lleno de preguntas conforme leo el mail y me voy enterando de todo. Tarde. Me siento horrible.

Contame de vos.

Beso inmenso,

Jose.

PD1: Lo de los chupacabras y los superratones forma parte de ese abanico de fenómenos insólitos y encantadores de las zonas rurales. Me da curiosidad lo de Jorge Román, ¿hubo margen para que se vean? ¿Te presentó a Raúl Dorado? 

PD2: En cuanto al tema médico, a mal puerto has venido a separar las aguas entre vida y escritura. Uno «es» escritura; no sé si me interese encontrar el límite forzado entre dos universos que son el mismo. 


De: Ángeles Alemandi
Para: Josefina Licitra
Enviado: 15 de julio de 2013

Vivo unos días raros, tristes. Mi mamá leyó por ahí que no hay que pre-ocuparse sino ocuparse de las cosas cuando pasan. Es su mantra. Le falta darme detalles de cómo carajo se hace. Estoy tan enterrada en mis fantasmas que de golpe cruzo la calle y seguro miré antes para los dos lados, pero no lo puedo recordar. O le estoy dando el yogurt al nene y llego al fondo del pote y no sé cómo se lo comió tan rápido. Mi concentración está puesta en no llorar más. Siento que armé una carpa en otro planeta, quizá donde viven los pleyadianos, los grises, los sirios, o alguna de las otras cincuenta especies de extraterrestres de las que me habló Jorge Román.

El martes pasado me encontré con él. Llovía, manejé los veinte kilómetros hasta Jacinto Arauz agarradísima al volante y estirando el cuello como vieja que ve poco. El pueblo tiene su fama: en 1950 René Favaloro recibió una carta de su tío, que vivía ahí, en Jacinto, donde le decía que el único médico estaba enfermo y le pedía que lo reemplazara por dos o tres meses. Favaloro se quedó doce años. Yo entré al «pueblo de Favaloro», como le dicen, con GPS. Seguro eso me delató ante Jorge Román, quien parado en la puerta de su casa me hizo señas de que estaba en destino. Su casa tenía pinta de haber sido una tienda de ramos generales. Los ambientes estaban separados por estanterías llenas de libros y revistas y portarretratos. Tenía dos telescopios donde otro tendría macetas con plantas. Había una pista de trencitos al fondo. Temblaba un esqueleto en un rincón. Sobre su escritorio había fotos de Jesucristo, el Che, Einstein. 

A los diecinueve años se fue de mochilero rumbo a las Cataratas. Hizo dedo, lo levantó un camión y pararon a dormir en el camino, en las salinas de San Martín. Esa noche Román vio una luz en el cielo que dibujaba figuras geométricas. Fue el disparador. Supo que no estamos solos.

El caso de Raúl Dorado, me dijo, se dio en la misma ventana de tiempo en la que se registraron mutilaciones de animales. Román vio vacas y un toro destripados, con cortes circulares perfectos: les faltaba la lengua, la zona glandular, las mamas y el ano en algunos casos. Pero no había ni una sola gota de sangre derramada. No había huellas alrededor, ni siquiera las del propio animal. No había registro de la patada post mórtem. Los veterinarios de la zona juraban que ni con todo su arsenal de instrumentos quirúrgicos hubieran podido hacer algo así. La respuesta oficial, dijo Román —pelado, petiso, ojos que se agrandan al contar cosas extraordinarias—, fue que eran atacados por el ratón hocicudo. Pero en el fondo él creía otra cosa. Él sabía que se trataba de abducciones: «ellos chupan el ganado para hacer investigaciones genéticas», dijo.

Román se ganó su lugar en el pueblo como receptor de historias increíbles. Una mujer le confesó que una noche, mientras preparaba la cena en el campo, vio en el patio algo parecido a un oso de peluche. No medía más de un metro, tenía los ojos rojos. Corrió las cortinas, puso llave a las puertas y cerró la boca para no alarmar a los chicos. Al otro día encontraron dos animales mutilados a metros de la casa.

También escuchó a capataces de estancias decir que encontraron vacíos los tanques que contenían entre veinte y treinta mil litros de agua. Sin filtraciones. Sin zonas húmedas alrededor. Román cree que los extraterrestres tienen una fuente de hidrógeno ahí: que los tanques serían sus estaciones de servicio para cargar nafta.

Al día siguiente toqué timbre en la casa de Raúl Dorado (setenta y cinco pirulos, delgado, camisa y pantalón a cuadros, ojos claros). Dorado puso la pava para el mate y dejó una hornalla encendida para calentar la habitación. Empezó a hablar.

El encuentro cercano del tercer tipo, como lo llaman los ufólogos, ocurrió el dos de agosto de 2002. Ese día, como todos, Dorado se levantó temprano y desayunó un café con galletas sin sal. Es que estaba con problemas en el corazón: tenía un sesenta y siete por ciento de insuficiencia cardíaca según estudios que se acababa de hacer. Después hizo algunos trámites y alrededor de las tres se subió a su Renault 12, tenía que darse la vueltita por el campo para alimentar a los animales.

Hizo la recorrida casi de memoria, y cuando giró sobre sí mismo para regresar escuchó un silbido… pensó que era cosa del viento norte. Hasta que por el monte de caldenes apareció eso. El remolino lo noqueó. Levantó la vista y era como un silo color verde que estaba a la altura del cielo raso. En una mano Dorado tenía el celular que sería succionado por la nave, y en la otra el rifle. Cayó de rodillas. Quedó duro como si hubiera recibido un golpe magnético y perdió la noción del tiempo. Apenas podía mover la cabeza pero vio que el platillo se iba hacia el Este. Fin.

«Ellos hacen con uno lo que quieren y yo ni los pude ver» me dijo fastidiado. He ahí el gran drama para él.

Después del episodio, Dorado llegó a su casa de noche. La esposa le abrió la puerta al grito de «por qué no te quedás a vivir en el campo». Él se dio cuenta de que no tenía voz para responderle. Buscó un papel y escribió: «SE ME APARECIÓ UN PLATO VOLADOR». Fueron al hospital. Tenía marcas en dos dedos, como pinchazos debajo de la cutícula. Le dieron tranquilizantes. A la madrugada, cuando ya en su casa se levantó para ir al baño, Elda le preguntó si estaba bien y él respondió que sí. De ahí en más volvió a hablar con normalidad —o incluso más que antes— y empezó a sentirse con una energía de pibe de veinte.

«Energía para todo, todo», me dijo la doña guiñando el ojo.

A la semana siguiente del episodio de película, que hace que aún en la cola del súper le pregunten «Raúl, ¿no han vuelto los amigos de arriba?», Dorado fue a Santa Rosa a la Junta Médica que validaría su salud para acelerar la jubilación. Lo revisaron, le sacaron sangre, le hicieron más estudios y sorpresa: su insuficiencia cardíaca apenas llegaba al seis por ciento.

Me gusta la teoría de Jorge Román sobre este caso: «a Dorado le hicieron un recauchutaje gratis in situ. Actividad coronaria extraterrestre. Pura cuestión humanitaria». En eso pensaba esta mañana, en viaje fugaz a Buenos Aires, mientras esperaba mi turno para la punción en el Hospital Italiano. Pensaba que al final Dorado era un viejo con suerte. En cambio yo estaba ahí, sonándome compulsivamente los nudillos, temblando del susto, con mi juventud bajada a tierra como paloma que recibe un gomerazo, al borde de ser aplastada por mi Objeto No Identificado.

Aguanté sin rezongar esa aguja que se hundió seis veces en mi pecho izquierdo para extraer las muestras. Una se hace experta en aguantar. La maternidad reforzó esa condición estúpida que siempre gotea por algún lado. Recuerdo ese día que el bebé lloró toda la tarde por los cólicos. Yo tenía ganas de ir al baño y me decía: cuando se calme, cuando deje de pegar estos alaridos, ya se va a dormir, ya va a pasar. Hasta que me hice pis encima.

Apenas salí del hospital me largué a llorar. Torrencialmente. Estoy asustada como nunca antes. O sí. Se parece a lo que sentí cuando supe del cáncer de mama de mi madre. Odio la palabra cáncer. La odio porque tiene el descaro de llevar acento en la «a», como si no fuera ya lo suficientemente grave.

Al llegar a mi casa porteña con la cara hinchada como un sapo, alcé al pibito, abracé a Cristian y le dije que estaba muerta de miedo. Él me contestó: «todos tenemos miedo».


De: Josefina Licitra
Para: Ángeles Alemandi
Enviado: 18 de julio de 2013

Anoche me dormí pensando en el campo de Raúl. Conciliar el sueño es difícil. Hace quince meses que no duermo. Mi hijo no sabe lo que es rendirse tres horas corridas. Me crecen más las ojeras que las uñas. Suena a exageración, pero he tenido miedo de morirme de sueño. Qué estúpido parece ahora todo. Qué ironía la vida que de golpe me encuentra prometiendo lo que hasta hace veinte días me parecía una barbaridad. Si zafo de esta, quiero otro hijo. 

La segunda vez que nos vimos Raúl me llevó al campo. Caminamos entre juncos de casi un metro. Los más cortitos me pinchaban las piernas. No recuerdo de qué hablamos ese rato, mi cabeza estaba en otro lado: si llego a tener cáncer tal vez ya no pueda tener críos. Ya sé, no es de chica inteligente estar pensando así. Pero no hay manera de evitarlo.

El campo estaba amarillo. Esta Pampa es seca. La otra, la húmeda, no está donde yo vivo. Por eso no hay ombúes como imaginé al principio: hay caldenes. Se veían a cien metros. Todo lo demás era nada. Cómo una no va a sentirse tremendamente sola acá. Cómo hacer para no levantar la vista y ver ese monte y sentirse un poco Eusebia Escobar, la protagonista de Vagabundas, el libro que me recomendaste, Jose. 

Mientras hacía fuerza para dormir, para no pensar, la veía a Eusebia descalza sobre la arena, con el camisón como bandera flameando en el viento, soñando con su huida.  Raúl Dorado es mi Pierre Sedeville, el tipo que se llevó a Eusebia en una avioneta azul. Pierre también era ganadero. Eusebia saltó arriba de su nave y lo dejó todo para ser la vagabunda migratoria que quería. Yo, a mi modo, también había subido quince minutos atrás al Renult 12 de un chacarero para escapar de mí misma.

En el lugar exacto donde Dorado cayó de rodillas había tres ramas perpendiculares. Dorado perdió la cuenta de la cantidad de personas que pasaron por ahí. A la mañana, a la tarde, a la noche han ido curiosos, «periodistas que me preguntan y vuelven a preguntar a ver si uno se pisa la piola», y otros que creen en estas cosas y vienen a absorber la vibra extraterrestre. Me agaché, toqué con la mano izquierda los troncos, enterré los dedos, sentí la humedad, cerré los ojos y pedí un milagro.

Jose, son casi las doce, me voy a llamar al doctor: solo me dirá si ya está el resultado de la biopsia, pero no me adelantará nada por teléfono. No sé cómo seguirá todo. Decime por favor si voy bien con esto. De a ratos me siento muy dispersa, me releo y ay, no sé. 

Hacé fuerza por mí. Te abrazo.


De: Josefina Licitra
Para: Ángeles Alemandi
Enviado: 18 de julio de 2013

Estoy en la ruta. Estuve cuatro días cerca de Balcarce en un lugar sin conexión a nada. Me habían dicho que en la cabaña había wi fi, pero era un wi fi de mentira. Casi me vuelvo loca. Solo me entraron cuatro mails. Uno fue el tuyo. Cuando te leí sentí que la sierra se había abierto solo para que tu mail bajara.

Me sentí muy cerca. Estoy cerca. 

Decirte «vas bien» abre tantas preguntas sobre vida y escritura que todavía no me animo a decirte eso: vas bien.

Lo que quiero con el alma es que estés bien. Cruzo los dedos por hoy. 

Te mando un abrazo inmenso y te escribo mejor cuando salga de la ruta. Cualquier cosa vos decime y yo te busco en el auto azul.

Enviado desde un teléfono móvil.


De: Josefina Licitra
Para: Ángeles Alemandi
Enviado: 26 de julio de 2013 2:55

Ángeles, hermosa.

Fueron varios días sin saber de vos, hasta que recién entré a tu blog.

Pensaba darte mis excusas: el trabajo, el trabajo, el trabajo. Pero borré todo porque te leí.

No sé qué decir.

«Fuerza», «va a estar todo bien»: merecés algo mejor que esto. Pero busco la palabra que merecés y no aparece, quizá porque la palabra no la tengo yo. La palabra es tuya.

Creo que tenés que escribir, querida Ángeles. Hay que dar batalla por todos los frentes.

Te quiero mucho y te abrazo con una fuerza que viene de antes, de lejos, del cuerpo que nos fue dado cuando nacimos mujeres.

Jose.


De: Ángeles Alemandi
Para: Josefina Licitra
Enviado: 26 de julio de 2013

Jose, trabajé cinco años en un centro de salud. Fui recepcionista, tipeé ecografías, mentí diciendo que el doctor estaba demorado porque había tenido una urgencia cuando en realidad se había quedado dormido. Aprendí la jerga, los modos de nombrar lo espeluznante, la falsa contención, la empatía de algunos que es como la luz que se cuela debajo de la puerta y deja entrever la verdad. Odié ese trabajo, sin embargo mimeticé tan bien el código que pude ir descifrando todo con una anticipación dolorosa.

Cuando el viernes pasado el mastólogo nos hizo pasar al consultorio para darnos el resultado de la biopsia y noté ese movimiento casi inconsciente que hizo con la cabeza antes de empezar a hablar, confirmé lo que pasaba, lo que suplicaba que no fuera. No me acuerdo las palabras que usó para darnos la noticia. Sí recuerdo mi ahogo, los ojos mansos y azules de Cristian que se desfiguraban.

Tengo cáncer de mama. Me harán quimioterapia, iré a cirugía, necesitaré rayos.

Caí despedazada en una cama, quería licuarme. Me levanté al rato porque mi hijo me tiraba de las orejas. Lloré de nuevo porque recordé el imán que hice de souvenir para su primer cumpleaños, apenas tres meses atrás. Es una imagen de sus ojos que dice: «La vida es corta, la vida es bella, la vida es ahora». Pienso en eso todo el tiempo. El otro día vi en la tele una escena de salmones saltando contra la corriente. Mis palabras tienen algo de esos peces.

En un mail anterior te escribí «no sé cómo se sostienen los sueños acá». Mi acá era el pueblito pampeano. Qué guacho el destino que hoy me trae de nuevo a Buenos Aires para que le ponga el cuerpo a un tratamiento. En esta ventana de tiempo —como diría Román— que abrió nuestra correspondencia, desnudé un poco todas las mujeres que me habitan. Dejé retazos de mi maternidad; de la tipa que extrañaba lo que ofrecía la ciudad y se paralizaba con la calma de una comarca como la de 1480 almas; de la periodista que temía que la comieran los ratones hocicudos de La Pampa; de la piba que se temía enferma y ahora mismo de una tarada que se sabe a punto de perder las defensas pero que está convencida de que va a ganar impunidad.No sé cómo sigue esto. En ningún sentido.


De: Josefina Licitra
Para: Ángeles Alemandi
Enviado: 26 de julio de 2013

Querida, vamos a hacer algo. Julio termina pero quedan todos los meses que vienen, quedan miles de meses. Vamos a hacer algo para (y por) el futuro.

Vamos a seguir haciendo esto. El pueblo ya no está, pero estás vos. Eso en realidad es lo que importa. Pienso en esa frase de Brecht: «Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo cómo era su casa». 

Somos nuestro ladrillo, no hay con qué darle.

Cada vez que quieras, vos escribime. Yo mientras voy a pensar bien qué hacer con esto. Lo más difícil, en este caso, va a ser trabajar una edición tan delicada. Quiero decir: ¿cómo hacer para decir «esta palabra mejor no, esta tal vez sí, qué tal si esta idea la llevás a tal parte…» cuando estamos hablando de tu cuerpo? Pienso en esto y pierdo la brújula y siento que todo se vuelve un flan. Pero algo va a salir. Confío en mí pero sobre todo confío en vos. 

Hace unos días me preguntaba sobre nosotras, sobre nuestra entidad adentro y afuera de un texto. ¿Somos personajes, somos personas? Intuyo que finalmente el texto no va a ser sobre un pueblo, sobre un ovni o sobre una enfermedad, sino —en el fondo— sobre la escritura. Te mando un beso inmenso, cuando puedas contame cómo están tus cosas.


De: Ángeles Alemandi
Para: Josefina Licitra
Enviado: 20 de agosto de 2013

Jose querida, perdón por la demora en responder, vengo de unos días moviditos.

Una siesta, el día antes del primer ciclo de quimioterapia, tocaron el timbre. No esperaba a nadie. No quería ver a nadie. Insistieron. No atendí. Dos horas después bajé porque la farmacia pasaba a entregarme la medicación, entonces encontré un ramo de flores en el hall del edificio. Me lo enviaba mi amiga Celina, que vive en Montreal, a través de una cómplice porteña. Cuando tomé el ascensor me vi en el espejo: en una mano llevaba drogas, en la otra, flores. La vida no era más que esa ecuación.

Desde que lo supo mi madre inició un peregrinaje que llamó «rally de santos». El fastidio (mío) de que ella me llene de medallas y estampitas lo ha compensado con ese nombre de cruzada genial. Cristian recobró toda su acidez y le gusta decirme: «qué ganas de cagarnos la vida que tenés». Eso sí, cuando me ve caída tira frases memorables. El otro día hablaba del cáncer y decía «lo nuestro», «lo nuestro va a salir re bien». Juré casarme cuando esto termine. Me divierte mucho el backstage de la enfermedad. Durante la primera quimio me concentré en las pelucas que usaban algunas mujeres y en cómo se maquillaban las cejas ausentes, y adoré escuchar sus charlas sobre los sueros, a los que llamaban «piñas». Mi sachet de bienvenida fue rojo fluorescente.

«Con este se te va a caer el pelito» me dijo Roberto, el enfermero.

Ay, el lenguaje, pensé. Rally-de-santos-lo-nuestro-piñas-pelito. Ahí lo supe. La letra era lo que iba a mantenerme fuerte. Leer todo en clave narrativa. Mi vivir para contarla.

Algunos monstruos se fueron desvaneciendo. Raúl Dorado me dijo que él no había quedado con miedo después del episodio con el plato volador, yo ahora lo entendía. ¿Miedo a qué podía tener, cuando ya se había cruzado el límite? Por eso el fin de semana que el cabello empezó a caer decidí cortarlo. Nos encerramos con Cristian en el baño y me pasó la máquina de afeitar en filo cero. Aún veo la bolsa de residuos verde donde fue cayendo mi pelo castaño enrulado. Cuando mi hijo me vio con mi look onco corrió a abrazarme mostrándome sus ocho dientes.

Me siento bien y fuerte. Compartí en el blog una foto en la que estoy amamantando, de hace exactamente un año atrás. El bebé está prendido de la teta izquierda, donde hoy hay un tumor de casi cuatro centímetros. Me empeciné con que la lactancia materna exclusiva era lo mejor que le podía dar, pagué por eso tener los pezones sangrantes y ordeñarme decenas de veces para evitar una mastitis. Ahora que vuelvo a esa foto, que me enfrento a una posible mastectomía bilateral, siento la paz de haber hecho siempre lo que quise.

Si sigo bien, en unas semanas nos vamos a pasar unos días a nuestra casita pampeana, estoy emocionada.

Te abrazo

Ángeles.


De: Josefina Licitra
Para: Ángeles Alemandi
Enviado: 6 de septiembre de 2013

Querida, te leo bien y eso me pone contenta. Me alegra mucho, también, que puedas irte a La Pampa.

Si tenés tiempo y fuerzas, llevate para leer Una forma de vida, un librito de Amélie Nothomb. Cuando a Chiri se le ocurrió manejarlo como intercambio epistolar, los dos pensamos en el acto en ese libro. Es el intercambio de Amélie con un supuesto marine de guerra que le escribe desde algún tipo de trinchera personal. Puede estar bueno leerlo.

Contame por favor —y si querés— cómo te va en el pueblo.

Te mando un grandísimo abrazo, y cuando pase esta nota —y si tenés ganas— quiero que nos juntemos a tomar algo. Yo te llevo la Orsai.

Jose


De: Ángeles Alemandi
Para: Josefina Licitra
Enviado: 2 de octubre de 2013

Jose, pasaron ya más de dos meses del diagnóstico. Cristian quedó a más de setecientos kilómetros, en General San Martín. Apenas nos vemos los fines de semana. Con mi hijo estamos viviendo en el departamento de Buenos Aires. Hasta hoy, que te escribo desde el pueblo, creía que esa era mi casa.

No me animé a venir antes porque no soporto la idea de estar lejos del hospital. Ya pasaron tres ciclos de quimioterapia y casi no he tenido efectos colaterales. Lo que sí he naturalizado es que casi siempre entre uno y otro levanto fiebre y es porque me quedo sin defensas. Ahí peregrino un poco por la guardia clínica, y me colocan en la panza un par de inyecciones para multiplicar los glóbulos blancos. Esta vuelta sumé veinte mil, valgo por tres personas. Era entonces un buen finde para viajar.

Llegamos el jueves. Nos trajeron mis papás. Cristian nos esperó con la casa pintada y construyó hamaca y tobogán para el changuito. La cama estaba tendida. La heladera, llena. El teléfono de línea aún apretaba el papelito donde anoté el número del centro médico de Guatraché, y no me animé a tocarlo. Me di cuenta de que esta era mi casa, Jose. La recorrí con la nostalgia de una enamorada que cada tanto abre la caja para oler el vestido blanco y recordar con más intensidad la boda. 

No es que los planetas se hayan alineado de repente. Ni que me crea eso de que una aprende de lo que le pasa. Ni que piense de golpe que General San Martín se convirtió en algo que no es. Casi no he salido de casa para evitar miradas inquisidoras. Me indigné al enterarme de que el mes pasado hubo un crimen y no estuve para regodearme escribiendo una crónica policial. Reí a carcajadas con el relato de mis padres que el sábado llevaron al nieto a una de las «únicas dos funciones» que daba un «circo internacional» que pasaba por acá.

Los días me hicieron bien.

Ahora estamos los tres en la cama grande con la perra recostada sobre mis pies. Todos duermen y yo pienso que ojalá el pibito tire esta noche de corrido. Mientras tanto me doy el gusto de terminar el libro de Nothomb y me relajo en la almohada, segura de que algún día, cuando abra de nuevo los ojos, voy a despertarme otra vez en este cuarto, de un modo definitivo, viendo cómo amanece mi pueblo a través de la ventana.

Te abrazo.

Ángeles.

Textos

Ángeles Alemandi

(Santa Fe, 1981) Ha publicado en Hecho en Bs. As., suplemento Las 12 de Página/12, Revista ELLE, Para Ti Mamá, Cosecha Roja, diario El Litoral, Anfibia, entre otros. En 2012 tuvo su primer hijo. Le gusta decir que parir es partirse en dos, pero ella se partió en mil pedazos. Para el desahogo abrió un blog: estaquetepario.com.
Ilustra

Ana Bustelo

(Palencia, 1982) Estudió Bellas Artes en Madrid y más tarde se especializó en Diseño. En 2007 comenzó a trabajar como ilustradora de libros y revistas. También realizó trabajos para agencias de publicidad. Ocasionalmente participa en exposiciones, tanto individuales como colectivas.

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